Solidaridad o chantaje: el peligro de presionar a marcas y ciudadanos

Bruna Mugherli
8 Min de lectura

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Las redes sociales mueven ayuda rapidísimo, pero el problema aparece cuando esa fuerza se usa para exigirle a una empresa o a una persona algo que voluntariamente no quiere ceder. El asunto se vuelve todavía más delicado cuando cientos de personas se suman al señalamiento sin conocer toda la historia.

Hay algo que me preocupa cada vez más cuando veo este tipo de dinámicas, incluso lo he compartido en ocasiones con mi entorno. Una persona cuenta una historia, etiqueta a una empresa y, en pocas horas, cientos de personas están opinando, compartiendo y exigiendo una respuesta. Muchas veces eso sirve para algo extraordinario: conseguir ayuda para quien la necesita, hacer visible una injusticia o lograr que una organización preste atención a un problema que no había sido atendido. Este poder de las redes es indiscutible.

Lo grave es cuando empieza a cambiar de rumbo. Es decir, cuando una petición deja de serlo y comienza a parecerse a una advertencia: si no haces lo que estoy solicitando, voy a contarle a mi comunidad lo que ocurrió y tendrás que enfrentar las consecuencias. Ahí es donde surge la verdadera dificultad: cuando la audiencia se convierte en una herramienta de presión.

Pensemos en un caso que podría ocurrir con cualquier empresa:

Una persona tiene un problema con un producto o servicio y considera que la marca debería resolverlo sin costo. La empresa revisa el caso y concluye que no corresponde hacerlo. Puede haber razones técnicas, contractuales o simplemente información que quienes están viendo la discusión desconocen.

Pero la persona tiene algo que la empresa no puede ignorar: una comunidad numerosa en redes sociales. Entonces publica su versión y etiqueta a la marca. Sus seguidores comienzan a reclamar y, de pronto, llegan los comentarios negativos, las acusaciones y las amenazas de dejar de comprar.

En cuestión de horas se instala una verdad pública cuando todavía conocemos una sola versión de la historia.

Y esto es especialmente delicado desde el punto de vista de las relaciones públicas, porque la reputación puede comenzar a deteriorarse mucho antes de que aparezcan los hechos completos.

Una empresa puede explicar después que existían determinadas condiciones, que el producto había sido modificado, que el servicio solicitado no estaba incluido o que simplemente la historia tenía elementos que nunca fueron contados. Para entonces, probablemente miles de personas ya vieron la primera versión.

Pedir ayuda no significa tener derecho a exigir. Por ejemplo, una fundación puede solicitar una colaboración. Una persona puede hacerlo para resolver una situación. Una comunidad puede acudir a una empresa. Eso forma parte de una sociedad solidaria y debería seguir ocurriendo. Pero hay una diferencia importante entre pedir y presionar.

La solidaridad necesita algo muy sencillo para seguir siendo solidaridad: que la otra persona pueda decir que no.

Una empresa puede colaborar, ofrecer una alternativa, solicitar más información o decidir que no puede atender una petición. Un ciudadano tiene exactamente el mismo derecho.

Si decir que no significa arriesgarse a ser expuesto ante miles de personas, entonces la decisión deja de ser completamente libre y ahí la reputación empieza a utilizarse como herramienta de presión.

No importa qué tan noble sea la causa. Una buena causa no convierte automáticamente en correcto todo lo que hagamos para defenderla. Entonces, también somos responsables cuando compartimos información sin verificar.

Hay otra parte de esto que olvidamos: nosotros. Quienes vemos una denuncia en Instagram, TikTok o X también tomamos una decisión. Compartimos, comentamos, etiquetamos, condenamos y muchas veces lo hacemos porque sentimos que estamos ayudando.

Pero una historia conmovedora no es necesariamente toda la historia. Tener miles de seguidores no convierte una versión en verdad y que una empresa tarde en responder tampoco significa que sea culpable.

Antes de sumarnos a un señalamiento deberíamos hacernos algunas preguntas que, además, son muy básicas: ¿sé realmente qué ocurrió?, ¿he escuchado a las dos partes?, ¿hay documentos o hechos que respalden lo que se está diciendo?

Porque cada vez que compartimos también aumentamos el alcance del daño si la acusación resulta incompleta, exagerada o falsa.

Una empresa también puede decir que no. Las marcas tienen responsabilidades. Deben escuchar a sus clientes, investigar los reclamos, responder cuando corresponda y explicar sus decisiones.

También pueden apoyar causas sociales, hacer donaciones y atender situaciones excepcionales. Pero ninguna empresa puede decir que sí a todo.

Y hay una razón adicional para tener cuidado: si una organización concede algo únicamente porque quien reclama tiene 100 mil seguidores, ¿qué mensaje recibe el cliente que tuvo exactamente el mismo problema pero solamente tiene 500?

Desde las relaciones públicas, resolver una crisis no puede consistir simplemente en atender al que hace más ruido. Eso quizás apague un problema hoy, pero creará uno mayor mañana.

La respuesta tiene que estar basada en hechos, criterios claros y coherencia. La reputación también se construye siendo capaz de explicar por qué algunas veces la respuesta es sí y otras veces es no.

Denunciar no es chantajear. Tampoco podemos ir al extremo contrario. Las redes sociales han sido fundamentales para denunciar abusos y conseguir respuestas que de otra manera probablemente nunca habrían llegado. Ese poder ciudadano es valioso y hay que preservarlo.

Pero denunciar una conducta y utilizar la amenaza de denunciar para conseguir algo son cosas diferentes. La denuncia busca informar y demostrar un hecho, el chantaje reputacional utiliza el temor a la exposición para obligar a alguien a actuar.

La primera necesita evidencias. El segundo se alimenta de la presión y, muchas veces, de una audiencia que condena antes de preguntar.

Por eso quienes representan fundaciones, defienden causas o han construido grandes comunidades necesitan entender que esa capacidad de movilizar personas también es una forma de poder. Y tener poder implica utilizarlo con responsabilidad.

Desde las relaciones públicas tampoco se trata de defender automáticamente a las empresas. Se trata de algo más sencillo: buscar los hechos, abrir espacios para el diálogo y procurar que la reputación se construya sobre lo que realmente ocurrió.

Las marcas deben explicar. Quienes denuncian deben demostrar. Y quienes observamos deberíamos verificar antes de condenar.

Una causa puede ser justa. Una necesidad puede ser completamente real. Una empresa incluso puede tener recursos suficientes para ayudar. Pero nada de eso debería convertir su reputación en rehén.

La solidaridad conserva su valor cuando alguien puede decidir libremente ayudar. Cuando la alternativa es colaborar o quedar expuesto públicamente, ya estamos hablando de otra cosa.

Así que recuerda que al compartir una acusación sin verificar, dejas de ser espectador para convertirte en actor de su propagación. La próxima vez que te sientas tentado a replicarla, piénsalo dos veces: el eco también es responsable del ruido.

Bruna Mugherli
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