• Relato de una serie de seis semblanzas de venezolanos que se encuentran alrededor del mundo haciéndole frente a la pandemia por Covid-19

I. El rifle de El Coyote

Desde que llegué a Estados Unidos me he estado preparando para situaciones como esta cuarentena, porque siempre existe la posibilidad de que algo pueda suceder en cualquier momento. Por eso estoy listo. Preparado. Alerta.

No sé si mi actitud se deba a que en este país todo el mundo porta armas y colecciona rifles y municiones. En casa, ya me he abastecido de una buena cantidad de agua y gasolina. Cada cambio de estación, me aseguro de tener suficientes provisiones, enlatados, las meal, read to eat de los militares, un consuelo de muchas calorías en pequeñas porciones.

En Oklahoma, los tornados son tan frecuentes como los guitarristas en Nashville. En cualquier momento viene uno y te desbarata la casa. Y te quedas sin nada. Sin casa, sin nada. Por eso es conveniente estar prevenido ante cualquier amenaza de vientos a 300.000 arpegios por hora.

El año pasado, Tulsa se inundó por unas semanas. Estuvimos en estado de emergencia hasta que las lluvias cesaron. Entonces, si escucho hablar de cuarentenas, pienso: “Ya estas cosas me han sonado a mí”. En Oklahoma aceptamos con disciplina el resguardo.

Cuando me enteré de que probablemente se decretaría una cuarentena, retiré algo de mis ahorros y fui a comprar enlatados. Cualquier comida imperecedera estaba bien para mí y mis perras. Luna, una minirottweiler, y una beagle llamada Lucille, como la guitarra de B. B. King. A Lucy la enterré el año pasado. Era una rottweiler enorme y sufría de leucemia. Por fortuna, aún me quedan unas noventa libras de carne de los venados que cacé la temporada pasada. Los mantengo congelados en el refrigerador del garage, un santuario exclusivo para los animales que cazo y que jamás tendría el mal gusto de ubicarlos junto a la carne empaquetada y procesada del Walmart.

He aprendido todo lo que puedes hacer con un rifle y cómo puedes alimentar a tu familia. Si hay exceso de venados, por ejemplo, machos los hay en exceso, cada individuo puede cazar dos, aunque este número varía dependiendo del estado. En algunos puedes cazar cuatro, en otros, seis, en otros, doce. En Oklahoma, solo dos. Y yo cumplo con mi parte. Colaboro con el equilibrio del ecosistema y, de paso, tengo comida.

Compro a buen precio una caja de balas. Cuando le hago mantenimiento al rifle gasto al menos cuatro, tal vez cinco balas. Luego, una bala el día de cacería. O dos, si cazo dos venados. Ya sumamos seis, siete balas. Menos de un cuarto de caja. Con eso llevo a casa alimento para seis meses.

Soy hijo único. Criado por madre soltera. Ella tenía que trabajar. Un buen día me dijo, “Miguel, debes estar ocupado haciendo algo”. Al día siguiente me inscribió en el Núcleo de Música de La Rinconada, cerca de donde vivía, en Coche, Caracas. Una escuela de música que convenientemente no solo enseñaba música. Era como mi niñera particular. De lunes a viernes. De 2:00 pm a 7:00 pm . Y también los sábados. De 9:00 am hasta la 1:00 pm. Esa fue mi vida desde los 6 hasta los 15 años, 16, tal vez 17 años.

Sería injusto decir que con la música solo adquirí una sensibilidad artística gracias a los diez años que estuve tocando violín. La música también me enseñó cómo trabajar en equipo. El roce de subirme a numerosas tarimas y escenarios desde muy niño. Además de la teoría y el solfeo, tendí una relación más estrecha entre mi cerebro y mis manos, lo que fue sumamente útil para otras cosas de mi vida como tocar guitarra en Velvet Music, instalar tejados, lanzar hachas y ocupar la casilla número 1 en el ranking mundial de la temporada de invierno de la World AxeThrowing League.

De la escuela de música, me fui a estudiar Derecho en la Universidad Santa María. Desde el segundo semestre, comencé como pasante en tribunales penales y poco a poco fui ascendiendo. En aquella etapa de mi carrera tribunalicia, jamás llegué a sentirme lo que se dice ciento por ciento satisfecho.

