• El 24 de noviembre clausura la Bienal de Venecia, la cita más importante de las artes plásticas de todo el orbe. A propósito de la ocasión, El Diario conversó con los artistas que representaron a Venezuela en esta 58ª edición, la cual no estuvo exenta de polémicas

Cuenta la leyenda que cuando los conquistadores desembarcaron hace 500 años en lo que hoy es tierra venezolana, el deslumbramiento que sintieron ante la alucinante naturaleza caribeña, plena de cristalinos canales de agua, les recordó inmediatamente a la ciudad de Venecia, por lo que decidieron bautizarla en su honor como Venezuela, literalmente “Pequeña Venecia”.

Es este el primer vínculo del país con la lejana “ciudad de los canales”, pero no el único, pues Venezuela ha tributado, desandando el camino surcado por los conquistadores, lo más representativo de su belleza a través del arte que cada dos años envía a la Bienal de Venecia, la cita más importante del mundo en estas lides.

La bienal de arte más prestigiosa

Fue en el año 1895 cuando se realizó la primera Exposición Internacional de Arte de la ciudad de Venecia, con ánimos de estimular la creación plástica. A partir de entonces, el evento se repitió cada dos años (de allí su nombre de “bienal”), con miras a la “elevación de la cultura y del gusto por el arte y por su valoración, manteniendo constante y vivo el interés por los problemas del arte”, según uno de sus principios fundacionales. Comenzando su andar con tan buen pie, el futuro estaba garantizado, por eso la Bienal de Venecia es una especie de Meca a donde las naciones peregrinan orgullosas de su patrimonio artístico.

Con el tiempo, la Bienal comenzó a entregar premios a los artistas más destacados, además de darle cabida a las vanguardias que revolucionaban el mundo del arte. La entusiasta y sostenida acogida a la cita acarreó que varios países participantes edificaran sus pabellones permanentes en Los Jardines, lugar situado en los alrededores de Palacio de la Exposición, espacio expositivo original que se quedó pequeño ante la enorme demanda.

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Célebres arquitectos participaron en la construcción de los pabellones: Alvar Aalto hizo el de Finlandia, Bruno Giacometti el de Suiza, Philip Cox el de Australia, Takamasa Yoshizaka el de Japón, por solo mencionar algunos iconos de la arquitectura moderna.

Venezuela, entonces bullente país petrolero, no podía quedarse atrás. Y es así como Graziano Gasparini, apasionado estudioso de la arquitectura colonial latinoamericana, se encargó de las gestiones ante los organismos pertinentes para la construcción del pabellón del Estado venezolano en suelo europeo.

Aprobada la solicitud, el célebre arquitecto italiano Carlo Scarpa se encargó del trabajo en Venecia. El resultado fue un edificio de tres salas recubiertas con mármol blanco, iluminadas con luz natural, que fue declarado Patrimonio Cultural de Italia. En palabras del crítico Giuseppe Mazzariol, estamos en presencia de “una joya excepcional de la Bienal de Venecia”.

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Suelo venezolano en Venecia

Venezuela, el primer país latinoamericano con pabellón propio en Venecia abrió al público en el año 1956, con obras fundamentales para su tradición pictórica, como las de Armando Reverón, Francisco Narváez, Marcos Castillo, Héctor Poleo, Mateo Manaure, Rafael Monasterios, Carlos González Bogen, Armando Barrios y Oswaldo Vigas.

Otros nombres ineludibles de la plástica del siglo XX que han representado a Venezuela en Venecia son Jesús Soto, Alejandro Otero, Carlos Cruz-Diez, Marisol Escobar, Alirio Rodríguez, Luisa Richter y Jacobo Borges, aunque la lista podría continuar largamente.

Desde su debut en la Bienal, la calidad y la solidez de las propuestas del pabellón nacional han acaparado el interés de la crítica internacional. Y es que la curaduría de sus muestras siempre ha estado orientada a construir un lenguaje coherente y de altura que ponga a dialogar el arte venezolano con las más interesantes propuestas mundiales. No otra cosa está en exhibición que el nombre de Venezuela encarnado en la belleza de su arte.

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Un siroco rojo en Los Jardines

A partir de la llegada de la “revolución bolivariana” a Venezuela, no poca curiosidad ha causado en Europa las obras que de este país puedan presentarse en Venecia. Para sorpresa de muchos, la representación venezolana que ha asistido a la Bienal en las últimas dos décadas ha sido variopinta, e incluye artistas a quienes no es difícil identificar con alguna tendencia política, aunque sin que se les conozca carnet que los acredite a ningún partido.

