• En el Día Nacional del Cine Armando Coll y Luis Bond, dos personajes importantes en el ámbito cinematográfico venezolano, conversaron con El Diario sobre la historia del filme en el país, sus características a través de los años y su evolución estética y técnica 

El cine es un lenguaje propio, que se modifica con la mezcla y la intervención del sonido, la palabra y la imagen. La cámara, con la destreza del director, se enfrenta con la multiplicidad de sucesos que presenta la realidad para brindar trascendencia al presente.

Como lo manifestó Andrei Tarkovsky, importante director ruso de la segunda mitad del siglo XX, en una conferencia en la ciudad de Roma, Italia: “El cine no es algo vacío, sino que se crea entre muchos. Es una cuestión de influencia”.   

Cada 28 de enero se celebra en Venezuela la existencia de la influencia cinematográfica. Todo comenzó un día como hoy, pero en 1897, en las salas del Teatro Baralt de Maracaibo, estado Zulia. El cine todavía era un misterio para la mayoría de los habitantes del mundo y, sobre todo en Venezuela, que era un país rural con una república en construcción.

El individuo venezolano estaba acostumbrando a la imagen estática, por lo que el movimiento era un enigma que hasta ese día los espectadores del teatro en la capital zuliana no habían reconocido en una pantalla. 

Se exhibieron dos cortometrajes realizados en Venezuela y atribuidos a Manuel Trujillo Durán, un fotógrafo y empresario de la época que es conocido como uno de los pioneros del séptimo arte en el país. El primero se llamaba Célebre especialista sacando muelas en el Gran Hotel Europa y el segundo era Muchachos bañándose en la laguna de Maracaibo. Con estas dos obras, en los finales del siglo XIX, se estrenaba la cinematografía en el país.

Al igual que Trujillo Durán habían otros entusiastas del invento de los hermanos Lumiere -creadores del cinematógrafo en 1895- en la ciudad de Caracas, llamados  Ricardo Rouffet y Carlos Ruiz Chapellín, que en 1987 realizaron una serie de cortometrajes en la capital venezolana. 

A comienzos del siglo XX, con la imagen muda, el cine continuó creciendo entre los arrabales de un país dividido por el caudillismo, por las revoluciones nacidas en las zonas andinas. En 1916, en medio de la dictadura de Juan Vicente Gómez, fue cuando se realizó el primer largometraje del cual se tiene registro en Venezuela. 

El director es Enrique Zimmerman y la obra se llama La Dama de las Cayenas o pasión y Muerte de Margarita Gutiérrez.

El aporte de Zimmerman al cine venezolano es primordial porque es la primera película de ficción realizada en el país, pues los primeros cortometrajes estaban guiados por el lineamiento documental. El guión fue escrito por Lucas Manzano y representó la adaptación, con tono satírico, de la obra de Alejandro Dumas llamada La dama de las Camelias.

Ocho años después de la obra de Zimmerman, en 1924, se estrenó el segundo largometraje realizado en el país: La Trepadora. La novela homónima de Rómulo Gallegos sirvió como referente para que Jacobo Capriles y Edgar J. Anzola comenzarán a rodar una película que tenía como finalidad realzar la identidad del país y revivir las imágenes imponentes del llano, con la inmensidad inmarcesible, en la mente de todos los venezolanos. 

Foto: Cortesía

A finales de la década de 1920 el cine venezolano, que había tenido pocos registros en más de 30 años desde los cortometrajes de Durán en el teatro Baralt, empezó a tener una producción más constante con la creación de los Laboratorios Nacionales del Ministerio de Obras Públicas en la ciudad de Maracay, en Aragua.

Al mismo tiempo, Amabilis Cordero, fotógrafo y poeta venezolano, inauguró en la ciudad de Barquisimeto los Estudios Cinematográficos de Lara.

Los años que siguieron estuvieron marcados por una cantidad de cambios políticos en el país y las artes, como expresión natural del ser humano, estuvieron a merced de la vorágine del tiempo.

El cine mudo se empezó a quedar atrás y el sonido se adueñó de la pantalla. A Venezuela llegó con el estreno del cortometraje Taboga, en 1938, con diálogos y musicalización de Rafael Rivero. 