La felicidad llegaría durante mis últimos años en Venezuela. Entre 2010 y 2012, salía encorbatado del Palacio de Justicia a bordo de un mototaxi, con mi maletín y el estuche de mi guitarra. Ese atuendo legislativo me hizo ganar un mote que aún recuerdo con inquebrantable cariño: El abogado del blues. Me olvidaba de los códigos civiles por un buen rato y afinaba mi entusiasmo con la banda Canela Blues. Nos presentamos con frecuencia en un restaurante muy concurrido de El Hatillo, El Café del Establo, entre otros locales de la noche capitalina.

Si bien era feliz, también me sentía un poco estresado por la situación económica, el tráfico y la delincuencia. Estos aspectos negativos eran atenuados por lo que hoy son mis nostalgias. Las preciso en este orden: mi amada madre, mi familia, mis amigos y los pastelitos de pollo con salsa de ajo del local Las Provincias del Centro Comercial de Coche. Y una cosa más: siempre había algo que hacer. Jamás hubo un día repetido. En Oklahoma sí que existieron los días repetidos.

Recuerdo Caracas como una ciudad de implacable movilidad. Llena de gente que te miraba a los ojos. Era un gesto de cortesía, y no un abuso de confianza. En cualquier camionetica o vagón del Metro que te montabas para ir al trabajo siempre había contacto visual. Un lenguaje silencioso en el que se intuía que tanto esa persona como tú lidiaban con problemas similares. Un todos estamos montados en el mismo tren.

Saberse mirado a los ojos, mirar a los otros a los ojos, le confería humanidad a una urbe atiborrada e inquieta.

II. La guitarra de El Coyote

El 2 de marzo de 2013 me vine para Estados Unidos. A los pocos días comprobé que el contacto visual se había quedado en Caracas. Eso aquí no ocurre, y si ocurre, ocurre en contadas ocasiones. El contacto visual se limita solamente a las personas que conoces, o con aquellas con las que tienes algún tipo de relación comercial. De resto, en la calle, cero, nada. Como si todo el mundo estuviese satisfecho con su cantidad de amigos. Como si ya estuvieses full de amigos, el tanque lleno de amigos. En Venezuela, cada vez que iba para Choroní, Los Caracas, o La Sabana de la Costa, ganaba un compadre.

Primero llegué a Nashville. Al poco tiempo, noté que todo aquel que aspiraba a ser músico se mudaba para Nashville. La competencia fue ruda. Había más tiendas de instrumentos musicales que drugstores (farmacias) y calculaba unos 400 guitarristas por cada cinco cuadras. En esa ciudad solo estuve unas pocas semanas, pero llegué a grabar “Chitlins con carne”

Me mudé a Chicago. Una ciudad fría, dura y costosa. En la ciudad de los vientos viví unos seis meses. Trabajé en un gimnasio de boxeo durante las tardes. Lavé vajillas en un restaurante italiano los mediodía. Fui profesor de música los fines de semana. Pasé gélidas madrugadas cortando cebollas en un puesto de greek hot dogs. Y también fui asistente legal en una firma de abogados de accidentes de tránsito. El gimnasio, los lavaplatos, los conductores ebrios y, sobre todo, las cebollas, constituían los ingredientes de una fría incomodidad. Un día me dije, “Miguel, ¿qué estás haciendo? No estás disfrutando la vida”. En aquel momento, concebí posible intentar nuevas oportunidades. Recuperar aquella felicidad que el blues siempre me proporcionaba. El blues fue el hacha que quebró el mar helado dentro de mí.

Una noche probé suerte y audicioné por Internet para una banda de blues. Me aceptaron. De inmediato regresé a Nashville y comprobé que era una ciudad tan solo un poco más barata que Chicago, aunque igualmente fría y dura en el trato a los hispanos.

Con Tullie Brae realicé un par de giras por Estados Unidos entre 2013 y 2014. Me pagaban por cada ensayo y también me encargaba de dirigir a la banda. Aunque a veces nos hospedábamos en hoteles, durante ocho meses mi vida transcurrió prácticamente en el autobús de Tullie Brae, Big Momma, un homenaje de seis cilindros a la cantante Willie Mae Big Momma Thornton.

Foto: Cortesía

Tocamos en docenas de ciudades. Participamos en el Clarksdale Mississippi Deep Blues Festival, el evento más importante del género en el sur de Estados Unidos; nos presentamos en el delta de Mississippi, la casa donde el blues nació; fuimos teloneros para B. B. King en Kansas City, dimos conciertos en Memphis, Chicago, Texas, Kentucky y en Tulsa, una pequeña ciudad boutique de Oklahoma, mezcla de hipster y country, lo que la hacía sumamente atractiva para mí y donde ocurrió lo inesperado: hubo contacto visual, me ofrecieron trabajo e hice compadres. 

