• Relato de cuatro venezolanos que se encuentran alrededor del mundo haciéndole frente a la pandemia por Covid-19 mientras juegan una partida de Ludo

Existe en la historia de la humanidad un objeto modesto.
que esconde un secreto excepcional: el dado.
Daniel Medvedov.

El azar los ha unido esta noche en una mesa virtual de Ludo Club, aplicación web que se ha popularizado exponencialmente en estos tiempos de cuarentena. Heliette y Victoria viven en Buenos Aires desde 2018. Jorge y Antonio, en Lima desde 2017. Ninguno de los cuatro se conoce, de hecho, jamás coincidieron en Caracas ni en las ciudades a las que decidieron partir por razones tan personales y comunes para millones de inmigrantes. 

Heliette elige jugar con las fichas amarillas. 

Antonio, con las azules. 

Victoria se decide por las rojas. 

Jorge escoge las verdes.

Las reglas son ampliamente conocidas por todos. No obstante y a falta de banners publicitarios, insertaré en esta crónica frases en cursivas del poeta venezolano Daniel Medvedov que refrescarán, a su modo, las reglas del juego y las vidas de los cuatro protagonistas de “Dados al encierro”.

Por ejemplo, sobre el dado Medvedov escribe:

En sus caras, los puntos no necesitan de una lengua para nombrar los números con palabras. A la vez, la suma de dos caras opuestas siempre suma siete. Pero el siete no está escrito en ninguna parte: descansa virtualmente en el medio del dado.

La máxima aspiración de Heliette, Antonio, Victoria y Jorge es volver a la normalidad. Si Odiseo emprende un viaje de regreso a casa, en esta historia la proeza se invierte: normalidad y tranquilidad significan salir de casa otra vez: desde la casilla inicial recorrer la ciudad como fichas de un mundo que recupera el movimiento. 

En esta crónica, el uno o el tres de los dados, no implica solamente uno o tres y avanzar tres o cuatro o cinco casillas. Gracias a esta frase de Medvedov, redimensionamos los significados de las caras del dado:

Necesito del misterio de la realidad para comprender la verdad de las cosas. 

1: El intelecto

2: El alma

3: El cuerpo

4: La persona

5: El ser

6: La conciencia

El primer turno le tocó a Heliette.

Y después de unos cuantos lanzamientos, cada jugador tiene al menos una ficha en el tablero.

Heliette

Heliette lanza su dado.

Sale uno.

1: el intelecto

Vivo en Buenos Aires porque mi novio emigró a esta ciudad y me vine a vivir con él.

En los tiempos previos a la pandemia, dedicaba los fines de semana a preparar cosméticos caseros, postres y panes. Para lograr una crema facial de calidad, un hojaldre o una masa consistente, se requieren procesos meticulosos. La rutina de la ciudad compromete mis horas e inquieta mi espíritu, y estas actividades, descubrí a inicios de 2020, me han funcionado como terapia para lidiar con mi impaciencia.

En Venezuela llevé una vida ocupada. Comencé a trabajar apenas recibí el título de bachiller y meses después asistía a mis primeras clases en la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela. Esa fue mi vida antes de emigrar: trabajo y universidad y ser impaciente. 

En Buenos Aires vivo a 20 minutos de mi trabajo. Pero suelo pararme con bastante anticipación porque mi cuerpo necesita considerables dosis de cafeína para reactivarse. De hecho, el trayecto hasta mi trabajo lo realizo a pie mientras voy tomando sorbitos de café de mi termo.

Entre Ríos | Foto: Heliette Cappio ®
Calle Suipacha | Foto: Heliette Cappio ®

Ni un minuto más ni un minuto menos, a las 8:30 am, ya estoy plantada en la tienda vendiendo mates, bombillas, ropa para bebé, trajes de baño, medias pantys, pantaletas, sostenes, vendiendo de todo un poco por casi doce horas. 

avenida Independencia | Foto: Heliette Cappio ®
avenida 9 de Julio | Foto: Heliette Cappio ®
avenida Independencia |Foto: Heliette Cappio ®

A las 7:45 pm, ni un minuto más ni un minuto menos, ya les he hablado de mi impaciencia; prácticamente corro el par de cuadras que me separan del gimnasio.

