• Tres venezolanos, que fueron diagnosticados con afecciones de larga duración, narraron sus experiencias ante la crisis política, social y de salud que enfrenta Venezuela. Para ellos, controlar sus condiciones se ha vuelto un viacrucis

Dessiré Cárdenas, de 40 años de edad, fue diagnosticada con cáncer de mama en 2016, seis meses después de dar a luz a su tercer hijo, Christian.

“Estaba dándole pecho a mi hijo y cuando le saqué los gases me dolió. Ahí comencé con la duda de qué era lo que tenía. Fui a mi ginecólogo de siempre y no me consiguieron nada, al mes me dio una pancreatitis aguda, me vi grave, adelgacé mucho y se veía mucho más abultado lo que estaba en mi seno”, explicó Cárdenas.

Luego de una cita con un mastólogo, una biopsia y un resultado que indicó la presencia de un tumor maligno, la preocupación invadió la mente de Dessiré. “Mi vida pasó por mis ojos por un segundo y solo pensaba en que Cristian estaba muy pequeño y que para mí la palabra cáncer significaba muerte”.

El diagnóstico implicó grandes cambios es su vida, como someterse a quimioterapias, radioterapias y una cirugía. Estos solo serían los primeros pasos a seguir en el camino a la recuperación en medio de una emergencia humanitaria compleja que atraviesa el país.

El primer encuentro de frente con la crisis lo vivió ese mismo año cuando pidió cita para recibir radioterapia en el hospital Dr. Domingo Luciani de El Llanito. “Ahí recibí mi shock porque lo primero que vi fue un pasillo en el que no había luz. Luego me dicen que no me puden dar la cita sino para marzo de 2017”.

La quimioterapia también se complicó ante la escasez de medicamentos en el Instituto Venezolano de los Seguros Sociales (IVSS). “Todo mi medicamento lo tuve que buscar en Alto Costo (farmacia del seguro social), pero a mí en todo 2017 no me dieron mi quimioterapia doxorrubicina, lo tuvimos que traer del exterior. Luego de cumplir mis quimios y mis radios tuve que tomar tamoxifeno, zoladex y zometa (para el tratamiento), me coloqué el primer zoladex y ya, porque después de ese no llegó más al país”, dijo en una entrevista a El Diario.

La ausencia definitiva zoladex llevó a Cárdenas a considerar el pasar nuevamente por el quirófano, en esta ocasión para extraerle el útero y los ovarios con una histerectomía total: la única opción para evitar un recaída como consecuencia de la falta de tratamiento.

“Me puse premenopáusica a los 39 años y le dije a mi esposo: ´no me importa que se me caiga el cabello ni estar menopáusica, me importa respirar y estar aquí´. Él me dijo: ´Bueno gorda, si eso es lo que te va a dar vida hagámoslo´”, comentó Dessiré.

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Dessiré Cárdenas y su esposo | Foto: Cortesía

Su decisión redujo el riesgo de una recaída considerablemente. Sin embargo, las preocupaciones siguen acompañándola, debido a que cada año debe realizarse costosos exámenes de rutina, seguir su tratamiento de remisión y para tratar el hipotiroidismo. Además, debe cuidar de tres niños en un país sumergido en una crisis de salud.

Mildred Rodriguez, al igual que Cárdenas, pasó por todas las fases que implica combatir el cáncer de seno: cirugía, quimioterapia, radioterapia y tratamiento hormonal, aunque su proceso ha sido mucho más lento. En 2013 fue diagnosticada y desde entonces se ha topado con todo tipo de dificultades para mantener su calidad de vida.

“Todo mi tratamiento ha sido extemporáneo. Yo fui diagnosticada en marzo de ese año, en agosto comencé la quimio y la termine en diciembre. Se suponía que entre los 15 y 21 días después me debían operar, pero en realidad mi cirugía fue en febrero de 2014”, explicó Rodríguez para El Diario.

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Mildred Rodríguez se afeita la cabeza desde que comenzó a perder cabello | Foto: Daniela León

Seis meses más tuvo que esperar la mujer para una cita en radioterapia y otro mes más para empezar a recibir las radiaciones que terminaron en noviembre de 2014. “Cuando terminé las radioterapias quería volver a mi cita de oncología en el hospital militar, pero el director en ese momento quería que los pacientes solo fueran militares, así que no pude seguir ahí. En Venezuela es muy difícil que te vea un oncólogo luego de que te han operado”.

Tras buscar varias alternativas, una amiga le consiguió a Mildred una cita en el Instituto de Hematoncología de la Universidad Central de Venezuela. “Me ven el 12 de diciembre de 2014 y de ahí me mandan a hacer unos exámenes para ver si soy compatible con el tratamiento de herceptin (medicamento), el cual comencé en julio de 2015 y ya en 2016 no lo conseguí más”.

Desde ese momento su tratamiento se volvió más cuesta arriba, por lo que ha dependido de donaciones de amigos y familiares que están en el exterior para tomar otras pastillas de su tratamiento.

