• Una profesora jubilada de 68 años de edad y voluntaria del comedor “Casa Padre Torres” fue agredida el pasado 11 de febrero. Encapuchados la golpearon rompiéndole la nariz. El Diario conversó con ella para conocer lo ocurrido

Una estructura gris sobresale entre las sombras montañosas de los Altos Mirandinos subiendo por la carretera Panamericana. Al entrar un jardín da la bienvenida a la casa. En ella se encuentra una mujer de cabellera blanca que anda despacio mientras deja ver su rostro, una cara que conserva los rastros de una agresión que todavía no ha logrado superar. Las bolsas debajo de sus ojos se han tornado color púrpura, le cuesta volver a tocar su cara tras la operación, sobre todo su boca.

“Todavía me pregunto por qué”, se cuestiona Martina Natera, coordinadora del Comedor “Casa Padre Torres”. Su voz suave y pausada apenas se puede escuchar entre el bullicio de la ciudad. Ella recuerda el momento en que levantó la mano para ofrecerse a organizar el turno del mediodía. Su ímpetu por ayudar a los 45 niños que se encuentran en estado de desnutrición en la comunidad de Los Alpes le hizo asumir el reto que todos habían rechazado.  

blank
Foto: José Daniel Ramos

En el comedor se sirven más de 400 comidas diarias a niños y adultos que se encuentran en estado de vulnerabilidad. La actividad se realiza con el apoyo del Grupo Social Cesap y la Acción Campesina, organizaciones que financian los cinco días de almuerzos a la semana. El pasado 12 de febrero, el servicio fue interrumpido. Hombres que portaban armas de fuego entraron al comedor. La señora Martina iba a montarse en su carro para irse cuando fue embestida por los golpes. Sin mediar palabras, sin saber sobre las razones, la agresión fue en su contra.

blank
Perdí dos litros y medio de sangre. Los médicos en el ambulatorio de Los Teques lo primero que hicieron fue colocarme un tapón en la nariz para que pudieran atenderme en Caracas, pero tenía la tensión muy alta. Eso era lo que más les preocupaba hasta que perdí el conocimiento. Yo sinceramente pensé que eran mis últimos momentos y me encomendé a la virgen Santísima para que no me dispararan”, relató Natera para El Diario.

El parte médico reveló que la coordinadora de la Casa “Padre Torres” había sufrido un traumatismo facial contuso con fractura nasal y traumatismo cráneo facial. Su nariz había sido destrozada. Los médicos le dijeron que necesitaba ser operada de emergencia y fue cuando las imágenes de la agresión se hicieron virales en Twitter. Incluso su familia desconocía el alcance de aquellas fotos en ese momento, por lo que agradecen cada donación que las personas realizaron en todo el mundo por la salud de Martina. 

Un testigo para la reconstrucción de los hechos

Al lado En el estacionamiento del comedor todavía hay rastros de sangre que cayeron de aquella golpiza. Al entrar a la Casa Hogar tiene un pequeño galpón donde una mesa larga recibe a los comensales para los almuerzos diarios. El techo de zinc contribuye a elevar la temperatura de la fresca pero soleada mañana. Las figuras cristianas son las que más tienen presencia de lugar. Fue en ese sitio donde las pocas personas que quedaban en el comedor solo pudieron ser testigos de la magnitud de la agresión.

blank
Foto: José Daniel Ramos

A metros del comedor una persona que, temerosa por la situación, pide que sus datos personales no sean revelados por temor a represalias. Relató que los sujetos utilizaron capuchas cuando bajaron de un cerro aledaño a la casa comunitaria. Nunca mediaron palabras y solo apuntaban a quien se atrevía a dar aunque fuese un paso para intentar ayudar a la señora Martina.

“Cuando pudimos salir, las personas del comedor la fueron a ayudar. Ella siempre estuvo consciente en la golpiza y decía llorando que le habían roto la nariz porque no solo fue con las manos, sino que también le daban patadas cuando ella estaba tumbada en el piso”, relató la persona.

Considera que los delincuentes que la golpearon pudieron haberlo hecho por pensar que la mujer de 68 años de edad manejaba las cuentas del comedor. Para ello, explicó que Cesap posee un programa especial que se rige a través de un control de peso y talla, por lo que algunas personas no son aptas para ingresar a dicho proyecto. 

blank
Foto: José Daniel Ramos

“Las personas que más lo necesitan son los que entran, entre ellos muchos niños. Eso nos hace pensar que fueron personas a las que se les negó entrar al programa y se desquitaron con la señora Martina como venganza”, agregó.

La persona también pudo relatar el momento en que los agresores que habían golpeado la movieron con los pies para verificar si había muerto. Fue antes de irse que revisaron su boca para intentar despojarla de su plancha dental por supuestamente tener “oro” en su boca.

“La señora Martina decía llorando que pensaba que se iba a morir. Estas personas incluso la arrastraron por el piso para ver si tenía algo más en sus bolsillos. Vimos cómo la revisaban y la golpeaban al mismo tiempo. Ellos también pensaban que había muerto porque la dejaron boca abajo. La señora Martina pudo ser la abuela, su tía, un pariente, pero no les importó. La comunidad tiene que entender que esa señora no mueve dinero. Aquí controlan hasta la última papa que se utiliza para la sopa del almuerzo porque tienen que rendir cuentas a la organización internacional que financia la comida que nos dan a diario”, puntualizó el testigo. 

blank
Foto: José Daniel Ramos

“Dios le dio la fortaleza para aguantar esos golpes”

Confesó la joven antes de despedirse de la Casa Hogar para agarrar una camioneta que la llevara al centro de Los Teques. “Dios no va a dejar que pase algo grave porque ella es nuestra fe. Ella solo hacía lo que tenía que hacer por los más necesitados”, finalizó.

Y es que la señora Martina, una maestra que impartió clases durante 30 años, no piensa dejar que una agresión le impida seguir ayudando a las comunidades en su terruño, en Los Teques. Ella es fiel creyente que la gente cambia a través de un plato de comida y que siempre el bien prevalece, a pesar de todas las circunstancias.

blank
Dios me dio la fortaleza de estar aquí hoy. Yo solo les pido a esas personas que recapaciten porque como seres humanos tenemos derecho a rectificar. Nadie es perfecto, solamente Dios. Yo pienso que cuando haces algo bien, aunque sea algo muy pequeño, eso se multiplica. Hoy siento que me dieron otra oportunidad para seguir sirviendo”, dijo.

Natera también afirma que nunca se va a detener en su labor, y que es el amor el que la conduce a levantarse cada mañana a continuar. Su voz se vuelve fuerte cuando habla de lo orgullosa que se siente al ver cómo una persona recupera su peso en el comedor. 

blank
Foto: José Daniel Ramos

Ella no puede dejar de mostrar satisfacción cuando habla sobre de ayudar a los demás. Sus sabias palabras encarnadas en la educación que impartió durante años son algunas de las características que resaltan quienes han tenido la oportunidad de conocerla.

Las marcas que le quedan son recordatorios de que no puede desmayar para ayudar a quién lo necesita. A pesar de que desconocidos la atacaron sin razón, es mayor el número de personas que le agradecen su labor y que ahora conocen el comedor en el que trabaja.  Se siente plena y con ganas de continuar, tampoco se arrepiente de ninguna decisión por lo que seguirá siendo voluntaria hasta que Dios se lo permita. 

Noticias relacionadas