Dos horas después, estoy en casa. Ceno y cocino el almuerzo para el día siguiente. Si es verano, preparo alimentos que resistan el calor. Si es invierno, opto por platos que me proporcionen energía suficiente, con mucha grasa y mucho guiso. 

Es junio y ya se acerca el invierno a esta ciudad y justo hoy, el día no sé cuánto de cuarentena, prepararé un mangú. La dulce Maribel me dio la receta cuando cruzábamos medio continente. Sin objeción, aquellos días han sido los que en más movimiento he estado y contrastan con esta lacerante quietud. Ya ha transcurrido poco más de año y medio y decenas y decenas de plátanos verdes me han llevado a perfeccionar el mangú de Maribel.

Heliette escribe en el chat:

Demasiada casualidad!!

Victoria escribe en el chat:

Sí!!!!!, una mesa de cuatro venezolanos

Antonio escribe en el chat:

Mejor bajemos la app de dominó 

Heliette escribe en el chat:

Qué hacían antes de este desastre?

Jorge

Jorge lanza su dado.

Sale uno.

1: el intelecto

Se me hace difícil recordar mis rutinas en el día 57 de confinamiento. 

Mis rutinas están un tanto difuminadas. Desenfocadas. 

Pero sí puedo hablar del mar Pacífico.

Foto: Jorge Guzmán Peñaloza ®

Me gustaba acercarme lo máximo posible a él. Suelo caminar por el Malecón Cisneros, el Malecón de la Reserva y el Malecón de Barranco. Son malecones que dan hacia el mar desde arriba, donde reposa la ciudad. Semanalmente, descendía hasta el circuito de playas de la Costa Verde. Y diariamente me asomaba y observaba el mar por unos minutos, como un rito peatonal, una manera de concebir una orilla en esta ciudad insólitamente grande y completamente plana. Con micromundos en cada esquina y donde puedo encapsular el tiempo y el espacio en una fotografía, anular las horas mientras recorro Lima y detenerme en sus detalles. Contemplar una foto es mirar un momento específico, único, irrepetible. 

Me impactó ver el Pacífico por primera vez. Los malecones están a 171 sobre el nivel del mar. Una vez conté los escalones del parque María Reiche hasta el mar. Los conté. 287 escalones. Los conté como cuento ahora las casillas que recorrerán mis fichas desde la inicial hasta regresar a casa y caigo en cuenta de que las casillas suman, fíjense, muchachos, la misma cantidad de días que tengo en casa: 57.

Victoria

Victoria lanza el dado. 

Sale cuatro.

4: la persona

Me llamo Victoria Vázquez. Tengo 23 años. Soy hija única. Vivía en Guatire con mis padres antes de ir a la universidad. Ambos me procuraron todo y en Venezuela nunca me faltó nada. 

Cuando empecé a estudiar Danza Contemporánea en Universidad Nacional Experimental de las Artes (Uneartes), me mudé a casa de mi abuela en Caracas. Pese a la situación en el país, mi vida transcurrió con tranquilidad durante mi etapa universitaria entre 2014 y 2017.

Cierto día, una de mis mejores amigas de la infancia con la que ya no mantengo contacto, me habló de Argentina, de las facilidades burocráticas para legalizarte y del valor y respeto que le brindan a las artes. 

A Argentina me vine con quien era mi novio y apenas aterrizando comencé a patear la calle. Fue una tarea ardua conseguir un trabajo. Cuando llegaba a mi casa, perdía mi aplomo y solo quería tirarme en el piso a llorar. Mi única experiencia laboral había sido enseñando flamenco a niñas de la academia donde yo vi clases y en la universidad hice una que otra suplencia. Nada comparable a la situación que me tocó vivir. 

Antonio

Antonio lanza el dado. 

Sale 3.

3: el cuerpo

Siempre me ha gustado la música. Pero no cualquier música. La que se grabó entre 1965 y 1979 en Inglaterra y Estados Unidos, desde el disco Bringing it all Back Home de Bob Dylan hasta London Calling de The Clash. Cuando no estoy escuchando alguno de esos discos, oigo jazz. 