Hace un poco más de dos años Rodríguez utilizaba su vehículo como transporte escolar, pero cuando el auto se accidentó tuvo que venderlo y despedirse de lo único que le daba un ingreso adicional a la pensión de Seguro Social.

“Yo tengo una amiga que viaja, a ella le depositan mis amigos o familiares y se lleva el informe y el récipe, pero el tratamiento no es nada barato porque en Estados Unidos me sale en 200 dólares y para alguien que se haya ido del país −en las condiciones que emigran todos los venezolanos− darme 40 o 50 dólares es difícil. Además, esta amiga que viajaba dos veces al año se fue dos semanas después del primer apagón (el pasado marzo) porque su hija se lo pidió y lo más probable es que no vuelva”, agregó Mildred.

Rodríguez asegura que desde que fue diagnosticada su vida dio un giro total, sus prioridades cambiaron y sus preocupaciones también. “Ahora me metí en la junta de condominio, me meto la computadora, juego solitario, veo alguna novela, limpio el cuarto y otro dia limpio la cocina. Ya no tengo vida social, hace años que no puedo salir a tomarme un café”.

“Lo que más me preocupa es no tener mi tratamiento y no solamente yo, sino ver que hay personas a mi alrededor que necesitan un tratamiento y no pueden tenerlo. Ver niños en el hospital que necesitan un antibiótico o un calmante y tampoco tienen cómo. Ver cómo a mi lado se está muriendo la gente por una ampolla de un antibiótico eso me llena de impotencia y coraje”, añadió la paciente.

Rodríguez no es la única en su familia que le hace frente a una condición crónica, su primo Alberto Bruck también.

Bruck tiene una trombocitopenia aguda, lo que se traduce en que su cuerpo no produce plaquetas desde hace 25 años. Aunque no requiere medicinas, debe mantener un control constante de sus niveles de plaquetas.

“Mi nivel plaquetario debería estar entre 140.000 y 400.000 por milímetro cúbico y está en 25.000. Estoy en un límite crítico porque cuando las plaquetas bajan hasta ciertos niveles se deben hacer transfusiones, no de sangre, sino de plaquetas y en Venezuela es muy difícil conseguir un lugar donde hagan eso”, detalló Bruck en una entrevista para El Diario.

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Alberto Bruck compartiendo el almuerzo con su prima Mildred Rodríguez | Foto: Daniela León

El bienestar de este hombre depende de exámenes de sangre rutinarios que, en ocasiones, son más difíciles de conseguir que algunos medicamentos por sus costos o por la falta de reactivos en los laboratorios.

“Lo peor que podría pasar es que necesite una operación y requiera donantes de plaquetas que no lleguen. Además que esos donantes deben tener unas características específicas: deben estar en muy buen estado, (las plaquetas) deben estar frescas y ser de una persona joven que no haya tenido enfermedades como por ejemplo del hígado, además la persona tiene que estar en la misma clínica porque deben transfundirme en menos de dos horas después de haberlas extraído”, explicó.

Este engorroso proceso no es desconocido para Bruck, porque hace cinco años necesitaba una cirugía y buscó en cada rincón que pudo durante seis meses a un donante. Finalmente un amigo, que viajó desde el interior del país fue su donador. “Esa vez fui a los bomberos, a la policía y a donde te puedas imaginar, realmente si vuelvo a pasar por eso no sé cómo lo haría”.

Debido a los altos precios y a que el único ingreso que percibe es la pensión, Bruck tiene dos años sin realizarse sus estudios de rutina, por lo que — dijo- podría encontrarse con una sorpresa cuando logre hacerlos. “Puede que me digan que necesito una transfusión inmediata por el bajo nivel plaquetario y no tengo donantes, no tengo familiares jóvenes, deben ser menos que 25 años”, explicó.

El hombre considera que la crisis venezolana puede hacer que cualquier momento sea crítico para alguien con una condición de salud crónica, porque un factor como el estrés o la mala alimentación es perjudicial. Sin embargo, asegura que seguirá en el país. “No es fácil que a estas alturas uno piense ´voy a emigrar´ no es sencillo. En una época de joven viví en el extranjero, hice un postgrado en Estados Unidos y eso basta y sobra para que el gobierno no te de trabajo aquí”.

Alberto no cuenta con más familiares en el país que su prima Mildred, por lo que pedir ayuda a parientes para sus controles es una opción poco viable. Además él a veces debe satisfacer primero las necesidades de su esposa, quien tiene parkinson e hipertensión, dos condiciones crónicas que sí requieren medicamentos que suelen ser costosos.

La crisis del sector salud en Venezuela sigue siendo una realidad que afecta a muchos venezolanos diagnosticados con enfermedades crónicas, quienes no reciben respuestas oportunas por parte de los organismos del Estado y esperan por un cambio de políticas públicas o una ayuda humanitaria que arrope a más sectores de la sociedad.

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