El sistema monetario de Perú no funcionaría en Venezuela

Steve HankeEmilio Ocampo
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Durante las últimas semanas se ha intensificado el debate sobre cómo acabar con la inflación de Venezuela, la más alta del mundo, y qué hacer con el bolívar, la moneda de peor desempeño del mundo. Algunos venezolanos sostienen que la alternativa más conveniente para resolver ambos problemas sería adoptar el sistema peruano. Aunque en Perú este sistema ha tenido muy buenos resultados, son producto de un conjunto de circunstancias únicas que no son exportables. No funcionaría en Venezuela. De hecho, la idea de que adoptar el sistema peruano resolvería los problemas monetarios venezolanos no sólo es errónea, sino también peligrosa.

¿Por qué hay quienes proponen el sistema peruano? Porque es uno de los pocos casos exitosos de América Latina. Después de las hiperinflaciones de 1988 y 1990 y del colapso económico, Perú introdujo en 2002 un régimen monetario que ha conseguir alcanzar su meta de inflación de entre 1% y 3% de manera consistente. De hecho, en los 24 años transcurridos desde la introducción del régimen de metas de inflación, ésta sólo superó cuatro veces el límite superior del rango, y tres de esos cuatro años correspondieron a la pandemia de covid-19. Además de una tasa de inflación relativamente baja, el sistema peruano ha generado una moneda relativamente estable, un crecimiento económico sostenido y resistencia ante a importantes shocks reales.

Para alcanzar estos resultados, el Banco Central de Reserva del Perú (BCRP) combina su política de tasas de interés con una amplia intervención en el mercado cambiario, un alto nivel de reservas internacionales, esterilización, encajes bancarios contracíclicos y otras medidas macroprudenciales. En algunos momentos también impuso encajes extremadamente elevados sobre ciertos flujos de capital de corto plazo. Quizás el ingrediente secreto del sistema sea que, de facto, es un sistema bi-monetario. Si bien el sol es la moneda de curso legal, los peruanos tienen constitucionalmente garantizado el derecho a poseer y utilizar dólares estadounidenses. Además, el sistema bancario opera tanto en soles como en dólares. Como consecuencia, la competencia de monedas constituye una fuente adicional de disciplina para el BCRP.

El sistema peruano dista mucho de ser un régimen de libre flotación combinado con metas de inflación como el que describen los libros de texto. Pero ha funcionado notablemente bien.

Es importante destacar que su éxito es resultado de una combinación inusual de factores políticos e institucionales locales que, durante más de un cuarto de siglo, han influido en el desarrollo del sistema monetario peruano.

El BCRP está excepcionalmente bien administrado. Julio Velarde lo preside desde 2006 y goza de gran prestigio y confianza. Ha permanecido en el cargo durante un período inusualmente largo y bajo gobiernos de orientaciones políticas muy diferentes. Lo acompaña un equipo técnico altamente profesional y con una considerable memoria institucional.

Perú también ha mantenido un grado inusual de continuidad y estabilidad tecnocrática en el Ministerio de Economía y Finanzas. Como resultado, una política fiscal prudente ha desempeñado un importante papel macroeconómico complementario. Por ejemplo, durante los años buenos, el gobierno ha acumulado colchones financieros en lugar de gastar los ingresos fiscales extraordinarios.

Perú ha demostrado repetidamente que respeta las reglas. Países como Venezuela, donde impera el populismo, no han respetado —y no pueden respetar— reglas que impongan disciplina a la política monetaria y fiscal.

Es decir, los fundamentos institucionales del régimen peruano son producto de circunstancias que no son fáciles de replicar ni necesariamente deseables de reproducir.

Tras la hiperinflación y el colapso económico, Alberto Fujimori llegó al poder en Perú en 1990. Su programa inicial de estabilización, el Fujishock, contempló un severo ajuste fiscal y monetario. Pero la estabilización tardó en llegar. Construir credibilidad llevó años. La ruptura decisiva se produjo después del autogolpe de abril de 1992, cuando Fujimori disolvió el Congreso y suspendió el orden constitucional vigente. La Constitución de 1993 que surgió posteriormente estableció la autonomía del BCRP e impuso restricciones a su capacidad de otorgar crédito al gobierno.

