• El racionamiento eléctrico en la entidad ha obligado a que muchos jóvenes dejen de asistir a sus clases regulares.

Comercios, hospitales y viviendas no han sido los únicos espacios afectados por la crisis eléctrica que ha arropado a Maracaibo. La educación, uno de los elementos transformadores para muchas naciones, también ha sufrido estragos y los perjudicados han tenido que dejar las aulas para enfrentar las dificultades de vivir entre los cortes eléctricos que se volvieron cotidianos.

En 2017, durante la época decembrina, el gobernador Omar Prieto anunció que se aplicaría un racionamiento eléctrico en la entidad luego de un presunto “sabotaje” en la subestación Punta de Palma, ubicada en el municipio Miranda de la Costa Oriental del Lago. Aquel racionamiento tendría una duración de dos a tres horas diarias. Sin embargo, muchos de los zulianos aseguraron que aquella cifra se triplicaba. Desde entonces, ir al colegio o al supermercado comenzaba a ser una tarea asociada a la suerte de tener electricidad.

La deserción de profesores y alumnos no se hizo esperar y muchos se sumaron a las cifras del éxodo migratorio. Sacha Paz, directora del Instituto Radiofónico de Fe y Alegría (IRFA) en Maracaibo, que se encarga de ofrecer un servicio educativo a la población adulta que no pudo continuar con sus estudios regulares, afirmó para El Diario que la situación en el estado Zulia cada vez es más crítica.

Escuela de Fe y Alegría | Foto cortesía

“Esto hace que la educación sufra porque no contamos con las personas que necesitamos, porque no estamos formando las personas que necesitamos formar, y eso representa una gran preocupación para los que estamos bajo la responsabilidad de llevar las riendas de un instituto educativo como este, que trabaja con voluntarios”, explica Paz.

La deserción no ha sido el único cambio en el ámbito escolar. Las edades de quienes ahora acuden al IRFA no son las habituales. Como explica la directora, muchas de las personas que asisten actualmente son jóvenes, de aproximadamente 15 años de edad, que están saliendo de los liceos para buscar trabajos que les permitan tener un sustento. En consecuencia, eso “significa un reto porque no era la población que solíamos atender”, afirma.

Sacha Paz, directora del IRFA de Fe y Alegría en Maracaibo. | Foto: José Daniel Ramos

Un golpe para los estudios superiores

David Gómez, profesor y director de la ONG Aula Abierta, dedicada a la defensa y promoción de los derechos humanos en el ámbito universitario, explicó a El Diario que en el trimestre final de 2018 distintas universidades públicas del país declararon encontrarse en una situación de emergencia humanitaria dentro de los propios recintos educativos, sobre todo en relación con la crisis eléctrica, una suerte de flagelo que “ha terminado de descartar la posibilidad de que las universidades puedan brindar los procesos de educación superior con normalidad”.

David Gómez, director de la ONG Aula Abierta | Foto: Alejandro Bonilla

La crisis eléctrica solo es una parte de las dificultades que golpean a los estudiantes y profesores zulianos, pues la falta de acceso al combustible impide que puedan movilizarse y asistir a clases. “Los profesores no pueden ir a dar clases y los alumnos tampoco pueden recibirlas”, enfatiza Gómez.

Los laboratorios de las universidades públicas están prácticamente desmantelados por la crisis presupuestaria que también “asfixia” a las universidades del país, de acuerdo con las denuncias de David Gómez.

“No hay luz para encender un bombillo, no hay electricidad para enchufar algún equipo, pero tampoco hay reactivos. Todas estas son dificultades que se presentan para llevar a cabo el proceso estudiantil”.

Universidad del Zulia | Foto cortesía

Matrículas en caída

Los pupitres vacíos han dejado constancia en las listas de asistencia. Paz indica que durante el semestre julio-diciembre de 2018 tuvieron una matrícula de 640 estudiantes. No obstante, esta cifra se redujo a 351 estudiantes en el primer semestre de 2019, lo que significa una deserción de casi 50%.

“Este fenómeno no solo es de este semestre, pues nosotros teníamos hace cuatro semestres una población de hasta 1.500 estudiantes. Esas son las cifras. Son preocupantes”, recalca la directora, quien también comenta que este escenario se repite en otros estados fronterizos del país.

