En el 2024 Maduro ordenó al CNE hacer las elecciones presidenciales el 28 de julio porque ese día es fecha patria para el chavismo por ser el cumpleaños de Chávez, quien de no ser por el cáncer estoy seguro estaría rompiendo el récord de Juan Vicente Gómez de 27 años en el poder. Dos años después, Maduro tampoco está. Ni Chávez ni Maduro salieron por voluntad del pueblo venezolano, mucho menos por voluntad propia. A uno se lo llevó el cáncer, al otro se lo llevó una acción militar de Estados Unidos.
Hoy, a dos años del 28 de julio, los venezolanos, con el apoyo del gobierno de Estados Unidos, tenemos una posibilidad real de transición. Esa acción externa fue lo que liberó el espacio, no algo que nosotros construimos ni decidimos. Ahora nos toca reconstruir las instituciones republicanas: por primera vez en 27 años hay un plan claro de tres etapas, y es ahí donde los venezolanos dejamos de ser espectadores y pasamos a ser protagonistas de nuestra propia reconstrucción. La Asamblea Nacional legítima de 2015 tiene la responsabilidad de reconstruir las instituciones. Esto es fundamental para dar al proceso venezolano y su legitimidad democrática.
La idea romántica de que el pueblo de Venezuela lograría a través del voto salir de Maduro no fue posible.
La razón es muy simple: Maduro instaló una DICTADURA, donde no hay instituciones para cumplir la constitución, sino al servicio del poder. Todo empezó cuando Chávez aprovechó que la maravillosa constitución que diseñó a su gusto en 1999 tiene fallas y una discrecionalidad que favorece al presidente, por ejemplo no está escrita en ninguna parte cuándo son las elecciones presidenciales ni ninguna elección. Eso es una falla enorme, como tampoco establece el número de magistrados del TSJ. Para que tengan una idea: los EE UU de Norteamérica, un país con más de 300 millones de habitantes, tiene una corte suprema con 9 magistrados. ¡En Venezuela son 32 magistrados y no hay justicia! Además hay una guachafita, y cada vez que les daba la gana a Chávez y a Maduro cambiaban el TSJ y subían o bajaban el número de magistrados según les convenía, lo mismo con las elecciones: son cuando y como les da la gana.
Algo también muy grave: no hay sucesión de poder por el mandato popular. Es el presidente quien elige a dedo a su vicepresidente, y un funcionario que no es electo termina siendo presidente, así llegó Maduro. Por cierto, por allí hay magistrados letrados diciendo que hay vacío de poder porque Maduro se fue el 3 de enero y aplican un lapso de 180 días. ¡Por Dios! Eso es para presidentes legítimos. Aquí hay vacío de poder desde que el CNE desconoció el resultado donde ganó Edmundo González y debió asumir el 10 de enero de 2025. ¿Quizás me equivoco y esos magistrados reconocen a Maduro como presidente legítimo? Si es así, me disculpo.
Hoy los venezolanos estamos a las puertas de un cambio, de poder recobrar nuestras instituciones. Instituciones que sirvan para que el ciudadano disfrute sus derechos y cumpla sus deberes. Estas instituciones tienen que ser sólidas y lo suficientemente fuertes para soportar los futuros embates propios de la ambición del líder de turno, y no ceder ante el poder como cedió la Corte Suprema de 1999, que le dio a Chávez la posibilidad de hacerse de todos los poderes. Allí está la raíz del problema de Venezuela.
Es imposible avanzar sin reconstruir las instituciones republicanas. Mucho se habla de justicia. ¿Y con cuál juez la vas a conseguir? Pedimos democracia y elecciones, ¿con cuál CNE? Gracias a Dios tenemos por primera vez una ruta institucional clara y posible, no solo para hacer la tan necesaria elección, también para ponerle límites al poder.
Debemos aprender de los errores y establecer en la Constitución la fecha de las elecciones presidenciales, de asamblea. Que la sucesión, en caso de vacante presidencial, bien sea por muerte o por la razón que sea, recaiga en un funcionario electo por el pueblo. Eliminar la reelección indefinida. Permitir la representación de las minorías en el parlamento.
Todos nuestros males son por falta de instituciones. Algo tan cotidiano como el bolívar que cada día se devalúa, ayer cambié a Bs. 860 que en realidad son 86.000.000.000.000.000 de bolívares por 1 dólar. Esta tragedia económica es porque no tenemos un Banco Central autónomo.
Nuestro pecado original fue cambiar la constitución por un método no previsto en ella misma, así que dependemos del buen juicio del gobernante de turno como único límite a su discrecionalidad.
Hay que reconstruir las instituciones para que soporten los posibles sismos electorales, no sea que en un par de décadas, al pueblo soberano se le ocurra volver a poner en la presidencia de la República a un carismático ser sin formación ni capacidad como lo fue Chávez o peor aún Maduro.
Ya la ruta de las tres etapas está avanzando. Ahora nos toca a los venezolanos completarlas, las tres, para que por fin podamos decir que a la tercera va la vencida.