Mi afición por la música no se limita a coleccionar discos. Cuando recién cumplía 20 años estudiaba guitarra clásica, pero las presiones familiares me obligaron en 2002 a cambiar las partituras por los libros de pedagogía.

Estos dos errores le han dado forma a la vida que he llevado hasta ahora, incluso, ya en otra ciudad ajena y nublada, a menudo me pregunto, ¿cómo llegué hasta aquí? El exilio te lleva a la introspección. Paso horas en un autobús, en una plaza, o en mi nuevo cuarto, y me repito: ¿cómo coño llegué hasta aquí? En algún momento de mi vida me di cuenta de que he cometido cinco errores que me han costado mucho a largo plazo. 

Siempre me ha gustado la música. Cuando no estoy escuchando jazz, escucho música académica. Me interesa tener mis obras predilectas ordenadas por compositor. Para mí, el mejor es Bach, pues me hace recordar You Don’t Know Jack, protagonizada por Al Pacino, quien interpreta al eutanásico Jack Kevorkian. En una escena del filme, una anciana conservadora le grita, ¿por qué hace eso? ¿No cree usted en Dios?, y Kevorkian responde, ¡claro que creo en Dios!, se llama Juan Sebastián Bach, y no es un Dios inventado como el de ustedes. 

Mi plan era vivir en Buenos Aires, donde podía dar clases de inglés y buscar la manera de meterme en la industria del cine, bien sea por talleres, o estudiando en una universidad pública. Como la economía Argentina está sufriendo y Perú ha tenido la economía más sólida en Suramérica de los últimos 25 años, me vine a Lima con el plan inicial de reunir dinero para irme a Buenos Aires, Santiago o Montevideo… Pero eso no fue lo que pasó.

En caso de que tengan dudas, Lima es uno de los cinco errores que he cometido.

Jorge escribe en el chat:

Por favor, no me mates

Heliette

Heliette lanza su dado.

Sale 4.

4: la persona

Desde Guarenas salimos en autobús más de 200 pasajeros. Yo era la única que venía a Argentina.

En tres días, atravesé Colombia y sus carreteras selváticas. Maribel fue mi vecina de asiento. Le comenté que yo me venía a vivir con mi novio y entre llanto y llanto, porque extrañaba a sus hijos, me compartió sus consejos de cómo cocinar unos moros o el mangú del que les hablé. 

Cuando llegamos a Rumichaca, la gélida y burocráticamente inflexible frontera con Ecuador, ya me había gastado todo mi dinero. Los cinco grados centígrados me congelaban el cuerpo, pero no las preocupaciones. Para contrarrestar el frío, llevaba dos pantalones, un suéter, una toalla, una chaqueta, tres sabanas y dos cubrecamas. De comida estaba bien. Antes de salir de Caracas, además de mi maleta de 23 kilos, había incluido en mi equipaje un bolso lleno de comida.

Uno de los tantos empleados o subcontratados de mi agencia de viajes, nos informó que podíamos demorarnos hasta una semana haciendo la fila para sellar el pasaporte. Nos recordó que era diciembre y había muchos venezolanos retornando de Perú y de Ecuador para estar con sus familias en Navidad o, como era mi caso, yéndose del país. 

Saqué cuentas y temblaba de impaciencia. Me había bañado en Cúcuta, pero ya tenía casi cuatro días sin asearme. La agencia solo ofrecía una ducha y una comida caliente por cada frontera, lo que equivalía a cinco comidas y cinco duchas. Pese a la temperatura, decidí bañarme con agua fría. 

El cabello empapado y el sereno de la noche me ocasionaron un resfriado. Un resfriado que 200 kilómetros después ya había ascendido a quebranto.

Atravesamos Ecuador en un día. Cuando ya llegábamos a la frontera con Perú, el quebranto me explotó y ya no me podía ni mover por la fiebre y sus temblores y sudores. 

Maribel se las ingenió para conseguir, y aún hoy ignoro cómo habrá hecho, unos acetaminofén, antigripales y una de las cosas que más escasea en esos territorios: agua. 

La inmigración en Perú fue áspera en el trato, con una cordialidad mínima que rayaba en el atropello y en la ausencia de buenos días, buenas tardes, buenas noches. 

