“Hijo, prométeme que vas a conseguir a tu hermano”. Esa fue la última frontera del miedo para Orangel Castillo. Cuatro días después de los terremotos del 24 de junio, entre los escombros humeantes de La Guaira, que ya no era la misma, selló el pacto con su madre con un gesto tan frágil como definitivo: unieron los meñiques. Esa promesa se convirtió en su única brújula, en el ancla que lo mantuvo de pie durante 18 días continuos de búsqueda incesante, excavando a pulso contra el tiempo y el olvido, hasta que finalmente dio con él.
Ya no hay una dirección exacta de lo que solía ser su vida. Vivía en Caraballeda, específicamente en el sector Caribe, en la OPPE 27, torre D; un lugar que hoy es apenas un eco en el mapa de la catástrofe. Cuando el suelo se partió bajo sus pies aquel miércoles, él se encontraba en El Palmar Este. Al recordar cómo vivió ese instante, respira hondo, como si el aire de ese día todavía le pesara en los pulmones. “Fue una experiencia muy catastrófica, algo muy fuerte, fuerte, fuerte”, cuenta para El Diario, y la voz se le quiebra en un eco de asombro. “Ahí estábamos unas 15 personas. Yo sentí que no fui yo, sabes, que fue Dios obrando en mí, que me mantuvo ahí y me puso en ese lugar por algo. Me dio la voluntad de ayudar a salir a todos. Ahí todos colaboramos”. Con esa fuerza que agradece a Dios, pudo ayudar a 16 personas.
Aquella tarde despuntaba con un destello de orgullo: él y su equipo acababan de llegar de un try out en Carrizal, estado Miranda; el balance para la academia de beisbol en la que trabajaba había sido excelente. Al llegar, fueron directo a la casa familiar de la dueña de la academia, donde se entretuvo jugando con su nieto después de recibir una llamada de su esposa; conversaron un rato. Parecía una tarde cualquiera, hasta que la madre del niño cruzó el pasillo:
—¡Ay, abuela, pasaron alerta de terremoto!
Y el suelo estalló. Todo empezó a moverse con una violencia inusitada, como si un monstruo subterráneo sacudiera los cimientos de la tierra, recuerda Orangel. “En el cuarto estaba la señora mayor. Intenté cargarla para sacarla, pero con el mismo movimiento del piso me fui de frente y se me cayó. Cuando voy a levantarla de nuevo, una pared se vino abajo encima de mí. Todavía no lo creo: estoy vivo por un milagro de Dios. La estructura se rompió justo de un lado y saqué fuerzas de donde no había para quitármela de encima”, relata.
La puerta estaba completamente trabada por la torsión del sismo; no quedó de otra que romper el portón a golpes. Pero al cruzar el umbral, el caos se multiplicó: las matas de almendrón colapsaron y liberaron furiosos panales de avispas que picaban a la gente en medio de gritos y carreras desorientadas; parecía irreal. Al lograr ubicarse, vio la magnitud real de la pesadilla: al frente, los edificios se habían desmoronado; uno de ellos había sepultado una licorería.
Aferrado a una mezcla de adrenalina e instinto de supervivencia, Orangel no se detuvo. Lo que vino después fue una cadena interminable de rescates a pulso: socorrió a personas atrapadas y tapiadas, auxilió a una mujer atrapada entre dos camionetas —mueve las manos al recordarlo, preguntándose de dónde sacó la fuerza para mover uno de esos vehículos—, y rompió paredes junto a otros voluntarios mientras las réplicas seguían sacudiendo el asfalto para sacar a una mujer con vida.
Solo cuando dejó a los sobrevivientes en una zona segura, lejos de los postes que amenazaban con caer, el cuerpo le pasó factura y entró en un profundo estado de shock.
El silencio y la búsqueda desesperada
El colapso no solo tiró paredes; también borró la certeza. Cuando el estruendo se apagó y la adrenalina dejó paso al vacío, el pensamiento de Orangel, de solo 25 años de edad, se hundió en el peor de los escenarios.
“Yo decía: ‘Por cómo fue el movimiento, por cómo vi que los edificios se desplomaron, mi familia no existe’”, recuerda, con la voz tensa de aquel momento. “Como mi esposa vive en la parte alta de San Julián, que es montaña, pensé que eso se había venido abajo, y que mi mamá había muerto en el edificio. Pensaba: ‘Bueno, me quedé sin familia, Dios mío, ¿qué hago ahora?’”.
