• Mario Ruiz le contó a El Diario los altibajos que atravesó mientras intentaba regresar a su hogar, luego de abandonar Colombia

La vida que el músico venezolano Mario Ruiz llevaba en Colombia terminó con la llegada del Covid-19 y la cuarentena. Sus ingresos dependían únicamente de la vida social y las fiestas, actividades que en este momento son impensables. 

Por eso decidió volver a su país, de donde había emigrado hace año y medio en busca de una mejor calidad de vida. Aunque sabía que las condiciones en Venezuela no eran las ideales para vivir, también era consciente de que allí lo esperaba una casa propia, sus tíos y especialmente su abuela de 79 años de edad, quien lucha contra el cáncer desde hace cinco años y está en fase terminal. 

Durante la pandemia

52.000

venezolanos han retornado al país

El viaje no fue fácil. Desde el 23 de abril de 2020 estuvo cuatro días varado en Bogotá, porque las autoridades colombianas no permitieron la salida de autobuses a otros departamentos. Cuando llegó al Norte de Santander para cruzar la frontera también tuvo que esperar un día entero, porque el paso peatonal está restringido por la pandemia. Esa noche durmió en un puesto de Migración Colombia entre colchonetas y maletas. 

El 29 de abril fue “el gran día”, cuando al fin volvió a pisar suelo venezolano. A las 10:30 am cruzó el puente internacional Simón Bolívar, poco después pasó por una cámara de desinfección, o lo que él llamó “un par de regaderas echando agua”.

Luego llegó a un puesto de policía migratoria, donde un oficial de apellido Farfán le tomó la temperatura, una huella y sus datos personales. Otra funcionaria le tomó una foto sin tapa boca, luego le entregó un papel y le advirtió que sin él no podría salir. 

“Me pasaron a un área médica para un test rápido, me preguntaron nombre, cédula y edad, luego me pincharon el dedo y la prueba salió negativa. Después me inyectaron una vacuna (supuestamente de fiebre amarilla) y luego me llevaron hasta los autobuses que nos llevaron hasta el terminal de San Antonio”, relató Mario en exclusiva para El Diario.

Esa noche durmió en el terminal de pasajeros de San Antonio del Táchira, pero antes funcionarios le llevaron arroz con atún a los migrantes para que no se acostaran con el estómago vacío. 

“Llegó la media noche y algunos tendieron sus cobijas en el piso y se acostaron. Unos echaban chistes (maracuchos) y otros observaban callados. Era increíble ver la cantidad de niños y personas dormidas en el piso dominados por el cansancio”, expresó. 

Foto: Cortesía

A la mañana siguiente la incertidumbre rodeó a Mario y a quienes lo acompañaban, pues desconocían que pasaría con ellos en ese momento. A las 9:00 am recibieron el desayuno: arepa con atún. A las 11:00 am llegó Freddy Bernal a las instalaciones, habló con algunas personas y luego se retiró. Después de esa visita los funcionarios encargados del terminal organizaron a los viajeros por estados. Mario quedó con todos los del estado Táchira pues se dirigía a Rubio, municipio Junín.  

Las condiciones en el terminal eran precarias, todos durmieron en el piso, no había duchas sino una manguera con la que algunos se bañaban afuera. Si deseaban beber agua potable debían hacer una fila y soportar el calor tan habitual de San Antonio. 

Foto: Cortesía

Desde que el coronavirus de Wuhan llegó a Latinoamérica, cientos de migrantes han vuelto a Venezuela, la mayoría de ellos de la misma forma que lo hizo que Mario. Una de las condiciones que deben cumplir antes de llegar a sus hogares es una cuarentena en un refugio asignado por autoridades del régimen de Nicolás Maduro.

En la tarde las personas que planeaban regresar a Táchira, Trujillo y Mérida comenzaron a embarcar los autobuses rojos. Su nuevo viaje fue corto, los llevaron a un refugio ubicado entre San Antonio y Ureña.

La primera cuarentena 

La Policía Nacional Bolivariana (PNB) recibió a Mario y a los demás viajeros en una escuela de la parroquia El Palotal, donde durmieron, comieron y vivieron su primera cuarentena en Venezuela. Antes de eso fueron “desinfectados” por dos policías con lo que parecía una pistola de agua. 