Sin embargo, eventos puntuales de corte político han puesto los reflectores sobre el pabellón de Venezuela. Como ejemplo, baste recordar la muestra de Pedro Morales del año 2003, que fue clausurada por el régimen de Hugo Chávez bajo la excusa de ofensa al Libertador e incitación al magnicidio.

Tampoco se pueden olvidar las abiertas manifestaciones de rechazo al pabellón venezolano hechas in situ por artistas nacionales radicados en Europa. Ese fue el caso de Nina Dotti, alias de Andreína Fuentes, quien en la edición de 2017 protagonizó el performance titulado “Yo también soy Venezuela y tengo derecho”, en el que varias mujeres vestidas de negro portaban pancartas denunciando la crisis del país. Ese año el pabellón venezolano presentaba la muestra “Formas escapándose del marco”, de Juan Calzadilla, artista que no ha ocultado su simpatía por el gobierno bolivariano.

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Este año 2019 la polémica también acompañó la inauguración del pabellón nacional por haber abierto sus puertas una semana después de la inauguración general. ¿La razón? Según el ministro de Cultura, Ernesto Villegas, el bloqueo económico que vive Venezuela a causa de las sanciones aplicadas por el gobierno estadounidense. Aunque esta demora en la apertura “ha despertado un inusitado interés en el público que visita la Bienal de Venecia”, dijo Villegas en mayo pasado.

En medio de esta confusión, Massimiliano Tonelli, fundador y director del portal Artribune, publicó un artículo titulado “El drama político de Venezuela impide la apertura del pabellón nacional en la Bienal”. En el texto, el crítico de arte italiano agregaba un dato más que encendió las redes sociales: “Las obras se enviaron, a juzgar por el paquete empacado frente a la entrada, pero nadie las estaba esperando. Por lo demás, solo abandono, una puerta cerrada con candado, tierra y hojas secas”.

Mientras la desinformación era la protagonista, el nombre de Venezuela continuaba siendo vapuleado, manchado, en la vitrina de las artes más importante del mundo.

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“Que vivas tiempos interesantes”

Para esta 58ª edición de la Bienal de Venecia los organizadores propusieron el siguiente lema en torno al que debían girar las propuestas de los participantes: “May You Live In Interesting Times” (“Que vivas en tiempos interesantes”). Aunque muchas veces se ha asumido esta sentencia como una maldición, la frase también puede entenderse como una invitación a reflexionar sobre los tiempos que vivimos, sin duda “interesantes”, por decir lo menos, si echamos un vistazo a la actualidad mundial.

A partir de este lema, Venezuela diseñó una propuesta denominada “Metáfora de las tres ventanas”, que hace alusión al país como una gran casa, con ventanas que miran hacia el presente, el pasado y el futuro, mientras que cada ventana aborda un tema en particular: la ancestralidad, el petróleo y la emigración.

Cuatro fueron los artistas que representaron al país. Y cuando estamos en el mes de la clausura de la Bienal de Venecia, aplacados los ánimos, El Diario conversó en exclusiva con ellos para conocer los intríngulis de la muestra y los detalles que rodearon el montaje.

Los corazones de trapo de Natalí Rocha

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Natalí Rocha no se considera una artista famosa, pero a su favor alega una trayectoria de 30 años de trabajo ininterrumpido. De ellos, 20 los ha dedicado a la investigación de la pedagogía del arte.

Para evitar descentrar la atención del asunto principal, que son las obras mismas, Rocha zanja, de entrada, la confusión en torno al envío de las piezas a Italia.

“Enfáticamente y con toda honestidad puedo decir que los cuatro artistas que nos presentamos en la Bienal de Venecia llevamos las obras como equipaje personal, por piezas, para ser ensambladas in situ en el pabellón de Venezuela. Inclusive, llevamos la obra de Gabriel López repartida en el equipaje de todo el equipo que viajó, y allá se armó; lo mismo ocurrió con la obra de Ricardo García”, dice con énfasis la artista.

Aclarado el asunto, explica la propuesta de su trabajo en el pabellón: “Yo trabajé la temática de la emigración; primero, porque la he vivido: tengo 16 años en España y conozco las desavenencias y las virtudes de emigrar. El proyecto que presenté se denominó ‘De tripas, corazón. Corazones sin coraza’, y es una alegoría del muro fronterizo con el que nos topamos los inmigrantes al dejar nuestra tierra de origen. Este muro puede ser real o metafísico, puede verse o no, pero siempre nos topamos con él. Y mi discurso gira y se extiende en torno al ser humano que vive este acontecimiento como un hecho transformador y ético”.

