Cuando hablamos de los valores que guían el comportamiento de los ciudadanos para lograr una convivencia sana, inevitablemente pensamos en la moralidad. Estas normas, que aplicamos en nuestra vida diaria para interactuar con nuestro entorno, se establecen mediante acuerdos estandarizados. El filósofo Immanuel Kant abordó la moralidad desde la perspectiva del deber racional, valorando el respeto. De manera similar, Émile Durkheim definió la moral como un conjunto de normas y valores acordados socialmente para garantizar la cohesión y el orden social.
Con esta definición, podemos considerar cuáles son las acciones y herramientas necesarias para evitar que un sistema político caiga en el desorden. Para protegernos de líderes autocráticos, que anteponen intereses personales a los acuerdos sociales, necesitamos promover cambios responsables y transiciones de gobierno genuinas. Este análisis se centra en la importancia de usar la moralidad no solo como una ciencia axiológica que valora los principios intrínsecos, sino también desarrollarla como una herramienta instrumental necesaria para guiar la conducta humana hacia la justicia, la dignidad y el bienestar común. Ignorarla podría llevarnos al caos anárquico, como se ha visto en el pasado.
Para fortalecer las políticas exteriores y encauzar la moralidad funcional, propongo tres ejes fundamentales: La moral en la institucionalidad debería figurar como un ejemplo de garantía, respeto y transparencia; el eje de justificación debería enfocarse en los pactos constitucionales específicos de cada país para las alianzas que favorezcan los derechos humanos y el desarrollo económico; y el eje de objetividad debería ser efectivo en acción y estrategia para el desarrollo y fortalecimiento de la sociedad civil, basada en los principios universales de libertad y derechos humanos. Estos tres ejes nos muestran que aplicar la moralidad a la democracia es esencial para alcanzar acuerdos institucionales sólidos y sostenibles, fortaleciendo tanto los contextos políticos como el Estado.
La funcionalidad moral de los ejes
Se centra en el esquema del eje institucional, donde la relación social entre individuos, cimentada en valores morales, asegura el equilibrio del sistema político. Un comportamiento planificado desde la perspectiva institucional promueve la coherencia y un sentimiento de pertenencia a las normas comunes. A menudo, la influencia en grupos se mantiene a largo plazo, emergiendo el reconocimiento de las funcionalidades ejecutivas internas del sistema político. Una teoría que se alinea con esta idea es la del «Leviatán» de Thomas Hobbes, que sostiene que en el estado natural del hombre no existe moralidad, pero cuando surge el contrato social como institución soberana, se define lo justo e injusto para asegurar la convivencia pacífica.
En el eje de la justificación moral, priorizar el acuerdo requiere que toda acción administrativa orientada al desarrollo de una sociedad cívica esté respaldada por estrategias que consideren la realidad cultural y respeten la vida, la libertad y la propiedad. El gobernante no debe violar estos principios, tal como lo establece la teoría del Contractualismo. La legitimidad fomenta el orden, ideas defendidas por grandes pensadores políticos como Thomas Hobbes, John Locke y Jean-Jacques Rousseau.
El eje de la objetividad aborda uno de los temas más complejos en la filosofía política y ética. Separar objetivos personales de colectivos plantea el debate sobre si actualmente deberían priorizarse principios universales que guíen la acción política, los acuerdos y las alianzas internacionales mediante garantías y procesos legales. Esto crearía un entorno confiable libre de intereses personales y diferencias culturales. Ronald Dworkin defiende un objetivismo moral robusto, fundamentado en juicios éticos y políticos claros, donde es posible encontrar las respuestas correctas.
El debate sobre la separación de la moral del poder político
En esta compleja etapa de la historia política, marcada por la comparación entre gobiernos autocráticos y democráticos, resulta interesante analizar las funcionalidades ejecutivas y administrativas de las políticas públicas, especialmente en los roles de gestión para su implementación. Surge la pregunta: ¿debería separarse la moralidad de la funcionalidad política? Existen autores que defienden la idea de separar el poder político de la moralidad, priorizando la eficacia y la preservación del Estado por encima de los mandatos morales. Nicolás Maquiavelo, en un contexto monárquico, presenta un pensamiento que diferencia la acción política de la moral, considerando cada una en planos autónomos con sus propios fundamentos estructurales y una realidad que responde más a lo que es, y no a lo que debería ser. Es importante destacar que las monarquías se fundamentan en la centralización del poder a través de un soberano con linaje real, mientras que las democracias representativas son participativas y legitimadas mediante el voto de sus ciudadanos.
La evolución política ha dejado impactos notables en diversas estructuras de poder, proporcionando antecedentes que permiten comparar y observar las experiencias y diferencias entre sociedades vulnerables frente a distintos fenómenos políticos. El politólogo Rudolph Rummel asegura que los gobiernos autocráticos y totalitarios son responsables del mayor número de muertes internas en sus países, al cometer atrocidades como el genocidio. Ejemplos de esto se encuentran en los regímenes marxistas-leninistas y maoístas, caracterizados por su economía radical (colectivización forzada) y la eliminación sistemática de disidentes y clases enemigas. En otro contexto, los impactos de gobiernos autocráticos y tiránicos se muestran en el nazismo y el Holocausto, responsables de la muerte de más de 21 millones de civiles judíos, gitanos, personas con discapacidad y opositores políticos, justificados bajo racismo institucionalizado y eugenesia social. Estudios históricos sobre características gubernamentales demuestran una correlación directa: a mayor concentración de poder y menor control democrático, mayor es la letalidad del Estado hacia sus ciudadanos.