Sobraron las preguntas toscas, directas, dignas de interrogatorio policial: 

—¿Qué vienes a hacer acá?

Jorge

Jorge lanza su dado.

Sale tres.

3: el cuerpo

No he estado activo físicamente. Como me considero un caminante empedernido, la cuarentena se me ha hecho difícil.

Mi casa tiene un pasillo largo, entonces, lo camino… A falta de calles, de mar Pacífico, el pasillo es un paliativo. Lo recorro automáticamente como una ficha que se desplaza de esquina a esquina en el tablero de ludo. Así desagito mis pensamientos. Hoy simplemente regreso a la compu, a terminar mi jornada laboral.

Sigamos lanzando dados.

Foto de Jorge Guzmán Peñaloza ®
Foto de Jorge Guzmán Peñaloza ®

Victoria

Victoria lanza el dado. 

Tres.

3: el cuerpo

Me he adaptado a esta ciudad a los golpes.

Mi primer trabajo en Argentina fue de delivery, llevándole a pie almuerzos a los locales de ropa de Flores, una zona similar al mercado de El Cementerio en Caracas. Mi segundo empleo fue cuidar a una señora con evidentes brotes xenofóbicos. Sin duda, mi peor momento laboral. Mi tercer trabajo fue en una tienda de ropa en Flores. La paga me la daban con retraso e incompleta. Amenacé con demandarlos y finalmente me pagaron. 

Mi cuarto trabajo fue de paseadora de perros. Anduve con labradores, yorkshire y beagles por las calles de Belgrano, un barrio de Buenos Aires, por un año entero, lo que me garantizó techo y comida hasta que surgió mi quinto y actual empleo en un call center. Allí me desempeño como vendedora y he alcanzado esa ansiada estabilidad.

Buenos Aires es una constante agitación y cuando te estás ahogando se te hace imposible atinar con el horizonte. Pero si te tomas un instante para respirar, te tranquilizas y admiras la ciudad, esta no te va a demoler. Sin dormirte en los laureles, echas un pasito hacia atrás y la contemplas. La reconoces y ella te reconoce de vuelta. La ciudad me enamoró cuando decidí retroceder un paso, darme una pausa, suspirar, como si amagara un breve movimiento de danza y le dije, ya va, hermana, déjame respirar un momento. A partir de ese lapso de contemplación y desahogo, los horizontes de la ciudad y de mi vida se expandieron y despejaron.

Antonio

Antonio lanza el dado.

Sale cuatro.

4: la persona

Victoria escribe en el chat:

Qué tal Lima, Antonio?

No es una ciudad en la que me quiera quedar el resto de mi vida. La humedad puede complicar las cosas. Desde abril hasta diciembre, Lima se convierte en neblina permanente, con cielo apretado y gris que, a veces, me ocasiona molestias en la garganta. Recurro a sopas, tés y medicamentos. Las molestias pueden durar hasta un mes. Un verdadero ejercicio de paciencia.

Foto: Antonio Navas ®
Fotos: Antonio Navas ®

Leyenda:

Heliette

Heliette lanza su dado.

3: el cuerpo

—¿Qué vienes a hacer acá?

A estas preguntas siempre respondí:

—Voy a Argentina. 

Sellé mi pasaporte y de diez en diez fuimos abordando una especie de Kombi van. Cuando llegó mi turno, ya la medianoche nos había alcanzado y aún faltaban dos horas para llegar al terminal donde tomaríamos un autobús.

En un punto de la carretera, el chofer cabeceó del sueño y estuvimos a casi nada de voltearnos. Nos tambaleamos, gritamos, y el chofer reaccionó a tiempo para retomar el control del volante.

Por la hora, no pudimos bañarnos en la frontera. Aún llevaba en la piel los sudores de la fiebre. Tampoco probamos nada de bocado. Debimos esperar hasta el día siguiente para ducharnos y comer.

El autobús se tomó un día entero para llegar a Lima. Previamente, habíamos cruzado Colombia en tres días y Ecuador en uno o dos. 

En Lima se quedó Maribel y alrededor de 150 venezolanos. Junto a mi grupo, esperé tres o cuatro horas para que nos ubicaran en un autobús y continuar hacia Chile. A partir de allí, sí me tocaría seguir sola hasta Argentina. 

