• En medio de la crisis que vive el país, el rol de estas figuras ha trascendido a otro nivel gracias a iniciativas como los comedores comunitarios. En El Diario conversamos con varios de estos líderes, encargados de ayudar en zonas donde el Estado venezolano sigue ausente

Una moto y un celular de baja gama son los instrumentos de trabajo de Carlos Valbuena, un venezolano comprometido con las causas sociales, que recorre a diario el barrio José Félix Ribas, en Petare, su hogar desde que nació hace 40 años y donde ha surgido como líder comunitario. 

Es viernes a primera hora del día, ya Carlos se pasea por la populosa barriada. El sol se asoma y en la avenida principal de Petare los trabajadores informales comienzan a preparar los tarantines para la venta del día. 

En su recorrido va saludando a sus vecinos. Algunos preguntan por la programación cultural del fin de semana, otros esperan por ayuda para el tratamiento médico de un familiar. También hay quienes solicitan un cupo para que sus niños puedan asistir al que, sin duda, es una de las obras más importantes de Valbuena en la barriada, un comedor comunitario.

Foto: José Daniel Ramos

Carlos es uno de los tantos líderes que han fungido en estas zonas populares. Un portavoz de los problemas que aquejan a sus vecinos. Es el encargado de buscar ayuda en organizaciones, ONG’s, alcaldías, y toca todas las puertas que sean necesarias para contribuir con el crecimiento de zonas que, como la suya, están abandonadas por el Estado.

La “inspiración” que lo mantiene en Venezuela

Ayudar a los demás es una de sus pasiones. Hace 13 años juntó esa labor con el deporte, su otra pasión. Comenzó a organizar torneos de básquet y boxeo en varios sectores para incentivar a los niños a ocupar su mente en este tipo de disciplinas y así alejarlos de la delincuencia o los vicios. 

Aumento La figura de los líderes comunitarios no es nueva en las barriadas, pero debido a la crisis se han multiplicado. En Petare hay alrededor de cinco en cada zona.

Desde entonces Valbuena se dedica a prestar ayuda a los más necesitados. Hace dos años puso en marcha uno de sus proyectos emblemas hasta ahora: el comedor comunitario. Un espacio que ha emprendido con esfuerzo ubicado en la platabanda de la casa de sus suegros, en donde brinda un plato de comida para alrededor 85 niños del sector de bajos recursos que presentan estado de desnutrición. 

El comedor es financiado por la ONG Alimenta la Solidaridad, pero la familia de Valbuena también ha asumido parte de su desarrollo. No solo prestan el espacio, las mesas y los demás utensilios de cocina, también ayudan en las jornadas: cocinan, sirven los platos de comida a los niños y se encargan de la limpieza. 

Foto: José Daniel Ramos

La iniciativa  surgió ante el aumento de inasistencias en las instituciones educativas de la barriada, pues los niños no acudían a clases por falta de comida. 

“Esa fue la inspiración para organizarnos, hacíamos jornadas sociales los fines de semana pero queríamos ir más allá y brindar por lo menos un almuerzo para que ellos pudieran asistir a las aulas”, explica Valbuena para El Diario sobre una iniciativa que ha brindado mucho más que un plato de comida. 

Para Carlos es mucho más que un comedor, lo define como un programa social donde también abrieron espacios para la recreación y el aprendizaje. Con la ayuda de empresas privadas y asociaciones, han brindado a los pequeños visitas a zoológicos, cines, así como talleres de manualidades y jornadas odontológicas. 

Los casi 100 niños que recibe a diario en el comedor son sus “sobrinos”, ellos junto a la labor social que realiza son los responsables indiscutibles de que Valbuena siga en Venezuela pese a la crisis que también ha llegado a su casa. 

Esto es un compromiso muy grande. Si no fuera por esta labor yo ya hubiera buscado oportunidades en otro lugar. Ellos (niños) son la pila que me cargan esas fuerzas y ganas de seguir aportando, así como decimos que El Ávila es nuestro pulmón, ellos son para mí eso, una energía, una inspiración que me anima a seguir luchando”, expresa.

