Hace ya un par de meses desde el primer texto que publicara sobre el fenómeno de la pandemia mundial por el COVID-19, prácticamente el mismo que llevamos de confinamiento mundial, y la situación no parece mejorar significativamente: los grandes países van rotándose el liderazgo de contagios y de muertes: EEUU, Rusia, Brasil, Italia y España. La perspectiva de cura es aún lejana, los llamados aplanamientos de la curva patológica no sólo se alcanzan con desesperante lentitud, sino que los repuntes debido a la mala gestión individual y gubernamental de las llamadas “flexibilizaciones”, obligan a jugar al ensayo y error. Por todo ello, la eficacia de los métodos utilizados hasta ahora para combatir la pandemia, de manera planetaria, empieza a ser puesta en duda. 

En el plano doméstico venezolano, ya cumplimos dos meses en cuarentena, y se ha decretado la prórroga por uno más, sin perspectivas optimistas de retorno a algo que pudiésemos llamar normalidad Y ello, porque las cifras de nuestro país llevan el signo de la ambigüedad y la desconfianza, dada la calidad de los voceros. Y dada la diferencia grande que existe entre ellas y lo que ocurre globalmente, se hace cada vez más grande la preocupación acerca de si el calco de la estrategia de la mayor parte del planeta -incluidas las respuestas  y apoyos venidos del país donde todo se generó-, se justifica, tendrá resultados positivos o esconderá una perversa agenda oculta,.

Foto: Prensa Presidencial

Un factor hace su aparición aquí marcando con su huella la idiosincracia criolla de la distopía, aunque en las primeras de cambio, la compartamos con Latinoamérica entera: la ubicación en el tercer mundo, con su bagaje de pobreza económica y tecnológica. La alternativa válida y aplicada con éxito en Taiwan, Suecia, Singapur, Japón y parte de Alemania, entre otros, es con pruebas masivas a través de las cuales la detección de contagios y su aislamiento efectivo se consigue con eficacia preventiva altísima: 400 contagios y apenas 5 muertes es el saldo de su estrategia en Taiwan. Algunas poblaciones pequeñas de Italia la han imitado con éxito.

Difícilmente puede un país arruinado como Venezuela proponerse tal meta. ¿Dónde y cómo abastecerse de los reactivos, sustancias, equipos y personal capacitado para hacerlo? Y no obstante, la conciencia de esta limitación, la constante respuesta del régimen venezolano a los movimientos de la comunidad internacional, a la necesidad de pactos con los adversarios, revela que el problema es fundamentalmente político. La descripción de las formas cómo la distopía ha aprovechado de instalarse y arraigarse en la irradiación del virus por el planeta que hicimos en el ensayo anterior nos permite ver que la relación entre enfermedad y poder -las estrategias de la bio-política-, son directamente proporcionales. El virus mina la salud y los habituales modos de vida sociales, profesionales, económicos, deportivos y hasta culturales. La distopía trabaja a favor de quien detenta el poder: permite el control férreo y la restricción extrema de las libertades. 

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Conjugados en futuro

Uno de sus meridianos signos es hacer que nos conjuguemos en futuro. El día que vuelva al trabajo, esa tarde en que me reencontraré contigo. La mañana en que por fin pueda salir de aquí. Desde hace más de un mes vivimos para el mañana. Pero el ritmo de la perversa distopía marca su peso, y como en todas las de su género, el futuro está cada vez más lejos. En la distopía el calendario ha dejado de tener sentido. Ya no hay feriados ni descanso, ya no hay rutinas porque lo único que nos mantiene aún cuerdos son las estrategias que nos armamos para sobrevivir, para capear la prórroga o la destrucción de nuestros planes. El futuro no existe porque estamos demasiado ocupados en atravesar el hoy para llegar a otro idéntico. En el horizonte se erigen, cada día más desdibujados, más perentorios y vulnerables, nuestros líderes, quienes impotentes de hacer algo distinto, retrasan lo único que de verdad deseamos oír de ellos: la abolición de la cuarentena. Sin una bomba, ni una bala siquiera, el sueño de todo anarquista se ha cumplido, el sistema sólo tiene poder para mantenernos en casa. Al menos por ahora.

