El ejercicio de la política en el siglo XXI atraviesa una crisis de sentido. Distinguir la concepción de la acción política a lo largo del tiempo exige comprender primero su fin paradigmático en nuestra realidad presente: un recorrido que va desde las bases ontológicas clásicas hasta el análisis empírico e institucional contemporáneo.
De la virtud ontológica al antagonismo real
El concepto de acción política nace de dos grandes matrices filosóficas clásicas:
- Platón: concibe la política desde el conocimiento ontológico del “ser real”, orientando la organización del poder hacia la acción justa y la búsqueda del bien común.
- Aristóteles: la teoriza como la ciencia empírica del ser humano por naturaleza (Zoon Politikon), centrada en la relación inevitable e interdependiente del hombre con la polis.
Con el paso de los siglos, esta visión idealista dio paso al realismo político. Carl Schmitt identificó la acción política en su núcleo antagónico: la distinción irrenunciable entre “amigos y enemigos”. De forma sintética, el jurista Manuel García-Pelayo condensó esta doble dinámica al orientar la realidad política entre dos movimientos continuos: Lucha-Poder, por un lado, y Orden-Paz, por el otro.
La complejidad del sistema: cultura e instituciones
La política no ocurre en el vacío. Los comportamientos sociales están condicionados por tradiciones, mitos y variables antropológicas regionales. Como advirtió el politólogo Giovanni Sartori, el análisis político exige rigor metodológico, lógica y diseño institucional para no caer en la ambigüedad. Sartori destacó el rol insustituible de los partidos políticos en la democracia como entes de debate, propuestas y conexión directa con la sociedad.
En este marco, la doctora Graciela Soriano de Pelayo aporta una conclusión teórica decisiva para nuestra era: la necesidad indispensable de priorizar el personalismo institucional por encima del personalismo de un líder.
El estancamiento político frente al avance técnico
El mundo ha logrado avances fascinantes en tecnología y ciencia, pero el desarrollo político permanece pasmado. Parecemos atrapados en un círculo pragmático centrado únicamente en la dominación de unos sobre otros. La causa no es la falta de epistemología —sobran teorías clave para comprender esta ciencia compleja—, sino la falta de voluntad para ejecutarlas.
Hoy más que nunca urge superar al “sujeto anclado” de la acción política. Debemos integrar el concepto desde su raíz ontológica hasta su dimensión semántica: asumir la política como un verbo (acción y servicio), no como un sustantivo de dominación.
El caso venezolano: de la sociedad pasiva a la ciudadanía activa
En nuestra región, y de forma acuciante en Venezuela, urge construir un lenguaje político ideal acompañado de acciones coherentes que equilibren el funcionamiento del Estado. Más allá de las variables geopolíticas, económicas y culturales, el sistema requiere la participación cívica completa de sus actores.
Para salir de la parálisis, es necesario transformar las dinámicas tradicionales del sistema:
Descentralización y equilibrio: la victoria sobre el ego
Sustituir el liderazgo personalista por la fortaleza institucional no implica desechar la meritocracia; al contrario, reconocer los logros de un servidor público debe servir como motivación e inspiración, no como objeto de idolatría. El funcionamiento del sistema debe gravitar exclusivamente en torno al respeto y a los acuerdos constitucionales vigentes.
El poder político constituido debe tener un único fin: garantizar la convivencia pacífica y próspera entre sus ciudadanos. Para proteger las instituciones frente a las tiranías, las ambiciones personales y los egos, es indispensable romper con los mitos anclados que nos hacen vulnerables al autoritarismo.
El ego del poder centralizado solo dejará de ser una amenaza cuando cumpla su función natural: someterse al equilibrio de un entorno descentralizado, transparente y verdaderamente funcional.