Por lo tanto, las bases institucionales del exitoso régimen monetario actual fueron establecidas y consolidadas durante la presidencia de Fujimori, que terminó en noviembre de 2000. Sin embargo, el actual sistema operativo del BCRP recién fue implementado en 2002.

Esta historia importa. Es fácil observar hoy a Perú, ver un banco central independiente y altamente profesional y recomendar que Venezuela simplemente copie algo similar. Pero semejante recomendación ignora el proceso político mediante el cual se creó el sistema peruano y la forma en que adquirió legitimidad y credibilidad.

La posibilidad de “clonar” el sistema peruano en Venezuela también ignora cuánto tiempo llevó el proceso. Perú no alcanzó la estabilidad de precios de la noche a la mañana. La inflación anual no se mantuvo por debajo del 10% hasta 1997, casi siete años después del Fujishock. En comparación, la dolarización de Ecuador produjo una desinflación y estabilización mucho más rápidas.

La historia política posterior de Perú es igualmente inusual. Desde 2016, ningún presidente ha completado su mandato. Como resultado, incluso hubiera querido reformar el sistema, no habría podido acumular suficiente poder político para hacerlo. Y este riesgo no era meramente hipotético. Pedro Castillo fue elegido presidente en 2021 con la promesa de una Asamblea Constituyente, una nueva Constitución y una transformación fundamental del modelo económico. Duró sólo dieciséis meses en el poder y el régimen monetario y fiscal existente sobrevivió intacto.

Paradójicamente, la extraordinaria inestabilidad política de Perú ha contribuido a reforzar la independencia del BCRP y la continuidad de los equipos técnicos del Ministerio de Economía y Finanzas. Gobiernos y ministros han ido y venido, pero Velarde permanece al frente del BCRP desde 2006. Esta notable continuidad institucional constituye otra razón por la cual el sistema monetario peruano no puede ser fácilmente replicado en otros países.

Al igual que Argentina, Venezuela tiene una larga historia de populismo, dominancia fiscal y anomia institucional. Su problema no ha sido la falta de economistas capaces de diseñar sofisticados regímenes monetarios y fiscales, sino su incapacidad de respetar reglas estrictas tanto en los buenos tiempos como en los malos. La capacidad de Perú para hacer precisamente eso es una de las principales razones por las que su sistema ha funcionado tan bien.

El sistema peruano tiene sólidos fundamentos institucionales que fueron legitimados a lo largo del tiempo y cuentan con el apoyo de la sociedad peruana. Como resultado, es único y no exportable a otros países latinoamericanos. En pocas palabras, el sistema peruano no puede ser replicado exitosamente.

Entonces, ¿qué debería hacerse para acabar de una vez por todas con la plaga inflacionaria de Venezuela? Venezuela debería retirar de circulación el bolívar, ponerlo en un museo y adoptar el dólar estadounidense como moneda de curso legal. Bajo un sistema dolarizado, no habría reglas monetarias que el banco central pudiera violar. Por lo tanto, el sistema dolarizado no estaría sujeto a la manipulación política ni al incumplimiento de esas reglas. Además, garantizaría la estabilidad que Venezuela tanto necesita. La estabilidad no lo es todo, pero sin ella nada es posible. Ningún sistema “dolarizado” ha fracasado jamás.

Steve H. Hanke es profesor de Economía Aplicada en la Universidad Johns Hopkins. Entre 1995 y 1996 fue asesor económico del presidente Rafael Caldera y actualmente es asesor especial en asuntos económicos, monetarios y energéticos en el despacho del diputado Antonio Ecarri en la Asamblea Nacional de Venezuela. Su libro más reciente, coeditado con Francisco Zalles, es La Dolarización en Ecuador: El Triunfo del Orden Espontáneo (2026).

Emilio Ocampo es economista e historiador argentino y profesor de la Universidad del CEMA (UCEMA). Es coautor de dos libros recientes: Dolarización: Una solución para la Argentina (2022) y Argentina dolarizada (2024).

Steve HankeEmilio Ocampo
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