“Cuando nos pasaron a la cancha hicimos tres filas, una por cada estado, para llegar a unas mesas con funcionarios policiales. Éramos alrededor de 200 personas por cada estado. Al llegar a los policías nos preguntaron si teníamos carnet de la patria, el número de cédula, de dónde veníamos y para dónde íbamos. Después nos asignaron un aula. Esperamos horas y algunos logramos tener cobertura telefónica para hablar con nuestros familiares”, explicó el músico. 

Antes de instalarse en las aulas, unos agentes policiales revisaron sus pertenencias y decomisaron todos los artículos punzocortantes. Después entregaron las colchonetas para cada aula. 

A la hora de la cena nos dieron pasta con atún, pero sin cubiertos, porque en otras jornadas se los robaron, aún así comimos y después logramos bañarnos, teníamos tres días sin poder hacerlo sí que fue como ver el cielo. Aunque el ambiente dentro del refugio era como el de un cuartel, lo sé porque estuve en la Academia Militar del Ejército. Teníamos que barrer, trapear y mantener la escuela limpia”, detalló.

El viernes 1 de mayo fue su primer día completo en el refugio de Palotal. En la mañana desayunó arepa con sardina y un poco después tuvo su primer reencuentro con la música después de tantos días de viaje. 

“A eso de las 10:00 am un señor considerado por mi como un maestro de la música sacó su guitarra y armónica en un pasillo de la escuela  y empezó a tocar y cantar, enseguida nos sumamos un compañero y yo para hacer más música y darle alegría a la gente. Como dicen por allí «paramos público», ahí se acercó un policía de migración y dijo que podemos grabar y tomar fotos siempre y cuando no fuera a ellos” contó Mario.

Después del almuerzo, el personal de la cocina se acercó con un frasco de pastillas y repartió una a cada uno. Presuntamente eran vitaminas, pero no podían tomarlas ni los menores de 12 años de edad ni las embarazadas. 

“Esa tarde no sé de dónde salió un balón y cuando me doy cuenta están jugando fútbol en la cancha. Organizados de la siguiente manera; Trujillo versus Táchira y el que perdiera a los cinco minutos o dos goles jugaba con Mérida. Y así sucesivamente”, añadió. 

El refugio tiene un área restringida, a la que nombraron en ese momento “área 51”, allí es donde permanecían los médicos para atender cualquier eventualidad, también ahí estaban la mayoría de los policías. 

Poco antes de que anocheciera ocurrió un primer robo. Se trataba de una camisa y unas botas. Los policías advirtieron que las prendas debían aparecer o realizarían una requisa y el culpable sería detenido. Antes de la cena encontraron los objetos perdidos. 

A la mañana siguiente desayunaron arepa dulce con sardina y antes del almuerzo uno de los viajeros manifestó que se habían robado sus celulares y 200.000 pesos colombianos. Como no ocurrió lo del día anterior, los policías enviaron a todos los migrantes a sus aulas. 

“Nos dijeron que seríamos enviados de nuevo al terminal por el robo, después empezaron a revisar las maletas hasta que llegó el comisionado Duque, uno de los superiores, y detuvo el procedimiento sin que apareciera ni el dinero ni los celulares”, añadió.

Al terminar el almuerzo (arroz, pollo frito y lentejas), apareció el primer sospechoso del robo, un muchacho que dormía al lado de quien extravió los objetos.

“Este joven pasa al área 51 con un policía que cruza al lado izquierdo y otros de los policías le da unas esposas y esté esposa al joven sospechoso y lo meten en un cuarto aparte, uno que los militares llamaron el  «cuartico de reflexión», pero al parecer él no tenía lo que se había perdido”, detalló. 

A las 2:00 pm apareció un joven anunciando entre gritos que encontró los teléfonos en una papelera del baño, lo que a muchos le pareció sospechoso. La decisión de los funcionarios fue entregarle los celulares al dueño y llevar al nuevo sospechoso al “área 51”. Luego al “cuartico de la reflexión”. 

Una hora después el comisionado Duque pidió una reunión con los voceros del aula, Mario fue uno de ellos. El funcionario les explicó nuevas normas, una de ellas fue que ese día no iban a abrir la cancha por el robo y dijo que “por uno pagan todos”. El resto fueron normas de limpieza, comida y organización. 

Foto: Cortesía

El domingo 3 de mayo comenzó a escasear el agua en el refugio. Luego del desayuno llegaron unos médicos que realizaron test rápidos a los refugiados, todos los resultados dieron negativo para Covid-19. 