La noche que tocamos en el Hound Dog Blues Music Festival, conocí a Aaron y Charlie Taylor, ingenieros de sonido del evento. Aaron hizo contacto visual conmigo o, más bien, con mi guitarra, una Fender hard-to-find. Me dijo, Your guitar looks like mine!, (tu guitarra se parece a la mía) y le respondí, I can’t believe it! (¡no lo puedo creer!) Como evidencia, me mostró un par de fotos de él en pleno riff. En efecto, ¡era la misma Fender edición limitada! Aaron tenía en su garage uno de los pocos modelos que salieron al mercado. Aquella noche fuimos a un bar a celebrar la coincidencia y sellamos una amistad con una sesión de jamming que se extendió hasta que la noche se disolvió en un azul definitivo.

A los pocos meses, Tullie Brae dejó de girar y mi contrato expiró.

Desde Nashville me puse en contacto con mis compadres de Tulsa y acepté la oferta de trabajo. Aaron y Charlie construían un estudio de grabación. Como yo era hispano asumieron que, además de ser buen músico, sabía de obras, como si prevaleciera algún vínculo entre mis orígenes y una ancestral sabiduría de trabajo obrero. En mi caso, no se equivocaron. Por casualidades del destino, ya había acumulado cierta experiencia en el ramo de la construcción. Jamás había frisado un ladrillo en Venezuela, pero en este país había que hacer de todo.

A mediados de 2015, instalé la primera sheetrock del estudio de grabación y cuando este se inauguró, ya debía buscarme otros ingresos. Reactualicé mi curriculum vitae y busqué un trabajo de asistente legal en una firma de abogados. Con el modesto salario que me pagaban, costeé un curso para convertirme en intérprete de juzgados federales y estatales en la Oklahoma Supreme Court. Con licencia en mano, conseguí trabajo en la Tulsa County Municipal Court y con ese empleo me mantuve un tiempo. De algún modo, fue un logro significativo para mí, porque en Estados Unidos no podía ejercer mi carrera a plenitud, pero haber sido intérprete de corte era, aunque desde una mirada distinta, una vuelta insólita al ring de los tribunales.

Finalmente, dejé de ser intérprete y me estrené como vendedor en el campo de los roofing service. En breve, pasé del mostrador a la acción, de las vitrinas salté al tejado. El roofer es un oficio que requiere equilibrio y buena condición física. También, un sentido del gusto que ya había refinado en la escuela de música.

Mis manos embellecieron numerosos techos de Oklahoma. Llegaba a casa con capas de polvo y pintura y con la piel curtida por el sol, pero con más dinero en el bolsillo de lo que ganaba como intérprete, con traje y aire acondicionado split de 24.000 btu.

Cuando adquirí mi primera camioneta, me dije que le había ganado un litigio a los retos de la vida. Recordé no sé por qué razón mis tiempos de cuando me decían El abogado del blues, enchufé mi Fender e improvisé:

So let the good times roll

Let the good times roll 

I don’t care if you’re young or old 

Get together, let the good times roll

Y  seguí cantando, con la certeza de que a partir de ese instante asumía el volante de mi vida.

III. El hacha de El Coyote

Mis días en Oklahoma transcurrieron entre la montaña, mi casa y el trabajo.

Rara vez me aventuré a desplazarme hasta el centro de la ciudad. Solamente cuando iba a almorzar en un restaurante de alta cocina o se pautaba un toque con Velvet Music, mi banda actual. A Oklahoma no me fue difícil adaptarme. Si bien el ritmo suele ser mucho menos precipitado que en Chicago, no llega a la parsimonia de Nashville. Durante mis primeras décadas de vida me acostumbré a lidiar con el ritmo aceleradamente caótico de Caracas y, en cierta medida, me afectó encontrarme de pronto en una realidad más pausada.

En Caracas fui criado con una incuestionable disciplina de despertador. Cada día debía levantarme a las 4:00 am, a las 5:00 am, a las 6:00 am, como si aquel dicho que reza el que madruga Dios lo ayuda fuera parte de una ley inaplazable.

Siempre he pensado que si eres ganadero, debes alimentar a tus animales a las 4:00 am. O si trabajas a seis horas de tu hogar. En estos casos, no te queda otra opción que levantarte antes del amanecer. En esta etapa de mi vida, ya dejé en el pasado aquellos horarios punitivos y establecí mi propio esquema.