Bloqueado por el espanto, lo único que pudo hacer fue hincar las rodillas sobre la tierra que parecía que no dejaba de vibrar. Orangel cerró los ojos y suplicó en silencio, aferrándose al cielo: “Dios mío, guarda a mi familia, te lo pido por favor… mi mamá, mi esposa, los niños, mi hermano”. Poco a poco, al forzar la calma, recordó un dato que lo rescató del abismo en ese momento: su mamá no estaba en el edificio a esa hora; había viajado a Caracas con su padrastro para cumplir una promesa a San Juan.
Con esa chispa de alivio encendida en el pecho, su única misión pasó a ser subir hacia San Julián y verificar cómo estaba su esposa. Corrió hacia la vía principal buscando ayuda para movilizarse hasta que un amigo en moto lo auxilió. Al acercarse, la gente bajaba despavorida, pero los gritos que cruzaban el aire le devolvieron el pulso: “¡Todo está bien, San Julián está bien!”.
En el terreno baldío que luego serviría de campamento improvisado en San Julián, su esposa lo recibió con abrazos desesperados. Estaban a salvo. Pero para Orangel la tregua no existía. “Me decían: ‘Quédate, cálmate’”, cuenta. “Y yo les respondía que no me podía quedar; tenía una necesidad vital: mi mamá y mi hermano. Tenía que encontrarlos”, relata.
La angustia era tan feroz que aquella noche, entre la desesperación y el instinto protector de los suyos, terminaron esposándolo transitoriamente para evitar que bajara a la zona cero en plena oscuridad, y tuvieron que inyectarlo para calmarlo. El sueño lo venció agotado. Cuando despertó, eran las 5:00 am. Sin hacer ruido, con lo primero que encontró a la mano, unos zapatos y una camisa cualquiera, se dispuso a salir; su esposa lo descubrió en la puerta.
—Mira, ¿a dónde vas? Yo me voy contigo —le dijo ella.
Bajaron juntos, a veces a pie, a veces en algún transporte esporádico por las adyacencias del Campo de Golf y el sector El Tamarindo. El paisaje era de una desolación pasmosa. Las réplicas volvían a estremecer el suelo, pero a esas alturas el miedo personal ya se había evaporado. En pleno camino se encontraron con un amigo de su esposa. Ella, con el alma en un hilo, lo saludó aliviada por verlo con vida, pero el hombre rompió en llanto y los abrazó con desesperación: su esposa trabajaba justo en frente, en un edificio que se había derrumbado. “Ella no salió”, les sollozó.
Como pudieron después de aquel encuentro, siguieron su camino. Al pasar frente a la torre de la OPPE 33, totalmente colapsada hacia la vía, su esposa entró en pánico y se paralizó. Orangel, obligado a ser fuerte por los dos, la sostenía: “Tranquila, respira, hay que mantener la calma, no te puedes agitar”. Pero cuando cruzaron el umbral hacia su propio sector y llegaron a Residencias Caribe —justo al lado del edificio donde él vivía—, la mente de Orangel colapsó por completo.
La torre D de la OPPE 27 cedió hacia la calle, desmoronándose por completo, desde el piso 12 hasta la planta baja. Y en medio de ese cementerio de concreto, buscando algún rastro, ocurrió el milagro y la tragedia al mismo tiempo. Vio a su madre. Al verlo, ella corrió a su encuentro y explotó en un llanto incontenible; llegó a pensar que había muerto, porque las comunicaciones se habían cortado. Se abrazaron con fuerza, hasta que ella lo miró a los ojos, rota y temblorosa, y pronunció las palabras que volverían a ponerlo en marcha:
—Hijo… tu hermano, tu hermano.
Frente a él, entre ese montón de concreto pulverizado y hierros retorcidos, quedó atrapado lo que más amaba. Pero el dolor, por inmenso que fuera, no lo detuvo. En medio del polvo y la desesperación, supo que el tiempo se había convertido en un enemigo implacable. Allí, entre las ruinas de su propio hogar, dio el primer paso de lo que sería una larga travesía.
La búsqueda: 18 días cavando contra el tiempo
El aire que corría entre las ruinas era pesado y se sumaba a un silencio espeso que se rompía de golpe con los gritos lejanos. Orangel se metió por el primer hueco que pudo abrir, acompañado apenas por el compadre de su mamá.
—¡Ayuda, Orangel, no me dejes aquí! —escuchó que clamaba una voz desde el fondo de la oscuridad.
Era Jesús, su vecino, un muchacho con el que había crecido y con el que había compartido incontables tardes de básquetbol. En el piso seis de la torre, estaban a solo dos números de puerta de distancia. Orangel se desgarró las manos intentando llegar hasta él, pero unas columnas cruzadas se interpusieron como un muro infranqueable entre la vida y la muerte. Jesús y su cuñado no resistieron.
