Cuando en 2001 vimos derrumbarse las torres gemelas de Nueva York, todos creímos que el mundo tal cómo lo conocíamos desaparecería, que estábamos a las puertas de una nueva conflagración mundial y demás imaginaciones colectivas y apocalípticas, en ese momento demasiado pertinentes, sobre todo para capear la primera nube acechante que se cernía sobre nosotros: la incertidumbre. 

Atacado el país más poderoso de La Tierra, eran esperables vuelcos descomunales: ocurrieron con las líneas aéreas y la seguridad en los vuelos, en el trabajo de inteligencia y espionaje, en las respuestas militares y otros espacios de nuestro entorno, que se vieron sacudidos por el violento estallido de la violencia foránea, en un icono de nuestra cotidianidad y modernidad.

Sin embargo, en un tiempo relativamente corto, todo pareció volver a la normalidad. Una con un componente de paranoia y extracautela inéditas para quienes ingresábamos al siglo XXI, procedentes de la segunda mitad de la centuria anterior. Para muchos la paz más larga que se conoció en el siglo, para otros, simplemente la larga posguerra o guerra fría a la que habíamos sobrevivido.

Vinieron otros atentados que, de manera tenaz, nos recordaban que ya no habitábamos el mismo planeta y que eso que llamábamos vida cotidiana se parecía cada vez más a una ficción, y que vivíamos, dormíamos, soñábamos, viajábamos, trabajábamos con una nueva e incansable sombra a nuestro lado: el terrorismo.

Y en ese espejismo vivimos hasta este aún recién llegado 2020, cuando no una guerra mundial, ni un accidente termonuclear, ni un desastre económico, ni un ataque masivo de extremistas, ha terminado por recluirnos en la más inesperada, sensible y devastadora distopía.

Como si alguien lo hubiese extirpado del cerebro de H. G. Wells, todo ha ocurrido por obra y gracia de algo similar a una cotidiana gripe, una bacteria que hace que nuestros estornudos y toses se conviertan en emisarios del pánico. Y en los dos meses y medio que llevamos de año ha cobrado miles de víctimas, ha cerrado primero ciudades, luego países y contagia sin aparente discriminación a orientales y occidentales, a primer y tercer mundo, a regímenes totalitarios y democracias ejemplares, a agnósticos y líderes religiosos.

El virus que vino del Este

Ha llegado de China, uno de los más férreos sistemas políticos de hegemonía social y económica sobre sus habitantes, que se cuentan por millones y tienen la, hasta ahora, saludable costumbre de propagarse por todo el globo.

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Al conocerse las primeras anomalías sanitarias y víctimas, las democracias occidentales prendieron las alertas por la presumible opacidad informativa con la cual el régimen comunista asiático trataría el problema. La primera imagen que detonó suspicacias fue aquella de la construcción express de un hospital para el tratamiento de los contagiados, y que enseguida nos recordó, a quienes habíamos tenido la entereza de leerla, los pasajes más cruentos de la novela Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago, por el presentimiento de masiva reclusión que sobrevendría.

Esta narración del Nobel portugués nos coloca en las coordenadas de lo que nos está rodeando en estos momentos: la distopía, pero una real, crudamente tangible, lenta, larga y atenazante, que ha logrado poner de cabeza nuestra vida diaria.

La distopía es un término relativamente reciente que ha sustituido el más binario y un poco inexacto, que era frecuente hasta hace casi 40 años, de la Antiutopía. Con esto se designaba lo opuesto, el reverso de una utopía, cuya historia imaginaria, vista superficialmente, apuntaba al diseño del mejor de los mundos posibles y los esfuerzos, sobre todo intelectuales, por materializarlo.

Las más famosas y antiguas son La república de Platón, la isla de Atlantis, también referida por este filósofo griego, la de Utopía, fundada por Tomás Moro, y a quien debemos, desde entonces el nombre, y La Ciudad del Sol de Campanella.