Partiendo de este concepto, Natalí Rocha comenzó a tejer su discurso plástico, que consiste en una estructura metálica en forma de valla, de la que cuelgan 1000 corazones de telas recicladas amarrados con hilos de colores rojos y naranjas.

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Los corazones de tela están acompañados por unas 500 raíces hechas de tela y lana también reciclada, que simbolizan, según su creadora, “el desarraigo que vivimos, porque cuando emigras dejas en esa valla tus propios despojos, tu historia familiar, tu hogar, tu mundo emocional. Cuelgas tus títulos universitarios, tus raíces, tu cultura. En fin, todo lo que en ese momento era tu mundo. Y como acto iniciático traspasas esa barrera, desnudo, para renacer y reinventarte en la nueva tierra. Luchas para no ser invisible y decir con voz baja pero firme: estoy aquí, existo, he sobrevivido”.

En vista de la gran migración de venezolanos, que supera los 4.000.000 de personas de acuerdo con la ONU, es inevitable que esta obra no roce el tema político, y a propósito explica la artista: “Si esto es política, que lo juzguen los demás; yo lo denomino arte testimonial, porque lo que nos define como seres humanos son nuestras experiencias y lo que hacemos con ellas”.

Lo que más conmovió a la artista de esta experiencia veneciana fue el caluroso recibimiento tan lejos de su país natal, a través del que, paradójicamente, se reconcilió con sus orígenes. “Cuando uno está lejos de su país, una de las cosas que vive es la soledad, una muy grande y acentuada. Cuando estuve en Venecia, fue maravilloso e impresionante ver cómo las personas que pasaban — de todas clases, de todas partes del mundo — te aplaudían, te abrazaban y decían ‘Venezuela tiene que estar aquí’. Repito, decían ‘Venezuela’. No me preguntaron en ningún momento mi tendencia política; simplemente era una venezolana que estaba mostrando su obra. Yo había sentido que no era de ninguna parte, y tenía tiempo que no me sentía venezolana como me sentí en ese momento”. Una experiencia doblemente enriquecedora para esta mujer que más que artista, se considera hacedora, según confiesa.

La bestialización de Ricardo García

Los corazones de tela están acompañados por unas 500 raíces hechas de tela y lana también reciclada, que simbolizan, según su creadora, “el desarraigo que vivimos, porque cuando emigras dejas en esa valla tus propios despojos, tu historia familiar, tu hogar, tu mundo emocional. Cuelgas tus títulos universitarios, tus raíces, tu cultura. En fin, todo lo que en ese momento era tu mundo. Y como acto iniciático traspasas esa barrera, desnudo, para renacer y reinventarte en la nueva tierra. Luchas para no ser invisible y decir con voz baja pero firme: estoy aquí, existo, he sobrevivido”.

En vista de la gran migración de venezolanos, que supera los 4.000.000 de personas de acuerdo con la ONU, es inevitable que esta obra no roce el tema político, y a propósito explica la artista: “Si esto es política, que lo juzguen los demás; yo lo denomino arte testimonial, porque lo que nos define como seres humanos son nuestras experiencias y lo que hacemos con ellas”.

Lo que más conmovió a la artista de esta experiencia veneciana fue el caluroso recibimiento tan lejos de su país natal, a través del que, paradójicamente, se reconcilió con sus orígenes. “Cuando uno está lejos de su país, una de las cosas que vive es la soledad, una muy grande y acentuada. Cuando estuve en Venecia, fue maravilloso e impresionante ver cómo las personas que pasaban — de todas clases, de todas partes del mundo — te aplaudían, te abrazaban y decían ‘Venezuela tiene que estar aquí’. Repito, decían ‘Venezuela’. No me preguntaron en ningún momento mi tendencia política; simplemente era una venezolana que estaba mostrando su obra. Yo había sentido que no era de ninguna parte, y tenía tiempo que no me sentía venezolana como me sentí en ese momento”. Una experiencia doblemente enriquecedora para esta mujer que más que artista, se considera hacedora, según confiesa.

La bestialización de Ricardo García

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La primera exposición individual Ricardo García se realizó en el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas en el año 2016. La muestra se tituló “Dante soy yo”, y en ella comenzaba su indagación en torno a los pecados y culpas del hombre a partir de La divina comedia, la cual ha continuado en lo sucesivo y cuyos avances llevó a Venecia.