El día transcurrió con normalidad hasta las 6:30 pm cuando los voceros recibieron la noticia de que saldrían en la noche. El comisionado Duque les pidió que acomodaran las maletas y dejaran todas las aulas en orden.

Minutos después encendieron la bomba de agua para que se bañaran antes de salir. Sin embargo, las horas pasaron y no sabían cuándo sería el momento de marcharse. A la medianoche el comisionado les comunicó que el traslado se efectuaría en la mañana. 

El lunes 4 de mayo llegaron los autobuses a las 7:00 am. Primero embarcaron los de Mérida y Trujillo, por último los de Táchira. La alegría invadió a todos los refugiados porque volverían a sus hogares, o al menos eso creían. 

La segunda cuarentena

Antes de subirse a los autobuses, un sargento de apellido Carmona se dirigió a los refugiados. “Las cosas se harán a mi manera, nadie los mandó a salir del país”, dijo el militar. 

“A ninguno nos gustó, pero como estamos en Venezuela solo hicimos silencio y prestamos atención”, comentó Mario.

Ya en los autobuses recibieron la información de que serían trasladados a San Cristóbal a pasar un tiempo en cuarentena. 

Al mediodía llegamos al Instituto Nacional de Deporte en Pueblo Nuevo, al lado del glorioso templo de La Vinotinto y del Deportivo Táchira. Allí nos recibió un primer teniente de la Guardia Nacional, efectivos del Ejército, guardia nacional y muchos civiles que nos preguntaron otra vez por el carnet de la patria y todos los demás datos”, explicó.

Luego pasaron a las aulas dónde dormirían. Esta vez separando las mujeres y los niños de los hombres. Cenaron un arroz con pollo en las bandejas que les dieron al llegar al refugio y que les advirtieron que no perdieran por nada del mundo. 

El martes 5 de mayo permitieron que familiares llevaran comida y artículos de higiene a los refugiados. Todo era entregado y revisado en la puerta por los guardias. 

En la tarde Mario y uno de sus compañeros ofrecieron una serenata a todos los refugiados. El resto del día fue tranquilo, excepto por la noche cuando comenzaron las irregularidades en los pasillos: personas que salían a fumar, se cambiaban de aula o iban a buscar comida. 

El miércoles 6 de mayo iniciaron la mañana con dos arepas con atún.

Creo que voy a aborrecer el atún por un tiempo”, agregó.

Después del almuerzo Mario recibió una llamada especial, de una persona que lo había ayudado en su regreso. Ella le llevó unas cosas más tarde: dos arepas fritas con diablito, una oreo, un cocosete, alcohol y una afeitadora. Horas después llegó el agua y logró bañarse, cenó y a dormir. 

Foto: Cortesía

El jueves 7 de mayo el desayuno lo sirvieron a las 10:00 am, un poco más tarde de lo normal. Esa vez les dieron dos arepas, algunas con atún y otras con pollo. Las de Mario fueron de atún. A las 11 30 am hubo un cambio de turno de cinco efectivos militares, todos con fusiles guerra.

“A diferencia de otros estados, nosotros los ‘gochos’  teníamos muchísima más seguridad. Algunos amigos de viaje que estaban Barinas, me dijeron que los tenían en la villa deportiva y que sólo los cuida un vigilante, en Caracas los tenían en hoteles, en el Zulia también. Pero quien sabe por qué tanta seguridad para nosotros”, comentó el refugiado.

En la noche subieron los guardias a las aulas y le preguntaron a los refugiados si querían perros calientes o algo más de comer, porque ellos podían comprarlo, pero debían pagarles una diferencia de 500 o 1.000 pesos. Algunos aceptaron su oferta para comprar cigarros y café. El resto se marchó a dormir. 

El viernes 8 de mayo llegaron unos funcionarios de Protección Civil a fumigar las instalaciones, así que los refugiados salieron a las “áreas verdes”, pero en ese momento observaron algo inusual. 

“Vimos un joven que venía haciendo el ‘paso del pollo’ por orden de un sargento de rango menor, me di cuenta porque tenía una sola raya. Esto requiere de agacharse y caminar como un pollo o una gallina detrás del oficial de alto rango que gire esta dicha orden.  Ante tal acto, un sargento de mayor rango le dice al joven que se levante y este no sabe qué hacer. Luego todas las personas empezaron a gritar y a insultar al sargento que giró la orden”, comenta Ruiz.