Además, ese mismo año se realizó el primer largometraje con sonido óptico en el país -con el audio impreso en la película-  llamado El Rompimiento

Después de ese momento Rómulo Gallegos creó los Estudios Ávila y Guillermo Villegas Blanco fundó la empresa Bolívar Films. Ambas productoras fueron primordiales para la incursión del cine venezolano en un proceso estético e industrial mundial, logrando un mayor reconocimiento y una evolución en el arte cinematográfico. 

Foto: Cortesía

En los años siguientes, con la inclusión del cine nacional en algunos festivales extranjeros y la necesidad de producir mayor contenido fílmico en el país, empezaron a relucir nuevos nombres y las carteleras de las salas de cines se convirtieron en un elemento caracterizador de la sociedad venezolana. 

En El Diario conversamos con el escritor y guionista de cine venezolano, Armando Coll, y con Luis Bond, director y guionista en Tramoyeros Films, para entender la caracterización estética del cine nacional, su evolución a través del tiempo y el recorrido internacional que ha presentado en las últimas décadas. 

La crítica social, una característica constante 

A partir de los años cincuenta, según Armando Coll, la emulación de la realidad con talante crítico fue uno de los elementos más determinantes del arte cinematográfico en el país. 

Dentro de esa estética predominante, durante los años cincuenta y principios de los sesenta, se abordó el género de comedia y ocasionalmente el thriller. La industria de la televisión y el cine empleaban las mismas estrellas, escritores y directores, por lo que durante una larga época se percibió el trasvase de un medio a otro”, agrega.

Contrario a la estética purista y esencial de los cineastas, donde la autonomía de la película como un elemento ficcional era lo más importante, en el cine nacional la necesidad de entrever la sociedad y analizar los recovecos de la desigualdad era el punto de partida para los directores de la época. 

Además, la filmografía nacional estuvo influenciada por la literatura desde sus principios con la escenificación en pantalla de las obras de Rómulo Gallegos. Luego, la cuentística de Guillermo Meneses fue determinante para que el director y guionista argentino Carlos Hugo Christensen, residenciado en el país durante los años cincuenta, decidiera emular en el séptimo arte el cuento de La balandra Isabel llegó esta tarde. 

“El cine venezolano siempre ha tenido un corte social, tocando temas como la desigualdad, injusticias, crítica al gobierno y a ciertos sectores de la sociedad. Pero no es, solamente, algo del cine nacional porque la filmografía brasileña y de otros lados de latinoamérica tienen eso”, explica Luis Bond. 

Las referencias del neorrealismo italiano, postura cinematográfica creada después de la Segunda Guerra Mundial, fueron determinantes para la conformación de la identidad fílmica del continente latinoamericano. El sentimiento del personaje soslayado por una realidad social decadente, el rostro apaciguado, la falta de sonoridad musical, son características del neorrealismo que llegaron al país. 

En este caso, el escritor de Close Up (2008), Armando Coll, comenta el avance de la crítica social en el cine venezolano y la diferentes aristas que fueron tratadas.

“En la década de los setenta, Clemente De la Cerda y Román Chalbaud ahondaron en el tema social y muestran sin pudores el mundo de exclusión y su derivación criminal que invisibilizaba la prosperidad de aquellos años. Mauricio Walerstein aborda el tema de la guerrilla urbana”, agrega.

Asimismo, en los años sesenta y setenta, considerada por la crítica como la época dorada del cine venezolano, los cineastas del país tuvieron una influencia marcada de la representación teatral y de los textos de dramaturgos como José Ignacio Cabrujas y Rodolfo Santana. Los guiones se van a caracterizar, según Bond, por esta referencia y tendrán una preocupación perspicaz sobre el diálogo. 

El talante crítico se mantiene en los ochenta, en palabras de Armando, con la obra de Thaelman Urgelles que representa el pathos social e incursiona en el género policial a finales de la década. “Iván Feo y Antonio Llerandi marcan un hito con País Portátil, adaptación de la novela homónima de Adriano González León, película que parece cerrar un ciclo de cine político”, agrega. 