La propuesta de García se tituló “Lo crudo de la bestialización” y consistió en cuatros dibujos gran formato realizados con pintura acrílica negra y asfalto. “Este trabajo está basado en una serie que yo llamo Las demoniacas”, explica el artista,“que trata el problema de la bestialización humana, que surge como resultado de la confrontación entre el ser humano y el sistema. Este no es un tema nuevo, porque los temas suelen ser casi siempre los mismos; el asunto está en cómo se presentan, eso es lo distinto”.

Ahondando en el concepto de su propuesta, García explica el asunto con claridad: “Mi obra tiene una carga política fuerte, obviamente, pero no tiene que ver con el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) o con Primero Justicia o con nada de eso; tiene que ver con los sistemas y los individuos, en términos generales. Cuando digo sistemas, me refiero, por supuesto, a los sistemas capitalista y socialista, que son los que han anidado en nuestras sociedades occidentales. A partir de allí observo cómo los sistemas dominan al ser humano, y cómo este termina por convertirse, de manera traumática a través de un proceso muy violento, en una bestia”.

En cuanto a la manufactura propiamente dicha de la obra, Ricardo García refiere que los cuatro dibujos fueron realizados directamente en Venecia. “Desde que llegué estuve metido en un taller produciendo esas obras. Aparte de la pintura acrílica negra, para esta instalación trabajé con un componente que deriva del petróleo, que es el asfalto, y lo usé no solo como materia para dibujar, sino como un elemento que forma parte del sistema que refiero y que cataliza la lucha violenta, los conflictos sociales, o más bien el acto de dominación por parte del sistema”, explica a propósito del “oro negro” empleado en su trabajo, tan ligado al gentilicio venezolano.

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Un discurso como el referido, plasmado con elementos tan elocuentes como el petróleo, fue blanco de fuertes críticas a través de las redes sociales y otros medios de rápida difusión. “He recibido en mi correo insultos de personas que no tienen absolutamente nada que ver con la Bienal — otros sí — y que están siempre dispuestos, con los dedos sobre las teclas, a escribir cualquier cosa, no importa que se domine o no el tema, lo que es muy triste, porque nos habla de actitudes preconcebidas, de juicios de valor que de valor no tienen nada, que aprovechan el momento para hacerse de un protagonismo”, dice García en torno a este espinoso tema. Y remata reflexivo: “Hablo de una especie de intelecto tuiteriano que creo que nos ha hecho mucho daño porque es muy poco profundo”.

Pero no toda la respuesta del público ha estado ceñida por el revanchismo político, pues muchos de quienes visitaron el pabellón venezolano manifestaron su apoyo con entusiasmo. “En líneas generales, todos los comentarios que venían de afuera — críticos de arte, curadores, gente que me escribe en las redes sociales, por mensajes privados — son muy favorables. Escriben cosas muy emocionantes. La gente comparte fotos y dice que el pabellón de Venezuela es el que más le ha gustado. Hay un feedback positivo”, dice García con la satisfacción propia del trabajo bien hecho.

De regreso a Caracas, y sopesando su participación en Venecia, el artista acusa lo difícil que resulta evaluar el trabajo propio. Pero lo que sí tiene claro es que no se trata de una obra aislada, sino el resultado de una trayectoria de 22 años de trabajo. Pensativo, dice para finalizar: “Creo que es tarea de los otros evaluar mi trabajo”.

Gabriel López o la máscara como arma

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Graduado en la especialidad de Escultura en la Escuela Armando Reverón, Gabriel López presentó la propuesta titulada “Viento como palabra”. Con ella expone el resultado de la investigación en torno a las máscaras que comenzó a trabajar un par de años atrás.

Embebido como se encontraba (y encuentra) en su trabajo, López confiesa que nunca imaginó que podía ser convocado para participar en la magna cita de las artes del mundo, mientras refiere con humildad: “Desde el año 2017 estoy trabajando en mis máscaras, las cuales mostré en la Bienal de Sur. A partir de allí no he parado de desarrollar proyectos vinculados con las máscaras para disparar palabras, como las llamo, y creo que por esa constancia en la investigación artística fui convocado como representante del pabellón de Venezuela en Venecia”.

Las máscaras de López tienen la particularidad de presentar en sus bocas un cañón de armamento, que transmite la imagen de la palabra entendida como una bala que se dispara desde la boca de quien enuncia.

Enmarcado en el eje de la ancestralidad derivado del concepto “Metáfora de las tres ventanas”, el trabajo de Gabriel López constituye una instalación que muestra a través de máscaras las distintas etapas de la identidad del pueblo venezolano.