Luego de esto el  primer teniente ordenó una reunión con todas las personas del edificio, para pedir disculpas por el acto del sargento. Argumentó que no estaba enterado y prometió tomar acciones pertinentes para que el evento no se repitiera. Después del almuerzo, el sargento que cometió la imprudencia fue sacado del lugar en un Jeep de la Guardia Nacional. 

El miedo

Al día siguiente, después de las arepas con atún, Mario se enteró de que 60 personas serían enviadas a sus casas. Se trataba de un grupo que ya había cumplido el tiempo de la cuarentena allí. 

Antes de salir les realizaron test rápidos para descartar un contagio por Covid-19 y dieron con cinco resultados positivos. El caos y la paranoia se apoderó del refugio, por lo que el personal comenzó a aislar a esas personas para esperar la llegada de más pruebas. 

Foto: Cortesía

Luego de las 2:00 pm llegó un médico infectólogo para hacer las nuevas pruebas. Esta vez cuatro salieron negativas y una positiva. Sin embargo, se trataba de otra enfermedad diferente al Covid-19. El joven que había dado positivo fue retirado del refugio en una ambulancia hacia un hospital, donde le realizarían otras pruebas. 

La calma volvió y los 60 refugiados sí lograron retirarse ese día y regresar a sus hogares. 

El domingo 10 de mayo hubo un rumor en el refugio de que las mujeres tendrían una actividad a la hora del almuerzo, porque era Día de las Madres. Cuando faltaban pocos minutos para el mediodía comenzaron a arreglarse, algunas se plancharon el cabello, otras se pusieron hasta tacones. 

La encargada del refugio abordó a Mario y a otro compañero para pedirles que dieran una serenata para las madres. “Sin pensarlo dijimos que sí. Por lo menos el hacer música para mi me alejaba de ese mundo y de la realidad  Es como una droga en el mejor sentido de la palabra”.

Las mujeres pasaron y fueron sorprendida con música, seis tortas y con un almuerzo especial para. “Una buena porción de carne de cochino como en una salsa, arroz, lentejas, y por supuesto la torta”, añadió.

El lunes 11 de mayo hubo cambios en el personal de la cocina y en otras áreas del refugio, lo que no cambió fue el menú: nuevamente desayunaron arepa con atún. 

En la tarde Mario recibió la mejor noticia que había escuchado en toda su cuarentena, al día siguiente podría irse del refugio. Un funcionario de la Guardia Nacional les explicó que en la mañana llegaría una ambulancia para aplicar nuevas pruebas y que si no se llevaba alguna persona embarazada o enferma podrían volver a sus hogares. 

El martes 12 de mayo fue el día que tanto había esperado Mario, por fin volvería con su familia en Rubio. A las 10:30 am llegó la ambulancia con las pruebas.

Foto: Cortesía

Hicieron la fila para los test. Todavía no había llegado el turno del joven para su prueba cuando apareció el primer caso sospechoso. 

La mayor sorpresa fue que ese caso sospechoso era de mi aula y además fue mi amigo durante mi estadía en el refugio. Ahí comenzó otra vez el caos y mientras seguían pasando hallaron 10 positivos más, dos de ellos eran de mi aula”, contó el músico.

Un poco después le repitieron las pruebas a los sospechosos y está vez arrojaron todos negativo, lo que significaba que si saldría del refugio. 

«Algunos le daban gracias a Dios porque les permitió salir y otros se pedían los números telefónicos para seguir en contacto», añadió.

Las 17 personas que iban al municipio Junín, incluyendo a Mario, fueron las primeras en desalojar el edificio entre lágrimas de felicidad y tristeza. A pesar de las condiciones en las que vivieron la cuarentena se sentían como una familia. 

Primero fueron llevados a la alcaldía del municipio y de allí a sus casas. Mario fue uno de los primeros porque vive muy cerca del ayuntamiento. 

Mi familia ni sabía que yo iba a llegar porque no pude avisar por falta de señal. Pero después de tantos días estaba de nuevo en mi casa con mi abuela, primos y tías. No hay nada como la casita», expresó.

Desde que llegó a su casa ha podido compartir mucho más con su abuela. Ambos comparten las historias. Ella de su infancia y él de sus aventuras fuera de casa. 

Aunque no ha podido salir de su hogar, porque asegura que los vecinos lo miran con desconfianza, no se siente encerrado, porque hace lo que le gusta: música. Ha vuelto a su vida, la que por varias semanas estuvo pausada entre autobuses y refugios, en medio de una pandemia que todavía no ha sido controlada.

Noticias relacionadas