• Más de 5.000 dólares puede costar hacer el traslado de un cuerpo desde Argentina o Ecuador hasta Venezuela

Casi cinco millones de venezolanos han abandonado el territorio nacional en búsqueda de mejores condiciones de vida, de acuerdo con cifras oficiales de las Naciones Unidas. Sin embargo, no todos consiguen vivir lo que esperaban. Algunos por ser víctimas de la inseguridad en sus destinos y otros por recibir el golpe de enfermedades mortales imprevistas.

La muerte repentina de miles de connacionales ha hecho que muchos descubran el doloroso trámite de repatriar los cuerpos.

Trasladar las cenizas, o cuerpos a través de rutas aéreas y terrestres, es ahora uno de los pasos del duelo de venezolanos en medio del éxodo criollo.

“No sabía que tenía cáncer cuando llegó a Ecuador

Al pisar suelo ecuatoriano, Silvio José González tenía mucho por hacer. Pretendía establecer una pequeña franquicia para vender postres, en la que colaborarían sus familiares, que progresivamente habían llegado a poblar la ciudad de Ibarra, donde, hasta la fecha en que se escriben estas palabras, viven 22 de sus relativos. A más de mil kilómetros de Maracaibo, su ciudad natal, y a punto de iniciar una nueva vida, se enteró de que tenía cáncer de estómago en estado avanzado. Entonces solo tuvo un deseo que no pudo cumplir: morir en su país, la tierra de sus ancestros guajiros.

blank
Foto cortesía

Salió de Venezuela en abril de este año, pero no pudo dejar atrás el arraigo por su territorio. Ahora, tras muchas gestiones de sus hijos, descansa como ceniza sembrada en la sala de su casa en el municipio Mara. La hija de Silvio, Mitsimagi González, relató para El Diario la historia de la repatriación de las cenizas de su padre, algo que deben afrontar los venezolanos que deciden llevar a sus familiares fallecidos en el extranjero de vuelta a la nación.

Un mes y una semana fue lo que tardó en ser consumido por la enfermedad. “Nos enteramos aquí que estaba enfermo, él no sabía”, dice Mitsimagi, “Y lo más difícil fue ver a mi padre y saber que iba a morir en un lugar al que no pertenecía”.

Silvio González fue atendido, e internado, en un hospital de Ibarra durante sus últimos días. “Gracias a Dios no tuvimos que pagar ni un dólar”, dice la hija como autoconsolándose. Con una sonda nasogástrica permanentemente conectada, el guajiro venezolano se hizo su tratamiento poco después del fatal diagnóstico. Acababa de cumplir 56 años, y la celebración la realizó en compañía de todos sus nietos.

blank
Foto: Cortesía

Un indígena que estaba siendo tratado frente a la camilla de Silvio le recomendó que fuera a unas montañas en las adyacencias de la urbe en busca de medicina ancestral.

“Un familiar de ese indígena que habló con mi papá se había curado de cáncer con esas medicinas, y mi papá se llenó de fe al principio”, relata Mitsimagi.

blank
Foto cortesía

Con el vehículo prestado de un vecino, Silvio y su hija partieron a las montañas, cerca del volcán Imbambura en busca de un milagro. Le decían “Tía Josefina” a la curandera que mora en el cerro que rodea a Ibarra, y se decía que era capaz de curar el cáncer. No estaban decididos a rendirse aún ante la enfermedad.