A partir de ese momento, los días se perdieron en el calendario. Fueron 18 jornadas idénticas y salvajes. Salía a las 6:00 am y regresaba a la medianoche o de madrugada. Los primeros días trabajaba con las manos desnudas, pidiendo prestado un pico o una mandarria que luego debía devolver. No tenía herramientas, no tenía tregua. Su primo y su tío lo acompañaban, dividiéndose las tareas invisibles que sostenían su misión: el tío, aquejado por un asma implacable que el polvo amenazaba con ahogar, se encargaba de regular el tráfico en la vía para evitar que la gente y la presión colapsaran el perímetro; el primo, que cargaba con las secuelas de una operación de labio leporino y una placa de titanio en la boca que lo hacía vulnerable a cualquier infección, le llevaba agua y comida. Pero Orangel no comía.
Durante 14 días su cuerpo funcionó únicamente con agua y jugos, sostenido por una sola idea fija que le quemaba las entrañas: encontrar a su hermano. Y en medio de esa búsqueda implacable, entre hueco y hueco, el dolor se multiplicaba: rescataba cuerpos sin vida, pero también encontraba milagros respirando bajo el concreto. Uno de ellos se le quedó grabado en la memoria como una cicatriz ardiente, ocurrió cuando escuchó una voz frágil desde el décimo piso.
—Ayuda… soy Juliana, la señora del 10.
No se conocían, pero en ese territorio ya no existían los extraños. Orangel abrió una brecha a pulso y, al levantar una placa, la escena lo dejó sin aliento: un bebé de apenas ocho meses estaba atrapado y pisado entre los escombros. Lo envolvió con cuidado en una tela color vinotinto, recuerda, y lo sacó a la luz. Cuando su esposa y su madre lo vieron aparecer con la criatura en los brazos, colapsaron en un llanto de pánico.
—Mamá, ahí hay otra persona con vida, tengo que volver —les dijo con voz firme antes de devolverse corriendo por los túneles improvisados que había conseguido abrir durante días.
Juliana llevaba tres días sepultada, con el brazo derecho aplastado por una columna. Orangel rompió el concreto con desesperación, palanqueó la estructura con una cabilla y logró liberar el miembro destrozado. Para evitar que el shock terminara de quebrarla, le volteó la cara y le prohibió mirar. Le hizo un torniquete rápido con una sábana y, con la ayuda esporádica de vecinos que corrían buscando a los suyos, logró izarla usando unos mecates. La envolvió en un cubrecama y la cargó al hombro como si fuera un saco, entregándola finalmente a una ambulancia justo antes de que apareciera su hijo, desconsolado. Era el pulso de un país entero: “el pueblo ayudando al pueblo”, dice Orangel con sinceridad. Los equipos oficiales brillaban por su ausencia, recuerda. Relata que eran apenas dos o tres rescatistas los que se sumaban al puñado de vecinos que se negaban a abandonar a los suyos. Enterrar o salvar, rescatar un cuerpo o un latido; cualquier destino era válido para cerrar el círculo del dolor.
El miedo no había encontrado espacio en su cabeza. Mientras la gente le gritaba desde afuera pidiéndole prudencia, advirtiéndole que una losa mal puesta podía terminar de sepultarlo, Orangel sentía que el peligro real no venía de arriba, sino de la quietud.
—La gente me decía: “Chamo, ¿no te da miedo?” —recuerda—. Y yo les decía que no. No me importaba si se caía algo. Tenía un propósito: buscar a mi hermano, sea como sea.
Orangel abrió huecos sin parar. Metía el cuerpo en la oscuridad, salía con las manos vacías y volvía a empezar. En un receso de esa rutina febril, un amigo de su tío lo sacó por un momento del trance: “¿Has buscado en los hospitales?”. No lo había hecho. No tenía vehículo, ni gasolina, ni más brújula que sus propios pies, pero aceptó ir. Revisaron listas interminables, pero el nombre de su hermano, Oliver, no aparecía en ninguna parte.
De regreso a las ruinas, el destino le cruzó una tregua en forma de rostros conocidos. Se encontró con Brayan, un viejo amigo —a cargo de un centro de acopio de la zona— y un par de personas que iban acompañados por un grupo de bomberos y rescatistas locales. Al verlos armados con herramientas de verdad —un esmeril, un pico, una pala, guantes, una planta eléctrica—, Orangel sintió que le devolvían las fuerzas. Brayan, amigo entrañable de su hermano y de toda la familia, lo abrazó con una mezcla de afecto y un pésame adelantado que Orangel se negaba rotundamente a aceptar.