Pero la relativización de los conceptos que el libre pensamiento promovido desde nuestra Edad moderna, la desconfianza en sistemas políticos, la pluralidad de teorías y la idea posmoderna del fin de la historia, los grandes relatos y la debacle de las ideologías, ha hecho que estas intenciones imaginarias de conducirnos a la felicidad colectiva, sean vistas con un cuidado inesperado, de manera que podemos deducir o vislumbrar que en el seno de la propuesta utópica y sus proclamadas virtudes y beneficios, subyacen sensibles cesiones a la libertad, a la igualdad social o de género, o al albedrío intelectual.

Si leemos con ojos poco ingenuos las utopías citadas encontraremos en ellas predicciones de los estados comunitarios, del sistema socialista, del monoteísmo y de importantes restricciones en los ámbitos económicos, sociales y hasta sexuales. Es decir, una prefiguración de lo que hoy llamamos totalitarismos. Y revelaciones de algo que estudiosos actuales, Foucault a la cabeza, denominan bio-política. Ambos elementos son formas de lo que hoy se entiende por distopía.

El cuerpo vulnerado

Todo aquello que regule, controle, normativice y haga sentir el poder de un sistema político sobre el cuerpo humano, la reproducción, el movimiento, la relación del cuerpo con el espacio, el tratamiento de las enfermedades, la alimentación y el abastecimiento, forma parte integrante y activísima de ese concepto propuesto por el filósofo francés y analizado y descrito detalladamente por él y sus seguidores.

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De eso justamente trata esta pandemia y las respuestas y trascendentales consecuencias que de ella se están desprendiendo con múltiples formas, resultados e injerencias en el planeta.

Obligado por el inaudito poder de contagio que el COVID-19 ha desarrollado, el poder político (y aquí aparece un primer signo de la distopía: la igualación que ha logrado entre  sistemas ideológicos para atacarlo) ha decidido invadir los intersticios más sensibles de nuestra vida personal y cotidiana e imponernos una restricción inédita.

Nuestra apariencia exterior cambia: sobre nuestro rostro ahora se adhiere el tapabocas o mascarilla y las manos se cubren de guantes. Esos implementos inusuales, hasta ahora en nuestro ámbito, aunque familiares en otros, los profilácticos y sanitarios, disparan temores instintivos, entre ellos el de la repelencia a la enfermedad, pero con un giro, otra vez, absolutamente inédito: todos podemos ser ese enfermo, todos intentamos evitar serlo, por ello la mayoritaria eficacia y aceptación de las medidas extremas adoptadas.

Pero los costos vuelven a empujarnos irremisiblemente al terreno de la distopía: no solo hay miedo de tocarnos o besarnos, los signos más habituales y entrañables del afecto, sino que son desaconsejados y, aunque no taxativamente prohibidos aún, ya marcados por un estigma social. De la dificultad de tocarnos, de aproximarnos pasamos a la dificultad de la expresión corporal, táctil del afecto, a la manera más llana e inmediata de sentir y hacer sentir el amor.

Por supuesto que el sexo entra en terreno de riesgo. La más cruda de las distopías totalitarias no había logrado hacer demasiada mella en este terreno. Se restringió el número de embarazos, la edad en que los jóvenes abandonaban la casa de los padres, pero los tiempos de iniciación sexual habían logrado anticiparse cada vez más.

La música popular y el imaginario fílmico, televisivo y de las redes electrónicas estimulaban y alentaban esta precocidad y, en ocasiones, hasta promiscuidad. En cuestión de días, hemos pasado al extremo contrario: la ausencia del tacto, la prohibición del beso, la imposibilidad del contacto, del flirteo. Desaparecieron, en cuestión prácticamente de horas, los lugares de encuentro social, de distensión y de conocimiento.

La distopía nos recluye en casa, con los infinitos espectros que ello plantea: desde la soledad individual al hacinamiento familiar, relajado normalmente por los horarios de trabajo y estudio; desde el de las parejas solas consigo mismas, en situaciones inéditas -en algunos casos deseadas, en otros con componentes de angustia e intolerancia desconocidas-, hasta la convivencia 24/7 con mayores enfermos o discapacitados a quienes tenemos que volver repentina e inesperadamente. Las dimensiones entre estos cabos nombrados son de variable tamaño e inagotables formas.

La distopía nos coloca, también inesperadamente y con muy breves espacios y tiempos de reacción, en situación de vulnerabilidad. Hasta hace poco, una paradoja se instalaba en el espectro de la propagación: el viajero capaz, económicamente, de atravesar fronteras y espacios aéreos, signo de triunfo en nuestro modo de vida, fue identificados como un potencial y peligroso portador.