La meta real de todo estado totalitario, de izquierdas o derechas, la abolición del mercado y las libertades individuales, está arraigándose con una felicidad inesperada. Pero, a diferencia del capitalismo, que no sale de su asombro, ni logra diseñar una estrategia para sobrevivir a este tsunami que ha diezmado su fuerza de trabajo, modo de producción y sus ingresos, los arquitectos de las distopías totalitarias promueven la pandemia como el definitivo y sorpresivo fin de la era del mercado, la agonía indiscutible de la banca, la bolsa, la acumulación de bienes, y la llegada de un nuevo orden, ahora sí, más humano, pues gracias a la pandemia todos esos ideales en mescolanza mesiánica, como el renacer ecológico, la recuperación del buen salvaje, el olvido de las mezquindades materiales, y el sacrificio voluntario de nuestra individualidad en aras de la salvación colectiva han encontrado su definitivo estadio de eclosión. Ni los Marx o Gramsci más afiebrados concibieron jamás una posibilidad de triunfo tan incruenta y sin esfuerzo. Sólo el socialismo salva, proclaman, mientras hacen lo mismo con el conteo atentísimo de los millares de muertos en Estados Unidos, como revelación última del fracaso y la indiferencia con las cuales el capitalismo enfrenta la pandemia.

1984 en Venezuela

Es lo que hace rigurosamente, y varias veces al día, el régimen, perseguido por la justicia, de Nicolás Maduro. Incólume, ha armado una estrategia sencilla pero eficaz: desestiman los alardes hegemónicos de una potencia que está capeando un diluvio de muertes, declaran una cuarentena casi pionera en el hemisferio, controla la información interna expulsando a los elementos sanitarios de los espacios de información, mientras convierte en heraldos de los partes médicos diarios a tres de las figuras de peor credibilidad. Como dividendo colateral, utiliza la miseria casual o suscitada por los desaciertos de los gobiernos enemigos de la región, para compararla con la imagen falazmente fabricada de una sociedad en vías de controlar su parcela de pandemia sobre la realidad de un país paralizado, sin escuelas, ni producción, sin gasolina ni libre tránsito, sin higiene y con un inducido, por la fuerza intangible del miedo, confinamiento voluntario de la ciudadanía, hoy por hoy, vastamente quebrantado. “Vean la minucia de nuestras cifras ante los cadáveres callejeros de Guayaquil, la xenofobía promovida de Colombia contra nuestros exiliados, la irresponsabilidad criminal de Bolsonaro que considera una exageración la medida de cuarentena, o por supuesto, la terquedad sanguinaria de un país gigante queriendo atacar a uno pequeño, dando la espalda a sus poblaciones diezmadas, para tapar la incapacidad de atenderlas”: es el contenido diáfano, casi hasta lo pornográfico, del mensaje. 

Son mecanismos y prácticas habituales de las distopías, que en Venezuela llegan al grotesco y absurdo. Un país cuyos hospitales carecen de camas, equipos, higiene, agua ¿va a convertirse en abanderado del control de la pandemia en el continente? Sólo utilizando las tácticas magistralmente descritas por George Orwell en 1984: el férreo control de la información, haciendo que los voceros de la “salvación” sean los mismos autócratas menos confiables. En el primer texto que escribiera sobre esta catástrofe hube de echar mano a la imaginación para describir lo que ocurría o estaba por ocurrir. La situación en Venezuela es tan terrible, que no necesitamos de ese recurso. Esto que escribo lo hago aún en el eco de la destemplada amenaza del presunto presidente de la no menos ficcional Asamblea Nacional Constituyente a la Academia de Ciencias, por atreverse a dudar del legítimo fundamento no sólo de las estadísticas diarias, sino de las pruebas clínicas y por ende, del manejo riguroso de la crisis sanitaria. El Estado, en su omnipotencia, desautoriza de un plumazo la opinión de quienes han hecho de su vida el área de conocimiento natural para enfrentar un fenómeno cataclísmico como este. El poder, la bota, el mazo prehistórico aplastando el tubo de ensayo, el laboratorio clínico y los libros de biología y medicina. Orwell no lo habría escrito mejor. 

