En Venezuela hasta los números se fugan

Yoni Toro
Por:
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Hay países donde el Estado le miente a uno con cifras infladas. En Venezuela somos más originales: nos mienten con cifras que se encogen. El 14 de agosto, el gobierno anunció, con bombos, platillos y esa solemnidad que solo se usa para las cosas que no van a cumplir del todo, la liberación de 131 presos políticos. Una semana después, el Foro Penal —que tiene la mala costumbre de contar con nombre y apellido, en lugar de contar con fe— solo había podido confirmar 78. Para el martes ya iban 87. La Plataforma Unitaria dice que son 105. Y en algún cajón de Miraflores debe estar la lista completa, guardada junto a las actas del 28 de julio de 2024 y el cronograma original de “El Guri en tres meses”.

No es que no crea en el progreso. Créanme que sí: en Venezuela hasta la mentira progresa. Primero eran 131. Luego 78. Luego 81. Luego 87. Luego 105. A este ritmo, para diciembre estaremos discutiendo si en realidad eran 132 y el gobierno se quedó corto por modestia. Y no es la primera vez que la aritmética oficial funciona así, con el resultado achicándose a medida que uno pregunta más. Nos prometieron tres millones de viviendas y terminamos contando las que sí tenían techo. Nos prometieron un Metro con cinco líneas y todavía hacemos cola para la que ya existe. Redondear para arriba en el anuncio y para abajo en la entrega no es un error de cálculo: es, lamentablemente, un estilo de gobierno con más de dos décadas de trayectoria.

Lo digo con la autoridad de quien alguna vez tuvo que cuadrar un balance de verdad, no un titular: en la Gobernación de Trujillo, cuando yo era director de administración y finanzas, un margen de error del cuarenta por ciento entre lo presupuestado y lo ejecutado no se llamaba “avance”, se llamaba auditoría pendiente y, probablemente, una llamada incómoda de contraloría. Pero en la contabilidad nacional, aparentemente, el que redondea manda, y el que pregunta por los 53 casos que faltan es “desestabilizador”.

Y como si la aritmética política no fuera suficiente entretenimiento para un domingo, la naturaleza decidió sumarse al espectáculo. Cayó un aguacero —la onda tropical N.º 40, que suena a nombre de resolución del Poder Popular pero es, en realidad, el clima haciendo su trabajo— y en cuestión de horas Caracas pasó de “cien rescatados” a seis personas desaparecidas, entre ellas una madre y su hijo arrastrados cerca del Estadio Monumental. Sesenta carros sepultados en la autopista Valle-Coche. 20 heridos. Y la misma pregunta de siempre, la que hacemos cada año como quien reza un rosario: ¿otra vez nos agarró por sorpresa la lluvia, en agosto, en el país del Guaire y del Ávila, donde llueve exactamente cuando el calendario dice que debe llover?

La respuesta oficial, como siempre, llegó después del hecho: activar Protección Civil cuando el agua ya iba por la cintura. Es la misma coreografía desde Vargas en 1999: primero la tragedia, después el comunicado solemne, después el silencio, y al año siguiente volvemos a sorprendernos con la misma lluvia de siempre, en la misma quebrada de siempre, con la misma falta de mantenimiento de siempre. Un país que no invierte en prevenir porque prevenir no da fotos, y que sí invierte en rescatar porque rescatar sale bien en cámara. Así nos va: administramos la emergencia con la misma pasión con la que evitamos evitarla.

Ojo, que no todo es incompetencia: también hay creatividad. Esta semana alguien inventó que el capitán Caguaripano había sido liberado “gracias al diálogo”. Bonita historia. Tan bonita que ni siquiera era cierta: el hombre sigue preso y tiene audiencia de apelación el miércoles. Pero entiendo la tentación de inventarla. En un país donde las cifras oficiales cambian más rápido que el precio del dólar paralelo, ¿quién puede culpar a la gente por inventarse también sus propias noticias buenas? Si el Estado se toma licencias con la verdad, el pueblo se toma las suyas con la esperanza. El problema es que la esperanza inventada dura lo que dura un tuit, y la familia de Caguaripano sigue esperando de verdad, sin comunicado ni bombos, a que le devuelvan a su hijo.

Y ahí está, en el fondo, el verdadero costo de esta epidemia nacional de cifras movedizas: no es solo que el gobierno mienta —eso, tristemente, ya lo descontamos en el presupuesto emocional de cualquier venezolano—, es que hasta la verdad empieza a parecer sospechosa. Cuando todo número oficial hay que verificarlo con una ONG, cuando toda buena noticia hay que cotejarla con un portal de fact-checking antes de alegrarse, terminamos en un país donde ya no sabemos distinguir el dato del deseo. Y un pueblo que no puede confiar ni en sus propias alegrías es un pueblo condenado a vivir en modo de sospecha permanente.

Mientras tanto, Chevron anunció que va a producir 15 % más petróleo en año y medio. Buena noticia, en teoría: más barriles, más dólares, más de esa riqueza que en Venezuela tiene la costumbre de entrar por Amuay y salir por Miami. Uslar Pietri escribió hace casi noventa años que había que “sembrar el petróleo”, y desde entonces cada gobierno ha prometido sembrar algo distinto —industria, vivienda, socialismo, ahora hasta minerales— mientras la única cosecha visible sigue siendo la fuga de capitales. Y aquí es donde toca meter la cucharada técnica, sin necesidad de diplomas: producción no es lo mismo que desarrollo. Es como cuando a uno le suben el sueldo y sigue sin poder pagar el alquiler: la plata entra, el problema queda igual. Lo que hace falta no es más barril, es más fiscalización, más transparencia y, ya que estamos pidiendo, algún ministro dispuesto a explicar con cifras que no cambien cada semana a dónde va exactamente esa riqueza.

Podría cerrar esta columna con un dato optimista, pero no lo tengo a mano, y ya establecimos que en este país inventarse las cifras es un problema, no una solución. Así que cierro con lo único que sí cuadra siempre: la capacidad de esta gente —la mía, la de Trujillo, la de Caracas, la del venezolano que hoy busca a su familia entre el barro, la del que hace fila en un consulado en Madrid con la esperanza intacta pese a todo— de seguir de pie mientras el Estado hace cuentas alegres. Que quede claro: no nos hace falta que nos cuenten bien las cosas malas. Nos hace falta que dejen de pasar.

Y si alguna vez los números cuadran de verdad en Venezuela, avísenme. Yo, desde Madrid, sigo la cuenta.

Yoni Toro
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