Las recetas ancestrales parecían estar cumpliendo su efecto. “Estaba mejorando”, asegura Mitsimagi. Su padre consumía solo frutas y hierbas recetadas por la tribu que residía en la cordillera volcánica. Pero eso fue momentáneo. Los síntomas y el dolor regresaron, y atormentaban a Silvio, al que le incrementaron progresivamente las dósis de morfina para poder mitigar el suplicio físico. Una semana antes de morir, ya sabía cuál era su destino, y estaba deprimido. Solo quería regresar a Venezuela.

blank
Foto: Cortesía

Silvio no pudo fallecer junto a todas las personas que hubiese querido. Sus hermanos escribían constantemente a Mitsimagi, y lamentaban no poder acompañarlo mientras perecía. “Los wayuu son muy unidos en estos momentos, por lo que fue un momento muy triste para todos”, explica la hija del guajiro. El moribundo llamó desesperado a sus hijos, Johnathan y Javier González, hermanos de Mitsimagi que aún estaban en Venezuela, para que lo fueran a buscar, pero no hubo forma.

Finalmente, Silvio falleció en tierra ajena, rodeado de sus nietos y su hija.

Empezó, entonces, el trámite para repatriar los restos. Duró tres días en la morgue, y Mitsimagi sabía que su padre quería, todavía, regresar a Caracas. Nadie en la familia durmió durante esos días.

La Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) y la Sociedad Hebrea para la Ayuda al Inmigrante (HIAS) ofrecieron a la familia venezolana un hueco en el cementerio, pero Mitsimagi se negó. “Yo gritaba: ‘A mi papá no lo vamos a enterrar aquí’”.

“Aquí en Ibarra hay funerarias que hacen las cremaciones por tan solo 500 dólares, y eso incluye el documento legal para poder trasladar las cenizas hasta tu país de destino”, explica.

Solo pudieron costear el traslado de cenizas, debido a que no contaban con los siete mil dólares que les pedían en las funerarias para hacer el traslado de cuerpo completo.

“Mis tíos a veces me llaman y no entienden. Lo vieron salir de Venezuela como una persona, y lo vieron regresar en un cofre”.

blank
Foto: Cortesía

“La familia resolvió hacer un ‘potazo’ para trasladar el cuerpo”

El familiar de Jhose Valiente murió en Argentina en el año 2014, cuando apenas se percibían las dimensiones del éxodo venezolano, y relató, para El Diario, los pasos que tuvo que cumplir para llevar a cabo el traslado.

“Lo primero que deben hacer es solicitar el presupuesto de la funeraria de afuera. Con presupuesto, y la carta de defunción, nos dirigimos al edificio de la cancillería, para solicitar colaboración y ayuda económica para cubrir los gastos. Nos dijeron que había un promedio de tres semanas de espera para atendernos”, explica Jhose.

Debido al tiempo de espera, la familia resolvió hacer un potazo, tanto en Venezuela como en Argentina, para hacer el traslado. El cuerpo debía ser embalsamado por la funeraria para poder ser movido por vía aérea.

“El embalsamiento y traslado por avión tenía un costo de 6.000 dólares, que logramos reunir en 18 días. También solicitamos la colaboración de fundaciones en Argentina que ayudan a los venezolanos”, explicó.

La funeraria a la que acudieron en Caracas para poder mover el cuerpo de Maiquetía a la capital fue la Vallés.

Otra persona contactada por El Diario, que tenía un familiar originiario de Santa Elena de Uairén y vivía en Boa Vista cuando murió, explicó que su relativo fue repatriado por vía terrestre en un solo día.

“Como mi prima murió en un hospital en Brasil, con el acta que le dieron en el hospital le emitieron el permiso de traslado. Eso lo hicieron a través de una funeraria allá, y salió aproximadamente como en 400 dólares”.

Una decisión costosa

Irse del país, como toda decisión, tiene sus riesgos. Y morir afuera puede resultar incluso más costoso para los familiares que se niegan a dejar de ver a sus parientes, aunque hayan fallecido.

Porque este es un país en el que el salario mínimo son, actualmente, dos dólares, de acuerdo con la tasa oficial del Banco Central de Venezuela. Millones apenas pueden permitirse lo necesario para subsistir. Repatriar los cuerpos y llorar a los muertos de acuerdo a los ritos correspondientes se ha vuelto un lujo que solo unos pocos pueden pagar.

Noticias relacionadas