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“Con estas máscaras-esculturas planteo una ‘nueva idea’ de representación de las máscaras desde lo místico, lo ritual, lo ancestral, o como una forma de representación artística en fiestas paganas”, dice López en torno a su trabajo. Y continúa explicando el asunto: “En la Bienal de Venecia expongo tres máscaras que representan lo ancestral desde el punto de vista de lo contemporáneo, a saber: 1) máscara para disparar palabras santas, que tiene que ver con la palabra bíblica; 2) máscara para disparar palabras alienantes, referida a la industria cinematográfica, pero desde el punto de vista de cómo se le rinde culto al cine; y 3) máscara que refleja que ‘estamos viviendo tiempos interesantes’, porque el mundo, en esta 58ª Bienal de Venecia, se está expresando por medio del arte, lo que es sin duda ‘interesante’”.

Paralelamente, López señala que su obra es el testimonio de la persistencia del arte en la historia del hombre, pues aun en los peores momentos de la humanidad, este ha sido capaz de engendrar obras sin las que no sería posible sondear zonas inabarcables del alma humana.

Es por eso que señala con precisión: “Mi trabajo expresa que, a pesar de los obstáculos, el arte subsiste y evoluciona”. Y para ilustrar esta idea, propone su propia obra como ejemplo: “Este trabajo ha sido un gran esfuerzo desde lo intelectual-creativo hasta la elaboración de las esculturas, utilizando como técnica el ensamblaje del hierro”, dice para finalizar el balance de su experiencia veneciana.

Nelson Rangel contra el imperio

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“Las caras de la guerra” es el título de la propuesta que Nelson Rangel, alias “Rangelosky”, llevó a Venecia. Y la suya ha sido una de las obras que más ha llamado la atención del público, en vista del efecto inmediato que causa en el espectador.

Desde El Diario hicimos las gestiones necesarias para conversar con Nelson Rangel, pero debido a quebrantos de salud del artista, el encuentro no fue posible. Sin embargo, a continuación presentamos un esbozo de su obra.

Cuenta Rangel que comenzó a desarrollar la línea de su trabajo en el año 2011, cuando Estados Unidos ordenó la invasión armada a Libia. En ese momento, le impactó ver la imagen de una niña que emergía de entre las ruinas luego de un bombardeo, bañada en lágrimas quizá porque acababa de perder a su familia. Con esta imagen en la cabeza, el artista escuchó a continuación un discurso de Hillary Clinton, en ese entonces secretaria de Estado de Estados Unidos, en el que “riéndose de manera grotesca, dijo a propósito de la intervención: ‘fuimos, vimos, murió’”, refirió el artista en junio pasado, en un encuentro televisado con Nicolás Maduro en el Museo Alejandro Otero de La Rinconada.

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A partir de allí, Rangel comenzó a desarrollar una obra mediano formato que representa el rostro apesadumbrado de la niña libia, con una técnica que juega con el pixelado de la imagen, donde se entrevé una trama de dos figuras. “Quise dar más importancia al tema por sobre los materiales con que realicé la obra”, explicó. Al ver la imagen a través de un filtro colocado a algunos metros de distancia, el espectador notará cómo el rostro de la niña se metamorfosea en el del presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Se trata de “la causa y la consecuencia” de un mismo asunto, en palabras de Rangel.

Según explicó el artista en junio pasado, “el presidente de Estados Unidos representa el imperialismo norteamericano, y la niña llorando representa a cualquier niño, niña, hombre, mujer, que padece ese sufrimiento que ha causado este imperio genocida. Eso es lo que quise mostrar con esta obra”.

Y es que Rangel no tiene ningún complejo al momento de situar su trabajo entre las demás propuestas del pabellón venezolano: “A mí me correspondió dentro de esta muestra la parte antimperialista, la parte combatiente, la lucha. Y para mí fue un placer ser uno de los cuatro compañeros que dignamente representamos al país en la 58ª Bienal de Venecia”, dijo con la frente en alto.

Deshaciendo las maletas

Como asistir a la ciudad de los canales no es un proyecto viable para el común, el Museo Alejandro Otero inauguró el pasado 11 de octubre una muestra reducida de la que Venezuela presentó en Venecia.

De esta forma, el espectador podrá formarse su propio juicio sobre la “Metáfora de las tres ventanas. Venezuela en identidad, tiempo y espacio” que se expone en la Sala 4 del museo de La Rinconada. El horario es de martes a domingo, de 10: 00 am 5:00 pm, con entrada libre.

Vaya y saque usted sus propias conclusiones.

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