• La documentalista Fabiana Rondón registra con su lente fotográfico los contrastes de la tensa quietud que deja el confinamiento

“…las puertas de las casas están todas cerradas. Tú eres el transeúnte solitario de la calle desierta.”

 Rabindranath Tagore
Gitanjali

Los puntos de fuga de las avenidas principales, las esquinas que cruzan a ninguna parte, las calles recónditas, reclaman la identidad de la multitud que hasta hace poco las ignoraba al pasar. La ciudad de las casas clausuradas no obstante encuentra en el tránsfuga su más leal habitante. No todo el mundo acata el llamado #QuedateEnCasa. Quienes ahora fatigan el asfalto desierto fueron confinados de antemano, aunque a cielo abierto, al distanciamiento social que se vive a la intemperie día y noche. El tapaboca, por harapiento que sea, es la única prenda de ciudadanía que resta, incluso, para los que tras las puertas aguardan.

Fabiana Rondón presenta otro fotoensayo de una serie que la fotógrafa dedica al paréntesis abierto de la cuarentena a causa de la pandemia del Covid-19, en la circunstancia singular de una ciudad como Caracas, tan amada y fustigada.

No hay prisa para quien peregrina la urbe sin rumbo. A media mañana, la intemporal cabina de teléfono tampoco espera a nadie.

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La madre y el retoño en brazos se borronea en la calima. Aguarda el transporte que no llega; momentáneo descanso a la andadura. Aquí afuera se está tan sola que la máscara también desmaya y se respira al aire libre que es lo único que no falta.

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No hay buseta ni Metro que lleve de regreso. La gasolina es un bien cada vez más lejano. “Ligera es mi carga”, se dice el hombre que a cuestas lleva los listones claveteados. En algún lugar el desecho del carpintero hará de lecho al trashumante enmascarado, tenaz. La madera pueda que sirva de mesa, o el fuego la consuma durante el momentáneo hogar sin techo de la noche.

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La ciudad vaciada del tumulto, acaso muestra sus recónditos atributos: la rúbrica de sus hacedores. En la esquina, un fragmento de la arcada neo morisca que la atilda desde tiempos del dictador Juan Vicente Gómez, como un pie de página al texto imbricado de la modernización, los bloques residenciales, la ambición trunca de los grandes urbanismos. Es la impronta de visionarios arquitectos, Alejandro Chataing y Manuel Mujica Millán refrescaron para la república el señorial talente de la Colonia en las torres sacras, altivas entre el cielo y el centro del valle.

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El Panteón Nacional asoma al pasar, impertérrito al pie de la montaña tutelar, de cara a la expansión urbana sin orden ni concierto.

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La Ciudad Universitaria concebida por el genio edificador de Carlos Raúl Villanueva, recinto propicio al saber universal, muestra sus auspiciosas entradas solitarias de estilo a lo Bauhaus, pendientes del retorno a la vida y el destino que una nación le asignó a ese territorio de Caracas. La multitud estudiantil se agita ausente, pugna por poblar el campus, adelantado anfitrión de todas las artes y las ciencias del trepidante siglo XX.

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En Catia, la sala de cine lega la marquesina al solo aviso de quien al andar llegue hasta ese extremo emblemático de la capital. Entre la muda fisonomía del pasado, los cines de barrio, los teatros de Caracas que siguen en pie, aunque con la taquilla cerrada desde hace mucho, recuerdan que todo entretenimiento público esta de veda.

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La fiesta cesó en la calle, no hay verbena bajo el sol, ni retreta ni tizana, ni espera el baile a la noche entre brindis de ron; los faralaes tornan harapos, el carmín impregna el sofocante tapaboca que impone el miedo al contagio.

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Nadie teme por tantas veces que vaya a la fuente. Hay que volver así se rompa el cántaro en un país, con un consensuado 80% de hogares a los que el agua no llega desde quién sabe, roncas las tuberías de tan prolongada sequía. El bidón o botellón va y viene por la calle a todo trance, con o sin cuarentena. Si algo pide la básica sanidad de cada quien, es que un mínimo de líquido no falle.

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Da la impresión de que los beduinos mudaron de desierto. El venezolano que persiste en la calle asombra resistente y estoico al calor y la sed, junto a la a vasija de plástico con un sorbo de reserva.

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A la vera del camino los nómadas del encierro se proveen de la frugal vitualla que logren arrancar a la carestía. Hay quienes no añoran el mercado y solo esperan.

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La cita al héroe esgrafiada sobre el friso efímero se antoja muda sátira si acaso la mirada roza la burda incisión que espera pronto borroneo; nada dice. Los llamados solemnes, la ampulosa consigna rebota inefable. “Siembra de logros” lee quien tiene el tiempo y no le importa. Nadie mira ni siente interpelación por palabras juntadas en laboratorio de inútil propaganda.

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Al fondo el grafiti no es insolencia, no subvierte el panorama, despojado de su rebelde función, ahí queda como una mancha indiferenciada entre el deterioro de los muros de la ciudad.

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Nada más tenaz que el ensueño del niño en cualquier parte. Ahí sobre un festón ensimisma un mundo único, una eternidad acosada por la violencia y la necesidad; pero inmune mientras lo dejen.

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Una silueta coloreada representa en los estudios el inasible territorio del llamado Distrito Capital, al que un último censo de hace casi 10 años, asigna unos 2.000.000 de habitantes. Pero Caracas difícilmente pueda ser atrapada por las tramas de la estadística; esta ciudad es un disparadero de caminos, de avenidas y autopistas interurbanas, vías rápidas hacia un país profundo. El asfalto de Caracas ofrece provisión al que sigue andadura quién sabe a dónde, con la vitualla magra, la alforja vacía y el báculo de los peregrinos de siempre.

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Para los que permanecen, Caracas es también la ciudad que se camina hacia adentro, una cuarentena que anda a pie.

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