La poesía y el lector domesticado

Antonio Díaz Mola
6 Min de lectura

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Lloramos a mares, con esa vocación de plañideras ilustradas que tanto nos caracteriza, ante la inminencia de un apocalipsis cibernético, convencidos de que una caterva de servidores refrigerados en algún lúgubre sótano de Silicon Valley terminará por arrebatarnos el sagrado monopolio del dolor, la incertidumbre y la rima. Sin embargo, en medio de esta histeria tecnológica colectiva pasamos por alto que la verdadera tragedia literaria lleva décadas gestándose (diría que con una impunidad verdaderamente bochornosa) en la penumbra cómplice de nuestras propias mesillas de noche. El enemigo definitivo de la poesía no es, ni por asomo, un algoritmo lobotomizado capaz de escupir endecasílabos sintéticos a la velocidad estruendosa del rayo, sino ese lector contemporáneo que, tan aquejado como está de una pereza intelectual casi entrañable, ha decidido masacrar milenios de tradición crítica bajo la pesada guillotina de la psicología barata, reduciendo la asombrosa ingeniería del lenguaje a un puñado de categorías puramente digestivas como lo “bonito”, lo “emocionante”, lo “cuqui”.  Adjetivar con este repertorio de términos una obra de arte es, ante todo, un descarado alarde de inmadurez intelectual. Para Nicolás de Cusa la verdad absoluta es una gradual aproximación que nunca concluye, de forma que el arte, cuando es llano, listo para calentar en tres minutos, atenta contra lo que define el clásico autor de la docta ignorantia como verdad trascendente.

Al parecer, hemos sucumbido masivamente a la delirante superstición de que el mérito de una obra literaria se calibra por la cantidad de secreción lacrimal que logra en el consumidor, confundiendo el burdo chantaje afectivo con la calidad genuina del valor estético, como si el verbo fuera un dispensador de endorfinas y un artefacto de alta precisión diseñado para dinamitar certezas y generar empatía. Valorar un poema desde la trinchera de la poética, enfrentándose a cara de perro con la sublime aspereza de su retórica, escudriñando la arquitectura implacable de su sintaxis, dejándose arrastrar por la modulación milimétrica de su ritmo, requiere una gimnasia neuronal exigente que el público mayoritario (adicto a la papilla que hoy se comercializa bajo el paraguas del sentimentalismo) no parece estar dispuesto (o peor aún, preparado) a practicar ni bajo amenaza de tortura física. Como bien advierte el existencialista Marcel, eliminar el misterio es convertir el mundo en un territorio funcionalizado, contrario a la validación racional que exige el arte y que degrada, por lo demás, la presente asfixia de la simpleza. 

Sobra recordar aquí que leer implica un sometimiento voluntario a la intemperie del texto, abrazando eso que los formalistas, con mucho más talento analítico que los actuales directores de marketing, bautizaron como desfamiliarización o extrañamiento. Consiste, ni más ni menos, en la milagrosa virtud que tiene el lenguaje para despojarnos de la ceguera del hábito. Por tanto, el poema no puede ser jamás un spa emocional ni un test de autoestima. El poema es algo más. Algo que se sucede sin necesidad de comprensión lógica. Es así como se liberan las palabras de su miserable desgaste cotidiano y nos obligan a percibir la textura del mundo de un modo similar a la sensación de verlo y pensar que, en efecto, acaba de ser creado ante nuestros ojos por vez primera. Creo que el buen poema jamás te acaricia el lomo diciéndote que eres especial y que el desamor duele. Más bien elimina obviedades y te somete a una insoportable tensión verbal y arrastra tus expectativas por una maleza de imágenes imprevisibles sirviéndose del correlato objetivo para demostrar que la gran literatura es, en el fondo, una ciencia implacable disfrazada de accidente. Frente a la inmanencia del yo que, de manera narcisista y ridícula, solo aspira a reconocerse a sí mismo en la categoría de lo “bonito”, la mayéutica enseña que lo que viene del exterior nos trae más de lo que contenemos, lo cual subrayó con acierto Lévinas en su teorización sobre la transitividad de la epifanía. 

Resulta de una ironía francamente cósmica que invirtamos tantas horas de angustia existencial en temer que las redes neuronales nos sustituyan como creadores, mientras nosotros mismos, al abdicar con frecuencia de la inteligencia para juzgar la forma en que una voz autoral torsiona la gramática, nos hemos transformado en los más dóciles y previsibles autómatas de la cadena de montaje. Si desde el recurso estructural del encabalgamiento abrupto al abismo sonoro de una metáfora inédita nuestra única respuesta es suspirar flojito y balbucear que el texto nos ha parecido “muy bonito”, a la manera de un organismo unicelular reaccionando torpemente a un estímulo de luz, huelga decir que la inteligencia artificial no necesita escribir grandes obras maestras para derrotarnos. Le basta con sentarse a observar cómo aplaudimos, con el intelecto plácidamente apagado, cualquier mediocridad que nos agrande el ego. Le basta con saber que hay quienes reducen el juicio estético al halago superficial. 

Antonio Díaz Mola
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