• Dannys Bazán es una joven que trabaja como cajera en una panadería en la carretera panamericana. Ella mantiene un equilibrio entre su rol de madre y su trabajo, pero en los últimos días, con la llegada del Covid-19, las cosas más simples se transformaron en un motivo de temor

La rapidez del contagio por Covid-19 ha hecho que un apretón de manos, un abrazo, un saludo y cualquier mínimo toque sea el primer factor para temer. La población mundial ha estado, en la mayoría de los casos, confinada a las paredes de su casa para evitar la propagación del virus, pero Dannys Bazán tiene que salir cada mañana, mientras su pequeña hija todavía duerme, para cumplir con su trabajo. Ella es cajera en una panadería en la carretera Panamericana, en el camino entre Caracas y Los Teques, en el estado Miranda.

Aunque podría pensarse que su oficio, entre muchas otros, no es relevante, el miedo de tratar con cientos de personas diariamente, de rozar, sin querer, otras manos, se cierne sobre ella al llegar a su hogar y ver a su hija.

He sentido muchu00edsimo miedo por estar rodeada de tanta gente. Tu no sabes si alguien estu00e1 contagiado. Al llegar a la casa del trabajo tengo que limpiar todo antes de entrar. Es terrible vivir con ese pu00e1nicou201d, comenta Dannys para El Diario.

Las grandes aglomeraciones son la primera causa de miedo. El virus pudiera, como un ente invisible que está expectante, encontrarse en las manos de esas cientos de personas, en los tapabocas mal puestos, en la sensación de zozobra que dificulta cualquier oficio. Dannys, ante todo, piensa en su hija. Al llegar a su casa, después del trabajo, detiene el saludo. No puede abrazarla, besarla o acariciarla, como estaba acostumbrada antes de la cuarentena. Ese instante, mientras limpia sus manos, sus brazos y comienza a cambiarse de ropa, es lo único que le permite sentir “tranquilidad” entre tanto temor. Así, quizás, esté cumpliendo con las normas de higiene para evitar el contagio. 

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“Soy capaz de dejar todo atrás si mi hija me necesita”

Ella se ha responsabilizado por las compras y ha tenido que visitar el concurrido centro de Los Teques. Comenta que siente temor por la cantidad de gente que tiene que tratar en esos recorridos. De esta forma, ni su madre ni su hija se ven en la obligación de salir. El cumplimiento de la cuarentena, iniciada el 16 de marzo, ha sido primordial para Dannys. Su hija no ha salido de la casa, no ha estado jugando en la zona como los otros niños, porque, ante todo, es imperante mantener la seguridad. 

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Además, es la maestra de las tardes para su hija. Al llegar de la panadería, luego de un arduo día de trabajo, inicia su acompañamiento en las tareas del colegio. “Al principio fue complicado llevar las clases por las dificultades en el Internet y la señal, pero ahorita hemos avanzado de forma agradable”, agrega mientras en la llamada se escucha, a lo lejos, la voz de su hija. 

Desde el 2015 su vida cambió por completo. Su hija, que ahora tiene cinco años, se convirtió en la persona más importante de su vida. Comenta que, aunque es importante encontrar un equilibrio entre el rol de madre y su trabajo, ella es capaz de dejar todo atrás si recibe el llamado de su hija. 

Tienes que saber sobrellevar cada momento, cada hora, cada du00eda. Tienes que saber cuu00e1ndo hay que trabajar, que no tienes que llevar los problemas del trabajo a tu casa y, en este caso, trato de disfrutar al mu00e1ximo cada momento que tengo con la niu00f1au201d, dice Dannys.

Ha podido sobrellevar la frustración de la crisis con el lema “con el favor de Dios, a mi hija no le ha faltado nada”. Recuerda, con tristeza, los tiempo de mayor escasez en el país porque, así como millones de venezolanos, tuvo que obviar gustos y querencias para atender la necesidad básica más importante: comer. “Y ahorita con esta crisis ha sido un poco difícil, porque no poder sacarla ahorita es rudo”, comenta con la voz un poco rasgada.

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“Soy capaz de dejar todo atrás si mi hija me necesita”
Foto ccortesía

En ese momento, al recordar los momentos de escasez, comenta que los primeros días de la cuarentena se sentía cierto temor y los clientes corrían a realizar “compras nerviosas”. Ella, desde la primera fila, miraba sorprendida el miedo de las personas que se acercaban a la panadería. El temor, a veces, no es provocado por el virus, sino por el hambre que acecha. En su caso, comenta, ha tenido la suerte de tener el apoyo de los demás habitantes de la casa. “Entre todos nos ayudamos y compramos lo que podemos”, agrega. 

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El temor por el contagio, aunque se va apaciguando con las medidas de protección, siempre se mantiene. El contacto constante con cientos de personas que visitan la panadería la hace dudar y, sobre todo, la hace temer. En su casa, por otro lado, es maestra temporal, chef personal y todo aquello que su hija necesite. Ella trata de mantener un equilibrio entre la responsabilidad laboral y el rol de madre porque, comenta, que lo más lindo al final del día es poder disfrutar cada minuto junto a la niña al máximo. 

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