• Nació en Caracas y creció en Maracay hasta los 18 años, pero se considera “ciudadana del mundo” . Su paso por Italia, Mozambique y Guatemala, países en los que ayudó como voluntaria a personas en condición de pobreza o con discapacidades, hicieron que se interesara en un método para enseñar a amar. En conversación con El Diario, Irene Greaves explicó su programa educativo

Irene Greaves no cree que sea una utopía ni un imposible: repite con empeño, como con ganas de convencer, que el amor se enseña, se aprende, se trabaja. Es la forma —su forma—, dice, de salvar el mundo, y hasta le ha puesto nombre: Lovescaping. El proyecto que empezó a esbozar a mediados de 2015 para difundir las técnicas para amar, ahora cobra vida en Estados Unidos.

Alumnos. Un aproximado de 350 estudiantes han hecho el curso.

Con clases en 12 escuelas públicas de Houston (donde reside actualmente), el método Lovescaping ha llevado a los salones el respeto, el cuidado, la honestidad, la comunicación, la empatía, la confianza, la paciencia, la compasión, la liberación, la humildad, la vulnerabilidad, la solidaridad, la gratitud, el perdón y la esperanza, valores que Irene define como los pilares del amor. Cada uno de ellos, explica, son producto de su historia de vida.

Y es que su pasado tiene ribetes de ficción. A sus 32 años de edad lo ha hecho todo, y dice que aún le queda por hacer. Creció hasta los 18 años de edad en Maracay, estado Aragua, pero su origen bien podría ser de Mozambique, de China, de Italia, de Guatemala (países que ha recorrido dejando su huella), o de cualquier rincón del planeta. Si le preguntan a dónde pertenece, quizás responda que es “ciudadana del mundo”. Para ella las fronteras no existen y el nacionalismo es cosa de radicales, un sinsentido. Allá donde fue, siempre consiguió amor, dice, y ha sido esa su principal inspiración.

“Nadie escoge dónde nace y yo siento que nuestro planeta nos pertenece a todos. Nosotros hemos creados barreras porque somos tribales. Yo no siento que las fronteras que hemos creado sean una justa definición de nuestra identidad. Antes que nada soy un ser humano. Haber tenido la oportunidad de vivir en diferentes continentes me ha confirmado esa esencia de que pertenezco a todas partes. Aunque no nací en esos lugares, me he convertido en parte de ellos” , dijo en exclusiva para El Diario. Y finaliza: “Eso es parte también del amor”. No hay aspecto que no lo relacione con este sentimiento.

Foto: cortesía

Pero sus raíces no las reniega. Es “venezolanísima”. Su acento la delata. Viene de las flores, de las montañas y de la paz que le brindaba Maracay, según recuerda. Es ese el lugar de donde dice haber adquirido valores como la alegría y la solidaridad y de haber forjado una conexión con la naturaleza.

Maracay también la evoca a su familia: su mamá biológica, la escritora y periodista Carolina Jaimes Branger; “Mamajose”, la niñera durante su infancia y a quien considera su “segunda mamá”; su papá; pero es, sobre todo, “Tuti”, su hermana mayor.

De Tuti solo tiene elogios. A ella dice deberle lo que es hoy y ser su principal inspiración para ayudar a quienes tienen menos posibilidades. Al año de nacida, a Tuti la afectó una fiebre extrema que la dejó con un problema motriz grave y retraso en su desarrollo. Su enfermedad todavía no ha sido diagnosticada. Lo que para algunos pudiera ser un impedimento, para Irene su hermana ha sido un motor.

El camino hacia Lovescaping

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A los 15 años de edad ya Irene lo tenía claro: quería estudiar su etapa universitaria en Italia. La buena posición económica de su familia se lo permitía, aunque eso no la hizo vivir en una “burbuja”, aclara. Su educación en Venezuela la forjó en las mejores escuelas, primero en Maracay y luego en el Colegio Internacional de Valencia. Pero sus mejores clases, explica, siempre fueron afuera de las aulas. Incluso allí recibió la educación y los consejos de los mejores. En su casa fue un ejemplo recurrente Luis Alberto Machado, abogado, escritor, político y ministro para el Desarrollo de la Inteligencia durante el gobierno de Luis Herrera Campins.