El representante de la agencia al fin apareció y nos dijo, aquí se agrupan los que van para Chile y el que va para Bolivia. Al escuchar sus indicaciones, pregunto extrañada, ¿y quién va para Bolivia?, y el señor me responde, alguien que va para Buenos Aires. 

Me demoré unos segundos en darme cuenta de que ese alguien que va para Buenos Aires era yo. Me quedé pasmada, ¡cómo coño me voy a Bolivia! En Perú tú no tienes acceso a Internet si no pagas, no puedes usar el baño si no pagas. No te regalan ni el agua. ¿Cómo iba recorrer medio Perú y luego cruzar Bolivia hasta Argentina sola y sin dinero? 

Mi crisis de nervios fue tan aguda que me oriné encima. 

Tres días después, el 24 de diciembre, alcancé la frontera con Bolivia. De la manera que pude, me había cambiado el pantalón en el baño del autobús, pero necesitaba urgentemente una ducha. 

Me atendió un muchacho de la agencia de viajes: 

—Te voy a ubicar en un hotel. 

Resulta que era un hotel de mala muerte. Y, para mayor desgracia, sin baño. Si quería optar por una habitación con ducha, inodoro y lavamanos, debía pagar más dinero. 

—¡Ustedes me tienen que garantizar un baño y una comida por frontera! —lo increpé—. ¡Yo pagué mi paquete!

El muchacho, excusas más, excusas menos, se rehusó a cumplir con lo convenido. Nerviosa, le hice saber los incómodos detalles por los que necesitaba desesperadamente bañarme.

—Si no es así —añadí y elevé mi voz—, pues tú me dices y me comunico con mi familia, porque desde hace rato no han sabido de mí y se van a perjudicar tú y todos los de tu compañía. 

A esto, el muchacho añadió:

—No entiendo por qué ustedes los venezolanos viajan sin dinero… 

—¡Mira! —lo interrumpí indignada—, no es momento para que tú seas tan atrevido y tan majadero para decirme algo de ese calibre, porque no tienes idea del infierno que es salir de Venezuela, y espero nunca sepas ni pases por lo que nosotros hemos vivido. 

Me asignaron una habitación y, por fortuna, el hotel contaba con un baño. No me importaron los tres grados centígrados cuando sentí el chorro de agua fría deslizarse por mi cuerpo.

El hotel —y ya esto era milagroso— tenía Wi-Fi libre. Cargué mi teléfono y llamé a mi mamá. 

Diez noches atrás, justo a esa misma hora, estaba en casa cenando junto a ella. Ya era 24 de diciembre y me encontraba sola en la frontera de un país extraño. 

Mi mamá me pasó a mi hermano pequeño, el mayor ya tiene cuatro años en Colombia. 

—Te extraño mucho, Heliette, de aquí a un año nos vamos a ver.

Aún sigo a la espera de ese reencuentro.

Me desplomé a llorar en la cama.

Mi mamá tomó el teléfono y trató de tranquilizarme. Ella no soltó ni una lágrima. Ha sido siempre mi mejor amiga.

Jorge

Jorge lanza su dado.

5: el ser

A los 11 años me fui de Caracas por primera vez. Viví en Cumaná hasta terminar bachillerato y regresé a Caracas para estudiar Comunicación Social. Como periodista trabajé en varias revistas, fui redactor de contenidos y tuve mis propias secciones. En Exceso mi columna se llamaba “Excesoscopio”, donde reseñaba libros, música, moda, crónicas. También trabajé en Cocina y vino, donde entrevisté a chefs, en Velvet Magazine, en Bienmesabe escribí la sección “La ruta del sabor” y en Clímax, crónicas sobre la vida nocturna caraqueña para Diario Tal Cual. De igual modo, incursioné en la escritura de guiones para algunas escenas de la telenovela Un esposo para Estela.

Anduve en estos oficios hasta que la crisis abrió la posibilidad de trabajar a distancia como freelance por Internet, lo que te permitían resolverte más. Entonces, no lo pensé dos veces y me metí en el mundo de las redes sociales. 