Con el soporte de aquel equipo improvisado, la búsqueda cambió de escala. El martillo eléctrico zumbaba cortando el concreto mientras el pueblo volvía a organizarse a pulso. Y así como lo ayudaron, él convirtió esa ayuda en una red solidaria: prestaba las herramientas, las rotaba, colaboraba donde hiciera falta. El dolor era un peso físico que se respiraba en cada centímetro cúbico de polvo, pero Orangel no se detuvo. Tenía una promesa pendiente, y la cumplió.
El día 18 logró acceder al quinto piso de ese edificio que durante más de 10 años fue su hogar, resguardo y familia. Allí lo esperaba el desenlace de la promesa que le hizo a su madre. Cuando finalmente logró romper el cerco de escombros, halló a su hermano abrazado a su mejor amigo. Estaban juntos, inseparables hasta el último latido.
Las matemáticas de la tragedia a veces se reducen al capricho de un segundo. Al segundo día de excavar entre las entrañas de lo que fue su hogar, Orangel logró abrirse paso hasta el corazón de su apartamento. La sala era un montón de hierros torcidos, pero cuando rompió hacia el cuarto de su madre, se detuvo en seco, con el aliento atrapado en la garganta. La cama estaba allí, prácticamente intacta, apenas cubierta por una ligera capa de escombros.
—Cada vez que mi mamá salía, mi hermano se quedaba durmiendo en su cuarto —cuenta, y el eco de esa coincidencia duele como un latigazo—. Tenía 18 añitos recién cumplidos. Si se hubiese quedado ahí, hoy estaría vivo.
Es el tipo de pensamiento que carcome por dentro, una espina clavada en la memoria que no termina de salir. Sin embargo, tras 18 días de cavar contra el mundo, el final de la ruta tuvo el amargo consuelo de la certeza. No lo halló como su madre le había pedido aquel día en el cruce de los meñiques, pero lo encontró. Y con ese hallazgo, el ciclo del horror dio paso al alivio definitivo: darle una cristiana sepultura y devolverle a su madre el descanso que había perdido.
El cuerpo de su mamá cargaba sus propias marcas de guerra: el día dos, en medio del pánico colectivo desatado por una falsa alerta de tsunami, la atropellaron y un tajo brutal le había dejado más de cien puntos en la rodilla. Orangel la llevó a que se refugiara en San Julián, donde un primo de su esposa, fisioterapeuta, se encargaba de curar sus heridas.
Fue entonces cuando ocurrió el pacto. Aquel cuarto día, con la pierna herida y el alma hecha trizas, la madre se le acercó, lo miró a los ojos y le suplicó lo único que le quedaba por pedir: “Hijo, prométeme que vas a conseguir a tu hermano”. Orangel cumplió. Al recordarlo, la voz se le quiebra por completo; los ojos se le humedecen y las manos buscan un instante de tregua para secarse las lágrimas.
—Fue algo que me partió mucho el alma —susurra—. Muy duro.
Orangel se refiere a la dureza de todo lo vivido. Recuerda que a sus calles no llegó ayuda, sino un despliegue de fusiles y uniformes, asegura. Mientras La Guaira agonizaba bajo el peso de los escombros, el Estado respondió con despliegue militar, como si en lugar de una catástrofe humanitaria estuvieran combatiendo una guerra fantasma. La desesperación, sin embargo, rozó el límite de la furia cuando las pesadas maquinarias del Estado comenzaron a pasar de largo frente al edificio derrumbado, ignorando el cementerio de hormigón donde todavía quedaban nombres por rescatar.
Cambiaron la paciencia por la impotencia; los vecinos cruzaron la raya del cansancio.
—Llegó un punto en el que nos revolucionamos —recuerda Orangel—. Tuvimos que ”secuestrar” una máquina. No los dejamos pasar hasta que nos colaboraran en el edificio.
Para Orangel, cada cuadra rota era un fragmento de su propia infancia. No se trataba solo de una dirección en un mapa: allí había crecido desde los 11 años, correteando por las canchas y cruzando saludos en cada uno de los pasillos de las torres OPPE 26 y 27.
—Cuando llegué a Caribe, mi WhatsApp tenía dos mil y pico de contactos —cuenta con una memoria que abarca a todo el mundo—. Viví 14 años ahí. Conocía a todos en todas las torres.
Echando cuentas en medio de la pesadilla, calcula que por ese complejo transitaron unas diez mil personas. Todo lo que vivió le permitió sacar su propia cuenta: cree que la mitad de ese universo sobrevivió; la otra mitad se quedó para siempre bajo el concreto. Por su parte, las cifras que ofrecen las autoridades del gobierno encargado, hasta ahora, indican que por los terremotos murieron 6.301 personas.
