Las palabras son como balas. Algunas se encajan en la piel, hondamente; otras, en el rebullicio de la escritura, vuelan y rechinan sobre la oreja del individuo. El uso de las mismas, condenadas, paradójicamente, a ser ligeras y mordaces, debe ser puntual. Porque, tanto aquella que se marca en el cuerpo, como la otra que solo deja un sonido latente, son parte del entendimiento que tiene la humanidad de su contexto. En los últimos días, desde las instancias gubernamentales, hasta la información cotidiana, la palabra “guerra” retumba junto al tambor del combate. Al parecer, creemos que toda situación de extrema dificultad en la historia es comparable con el sentido de una guerra y, ahora, con la propagación del Covid-19 el enunciado de las balas ha tomado fuerza en el descampado lingüístico.

Se escucha el remanente del tambor guerrerista en la esquina, en la voz del panadero que desde una ventana y con un tapabocas atiende a los pocos caminantes. Los medios repiten, una y otra vez, “es la guerra de nuestra generación”. ¿Pero qué es una guerra? En la historia de la humanidad se entiende como un medio. Es un instrumento de la política para la sublevación del enemigo. Pero la evolución, en muchos casos, lanza un viraje estruendoso por el camino escarpado, transformando el conflicto en un fin. La industria de la guerra engloba una serie de signos que, de cierta forma, establecen el poder y reducen las libertades.

Emmanuel Macron, presidente de Francia, declaró hace un mes que «estamos en una guerra, en una guerra sanitaria». Luego, en la misma conferencia, dijo que la lucha no es contra un ejército, ni contra una nación, pero el enemigo existe. Nicolás Maduro, a finales del mes de febrero, vociferaba que el virus se trataba de «un arma de guerra biológica contra china». Esta, quizás, es una muestra de la bifurcación del lenguaje guerrerista que se cuela entre las distintas ideologías. Y, aunque, la finalidad de ambos discursos es diferentes, el uso de la «guerra» como enunciado tiene la misma afectación en el individuo.

En este momento, cuando la sociedad se enfrenta a un impasse sin precedentes, el enunciado de la guerra se cuela en el lenguaje oficial. Al comparar las dos situaciones es pertinente reconocer el matiz de encuentro para la semejanza y, lógicamente, la diferencia entre la pandemia y la guerra. El primero, como era de esperarse, tiene como punto de conexión la cantidad de muertes. Según las cifras presentadas por la universidad Johns Hopkins han muerto, hasta la fecha, más de 123.000 personas por el Covid-19. Una situación que trastoca la normalidad, claro está, pero generar una relación con la guerra por la existencia de la muerte es, por lo menos, incongruente. La existencia humana, en sí, tiene como finalidad la muerte. Cada acción terminará en un mismo lugar y solo tenemos como consuelo la disparidad del tiempo que nunca nos dirá cuándo llegará la guadaña. Sea por caminar, por manejar, por fumar demasiados cigarrillos o, simplemente, por estar en el lugar equivocado, en el momento equivocado. La guerra no solo se relaciona con la muerte, sino que se caracteriza por la acción de matar que, aunque podría ser irrelevante cuando el fin es el mismo, es aquello que determina la crudeza del quiebre. 

Hace poco miré durantes horas La guerra de Vietnam: un documental de Ken Burns y Lynn Novick. Durante 10 capítulos, en los cuales se desmenuza la afectación de la guerra para la sociedad americana y vietnamita, pude entrever la crudeza que conocemos sobre la acción bélica. En la acción recae la pesadez del conflicto. Día a día, cientos de jóvenes, con una moralidad construida a través de los años, se enfrentaron con un enemigo desconocido que, aunque era humano, no se veía como tal. Uno de ellos, incluso, recuerda que en ese momento pensaba: “Desecharé a todos los gooks —calificativo del ejército estadounidense al enemigo— que halle, pero no mataré a nadie”. Ante la mirada del soldado el individuo vietnamita, que lo esperaba en la espesura de la selva, no era un ser humano, era un objeto, un animal que corría. Matarlo no era pecado, no era malo, no provocaba, siquiera, culpa. Era la guerra y el enemigo, como siempre, es un objeto. 

Lo mismo ocurrió en la Segunda Guerra Mundial. A través de la propaganda se instauró una clasificación de lo humano, de lo que era y lo que no era. La racionalización encontró que la naturaleza era insuficiente y, por ende, el último eslabón clasificable era el ser humano. El nazismo utilizó la racionalización para crear una máquina antropológica y, de esta forma, categorizar a la población. Al derrocar la figura humana el individuo se transforma en un animal ante la mirada inerte del otro y los hechos que consideramos como delito, rápidamente, se normalizan.

La guerra es eso: una normalización de la ruptura. El individuo, al encontrarse con el otro, es capaz de derrumbar la moralidad construida en su juventud para, llanamente, sobrevivir. No existen niños, no existen mujeres, no existen hombres. Solo existe un enemigo que hay que eliminar. Muchos de los sobrevivientes cargan con los recuerdos de la muerte en su haber. Cargan diariamente, por el resto de sus vidas, con sus muertos. 

El lenguaje bélico para atender cualquier momento de dificultad, no revive un espíritu de sosiego ante las imprecaciones, sino que levanta los traumas de la guerra. En Venezuela, aunque la historia contemporánea no está signada por un conflicto armado, conocemos la utilización de la lengua guerrerista para alimentar los delirios de régimen. Desde hace 20 años la figura del militar que se despoja de sus trapos civiles para ensalzar la boina y el camuflaje aparece reluciente en los estrados del poder. De esta forma, las culpas no se sanan con el golpe de pecho, sino se liberan culpando al otro, al enemigo, aquel que lejano llena los puntos de indeterminación de una guerra ficticia. Ya lo presentaba George Orwell en su distópica, pero casi profética, novela 1984: tres Estados en constante conflicto. Sea imaginario o sea real, lo importante es el sostenimiento de la quimera guerrerista para que el ciudadano entregue sus derechos ante el poder que se viste como el único “salvador”. 

La pandemia no es una guerra. Es, llanamente, una situación irregular para esta generación. Una situación que tiene sus características autónomas, que presenta, quizás, un cambio en el paradigma del rito mortuorio y de la relación humana. Tocar está prohibido. Salir está prohibido. Pensarse cercano al otro, de cierta forma, está prohibido. Es una afectación a la normalidad, pero no es el quiebre de la misma, como sería la guerra. El uso de este enunciado para englobar todo contexto de contrariedad, a mi parecer, tiene dos razones: reducir las libertad del individuo a través de la coerción de la lengua bélica y producir a un enemigo invisible, culpable de las malas decisiones y causante de cada una de las muertes. No hay bombos y platillos en la guerra, ni celebraciones, sólo un remanente de cadáveres que se mezclan con la tierra. 

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