El punto de vista aquí es que, en una democracia, se observa que la violencia y la mortalidad suelen ser menores en comparación con sistemas centralizados de poder. Amartya Sen destaca que la libertad presente en los sistemas democráticos, junto con los cambios frecuentes en los puestos de poder, la libertad de expresión y la presión cívica, pueden disminuir la vulnerabilidad de la sociedad. Una sociedad que cultiva valores morales tiende a exigir con más fuerza calidad de vida a sus gobiernos. Una ciudadanía formada en principios de respeto y sentido de pertenencia se asegura de que su entorno político legitime sus gobiernos basados en el servicio público. Cuando quienes ocupan cargos de poder gestionan la moral política con principios éticos y deberes legales, priorizando el interés colectivo sobre el beneficio personal, se reduce el riesgo de violencia y corrupción. Al conectar las fortalezas del valor moral con el funcionamiento del sistema político, se avanza hacia la sostenibilidad de las sociedades civiles. Esto se refleja en alianzas y acuerdos en políticas exteriores que buscan un desarrollo integral basado en ética moral, impulsando el crecimiento social, económico y el equilibrio del poder político.
El principio y la continuidad de la moral política en Venezuela
Para comprender nuestro sistema político y la importancia crítica que tiene hoy debido a la situación inestable que enfrenta el país, es esencial recordar a Simón Bolívar, nuestro libertador, quien en su tiempo expuso la moral política dentro de su ideal libertario. En el Manifiesto de Cartagena, Bolívar subrayó la superioridad de la Fuerza Moral sobre la física para legitimar la acción política y la soberanía. Sus palabras en el Discurso de Angostura, «Moral y Luces son nuestras primeras necesidades», tienen un significado perdurable para el fortalecimiento de la República, resonando aún en nuestros días. Para defender la libertad, primero debe cambiarse el carácter de su población; el amor por la patria debe ser fomentado desde la educación cívica y la ética moral para proteger la estabilidad de una nación.
Con el tiempo, hemos aprendido que la Moral Política no puede ser una simple fachada en los discursos. Para reinstitucionalizar el país, es imprescindible mantener esta moral presente, especialmente ante las contradicciones del deber ser democrático frente a acciones individuales deliberadas. Las relaciones políticas internas y exteriores se respaldan en un sistema moral porque las garantías están aseguradas en un ambiente de transparencia, justicia y equidad.
En cuanto al proceso entre Estados Unidos y Venezuela relacionado con la extradición de un narcodictador y su cómplice, bajo una justificación del presidente Trump en defensa contra organizaciones criminales en la región, estos procesos deben seguir su curso para poner fin a estas bandas criminales. Sin embargo, es desconcertante que dicha justificación se vea distorsionada por una alianza económica aprovechando la vulnerabilidad institucional del país. Lo más preocupante para los sistemas democráticos es que se permita negociar acuerdos petroleros con cómplices involucrados en delitos de narcotráfico y terrorismo. No puede haber medias tintas en este tipo de actos; fortalecer al culpable sería un atentado contra la justicia moral y debilitaría la confianza mundial en una de las principales potencias democráticas, permitiendo el crecimiento de organizaciones criminales bajo el amparo de líderes que ocupan cargos ejecutivos por capricho u oportunismo. Estas acciones sin garantía rompen las reglas constitucionales de países que buscan fortalecer sus sistemas políticos respetando los derechos humanos consagrados en la democracia.
Dónde estamos y hacia dónde vamos
Venezuela quedó atrapada hace 30 años en uno de los fraudes más significativos de nuestra historia política al creer que un líder carismático, un militar con fuerza y determinación, podría resolver nuestras complejas dificultades, problemas que solo en democracia podían solucionarse. Este engaño nos fue despojando gradualmente de derechos e instituciones, causando innumerables pérdidas humanas, torturas, restricciones a las libertades, diáspora y vínculos con las organizaciones criminales más grandes del mundo. El chavismo no solo instauró un régimen autoritario, sino que también alimentó durante años a corruptos, mafias y redes de narcotráfico de alto nivel. El país fue estructurado para fomentar el crecimiento de la corrupción, el crimen y el terrorismo.
A pesar de las dificultades, comprendemos que en Venezuela poseemos un gran potencial de recursos naturales, tanto renovables como no renovables, como el petróleo. Los venezolanos deseamos contribuir mediante alianzas económicas y políticas exteriores al desarrollo humano y al fortalecimiento institucional de la democracia. Queremos ser aliados en el camino correcto y respaldar estrategias para reducir la violencia, el narcotráfico y el terrorismo. Por eso, levantamos la voz para que el mundo entienda que toda relación o inversión entre naciones debe basarse en una estructura institucional que garantice la transparencia y la sostenibilidad política. Por ello, es prioritario fortalecer la moral política para establecer cimientos sólidos a través de alianzas que generen confianza con miras a avanzar en beneficio de nuestras sociedades civiles.
En estos tiempos complejos, apelamos a la moral política de Estados Unidos que promueve el excepcionalísimo americano con la creencia de que su nación tiene una misión moral universal. Esta es una oportunidad para reafirmar su compromiso, mostrar un liderazgo acorde con su poder, y actuar para concretar acuerdos económicos bajo la responsabilidad de una transición que permita al país recuperar la estabilidad con un gobierno legítimo, transparente y con seguridad jurídica. Así es como los grandes líderes se forjan en la gloria.
Hoy, seguimos siendo un país firme levantado con liderazgo dispuesto a reinstitucionalizarse para hacer las cosas conforme a la ley y fortalecer la integridad heredada de nuestros libertadores. Más que nunca, la moral y las luces deben ser el camino hacia sistemas donde la inversión más valiosa sea aquella que conduzca al respeto, la equidad y la justicia.