Experiencia y formación. Irene habla inglés, italiano, portugués, y un poco de mandarín y shangana (dialecto de Mozambique).

Tres años más tarde, Roma, Florencia, y otras ciudades de Europa fueron su salón de clases, donde adquirió los beneficios de haber estudiado Historia del Arte.

Allí dio sus primeros pasos en eso de la filantropía, cuando ingresó a una organización sin fines de lucro que ayudaba a jóvenes con discapacidades a hacer deporte. Era, quizás, una forma de conexión con Tuti.

Esa experiencia la llevó a buscar más oportunidades, más retos, más formas de ayudar, luego de terminar sus estudios en Roma. Buscó en Internet, revisó investigaciones. Quería ir a un lugar que le abriera las puertas a la solidaridad. Un país con necesidades pero sin guerra. Fue entonces cuando una serie de coincidencias la llevaron a Mozambique.

Primero supo de una ONG que hacía voluntariados allí. Luego se topó con una escritora que narró la vida de niños soldados mozambiqueños. También tenía una amiga que había visitado Mozambique con otras organizaciones sin fines de lucro. La decisión no era difícil. El destino quería que fuera ese país africano.

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Llegó allí gracias a un padre católico que organizaba misiones de voluntarios. Decidió ir sola, sin ninguna ONG. “Pedían muchos requisitos o tenía que pagar mucho dinero, o hacer entrenamientos larguísimos en lugares que no eran al que ibas a ir. Eso parecía absurdo. Me fui sola y prácticamente creé mi propio voluntariado. Llegué y me involucré en proyectos existentes, tanto en el ámbito de la educación, como de salud” . Allí permaneció durante seis meses, pero no sería la última vez que visitaría ese país.

Macia, una pequeña localidad de aproximadamente 45.000 habitantes, de calles de tierra, casas de barro y bambú, ubicada a dos horas de la capital, Maputo, se convirtió en su casa temporal. Allí no había agua ni Internet. Lo que sí había, recuerda, era un ambiente de solidaridad y de celebrar la vida más allá de los problemas. Ellos amaban.

La ansiedad por ayudar no la dejó quieta. Al mismo tiempo que impartía clases de inglés, entró como ayudante en el laboratorio del centro de salud de la localidad. Era un lugar precario, donde la escasez de materiales y de médicos (solo había uno) exigían redoblar esfuerzos para salvar a los pacientes.

A su llegada la entrenaron para poder hacer pruebas y analizar casos de malaria, tuberculosis, sida, hepatitis y sífilis. También pasó por un centro de nutrición para niños, en su mayoría huérfanos o de nulos recursos económicos.

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Era una tarde de mayo de 2010 cuando conoció a una de las personas que marcarían su estancia en Mozambique. Se trata de Elías, el jefe del laboratorio y de quien guarda recuerdos memorables. “Un ser humano brillante y maravilloso. No nos dábamos abasto. Nada más de malaria eran 200 personas por día, aproximadamente. A veces más. Era un trabajo agotador”, recuerda. Juntos se dedicaron a salvar vidas, toda una proeza en un país en el que mueren millones de personas de enfermedades que en otros países ya se han erradicado, como la malaria o la tuberculosis.

En Mozambique la muerte era muy frecuente. “Casi todos los días me enteraba de la muerte de alguien que de alguna manera estaba relacionado conmigo. Me la pasaba en funerarias”, dice Irene.