La temática social comienza a demostrar su desgaste en los noventa y una nueva generación de cineastas, con la misma preocupación crítica latente, encuentra nuevos espacios estéticos para realizar su trabajo fílmico y ampliar las características definitorias del arte cinematográfico en el país. 

La posición del cine venezolano en el mundo

En 1959, Margot Benacerraf realizó su primer largometraje documental llamado Araya, que narra la vida del pequeño pueblo de la península del estado Sucre, con una imagen que se inmiscuye entre los diminutos cristales de sal.

Su película fue galardonada con el Premio Internacional de la Crítica en el Festival de Cannes, Francia, y con el premio de la Comisión Técnica Superior del Cine Francés. 

La diferencia de la obra de Benacerraf se encuentra en la forma de narrar la realidad. Aunque el largometraje está en la categoría documental porque persigue con el celuloide la vida del pueblo costero, el tratamiento de la imagen y la voz que enuncia a los personajes está cargada de una potencia poética. 

En el inicio, con la inmensidad de la laguna de sal y las montañas estériles, el narrador comenta: “Un día unos hombres desembarcaron sobre estas tierras áridas, donde nada crecía, donde todo era desolación, viento y sol. (…) Hoy como ayer: la mano, con la pala, con la fuerza de sus brazos, ya vuelven a reiniciar el ritual cada día revivido de la sal”. 

La obra de Benacerraf representó un hito primordial en la historia del cine nacional y en 1990 fue considerada como una de las cinco mejores películas del cine venezolano.

Para Luis Bond, luego de la figura de Benacerraf, es importante recordar el nombre de Fina Torres, quien en 1985 con Oriana, su obra prima, se llevó el galardón de Caméra d’Or en el Festival de Cine de Cannes. 

El cine contemporáneo en Venezuela

La última década ha estado signada por un contexto de extrema complejidad, con una crisis humanitaria y económica que dificulta cualquier trabajo artístico en el país, pero el oficio cinematográfico nacional se ha posicionado como un participante en los festivales internacionales.

Con las referencias dadas por la época dorada del cine nacional y el posicionamiento de Benacerraf y Torres, la cinematografía venezolana ha conseguido una preocupación técnica y estética reconocida en el. Para Bond algunos autores contemporáneos se han desligado de la puesta en escena teatral y han ahondado en las preocupaciones actuales del medio fotográfico. 

En este caso, se pueden reconocer diferentes largometrajes característicos: Hermano, de Marcel Rasquin, obtuvo el San Jorge de Oro en el Festival Internacional de Moscú, en 2010; Mariana Rondón fue galardonada en el Festival de San Sebastián, en 2013, por su película Pelo Malo; Azul y no tan rosa, dirigida por Miguel Ferrari, fue ganadora del premio Goya a Mejor Película Iberoamericana, entre distintas obras que fueron nominadas a distintos festivales internacionales.

Han comenzado una búsqueda hacia el lenguaje cinematográfico puro. Menos diálogo, mayor cuidado en la composición y la implementación de la dirección de fotografía como un elemento narrativo. Hoy en día, me atrevería a decir, el cine nacional no tiene nada que envidiarle al cine independiente de otros países”, declara Luis Bond.


Asimismo, la democratización de los espacios ha dado una oportunidad a los cineastas para grabar con una calidad estética y técnica coherente, sin la necesidad de un inmenso presupuesto.

La evolución técnica de los cineastas venezolanos en elementos que antes eran muy criticados como el sonido, la puesta en escena, la iluminación y la fotografía, ha permitido que la historia narrada mantenga una calidad pertinente.  

En ese caso, en palabras de Bond, se puede reconocer la obra de Lorenzo Vigas Desde allá, ganadora del León de Oro a la mejor película LXXII Festival Internacional de Cine de Venecia. “Estamos hablando del mismo premio que se llevó Joker el año pasado”, comenta el director de Tramoyeros Films. 

Vigas se convirtió en el primer latinoamericano en ser galardonado con dicho premio. 

Cada una de las influencias, como las catalogaría Tarkovsky, fueron pertinentes para que el cine nacional, a pesar de las dificultades de la crisis económica, se posicionará en los festivales más importantes del mundo como un referente estético y técnico de gran calidad.  

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