Cada día me levanto a las 10:00 am, 11:00 am. Para el común de las personas, esta hora les resulta ¡oh, sí!, tardísimo, qué tal, pero les pregunto, ¿tardísimo dependiendo de qué? Para alguien que habitualmente se vaya a la cama a las 10:00 pm, desde luego que sí es tardísimo. Pero en mi caso es simplemente una dinámica distinta. Me encargo de abrir y cerrar un local. Mi trabajo culmina a las 2:00 am, 3:00 am, y sigo teniendo mis siete, ocho horas de sueño.

Apenas termino mi desayuno, voy al gimnasio o a la montaña. Si toca ejercitar brazos, espalda, pechos, gimnasio. Si he amanecido un tanto obstinado de la gente, montaña. Un paseo que me agrada, porque casi siempre me acompañan Luna y Lucille. En la montaña hago unas seis millas de cardio, fortalezco tendones y músculos y me devuelvo a casa. Me ducho y salgo a trabajar.

Desempeñarme como gerente general de un local de lanzamiento de hachas es, sin duda, uno de mis empleos que más satisfacciones me ha dado. En realidad, hice de todo. Fui el host, el manager, el axe coach, el mesero, el personal de seguridad y mantenimiento. Cuando abría, esperaba a que la gente empezara a llegar. Les daba la bienvenida. Bromeaba. Despertaba confianza y simpatía de los asistentes. Más de uno me reconocía por ser la guitarra de Velvet Music. Los instaba a firmar una especie de seguro como en los gimnasios. Y después de este trámite, se iniciaba la acción.

Got Wood Axe Throwing es un local de altísimo nivel competitivo en el mundo del lanzamiento de hachas y allí recibí clientes de 6 hasta 89 años de edad, hasta ahora los récords de precocidad y longevidad. Les daba un tour por las instalaciones. Les indicaba dónde se encontraban las cervezas artesanales producidas en Oklahoma. Relataba la historia del local. Y, finalmente, cuando notaba la ansiedad en sus miradas, los instruía en las técnicas básicas del axe throwing. Solo cuando consideraba que ya estaban familiarizados y ejecutaban los movimientos correctamente, es que les permitía practicar por su cuenta.

El axe throwing es una actividad que drena una buena cantidad de energía, y también drena rabia, drena melancolía y drena tristeza. Lanzar hachas te alivia el estrés. Te alivia el mal humor, te alivia las preocupaciones. Básicamente, le estás lanzando un hacha a una pared de madera con una diana pintada. Al principio, la mayoría de los clientes van a olvidarse de sus vidas, a darse una pausa, a rasgar con el hacha la lacerante realidad que los envuelve. Vienen y pasan horas lanzando hachas con todas sus fuerzas, como deseando romper los resortes de su voluntad. Los observo con detenimiento. Sé que en el momento menos pensado les llegará la revelación. Me siento orgulloso cuando atestiguo cómo finalmente comprenden que el axe throwing se acerca más a la delicadeza que a la fuerza bruta. Comprenden que lanzar hachas es poesía, es finura, es violín, es como el blues, rasgado, y no se trata de ir a Got Wood a dárselas de vikingo y lanzar hachas durísimo contra la pared. “No, señor, nada de eso”, les digo, y mis consejos descienden sobre sus cabezas como una pomada de sensatez. El hacha ha pasado de ser un artefacto neolítico a un instrumento psicológico.

Luego de desalojar el local, debía barrer, coletear y trapear, reubicar sillas, mesas, vasos, botellas. Y mientras resolvía estas cosas, ya me daba la 1:00 am, y si era fin de semana, tal vez las 2:00 am o 3:00 am.

Me llaman Coyote. El nombre surgió de la escena musical. Coyote Texas Blues se llama mi proyecto como solista. De vez en cuando lo reactivo. Lo descanso un año. Renuevo la plantilla de músicos. Descanso. Regreso. Hago un toque.  

Desde que llegué a Estados Unidos he mantenido una mirada sobre la vida: probarlo todo. Por pura casualidad un día visité Got Wood y quedé cautivado con la movida del local. Comencé a trabajar allí y la seducción fue instantánea. Ya llevo dos años de experiencia como lanzador de hachas en la World Axe Throwing League.

