• Un hombre de 59 años de edad que reside en Guatire, estado Miranda, contó en exclusiva para El Diario cómo transcurrieron sus días para surtir combustible en la bomba habilitada en el sector

Las colas en las estaciones de servicios ya eran noticia antes de que iniciara la cuarentena para evitar la propagación del Covid-19. Desde que inició el confinamiento en Venezuela las filas kilométricas pasaron a ser algo cotidiano. Ver marcador en el tablero que muestra que queda la mitad del tanque de combustible es un temor para muchos de los venezolanos. 

Vladimir Arias*, de 59 años de edad, contó para El Diario cómo transcurrieron los días que tuvo que hacer fila para poner combustible sin tener la seguridad de poder llegar al surtidor para colocar tan solo 20 litros.

Su preocupación ante la situación es inevitable, pero intenta no demostrarlo mucho para no preocupar a su esposa y a la menor de sus tres hijas, las mayores viven en el extranjero. 

Cuando inició la cuarentena el 16 de marzo tomó la previsión de ir a la estación de servicio más cercana de su casa en Guatire, estado Miranda, porque aseguraba que vendría una crisis por el combustible. Siempre intentó mantener el carro en casa, pero cuando tocaba salir a reponer la comida revisaba cada gota de gasolina que gastaba. 

El hombre comenta que por una emergencia que se presentó en la casa de una de sus hijas, que está fuera del país, tuvo que dirigirse a Caracas, lo que suponía gastar más gasolina de lo que tenía pensado. “A mi hija se le inundó el apartamento, tenía que ir a solventar el problema porque nosotros somos lo único que tiene aquí”. 

Arias sabía que quedarse sin combustible no era una opción, pues su hija de 24 años de edad está embarazada y debe estar siempre alerta para cuando ella necesite trasladarse por alguna razón médica. Mientras manejaba de regreso a casa pensaba en el momento de ir a la única estación de servicio habilitada en Guatire.

Día uno

Un martes en horas del mediodía Vladimir salió de su habitación para decirle a su esposa que se aventuraría a ir a la cola de la gasolina que quizás el miércoles en la tarde ya estaría de regreso puesto que con el sistema de pico y placa la cola para surtir gasolina la tenía que hacer un día antes del establecido. Arregló sus pertenencias: comida para la cena del día, una botella de agua congelada y una almohada para pasar la noche en el vehículo.  

A las 4:00 pm salió a la estación de Las Rosas. Le sorprendió que al llegar le dijeron que no se manejaban por el mecanismo del terminal del número de la placa. Ocupó su lugar en la fila con la esperanza de que no sería tan caótico. Marcaron su turno con un «438» que dibujaron en el parabrisas y apagó el carro. Segundos después llamó a su hija para avisarle sobre lo ocurrido: “Me quedaré en la cola, ya no me queda de otra porque ya estoy aquí”. 

Vladimir comenta que le daba miedo acercarse a las personas porque algunas no utilizaban tapabocas y en cambio él tenía hasta guantes para protegerse, pero tampoco se podía quedar solo durante todo lo que quedaba de la tarde y la noche. Se acercó al grupo de personas que tenía cerca y entre ellos decían que pasarían hasta dos días para poder surtir gasolina. 

Foto: Getty Images

Transcurrieron un par de horas y todo le parecía nuevo, no estaba acostumbrado a una fila tan larga, asegura que ni cuando el paro petrolero de 2002 se sintió como en ese momento. “Pensé con mucha seguridad que al día siguiente ya estaría en mi casa, pero uno nunca sabe cuando se trata de una situación monitoreada por los funcionarios de la Guardia Nacional”.

Ya eran las 11:00 pm, no había nada que hacer. Las escasas luces de los postes de la zona, los murmullos de algunas personas que se mantenían fuera de los carros, alguna música y gritos acompañados de risas llenaban la oscuridad de la noche. Vladimir solo pensaba en lo bueno que era que todavía las personas tenían motivos para reír a pesar de estar en una cola que parecía nunca acabar. 

Día dos

El reloj marcaba las 5:00 am, un poco de luz empezaba a entrar por las ventanas del carro. Intentó dormir un par de horas, pero nunca fue opción porque la seguridad no era garantía. Esperó que se hicieran las 7:00 am para llamar a su casa y decir que estaba bien, que no debían preocuparse, pero la señal en la zona era un poco inestable además de que tenía que rendir la batería. 

La estación de servicio abrió a las 9:00 am. Para ese momento todas las personas permanecían dentro de sus vehículos a la espera de su turno. Los GNB dividían la fila entre los que tienen salvoconducto y los que no tenía para agilizar el proceso. A la 1:00 pm les avisaron a todos los usuarios que la bomba cerraría por el día debido a que ya había cumplido con la cantidad de vehículos previstos para surtir combustible. 

Vladimir apenas había avanzado unos metros, ahora era el número 258. “Todo era infinito. Sentía que habían pasado más días de los que ya tenía, pero me imagino que era el hambre y el cansancio”, dice. Luego de dejar el carro estacionado llamó a su familia para avisarles que se quedaría otra noche más en el lugar, pero que no tenía nada para comer. 