Y entre este tipo de trabajo disfrutaba de la naturaleza y el clima único de Caracas hasta que el embudo se fue instalando en mi camino en forma de escasez de comida, de incertidumbre, que le dio paso a la impotencia y frustración. 

Necesitaba cambiar ese día a día.

Radicalmente. Era una ficha que me quedaba por jugar. 

Y me vine a Perú. 

La cara superior siempre gana: es la realidad de las cosas, lo actual, lo presente. Por más que yo vea desde los laterales un número cualquiera, pues es mi ángulo, o sea mi opinión, esa cara no está ganando ahora. Detrás de toda cara está su misterio, pero juntas, las dos caras opuestas suman la verdad. 

Victoria

Victoria lanza el dado.

Sale seis. 

6: la conciencia

Soy muy impaciente, y me identifico con lo que dice Heliette. Me desagrada estar quieta. Extraño las secuencias de mi cotidianidad: salir, ir a la oficina, el transporte público, una birra (cerveza). 

La cuarentena me ha hecho valorar esas normalidades… Porque estar en casa todo el santo día ¡me tiene harta!

Heliette escribe en el chat:

Qué ladilla la cuarentena, panas…!

Victoria lanza el dado. 

Sale tres.

3: el cuerpo

Los tiempos se me desnivelaron en la cuarentena. No sé qué día es. No sé a qué hora me paro. No sé nada de nada. Las horas de sueño se me han desalineado significativamente. Me voy a la cama tarde y lógicamente me levanto tarde. Entonces, estoy comiendo como dos veces al día. Me he propuesto adquirir hábitos distintos, pero me está costando mucho.

Deseo volver a bailar. Por un buen tiempo consideré la danza una profesión, mi oficio. Aunque desde hace mucho no entreno ni le dedico lo que debería, como sí lo he hecho con la escritura. He aprovechado la cuarentena para revisar viejos materiales.

El azar tiene seis caras…

Antonio

Antonio lanza el dado.

1: el intelecto

Tengo 37 años y me siento parte de “una tragedia nacional”. Por años estuve pensando que formaba parte de un grupo pequeño, que quería o debía irse, pero todos los días encuentro venezolanos que no tenían ninguna intención de emigrar. Estos encuentros que el azar ha puesto en mi camino, me han conferido la humildad necesaria para abrirme los ojos.

Mi meta laboral la defino de este modo: existen dos tipos de trabajo: el que te da dinero y el que te da felicidad. Lo ideal es que los dos se conviertan en uno: ganar dinero haciendo lo que te gusta. Para hacer talleres o estudiar cine, necesitas un trabajo que pague más del sueldo mínimo. Porque es costo de oportunidad. El tiempo que inviertes haciendo un taller de cine o estudiando, es tiempo que no pasas ganando dinero. 

El éxito es oportunidad más preparación. En el cine, la literatura y la música hay un montón de gente que habla de lo que va a hacer y no lo hace, o que busca la oportunidad sin tener nada que presentar. Es muy importante prepararse y trabajar en algo. Si llega alguien con dinero y con ganas de invertir en ti, es vital tener algo listo que mostrar.

El Nuevo Hollywood, que parte desde 1967 hasta 1980, es decir, desde Bonnie and Clyde hasta Raging Bull es mi etapa favorita. En estos días de cuarentena, estoy viendo tres series: Grace and Frankie, Girls y High Maintenance, cuando busco una pausa de las series, veo filmes épicos de Hollywood, sobre todo las que ganaron el Oscar a la mejor película: The Bridge on the River Kwai, West Side Story, Lawrence of Arabia, The Sound of Music, más conocida en Venezuela como La novicia rebelde, Patton, Amadeus, por nombrar algunas. Son películas que piden mucho del espectador, nada de teléfonos, ni pausas, ni distracciones. 

Heliette

Heliette lanza su dado.

6: la conciencia

En Venezuela vivía con mi mamá. Soy la mayor y única niña de mi casa. Tengo dos hermanos varones. Los extraño tanto como el tráfico de las tardes, los autos, el atardecer y el caos de Caracas, el calor, la camioneta con música a volumen absurdo. El caos caraqueño, ya ustedes me dirán, es una vaina distinta a la que te terminas acostumbrando, forma parte de ti, además de desayunarme una empanada donde me diera la realísima gana porque iba a encontrar una de carne mechada o cazón en cualquier esquina.