Por su parte, Gómez explica que normalmente un aula de clases, dependiendo de la carrera, tenía aproximadamente entre 100 y 150 alumnos; sin embargo, en el último periodo estudiantil solo se habían inscrito 20 o 30 alumnos por sección. Los padecimientos, las fallas en los servicios, la falta de algo tan básico como el agua, suponen las causas de la deserción estudiantil.

Ante esto, el agotamiento de los estudiantes se ha vuelto una característica común. No hay soluciones gubernamentales, por el contrario: vivir con las fallas de los servicios básicos es parte de una realidad insoslayable.

“Los cortes de luz hacen que la población estudiantil también deje de asistir, están cansados, han pasado mala noche o llevan días sin electricidad. Así estamos, hay centros que los sábados sí tienen electricidad y funcionan con normalidad dentro de lo que cabe, pero dependiendo de cómo haya sido la noche anterior los estudiantes van o no van”, explica Sacha Paz.

Pese al panorama actual, Paz y Gómez resaltan el esfuerzo de los 40 voluntarios que aún permanecen en los salones del IRFA y de los profesores y miembros de Aula Abierta que contribuyen con el proceso de formación. Reconocen que aunque la tarea no ha sido sencilla, siempre dicen a los miembros de sus equipos que más que pensar en los números, hay que pensar “en las personas que siguen asistiendo”.

La educación es fundamental para que se pueda debatir el pensamiento crítico, para que se pueda hacer país, por eso en Aula Abierta y en el IRFA siguen apostando por la lucha contra las políticas de Estado que están dirigidas a disminuir y acabar con la posibilidad de formación de las personas.

“Fe y Alegría tiene una tradición importante, una huella en Venezuela, y eso nos reta. Seguimos apostando, pero la situación nos está jugando una mala pasada”, expresa Paz.

Estómagos vacíos

En los hogares de muchos venezolanos, las neveras pasaron a convertirse en un incómodo recordatorio, en una esperanza que se escapa día tras día. De acuerdo con el reporte nacional del Observatorio Venezolano de la Salud (OVS), publicado en diciembre de 2018, existe retardo en el crecimiento en talla y desnutrición crónica en 33% de los niños pobres venezolanos, con edades comprendidas entres 0 y 2 años de edad, lo que representa una amenaza para el desarrollo físico y mental de las futuras generaciones.

Maracaibo no ha sido la excepción, pues la Comisión para los Derechos Humanos del Estado Zulia (Codhez) publicó en su informe anual de Seguridad Alimentaria en Maracaibo, correspondiente al año 2018, que en la capital zuliana existe una preocupación generalizada por la falta de alimentos.

“Para la fecha de nuestro estudio, 87,2% de los hogares declaró ingresos por debajo de 0,82 dólares estadounidenses diarios, menos de la mitad del ingreso necesario para superar el umbral de pobreza fijado en $ 1,90 diarios por el Banco Mundial”, se lee en el informe.

La directora del IRFA en Maracaibo confirma que han sido testigo de la pérdida de peso de los estudiantes, por lo que a principios de este año comenzaron a trabajar en cómo manejar estas situaciones para así brindar apoyo, tal es el caso del surgimiento de iniciativas como las sopas comunitarias.

“Uno también sufre al ver a la gente padeciendo. Hay estudiantes que no tienen los medicamentos que les toca tomar, otros que están enfermos, profesores que se han enfermado por tener que cuidar a familiares y vemos cómo adelgazan… Eso a mí me cuesta”, relata.

Esta situación se repite en las universidades zulianas, donde el hambre se cierne sobre cada estudiante y se posiciona como otra de las causas por la que los alumnos no están acudiendo a formarse en las aulas.

Universidad Católica Cecilio Acosta | Foto cortesía

Tanto en Maracaibo como en el resto de ciudades del interior del país los afectados se siguen sumando a las cifras que revelarán los próximos informes sobre derechos humanos. Para muchas de estas personas, los servicios básicos se han vuelto inalcanzables, casi inexistentes. A tientas, la educación busca mantenerse.

“La gente está triste, está desesperanzada y, bueno, nos toca dar esperanza. Como equipo nos toca ayudarnos. El personal también pasa necesidad e intentamos ayudarnos unos a otros confiando en que se abran nuevos caminos para que todo esto se vaya solucionando, y confiando en que los venezolanos somos quienes podemos hacer que esto cambie”, concluye Paz.

Fe y Alegría | Foto: José Daniel Ramos
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