Cuando comencé a lanzar hachas, el entusiasmo fue progresivo. Cambié mi Instagram de @coyoteblues a @axemaster_coyote. Paradójicamente, el público ya había fijado en su memoria el nombre de mi banda y cada vez que ganaba un match, cosecho ovaciones, me palmotean la espalda y gritan “¡Coyote! ¡Coyote!” con los respectivos alaridos incluidos.

Como lanzador de hachas, alcancé el octavo lugar en el campeonato mundial pasado. En el campeonato actual, clasifiqué en el primer lugar en el mundo. Rompí a hachazos el récord de mayor cantidad de puntos por temporada desde que las nuevas reglas entraron en vigencia. Y, por si fuera poco, acumulo un total de 1.666 puntos y le llevo 12 de ventaja a mi rival más cercano. Mi career average saltó de 58.5 a 59.5, números nada desdeñables cuando la máxima cantidad por partido es de 64.0.

Representé a mi país por mi cuenta. Con lo que ganaba en mis trabajos, me patrociné viajes a torneos, entrenamientos y clases, el costo de mis hachas y la camisa que la WATL te exige usar.

La World Axe Throwing League tiene un website donde se pueden consultar todas estas estadísticas. De hecho, también editaron unas barajitas tipo Upper Deck, de aquellas que coleccionaba en mi infancia a mediados de los noventa.

Las reglas del juego son sencillas, lo que no le resta rigor a este deporte. Cada lanzador debe realizar diez lanzamientos. Atinar a la diana o bullseye, equivale a seis puntos, y cuatro, tres, dos y uno, para los sucesivos anillos exteriores. Cada cinco lanzamientos se tiene la oportunidad de acertarle a los killshoots, dos puntos azules en los extremos superiores que valen ocho puntos.

Tengo dos perfiles de Instagram. Uno en inglés y otro en español. Este lo destino a  instruir a mis más de 4.000 seguidores en el arte de lanzar hachas.

En un torneo de axe throwing que se organizó en New Jersey, tenía una tarde libre y salí a caminar. Por cosas del destino, me topé con un restaurante venezolano. Aún hoy se me humedecen los ojos cuando recuerdo que al revisar el menú leí pastelito de pollo. Pedí tres, los bañé en salsa de ajo y lloré de emoción.

IV. La mirada de El Coyote

Durante esta moderada cuarentena en Oklahoma, finalmente decidí gestionar los cambios trascendentales que había pensado para mi vida desde hacía ya bastante tiempo. Cambios que llegarían con o sin confinamiento. Con o sin Covid-19.

Renuncié a Got Wood y volví a trabajar en construcción. Esta vez no se trató de un estudio de grabación, sino de un local de axe throwing a las afueras de la ciudad, en un pequeño pueblo llamado Stillwater. Mi trabajo consistía en trazar las marcas de las líneas de lanzamiento, planificando, pintando, colocando y descolocando sheetrocks, montando y desmontando el cielo raso. El negocio crece, doy fe de eso. Y quién sabe. Quizá algún día haya tantos lanzadores de hachas en Oklahoma como guitarristas en Nashville.

Mis últimas semanas las he dedicado a aquellas tareas que siempre dejaba para el mes que viene. Pinté las paredes de casa. Organicé desde mi cartera hasta el closet. Me deshice de ropa de tiempos de Tullie Brae y de varias tallas menos. Lavé, doblé y apilé decenas de prendas para donar a The Salvation Army. En pocas palabras, quería dejar todo en orden.

Si bien he estado de lleno en el mundo de las hachas, alterno el deporte con la música. Desde 2016 soy la guitarra de Velvet Music, un cuarteto de blues y jazz. En este 2020, nos presentábamos un par de noches a la semana hasta que apareció este virus.

Velvet Music surgió por mi interés en formar un grupo de jazz y blues más retros. Recientemente, hemos ensayado versiones de un estilo postmodern jukebox. Elegimos canciones y le damos un toque ragtime. Entre mis favoritas se encuentran Hit the Road Jack de Ray Charles. Cuando nos presentamos en público y la versionamos, tenemos suficiente tiempo de improvisación. Velvet es una tela suave, pero cuando la acaricias, te percatas de que en realidad es áspera. Tan áspera como la voz de nuestra cantante, Chelsea Ahlgrim, que se luce con esa pieza. Velvet Music también la integran Ted Darr en el bajo, The Rev en la batería, Jason Brown en el saxo y el tecladista Jonny Hazuki.