Desde luego, hay mucha violencia, no me refiero solamente a ciertos sectores de la ciudad, el venezolano, si bien es muy amable y educado, el caraqueño puede llegar a ser muy rudo, se adapta a la situación, porque de no hacerlo, la ciudad se lo come, y ustedes no pueden permitir que Caracas los muerda, como diría Héctor Torres. Surgen situaciones en la cotidianidad de Caracas que te exigen que te plantes firme, no que seas agresivo, pero sí con actitud ante lo que se vaya a presentar. Y eso puede ocurrir en las camioneticas por puesto, en el Metro, caminando o manejando tu auto: se te atraviesa un motorizado y ahí tienes que plantarte bien.

Esa es la ferocidad que recuerdo de Caracas y que aún no me he quitado del cuerpo.

Nací en Caracas. Pero mi niñez transcurrió bajo el sol de Higuerote. Mis abuelos vivían allí y desde muy pequeña me quedaba con ellos. Al principio, con mi papá, después con mis abuelos durante vacaciones. 

Fue una niñez bonita en ese sentido, pero no tan fácil, porque mi papá falleció cuando yo tenía 9 años. Fue bastante complicado ayudar a mi mamá con mi hermano del medio, aún mi hermano menor no había nacido.

Después de que muere papá, me mudo a Guarenas por unos tres años. 

Mi mamá volvió a casarse y el año en que nació mi segundo hermano, falleció mi abuela materna. Estas ausencias me marcan hasta hoy.

No les niego que se me hizo difícil adaptarme a Caracas. Me mudé cuando tenía 13 años y estudiar literatura es una de las mejores vainas que me han pasado en la vida.

Heliette vuelve a lanzar su dado

Sale 3.

El muchacho majadero que me atendió, me envió un mensaje que leí después de hablar con mi mamá y secarme las lágrimas. Me preguntó, sin más, si quería ir a su casa a pasar el 24 con él y su esposa. Obviamente, rechacé la invitación. Al instante, me escribió que mañana se llegaría temprano al hotel para ir a gestionar el papeleo. 

El majadero, cumpliendo su palabra, fue puntual. De nuevo, los nervios estaban a punto de volver a hacerme pasar un mal rato. No dejé de pensar en la cantidad de riesgos de esta travesía. Estamos cansados de escuchar noticias espantosas, a mujer venezolana le ocurrió esto o aquello, mujer venezolana vista por última vez en Perú, en Colombia, en Ecuador, y nada se sabe de ella desde hace un buen tiempo, y todas estas ideas se me vinieron como la ducha fría de la noche anterior. 

Abrí la puerta solo para decirle que ya estaba terminando de arreglarme. Cuando recogía mis últimas cosas, me percato de que el majadero había entrado a la habitación sin haberme pedido permiso. Reaccioné rápido al verlo allí, en el mismo espacio en el que yo había dormido. 

—Mira, vámonos, ¡ya tengo todo listo! —le dije y salí de la habitación.

La frontera entre Perú y Bolivia está conectada por un puentecito que, a primera vista, parece que se va a quebrar apenas coloques un pie sobre sus andamios. Paradójicamente, el puente binacional Huancasaya fue destruido el viernes 22 de mayo. Se dice que ciudadanos de Peluchuco lo derribaron para evitar la propagación del Covid-19, luego de que se detectaran seis casos entre los efectivos policiales peruanos que operan en la comisaría fronteriza. 

Para agilizar las cosas, el muchacho majadero detuvo a un señor que tenía un modesto emprendimiento vial. Ofrecía sus servicios con todas las comodidades que podía brindar su bicicleta destartalada a la que tenía atado un burrito.

Con un esfuerzo sobrehumano, el señor pedaleó el puente cargando con todo el peso de mi maleta y a mí me montó sobre el burrito que apenas se quería mover. De pronto, en el ambiente empezó a reverberar, no encuentro mejor definición acústica, una canción quechua. Y la gente la coreaba con intensidad. Más que un canto, era un alarido desgarrador. El señor de la bici escuetamente me contó que la letra narra los últimos instantes de un moribundo. 