El comedor abre de lunes a viernes. Aún no cuenta con suficientes recursos para poder atender a los niños los siete días de la semana, pero trabajan para que así sea. Valbuena, quien fue el impulsor de esta idea, anhela que llegue el día de cerrarlo y que cada niño pueda alimentarse en casa. 

85

niños son atendidos en el comedor de lunes a viernes

Su máximo sueño es aportar para que todos los niños que recibe a diario se conviertan en grandes profesionales y aporten cosas positivas a su país. Carlos tiene la convicción de que en las zonas populares también hay un futuro prometedor que, con trabajo y esfuerzo, pueden ser los responsables de sacar al país adelante en unos años.

“Espero verlos en un país donde tengan oportunidades, que sean ciudadanos principalmente y que demuestren que en las barriadas no todo es malo, salen profesionales, deportistas, etc. Yo quiero el día de mañana decir que aporté un granito de arena para que ese ciudadano esté donde esté día me reconozca y sepa que fuí parte en del inicio de su preparación”, dice Carlos sobre el beneficio que espera recibir de la admirable labor que realiza en el José Félix Rivas. 

Foto: José Daniel Ramos

El vocero del barrio San Miguel

Cuando tenía 12 años organizaba y defendía los derechos de sus compañeros de estudio, desde entonces su labor por ayudar a otros se volvió frecuente. José Terán, de 60 años de edad, no duda en que fueron esos primeros pasos en el liceo lo que motivó a que encontrara su pasión de vida: servir a otros. 

Foto: José Daniel Ramos

Así fue como años más tarde, ante el agravamiento de la crisis económica en Venezuela, decidió dedicarse a ayudar a la zona en la que ha vivido toda su vida, el barrio San Miguel, ubicado en Petare. Hoy es el líder comunitario del sector, el vocero de los ignorados. 

La niñez está pasando mucho trabajo, por eso me preocupo mucho por mi sector. Le conseguimos canastillas a las madres que están por dar a luz, muletas al que tuvo un accidente y no tiene como comprarlas”, explica a El Diario sobre la labor que realizan en su comunidad.

Hace más de un año, preocupado por la condiciones de extrema pobreza de muchas familias en su sector, José decidió reunirse con varios vecinos para buscar ayuda y abrir un comedor comunitario que brinde atención a los niños y niñas que presentan estados de desnutrición en la barriada.

Actualmente se encarga de dos: el comedor San Miguel II y San Miguel III. El primero funciona en la parte baja del sector, en casa de una de las voluntarias que se ha unido a la causa impulsada por José. Atienden a 30 niños de lunes a viernes con ayuda de ONGs.

En el otro espacio, ubicado en la parte alta de la barriada, atienden a más de 75 niños en pobreza extrema. A pesar de ser el más numeroso en asistencia, es el que cuenta con menos recursos por falta de colaboradores, una situación que ha dejado en el limbo a los menores, quienes siguen tocando la puerta a diario con la esperanza de que llegue la comida. 

La falta de recursos es la preocupación constante de Terán, testigo en primera fila de las carencias de los vecinos de su comunidad, especialmente de los más pequeños. Por eso ha recurrido a alcaldías y diversas asociaciones, aunque no ha recibido respuestas. 

En su afán por no dejarlos sin alimentación ha sacado recursos de su bolsillo para ayudarlos, pero no siempre puede hacerlo. En días en los que no hay nada y los niños no dejan de llegar al comedor, opta por pedir fiado un sobre de jugo y repartir un vaso a cada niño. 

Foto: José Daniel Ramos

“He visto tanta necesidad y uno ha pedido tanta ayuda y cierran las puertas, es triste. Da lástima nuestra niñez”, expresa José, afectado por no poder brindar más ayuda a los niños del sector.

Al igual que Valbuena, Terán tampoco recibe beneficios económicos por ayudar a los habitantes de la barriada. Las ganas de ver a sus vecinos en mejores condiciones es su impulso para continuar en la búsqueda de colaboradores. 

Sin apoyo Durante su gestión como alcalde, Carlos Ocariz aportaba recursos para impulsar los comedores de la zona. Actualmente no reciben ayuda de ningún ente gubernamental.

