• Con motivo del Día de las Madres, El Diario conversó con Rosibel González, quien es periodista de sucesos, para saber cómo compagina su trabajo con el rol de ser mamá. Este año, la pandemia por Covid-19 ha complicado el panorama; sin embargo, ella no se rinde

Rosibel González es una periodista alegre, elocuente y extrovertida. Se le dificultan las matemáticas. Desconoce con exactitud la cantidad de años que tiene cubriendo la fuente de sucesos, pero deja en evidencia la pasión por su profesión. Es de talla baja, debe medir alrededor de 1.58 metros, aunque el amor hacia sus dos hijos es inversamente proporcional a su estatura.

A mis dos hijos los he criado sola, sin su papá. Su única figura paterna ha sido su abuelo. Yo tengo 43 años. Nunca he negado mi edad porque estoy muy orgullosa como mujer y como profesional de tener 43. A veces los aparento, a veces no (risas)”, expresa la periodista en exclusiva para El Diario.

Cuando terminó el bachillerato ella quería ser policía. Cuenta que soñaba con pertenecer a un cuerpo detectivesco y criminalístico. Sintió una frustración muy grande cuando aprobó los exámenes psicotécnicos en una institución policial de Bello Monte, en Caracas, y es que cuando la llevaron a la tabla de medición resulta que no contaba con la estatura requerida. Su rostro se llenó de lágrimas, porque no se iba a cumplir su anhelo.

Luego de cinco años de estudios en el Instituto Pedagógico de Caracas, la muchacha de cabello negro se graduó de docente en el área de Castellano y Literatura. Ejerció el oficio durante un tiempo. Apasionada por la lectura, en los años que acumuló de administración pública solía mandarle a sus alumnos leer la prensa.

No obstante, esa no era su vocación. Afirma que estaba negada a pasar su vida con las manos llenas de tiza, sufriendo de asma o que se le dañara el manguito rotador, así que estudió comunicación social en la Universidad Católica Santa Rosa, donde se graduó en el año 2008.

Cuando habla de su día a día siente un poco de pena, en vista de que se considera una mujer desordenada, con el horario descontrolado por la cuarentena. A pesar de que todo el país se halla en aislamiento preventivo, debido al Covid-19, ella busca su tapabocas y se dirige de lunes a viernes hacia la Morgue de Bello Monte para ejercer sus funciones como periodista de sucesos.

“Cuando subo a la morgue me pongo a ver cuántas personas o grupos familiares hay. Voy como preguntándole a cada uno, siempre y cuando tengan disposición de hablar, ¿no?. Lo primero que se les pregunta es si si su familiar fue víctima de violencia, arma de fuego o arma blanca. Si ellos están dados a responder y a contarte el drama, bien. Algunas veces dicen: ‘No, no queremos hablar. No queremos decir nada’. Uno respeta la distancia”, explica.

Su estadía en el establecimiento de cadáveres es hasta el medio día. Luego se va hacia su casa, se lava las manos, se da un baño y descansa. Cuenta que el confinamiento también le ha servido para descansar. Pero su labor no termina, está al pendiente de su teléfono a cualquier hora por la cantidad de información que le llega.

“Tú no dejas de hacer periodismo ni en tu casa. Mis hijos me ven y me dicen: ‘Mamá, ¿otra vez el teléfono?’. Y yo les digo: ‘Ya va, pero es que está pasando algo. Déjame llamar a fulano, a ver si sabe’. Tenemos que sacar la noticia hasta el último momento. Ojo, siempre y cuando exista ese medio aguerrido, que te permita escribir lo que tengas que escribir, porque hay medios que no te lo permiten por la censura y el sesgo político”, destaca.

En sucesos no se patea calle como tal, afirma Rosibel. La Morgue de Bello Monte es el sitio donde ella busca la información diaria. Confiesa que el menor de sus hijos, el de 12 años, la ha acompañado en varias oportunidades para que él esté al tanto de la realidad que golpea al país y sea testigo de los crudos testimonios que ella consigue.  

¿Por qué lo llevo? Porque él tiene que escuchar y ver, aprender desde pequeño cuál es la realidad, cuando no obedecemos a los padres, cuando uno da mucha libertad. Ahorita no lo hago por seguridad y por respeto a la cuarentena (…). Cuando él tenga 15 o 16 años y me diga que va para una fiesta yo no sé cómo voy a hacer para darle permiso, de verdad”, declara entre risas.

Considera que el drama humano, indagar lo que fue la vida del asesinado, conocer a qué se dedicaba diariamente y hablar con los familiares es una dura labor. Llega un momento en el que hasta ella se ha puesto a llorar con la familia del fallecido. Independientemente de la cantidad de años que tiene en el oficio, se nota visiblemente afectada cuando las historias se tratan de mujeres o niños muertos.

“El periodismo es una cosa tan sabrosa. Esto es algo que tu llevas en la sangre, ¿sabes? Una mamá periodista está todo el tiempo ocupada. Yo pienso que el rol de madre jamás termina en la cuarentena. Esto es un trabajo del que uno no se desprende. Lo haces con muchísima satisfacción. Mi hija de 23 años me dice que está orgullosa de mí. Por ejemplo, a ella le encanta cuando me dan los créditos o me citan en algún texto”, relata con emoción.

Hace énfasis en que sus hijos están conscientes del riesgo que amerita la profesión. La preocupación siempre estará latente para ellos: “Mi hija mayor me dice: ‘Mamá, ten cuidado con lo que publicas en Twitter. Hay cosas que no debes decir. Mosca”. Mientras que el niño me dice: ‘Mamá, cuidate. No llegues tan tarde  la casa’. Yo me siento cien por ciento orgullosa de lo que soy”.

La dama de piel bronceada opina que trabajar en tiempos de pandemia es fuerte. Le da miedo salir, que cualquier persona le estornude o le tosa al lado. Le pide a Dios que la situación mejore. Además, la morgue no se escapa de ser un espacio contaminado, por consiguiente unta sus manos con alcohol de forma constante.

Han sido días movidos por mi trabajo, pero cuando llego a la casa te juro que soy otra persona. Me siento triste, sola, ahogada en mi apartamento porque mis hijos ahorita están viviendo con sus abuelos. En la tarde no hay vida social. Te asomas por la ventana y no ves un carro, no ves a una persona caminando. En estos días hasta dije: ‘Extraño el Metro’. Te lo juro”, detalla con impacto.

A pesar de que tuvo la posibilidad de migrar, la periodista admite que no podía desprenderse de sus seres queridos. Su razón de vida es velar por sus padres y sus hijos. Asimismo, cree que la situación mejorará en Venezuela. Le motiva pensar en la posibilidad de que algún día habrá un cambio en el país. 

“Nosotros, los periodistas, vamos a tener la voz del Gloria al Bravo Pueblo cuando haya un cambio. Nos van a respetar y volver a estimar como en algún momento lo fuimos, porque hemos sido muy maltratados. Ahí es cuando uno dirá: ‘Mi título o mi profesión va a alcanzar el nivel o el estatus en el que siempre estuvo’. Esta es mi pasión. Yo no puedo dejar de ser periodista. Creo que lo seré hasta el último día de mi vida, si Dios me lo permite”, concluye con optimismo.

Da la impresión de que Rosibel González dignifica al gremio periodístico y, sobre todo, al sexo femenino. Es el vivo ejemplo de cualquier madre venezolana que brinda amor, comprensión y valores a sus hijos. Aquella que supera cualquier tipo de adversidad para llevar el sustento a su hogar. Es una buena razón para pensar que el Día de las Madres no se debería celebrar el segundo domingo de mayo, sino todos los días.

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