Hay algo extraño en la manera en que hemos decidido llegar al planeta Marte. Hemos imaginado antes los cohetes que las palabras, antes los módulos habitables que la frase capaz de contar qué significa habitar un mundo que, hasta hace muy poco, solo se conocía igual que una mancha roja en los gráficos de la pantalla en la oficina. La carrera espacial se ha acelerado hasta convertir el universo en una operación inmobiliaria producto del capitalismo salvaje. Parece haberse descubierto una ley cuya evidencia, aunque resulte paradójica, debería incluso avergonzarnos, porque cuanto más lejos queremos ir, menos sabemos qué hacer con aquello que vamos a encontrarnos entre las sombras. Y a lo largo de esta inercia cosmológica y ficticia se habla de propulsión, del regreso del adulto a su infancia, de la medicalización de los cuerpos sometidos a misiones asfixiantes, de protocolos, de arneses, de chalecos reflectantes, de la caja de herramientas, de la hora del café con pastas en una futura estación marciana. Según me parece, se habla de todo eso que permite sobrevivir al viaje, sí, pero apenas de aquello que permite comprenderlo y descifrarlo como un hito trascendente. Aforísticamente podría decirse que una exploración no empieza cuando se abre una escotilla, sino cuando alguien consigue dar nombre a lo que hay detrás.
A su vez, podría objetarse que la poesía constituye un lujo prescindible cuando todavía no hemos resuelto la ingeniería del oxígeno, y que ante una emergencia de ambulancia a cien por hora, la salvación del verso es menos urgente que la reparación de una válvula. Pero si ajustamos bien la tuerca del argumento, se comprende que la poesía no sirve para abrir una compuerta y que, justo por eso, es capital que alguien la escriba cuando la compuerta se abra. Una civilización que enviara seres humanos a Marte y olvidara llevar consigo la capacidad del asombro habría alcanzado una hazaña técnica y sufrido, simultáneamente, un descalabro antropológico. Cuanto más sofisticadas son las máquinas que diseñamos, más primitiva y chusca parece nuestra relación con la experiencia. Nadie niega que un robot puede identificar minerales, medir temperaturas, establecer la composición atmosférica, remitir millones de datos por segundo o practicar, si se quiere, la prueba del polígrafo o una versión rudimentaria del test de Turing para convencer a alguien de que detrás de su respuesta existe una subjetividad relativa. ¿Y cómo desprendernos del todo de lo que somos? Allí en el universo, flotando por lo ingrávido, imagino posible una reconstrucción del corazón, el latido que sonó con el primer nombre enamorado de la vida en flor de inmensidad. No el cableado que da cobertura al infalible chip del robot, me refiero a la humana experiencia, tan falible, por cierto, de saberse vivo.
¿Quién escribirá que el horizonte de Marte produce una determinada tristeza?, ¿quién se dará cuenta de que aquella luz no se parece a la terrestre porque la luz, si cambia de lugar, modifica nuestra conciencia del mundo?, ¿quién convertirá una coordenada en barrio residencial, el dato en homenaje o en memoria, la superficie en paisaje de óleo sobre lienzo?, ¿quién dirá que la magdalena de Proust no podrá ser sustituida por una berlina de chocolate? Por boba que parezca, la cuestión es decisiva, porque la trampa perceptiva se basa en la creencia de que lo descubierto equivale a su registro en una serie de catálogos de topografías exactas. Nada de eso. No descubrimos una realidad cuando sabemos medirla. Creo que tiene más importancia la capacidad de incorporar dicha medida a la imaginación; es como una piedra cuando deja de ser un objeto geológico pleno para convertirse en fragmento, en división, en amable piedrecilla que se lanza al cristal de una madrugada adolescente. Madrugada con luna llena y Marte tras lo oscuro. Oscuridad indemne para quien sueña.
Vayamos al asunto: necesitamos una propuesta distinta en la actual carrera espacial. Pero no propongo una sustitución de científicos por poetas, naturalmente, sino más bien una alianza en equilibrio que impida que el universo quede clausurado en la hoja de ruta del jeroglífico erudito. Hay que democratizar el universo. Hacerlo visible aquí, en un trozo de cometa idéntico a aquel que Cardenal presuponía como génesis de la belleza humana. Y llegado el caso de colonizar Marte, la poesía habría de ser un instrumento de conocimiento, ya que cualquier premisa contraria se volvería restrictiva si aceptamos que conocer tan solo consiste en implantar formulaciones ajenas al temblor de la sensibilidad frente al espacio. En función de esa lógica sofista, Homero habría sido un cronista ornamental y Dante un extravagante cartógrafo del más allá. Y, no obstante, creo que la Historia de la Literatura se empeña en demostrar que una civilización conserva de sus viajes menos los itinerarios que las formas que inventó para narrarlas y hacerlas parte del dominio público.
Es probable que la epopeya marciana no necesite héroes en el sentido clásico para percibir la grandeza de una conquista. Y más aún cuando salta a la vista (al menos en nuestros días) que la verdadera épica está en soportar el silencio de la distancia más que en la superación de esta. Mientras los multimillonarios compran minutos de ingravidez o bautizan estrellas y actúan como turistas del infinito celebrando haber pagado por una fotografía de la curvatura planetaria, la poesía sigue haciendo algo aparentemente menos espectacular, es decir, nos introduce en un pasillo que no hemos recorrido necesariamente. Y de ahí su carácter inmersivo y fantasmagórico, ya que basta que una palabra surta efecto para que haga trasladar nuestra atención a un sitio exacto donde viajamos sin viajar. Sin combustible y sin infraestructura, la solución (por ahora, idealista) está en un poema que nos devuelva la emoción de saber que hay que darle dignidad a la incertidumbre. La retirada de las humanidades de los grandes proyectos tecnológicos significa dejar sin intérprete aquello que la técnica descubre. Y sospecho que una realidad sin interpretación corre el riesgo de convertirse en mercadeo, cuando no en espectáculo. Si el destino va desdibujándose, piensa en que aún queda mucho por hacer: ser el primer poeta en Marte.