De pronto, los turistas quedaron atrapados en hoteles, en cruceros. Todavía hay gente que no ha podido regresar a sus hogares desde los remotos lugares que visitaban por placer o por deber o en mero ejercicio de algo que de repente nos luce como desbocadamente sobrevalorada: la libertad. 

El movimiento proscrito

El virus distópico limita y proscribe el movimiento, ya no el elitesco del viaje internacional, sino el cotidiano, el de hacer ejercicio en parques, aceras o caminerías, el de ir a trabajar o estudiar. El balcón o la ventana han sido convertidos, por la abrupta distopía, en los límites de nuestra vida social.  

Y sin embargo, otras formas de movimiento han sucumbido ante el efecto distópico del virus: las actividades exteriores, sean estas políticas o no, han sido suspendidas, desaconsejadas o, al menos temporalmente desterradas. Los movimientos reivindicativos más crecientes de la actualidad también han sido cuestionados moralmente por la distopía.

A las manifestaciones feministas del 8 de marzo se las acusa de haber propagado el virus en varias ciudades por su renuencia a aplazarse mientras el mundo contemplaba sus víctimas en países y ciudades muy próximas.

Los deportistas y su mensaje de salud, cuidado del cuerpo y buena respiración han sido exiliados del foco mediático pues la distopía nos ha arrinconado a un mundo sin partidos de futbol, sin Grandes Ligas, sin baloncesto, ni tenis y posiblemente sin olimpíadas. Tampoco hay escuelas ni universidades, ni parques temáticos, ni cines, ni teatro, ni conciertos de ninguna especie. Hoy por hoy, la distopía nos ha convertido en un planeta más silencioso, más sedentario, más inactivo, más aburrido, menos culto y sociable.

Después de Pandora

En medio de la distopía han venido a erigirse dos sistemas como cabezas del liderazgo de la crisis. Uno como solución a la desinformación y alternativa al páramo de las actividades culturales y educativas: el conformado por las comunicaciones, redes sociales y el ciberespacio. Y sin embargo la saturación conectiva vulnera sensiblemente portales como Netflix o las salas de concierto y teatro digitales, las bibliotecas virtuales, etc.

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El otro era más predecible y hasta inevitable. Y constituye el verdadero corazón de la distopía: el sistema de poder político. Para salvarnos, incapaces de hacerlo ni solos ni colectivamente, hemos permitido la entrada en nuestra casa al poder con sus imposiciones, profilaxias y restricciones.

Para proteger nuestro cuerpo y nuestra vida se los hemos cedido. El discurso de la salvación y el miedo se imbrican y de pronto las imaginaciones más agrias -la opresión absoluta de 1984; el control tiránico del cuerpo y el sexo de The handmaid’s tale o la evasión imprescindible de Ready Player One-, apuntan a la nítida confirmación de que toda utopía incuba su reverso oscuro. 

En el mejor de los mundos posibles, el sueño dorado de todas las utopías, todos terminamos salvados, redimidos, regenerados, reintegrados al cuerpo armónico, simétrico del sistema en el que, confiados, nos disolvemos.

Posiblemente esta crisis biopolítica del coronavirus terminará de manera similar a la persecución de la utopía, pero nuestra relación con el poder y el sistema que nos alberga ya no volverá a ser la misma, pues para salvarnos hubo de olvidar sus ideales más proclamados, aquellos que intentan legitimarse constantemente en nuestros imaginarios igualmente utópicos.

Para salvarnos, los sistemas tuvieron que reprimirnos, restringirnos, quitarnos cosas, reducirnos la libertad, hacérnosla superflua. Para salvarnos los sistemas democráticos, el llamado mundo libre tuvo que imitar a sus antagonistas totalitarios, autocráticos y epistemológicamente represivos. Y ello, en el caso particular de Venezuela (de la que espero poder escribir pronto en esta coyuntura), es vívida y terriblemente preocupante.

Para salvarnos hubo que desencadenar la distopía. Es el día después de la apertura de la caja de Pandora. Es nuestro hic et nunc.

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