Para ensayar, los Velvet aprovechamos la tecnología. En el chat grupal, cada miembro propone una canción y luego por nuestra cuenta preparamos la parte que nos corresponde. Cuando estamos listos, pautamos el día y hacemos un ensayo vía videoconferencia. El primero fue un desastre, pero ya nos estamos acostumbrando.

Con Velvet Music componemos nuestras piezas. Actualmente, tenemos un álbum work in progress que hemos estado tratando de grabar durante la cuarentena. A principios de año, recibimos una grata sorpresa. Alguien nos nominó a la categoría Jazz Artist of the Year de los Tulsa Music Awards y quedamos seleccionados entre las mejores cinco bandas del estado. En junio sabremos los resultados. La ceremonia de premiación ha sido suspendida por las razones obvias.

En ocasiones, me detengo frente al espejo y reflexiono sobre lo que han sido mis 36 años de vida. Hoy he dedicado unos minutos a este ejercicio de introspección. Debo a Riley Tincher, atleta, escritor y psicólogo deportivo, este y tantos otros ejercicios de fortalecimiento mental.

Las sesiones semanales con Tincher se extendieron por seis meses y beneficiaron notablemente varios aspectos de mi vida. Especialmente aquellos en los que requería mayor concentración: cazar y lanzar hachas.

Las hachas y el blues también se relacionan. Pienso en aquello de que menos es más. Cuando toco la guitarra menos es más porque atino directo al sentimiento que quiero transmitir al público. En cuanto a las hachas, entre menos movimientos hagas y menos contacto visual tengas con el hacha, las probabilidades de calibrar una mejor puntería crecen exponencialmente.

Detallo mi rostro en el espejo y desplazo mi mirada retrospectiva hacia todo aquello a lo cual me dedico: los planos de mi existencia. La cacería, que se mueve en un plano unidimensional. Una sucesión de puntos, una línea: el perímetro letal que traza la bala desde mi rifle hasta morder la carne del venado. El axe throwing, que se despliega en un mundo bidimensional. El hacha se hunde en lo largo y ancho de una superficie de madera. Observo el mundo desde mi plano tridimensional. Y la música, que recorre otros planos, otras dimensiones del espacio-tiempo que aún desconocemos. La música que parte desde las cuerdas de mi guitarra y se enredan con esas cuerdas del mundo cuántico de las que hablan los científicos.

El hacha contribuyó al asentamiento de la civilización. Con el hacha se procesó la madera para erigir moradas y la humanidad dejó de ser nómada. Hoy, de alguna manera, apelamos a esa sedentaria convicción, permanecemos en casa para resguardarnos. Yo he aprovechado el resguardo para partir. Ser nómada una vez más. Y construir en otra ciudad un nuevo comienzo.

Llegué a Oklahoma construyendo un estudio de grabación y me despido instalando un centro de lanzamientos de hachas.

Ya pronto me mudaré para el estado de Washington. Allí abriré mi propio local de axe throwing. Justo esta semana he firmado el contrato y aprobado el logotipo del establecimiento. Apenas se levante la cuarentena, también levantaré la santamaría de Jumping Jackalope Axe Throwing.

Logo de local

Satisfecho, me miro en el espejo y me digo que sigo siendo el mismo Miguel que en su ocupada niñez bajaba en sus ratos libres a jugar pelota en cancha de Luca. O mejor dicho, a llevarla, porque casi nunca me elegían para integrar los equipos de futbolito. Sigo siendo el mismo adolescente que tomaba el Metro con sus audífonos y no esquivaba las miradas desconocidas. Cuando salí de Venezuela, empaqué en algún espacio de mis convicciones, las mismas ganas de echarle pichón a la vida que afiné en la escuela de música. Y aunque suene a clisé, pienso que cuando uno se cría echándole pichón, nunca desiste de echarle pichón a nada. Te vuelves un adicto a los retos. Constantemente pienso que la mejor manera de extrañar es representar con orgullo. Que digan, yo sí conozco un venezolano, que digan, sí, se llama Miguel, él le echa bolas. Perdón, él sí le echa pichón.

La ventana de mi habitación da a un jardín bordeado por una robusta cerca de madera. En ese jardín mis perras están a sus anchas, corren, juegan, persiguen insectos. Olfatean y miran el universo con paciencia. Una paciencia que se disuelve cuando ya va siendo hora del almuerzo. Para hoy, filetearé un trozo de venado. Lo sazonaré y asaré. A mis perras, como siempre, les encantará.

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