Además la pandemia ha depositado todos los hilos de la sociedad en sus manos: controla y limita el consumo de gasolina, mantiene los planteles educativos cerrados, los bancos, los comercios, el corazón productivo y financiero del país. Todo lo detenta omnímodo. Si quisiera podría decretar una pandemia perpetua y controlada, o levantarla, inconveniente pero estratégicamente. Y volver a decretarla cuando la preservación del poder lo requiriese. Ni siquiera importa ya el problema de la credibilidad. Si al final es el poder el único que puede dar la información esperada, quienes la reciben terminarán por no regatearles la veracidad. Será verdad en tanto le convenga al empresario, al banquero, al colegio o universidad privada. En las guerras y en las pandemias la primera víctima es la verdad.

Por si no estuviese completo el orwelliano panorama, desquiciados componentes han sobrevenido diligentes a hacerles el juego: en 1984, Oceanía, la distopía hegemónica imaginada, requiere de un enemigo contra el cual mantener una guerra perenne, para alentar patriotismos, promover catarsis de odio, justificar escasez y restricciones, así como las inversiones en los mecanismos bélicos y represores que perpetúan la dominación. Allí se llama, alternativamente Eurasia o Asia Oriental. Maduro y su equipo recibieron la colaboración de menos de una veintena de negligentes mercenarios (y su correspondiente cuota de soplones) que armados de manera casi risible, embarcados en peñeros y con patéticos disfraces, han dado espacio a una nueva épica, que ríete tú de la de abril del 2001, y que sirve a la vez de cortina de humo, de causal para desintegrar a lo que queda de oposición, desmoralizar al ciudadano disidente y sobreviviente del régimen y de la pandemia, fortalecer el aparato represivo y el discurso hegemónico, y darles un oxígeno en su lucha por lavarse la cara ante la comunidad internacional, hoy más preocupada por sobrevivir en su ámbito doméstico que por el problema de esa pequeña arruga indómita y subdemocrática situada al norte de una Suramérica que mal que bien había aceptado ingresar por fin a la modernidad. 

La distopía real

Mientras, el país real, el que se agolpa de este lado de la inexpugnable fortaleza distópica, trata de sobrevivir sin gasolina, de luchar contra la espantosa carestía de la vida, con una moneda prácticamente inexistente, con una población escolar en los niveles básicos de la educación, prácticamente abandonada a su suerte, pues entre apagones y lentitud de ancho de banda, ¿cómo se habla de educación a distancia?. 

En ese país real hay ancianos sin tarjeta de débito que llevan ya casi tres meses sin cobrar su miserable pensión pues no hay agencias bancarias abiertas; los transeúntes que se atreven a cruzar la ciudad para resolver su sustento diario, lo hacen hacinados en las escasas unidades de transporte público que aún se aventuran por las ciudades fantasmales; los artistas y empresarios del espectáculo, el cine, la música, el teatro van para un trimestre sin facturar. Los actores y músicos no devengan salarios mensuales. Hoy los artistas están tan desahuciados como los comerciantes. Las áreas urbanas adyacentes a los mercados municipales ostentan un aspecto de basural y letrina tan impresionante como incoherente con el desastre sanitario que nos agobia.

Todo es tan apocalíptico, tan terminal que parece que el concepto del fin de la historia terminó alcanzándonos, no de la manera como Váttimo o Lyotard concebían, sino más al estilo de un Ray Bradbury o un George Miller: lo que no logró el terrorismo más violento, clausurar el planeta, ha sido, ahora, llevado a cabo tan laberíntica y eficazmente, que cada vez parece menos prudente hablar de casualidad, azar, descuido o negligencia. Hay quienes, más allá de los infaltables generadores de la teorías de conspiración, suponen un plan maestro detrás de esta terrible inflexión, que hace que pensemos que la vida, tal como la conocíamos, es ya parte de una inevitable nostalgia. 

Desde mi inaudita incertidumbre doy en recordar que las distopías son asfixiantes, horrorosas u opresivas; pero nunca espontáneas, automáticas ni carentes de beneficiarios.

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