La esposa del hombre se enteró de que un vecino también se encontraba en la fila. El señor esperaba surtir sus dos vehículos, por lo que decidió pactar con alguien que cuidara su lugar mientras él regresaba a la urbanización para asearse y buscar alimentos. Inmediatamente la mujer se comunicó con su esposo para decirle que le enviaría con él ropa limpia y alimentos suficientes para al menos dos días más. 

Foto: AFP

“Mi esposa es muy nerviosa y con la situación de la inseguridad aún más. Me escribía durante todo el día para saber de mí y para mantenerme en calma que tanto ella como mi hija estaban bien”, expresa. Mientras pasaban las horas pensaba en irse, creía que él no debía estar pasando trabajo en una cola de gasolina, pero sabía que no podía quedarse sin combustible ante la incertidumbre sobre cómo sería la situación después. 

Cuando llegó la noche decidió compartir un rato con el grupo de personas que tenía cerca. Le prestaron un dispositivo para cargar la batería de su teléfono y lo invitaron a jugar cartas. Era su momento de distracción, pero siempre el tema de la situación del país salía a relucir en la conversación. Describe como algo inevitable hablar de los problemas que aquejan a la nación “porque aunque todos las sufrimos de manera diferentes, igual nos afecta”.

3:00 am. Llegaba la hora de meterse al carro, la habitación sin ninguna comodidad que debía utilizar durante estos días. Sabía que no dormiría mucho, pero tenía que hacer el intento de recuperar energías para el día siguiente.

Día tres

La luz del sol se posó en el parabrisas del vehículo como aviso de que un nuevo día estaba iniciando. Abrió los ojos y se dio cuenta de que no era un sueño lo que estaba viviendo, se trataba de “la peor pesadilla que cualquier ciudadano de este país pueda tener”. 

La estación de servicio abrió a la misma hora del día anterior. El procedimiento era el mismo: todos a sus vehículos con la esperanza de que fuese el último día que estarían ahí. La cola avanzaba lentamente y el calor era cada vez más intenso. A las 12:00 pm cerraron la gasolinera. Los funcionarios de la GNB decidieron que era el momento de ponerle fin a la jornada de ese día. 

“Todo era una completa agonía, era inevitable llorar. Yo no estaba acostumbrado a algo similar, pero tampoco caería en la compra de gasolina en dólares porque va contra mis principios”, dice.

A Vladimir le angustiaba llamar a su casa porque sabía que sería mayor la preocupación de su familia, pero en esta ocasión estaba más seguro de que lograría el objetivo al día siguiente porque el número que le tocaba era el 112. Estaba entre lo números que podían pasar durante las pocas horas que funcionaba la estación de servicio. 

Tres días sin bañarse, tres días sin estar en su casa. En el transcurso del día solo pensaba en aquellas familias que pasan trabajo en las calles para poder conseguir alimentos y él solo se preocupaba porque no podía estar en la comodidad de su hogar. “Siento que durante esos días envejecí mucho más”.

Cuando el reloj marcaba las 8:00 pm escuchó unos gritos que provenían de unos carros que se encontraban más adelante. Un grupo de funcionarios de la GNB había llegado al lugar para decirles que se debían retirar porque no podían pasar la noche allí. Los efectivos de seguridad les aseguraban que harían una lista con el número de placa y podrían acudir al día siguiente, pero nadie les creía y se mantuvieron en el sitio. Juntaron los carros sin separación entre ellos para evitar un remolque. Para Arias esa fue la noche más larga de todas, pues tuvieron que permanecer despiertos por más horas.

Día cuatro: el momento esperado

Como los días anteriores, a las 9:00 am arrancaba la movilización de los carros. Para ese momento veía hacia atrás y no podía creer el recorrido que tuvo que hacer para llegar al puesto en el que se encontraba. Se acercó al grupo que le hizo compañía durante esos días para no perder el contacto y organizarse para una próxima ocasión. 

Cada vez que se movía el vehículo escuchaba comentarios de afuera que decían que algunas personas estaban dándole dólares a los trabajadores de la estación de servicio para que les colocaran más de los 20 litros permitidos; pero de igual forma no caería en esa tentación. 

Vladimir cuenta que en el momento en que vió al bombero siento un gran alivio porque sabía que había valido la espera, aunque siempre se repetía en su cabeza “ninguna persona debería estar pasando por esto”. Al momento de pagar entregó un billete de 200 bolívares, a lo que el bombero le dijo “recibimos de 500 para arriba o dólares, jefe”. Sorprendido se negó a entregar un dólar por solo 20 litros. 

Terminó la travesía más larga desde que inició la cuarentena. El regreso a su casa lo sentía infinito, no aguantaba llegar a su hogar para conversar con su hija y saber cómo  le había ido en su consulta con el obstetra, pero sabía que apenas llegara debía tomarse un largo baño para recompensar los días en los que no pudo hacerlo. 

Para este 13 de mayo, Arias tiene conocimiento de que en la misma bomba en la que hizo la cola, ya hay más de 1.000 carros esperando. Siguen sin aplicar el sistema de pico y placa. Sabe que en algún momento tendrá que regresar, pero por los momentos solo utiliza su vehículo para cosas muy necesarias. Para hacer mercado se va caminando así tenga que regresar con mucho peso, para él su prioridad es no quedarse sin gasolina por si surge alguna emergencia que amérite trasladarse en su carro. 

*,El nombre fue cambiado para proteger la identidad del entrevistado.

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