Para el momento de la entrevista, ya habían transcurrido 45 días desde el 24 de junio, y el horror aún continuaba, y continúa. Todavía hay cuerpos atrapados en las entrañas del cementerio de escombros. Orangel recuerda a su amiga Mariana, una vecina de otra residencia cuyo cuerpo jamás apareció; el edificio ardió en llamas durante tres días continuos y redujo todo a cenizas y polvo.
Mientras caminábamos ese sábado 8 de agosto entre los restos de lo que un día fue su hogar y el de miles de vecinos, la devastación se desplegaba a nuestro alrededor en silencio. A pocos metros, desafiante y herida, una de las torres de la OPPE 26 sigue en pie: sumamente deteriorada, con los pisos bajos completamente destruidos y una orden inminente de demolición pesando sobre su estructura. Alrededor, entre los escombros de las otras torres derrumbadas, un grupo de funcionarios y trabajadores continuaba peinando la zona en busca de cuerpos. En ese mismo instante, una mujer apareció de la nada, decidida a subir por las escaleras maltrechas asegurando que iba a su casa. Desde abajo, un funcionario le gritó con desesperación que se detuviera, que estaba prohibido, que no podía subir bajo ningún concepto. Esa imagen quedó suspendida en el aire como un latigazo: la urgencia ciega de la gente por aferrarse a cualquier fragmento, a un rincón, a un pedazo de la vida que los terremotos les arrebató de las manos.
Multitudes de historias, silencios y ausencias que se quedaron suspendidas en la brisa salada de La Guaira. Hoy, Orangel sigue a la defensiva, con los sentidos alerta como si la tierra pudiera volver a quebrarse en cualquier momento. Sobrevivió a los escombros, cargó en sus hombros el dolor de un pueblo entero y aprendió que hay ausencias que no se curan con el tiempo, sino con el peso sagrado de la memoria.
Lo que viene: quedarse y renacer
“Yo no sé qué va a pasar, no sabemos todavía. Estamos viviendo el proceso de qué va a ser de La Guaira ahora, de qué va a ser de nosotros”, admite Orangel.
Lo perdió todo: su tienda de ropa online, la inversión de su negocio y el apartamento que compartía con su madre y su hermano. Sabe que en Venezuela empezar de cero formalmente puede tomar años, pero confía en su mente de emprendedor, en esa chispa que le recuerda lo que siempre le decía su padre: “Nunca es tarde para comenzar de nuevo”.
Tras 18 días de búsqueda, el milagro agridulce llegó cuando pudo darle sepultura a su hermano. Hoy, Orangel sigue firme, convirtiendo el dolor en trinchera. No olvida lo que vio: autoridades que pasaron de largo con fusiles y lentes de cámaras, buscando el ángulo político de una tragedia que el pueblo solo supo enfrentar con manos desnudas, picos, martillos prestados y solidaridad. Para él, la única ley que importaba era la del afecto y la fe.
—Yo hubiese querido perder todo, y no perder la vida de mi hermano —confiesa con el alma al desnudo.
A pesar del cansancio mental, de los cuerpos que aún se buscan bajo los bloques y de la incertidumbre que flota en el aire salado de la costa, su decisión está tomada. Las ofertas de reubicación en otros estados le resultan ajenas; desarraigarse para empezar en una tierra desconocida no es una opción.
—Para empezar de cero prefiero empezar de cero aquí en mi estado, donde conozco todo, a las personas, los negocios. Todo. Aquí nací y aquí me muero.
Hoy su cotidianidad está fragmentada en paradas provisionales. A veces duerme en el centro de acopio que mantiene junto con un grupo de voluntarios en Los Corales, una casa convertida en trinchera de solidaridad que le presta refugio; otras noches cruza hasta San Julián para abrazar a su esposa. Su madre, en cambio, aguarda en un refugio de Los Caracas. De lo que alguna vez fue su hogar, solo queda el rastro que dejaron los escombros desplomados; sin embargo, su brújula sigue intacta: la familia y las ganas de construir un mejor porvenir.
El círculo se cierra allí donde empezó. 45 días después del 24 de junio, con las heridas abiertas pero el espíritu intacto, Orangel comprende que si la tierra sobrevivió al temblor, él también puede hacerlo. Cree que Dios lo dejó de este lado con un mandato claro: seguir ayudando, seguir levantando al vecino y seguir custodiando la memoria de los suyos. Esa promesa sigue latiendo, más viva que nunca, sobre los escombros de La Guaira.