• La partida de una persona a otro país supone un pesar tanto para quien se va, como para quienes se quedan. Manuel Fariñas, psicólogo venezolano, explica cómo puede sobrellevarse esta situación

Las caminatas y charlas que Sandra* y Lucía* solían tener en Los Próceres, al oeste de la ciudad capital, se acabaron el último domingo de septiembre. La cercanía de sus hogares con el icónico lugar de Caracas lo convirtió en un punto de encuentro los fines de semana desde que ambas estudiaban juntas en la universidad, pero aquel día el tradicional paseo tuvo momentos de amargura al saber que la despedida sería un poco más larga de lo habitual.

Así fue. Varios abrazos fueron necesarios y las lágrimas no dejaron de correr por sus rostros cuando llegó el momento de decir adiós. “Espero que tengas éxito en Ecuador”, le dijo Lucía a Sandra, quien partiría el día siguiente con la esperanza de volver a ver algún día a quienes deja en Venezuela.

Lucía no es tan optimista, pues se trata de la tercera amiga que despide en menos de dos meses, todas con rumbos diferentes. Su familia no está exenta de esta situación: la sala de la casa de su abuela en la que solía reunirse con tíos y primos ahora está vacía, las sillas del comedor sobran y el teléfono de su casa dejó de sonar.

A la joven venezolana le resulta difícil evitar el nudo en la garganta cada vez que observa las fotos en las que se retrataba junto a sus seres queridos, ya que para ella suponen un recordatorio de lo difícil que puede ser volverse a encontrar. Argentina, Colombia, Perú, Chile, Costa Rica, Panamá y España son solo algunos de los países a los que ha migrado su grupo familiar.

El psicólogo venezolano Manuel Fariñas explica para El Diario de Caracas que cada persona puede padecer un duelo migratorio de forma diferente, dependiendo de las capacidades que tenga para afrontarlo.

La distancia del país al que se emigra, el nivel de contacto que se pueda tener con el familiar y el tipo de relación que existía con los parientes antes de su viaje son algunos factores que pueden influir en cómo se puede experimentar el duelo.

Detalla que las constantes llamadas a los familiares que migraron y el aferrarse a lugares u objetos que se relacionen con la persona que partió, son algunas de las señales que pueden indicar que se está atravesando por esta situación emocional.

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Foto: Fabiola Ferrero

“Otra de las señales que pudiesen estar manifestándose frecuentemente es el tema de crear círculos viciosos para poder discutir. Esto es muy grave a veces porque tienen distancia física, pero cuando se pueden comunicar tratan de generar patrones que incluso anteriormente no hacían: generan inconscientemente discusiones, un cuidado excesivo, y vienen todos los mecanismos de chantaje o manipulación sobre ‘por qué te fuiste, por qué no vuelves, preocúpate más por mí’”, señala Fariñas.

Cifras del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) señalan que más de cuatro millones de venezolanos se encuentran en condición de migrantes, refugiados y solicitantes de asilo; donde Colombia es el mayor receptor de la región. “Los venezolanos desplazados fuera de su país son uno de los grupos de poblaciones desplazadas más grandes del mundo”, agrega la organización en su página web.

Una situación por superar

A un lado de la cama de Lucía, una maleta le hace compañía. Ella, al igual que gran parte de las personas que conoció durante su vida, también tiene fecha de partida.

La decisión de migrar a otra nación no era desconocida por sus padres, sin embargo, tener un boleto aéreo impreso supuso un golpe emocional tanto para ella como para sus familiares. Preguntas sobre si dejar el país era la decisión correcta aparecieron en sus conversaciones durante los primeros días luego de informar su decisión.

Fariñas comenta que para sobrellevar emocionalmente la partida de un familiar es necesario definir el motivo de la migración, hablar con los parientes sobre cuál es la importancia de la decisión, lo que se espera del proceso y establecer plazos para cumplir los objetivos.

“El tema de seguir elaborando un duelo corresponde a hablarlo sin darle tanta carga emocional. Tiene que ser visto desde muchas perspectivas, a pesar de lo emocionalmente cargada que está la persona, hay que darle la visión más objetiva en todo momento y esto debe ser con la ayuda de un profesional”, agrega.

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Foto: Fabiola Ferrero

Añade que abordar este tema con los niños es fundamental para que los menores de edad también puedan superar la situación. “Hay que aclararles muy bien cuál es la naturaleza y la justificación más fuerte sobre por qué se produjo el evento”, dice.

El psicólogo venezolano comenta que entre 2018 y 2019 las personas han concebido en mayor medida distintos medios de comunicación, como las redes sociales, como una alternativa para comunicarse con quien se fue del país, lo que les permite sobrellevar su pena.

Migrar por la crisis

Fariñas asegura que los apagones que se registraron desde marzo de este año hicieron que los niveles de pánico y ansiedad aumentaran notoriamente, lo que motivó a muchos a tomar la decisión de irse del país de forma inmediata.

“Esto también es un factor determinante para hacer los duelos más fatídicos. De forma precipitada vendieron todas las cosas, buscaron los documentos como fuese y algunos se fueron incluso sin pasaporte”, explica el especialista.

Emocionalmente, tanto quienes se quedan como quienes se van resultan afectados por las migraciones realizadas de forma impulsiva, debido a que comienzan a pensar en lo que pudo haber sido y no fue, en la nostalgia por lo vivido y en las expectativas del viaje.

El paso a paso del procedimiento para hacer las maletas había sido repasado por Lucía cada noche desde que compró su pasaje. A pesar de haberlo imaginado durante días, el solo hecho de abrir su closet para sacar la ropa y saber que aquel espacio no sería llenado de nuevo y cruzar por última vez el umbral de la puerta de su cuarto con su equipaje listo, le provocó un vacío inexplicable: no solo se trataba de despedirse de familiares o amigos, sino de espacios que le habían pertenecido durante sus 23 años de vida, y que, quizás, no volvería a ver jamás.

La joven venezolana nunca había viajado fuera de Venezuela. Por primera vez en su vida, caminó por el aeropuerto de Maiquetía con sus maletas y transitó la famosa obra de Carlos Cruz-Diez en la que tantos venezolanos han dejado lágrimas de amargura, para dejar también las suyas. Cada paso que daba hacia la puerta de acceso al área de migración se hacía más pesado que el anterior y, llegado el momento, repetidos abrazos fueron necesarios para despedirse por un tiempo indefinido de sus padres, situación que se repetía en otros dos grupos que estaban en el lugar despidiendo a sus familiares.

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Foto cortesía

“45E” era el número de asiento en el que permanecería durante algunas horas para llegar a un destino completamente desconocido. Las puertas del avión se cerraron y, entre una ligera llovizna, el transporte comenzó a acercarse a la pista para despegar. Aquel día de octubre Lucía se despidió de El Ávila, del canto de las guacamayas en el atardecer caraqueño, de su edificio, sus vecinos, amigos y familiares, al menos por un tiempo. Todo gracias a una migración forzosa que tuvo que hacer luego de que el “Socialismo del Siglo XXI” llegara al país que la vio crecer para destruir todo lo que conocía, así como la posibilidad de construir un futuro.

*Los nombres usados en este texto no son reales. Se emplearon para proteger la identidad de las personas.

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