No obstante, por esas cosas de la vida a veces injustas, dice, no pudo ir a la de alguien mucho más cercano. Estando en China en el año 2011, se enteró de una de las noticias más difíciles de su vida: Elías, su amigo, su confidente, el que la llegó a curar de un raro tipo de malaria alguna vez, falleció a causa de esta enfermedad. No es el único de sus amigos que ya no está. Ahora viven en el plano de los recuerdos. “Incluso en la muerte hay espacios para el amor”, dice.

El vacío que queda con la muerte eventualmente se llenará con el amor que proviene de todos los recuerdos y experiencias compartidas. El amor se convierte en el renacimiento que llena el agujero en nuestra alma», asegura.

En China, su travesía pasó más por la educación. Decidió dar clases de inglés. Pero Mozambique siempre estuvo presente: en ese tiempo recaudó, gracias a la ayuda de miles de personas, 20.000 dólares para el proyecto Ku-Kula ( “crecer”, en shangana).

Gracias a ello pudieron rehabilitar un área de una escuela, donde ahora imparten clases a niños y adultos. La idea principal era construir una nueva escuela, pero el gobierno local decidió tomar las tierras para construir una estación de policías. Es su mayor orgullo, y espera siempre volver a Mozambique. Allí dice tener familia, pero, sobre todo, un legado y recuerdos.

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Luego de su paso por África y Asia, volvió al continente Americano. Tras obtener una maestría en Educación en la Universidad de Pennsylvania, en el año 2015, viajó a Guatemala con el Fondo de las Naciones Unidas para la infancia (Unicef) para una pasantía enfocada en el empoderamiento de la mujer indígena como líder de la comunidad, como referente para la educación de sus hijos y para recuperar la cultura maya.

“Algo que aprendí allá es la importancia de nuestra madre tierra, es sagrada. Hemos abusado, contaminado, y tenemos una responsabilidad de cuidar y amar nuestro planeta”, comenta.

El amor como materia

Todo empezó como un ensayo mientras cursaba la maestría, antes de viajar a Guatemala. Allí surgió una idea que con el tiempo fue tomando forma. Debía sacar algo más de sus experiencias, sustentar con palabras un proceso que sistematizara lo que para algunos es algo natural, como el amor.

Está convencida de que todo pasa por los 15 pilares que propone. Sin ellos no hay amor, sostiene. Y sin amor, el conocimiento pierde relevancia y capacidad. Con base en eso, surge Lovescaping, cuya traducción o significado podría ser “el paisaje del amor”.

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Para 2018 su proyecto debutó en una escuela en Houston. Desde entonces ya son 12 las instituciones educativas que han seguido el ejemplo.

Es un programa de 17 sesiones. Es una sesión por pilar, más la introducción y la conclusión. Yo normalmente voy a la escuela una o dos veces por semana y cada sesión dura una hora o una hora y media. Las clases están dentro del horario escolar, entonces no es después de escuela, sino algo obligatorio. Trabajo con todo un grado, o de repente en una escuela han escogido alumnos que se pueden beneficiar más del apoyo. Mi sueño es que Lovescaping se convierta en currículum escolar, que sea una materia obligatoria», explica.

También ha sido invitada para conferencias educativas y fue seleccionada como una de los 10 finalistas nacionales que llegaron a la Competencia de Edu-prendedores Latinx de Latinos for Education y publicó su libro, que tiene el mismo nombre que el proyecto, en inglés y en español.

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Los resultados de sus clases, aunque imposibles de cuantificar, son visibles, según argumenta. Reducción de casos de bullying, mejor autoestima de los alumnos, más compañerismo y apertura emocional, son algunas de las victorias que se apunta el proyecto. No en vano algunas escuelas de otros estados de EE UU se interesaron en la iniciativa para educar también a maestros, para que repliquen muchas de estas clases.

El futuro lo tiene claro, y Venezuela aparece en el horizonte. Su propósito es que Lovescaping llegue a las escuelas del mundo, también en su país. Sabe que es difícil, pero no imposible. Lo que para algunos es pura utopía, para Irene son sueños que se cumplen. Su experiencia lo avala.

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