“De beneficio nada, el que tenemos es que nos enorgullece ayudar a un vecino, a un niño que necesita ayuda, pero el líder no consigue nada de dinero. La satisfacción más grande que uno tiene es cuando un niño te pide la bendición, te da las gracias y te abraza”, asegura.

Las adversidades siguen surgiendo en su zona, pero José no se detiene y continúa respaldando a los habitantes. Los niños son su proyecto principal, quiere brindar todo lo que esté a su alcance para que se formen académicamente y dejen el nombre de barrio San Miguel en alto.  

La hermana que transforma vidas 

En un sector del norte de Maracay, estado Aragua, Angie Sanchez de Corrales, recibe a cientos de niños de escasos recursos. Lo hace en un galpón de su propiedad que se llama Pan Yaled y que ahora funciona como comedor comunitario.  

En su zona: la Comuna Hugo Chávez, le dicen “hermana Angie”, todos los vecinos la conocen y tocan su puerta cuando necesitan apoyo para solventar algún problema. Sin proponérselo las ganas de ayudar la convirtieron en la líder comunitaria de la barriada.

Su sonrisa se distingue entre la multitud cuando, junto a otras voluntarias, comienza a servir el desayuno a los pequeños. Desde 2016, Angie se organizó con otras madres y comenzaron a ofrecer un plato de comida a unos 30 niños. Actualmente, y gracias a la contribución de la Fundación Solidaridad Venezuela, reparten una comida tres veces por semana a más de 100 niños que son previamente seleccionados a través de un censo.

Foto: Víctor Salazar

A la mujer, de 42 años de edad, los niños la conmueven, especialmente los que habitan el sector. Es consciente de que sin el apoyo necesario los pequeños no podrán desarrollarse en ningún ámbito. Está empecinada en ayudarlos y en desafiar las condiciones adversas que se han multiplicado por la crisis del país.

“Este lugar es mi motor, es lo que me hace levantarme todos los días. Ver su risa, que no se compara con nada, no tiene precio”, comenta para El Diario, visiblemente conmovida. Se define como “una madre con muchos niños”. 

El comedor no es lo único que funciona en el galpón. Angie y sus voluntarias han rediseñado el lugar para ofrecer clases y juegos a los niños con la intención de que puedan permanecer más tiempo en los espacios y alejarse de otras prácticas.

“Abrimos este lugar para crear espacios donde los niños se sientan en familia y sientan el amor de Dios. Que se sientan en casa, amados, y que tienen un propósito en la vida, explica “la hermana Angie”.

Su dedicación por atender a los más vulnerables ha traspasado el pequeño espacio en el que los recibe a diario. En su familia acogió a un bebé en estado crítico de desnutrición que fue abandonado por su madre. Lo adoptó y ayudó en su recuperación. Hoy es uno de sus tres hijos, y todos acuden al galpón, además de ayudar a su mamá a atender al grupo de jóvenes.

Foto: Víctor Salazar

Angie no quiere limitarse a ayudar solo a través del comedor. Su anhelo es abrir una casa de abrigo para niños en situación de calle. Una meta ambiciosa que va direccionada a seguir aportando a quienes no tienen

“Un niño de la calle necesita ser rehabilitado porque hay que enseñarle valores, disciplina, reglas. Entonces no es una casa de abrigo convencional, es que el niño salga con un oficio, deporte, arte. Queremos una casa de abrigo completa”, detalla la mujer que, como Carlos y José, en Petare, se ha propuesto aportar un grano de arena para contribuir con que su comunidad salga adelante pese a las condiciones adversas.

Los líderes, voceros de los que nadie oye, son una figura de suma importancia en los sectores populares. Hoy, en el contexto de crisis que vive el país, su función ha trascendido a otro nivel gracias a iniciativas como la de los comedores comunitarios que ayudan a garantizar que los niños de sus sectores reciban la alimentación adecuada. Son agentes de cambio cuyo único pago es poder aportar soluciones y construir puentes donde otros no ven posibilidades. 

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