—Es una canción de lamento —añadió.

Era Navidad y así crucé aquel puente que en año y medio dejaría de existir mientras entonaban a todo pulmón la canción más triste que he escuchado en mis 24 años de vida. 

Jorge

Jorge lanza el dado.

Sale dos.

2: el alma

Foto: Jorge Guzmán Peñaloza ®

Lima aún es para mí una ciudad indefinible donde la papa tiene carácter institucional. En el país se cosechan 2.000 tipos de papas y funciona el Centro Internacional de la Papa, dedicado al estudio científico de este tubérculo. 

El venezolano común sufre un montón cuando nota que pasan los meses y nada que ha visto el sol. Esto no me desagrada. No tengo problema con lo desolada que pueda parecerme Lima y sé lidiar con el frío, ya que me gusta abrigarme. 

Recuerdo Caracas verde y peligrosa, pero no niego que también la recuerdo tranquila. Sí, llegué a sentirme un tanto paranoico, pero jamás hasta el punto de encerrarme como estamos ahora. Te hablo de 2016 hasta principios de 2017, cuando aterricé en Lima el 13 de marzo. Mi hermano ya tenía cinco años viviendo en esta ciudad y fue a recibirme

Victoria

Victoria lanza el dado. 

Sale uno.

1: el intelecto

A Caracas le escribí un breve texto que titulé “Tributo”. En él refiero sus particularidades caóticas, desordenadas, su espontaneidad arquitectónica; La Plata es exactamente lo contrario: parece una urbe planificada metro a metro cuadrado. En mi texto prevalece ese bailao y ese tumbao que me dejó el ritmo de la Caracas atestada de gente, ese passing through de mis clases de danza, técnica de improvisación en la debíamos movernos en el escenario a la mayor velocidad posible sin tropezar. Aún conservo la alineación atropellada y caraqueña para cruzar las aceras de cualquier barrio de esta ciudad. 

Antonio

Antonio lanza el dado.

2: el alma

Extraño Caracas. De verdad es una ciudad hermosa. A veces uno llega a una ciudad y se siente inmediatamente en casa. A mí me pasó en Buenos Aires, Montevideo y Barcelona. No es el caso de Lima, tiene sus distritos y sus encantos, pero nada más. Mentiría si digo que he hecho algún tipo conexión.

Jorge escribe en el chat:

Chamo, entonces por qué Lima???

Mis hermanos decidieron ayudarme y me fui a Montevideo desde febrero hasta julio de 2019. Montevideo es una ciudad maravillosa, pero lamentablemente no hay trabajo, los mismos uruguayos pasan meses buscando, además de ser la ciudad más costosa del continente. Considerando que Lima es más barato y ya tenía contactos, y porque ya había estado allí, decidí regresar.

Heliette

Heliette lanza su dado.

Sale 5.

5: el ser

Moría de sed. De lo apurada que salí del hotel, dejé el pote con agua olvidado. 

De la frontera a La Paz fueron dos horas de camino. En la capital, me recibiría una muchacha, otro de los tantos contactos de la agencia. Ella me ubicaría en un autobús y cancelaría mi pasaje hasta Jujuy, la frontera de Argentina.

Me estaba alimentando con las pocas rebanadas de pan que me quedaban. La muchacha jamás apareció. Ya, en la cola para el autobús, le pregunté a una chica que tomaba agua de una cantimplora, será que me puedes regalar un poquito, por favor; no, me dice, mira al frente, allí tiene un sitio donde comprar agua. 

Ya no tenía dinero. 

Y ya estaba convencida de que nadie me regalaría nada. 

Me iba a deshidratar. 

Entonces, no me quedó otra opción que orar. 

Dios mío, ¿qué voy a hacer? Consígueme aunque sea un baño decente dentro del autobús para tomar agua de chorro. 

Llegó el autobús.

Cuando estoy a punto de subirme al vehículo, el chofer se me queda viendo y me pregunta, bueno, ¿y el pasaje? Sí, ya viene por mí alguien de la agencia de viajes… Mira, yo no puedo esperar a que vengan por ti y te paguen un pasaje, ¡necesito el dinero ya! 

El señor, de pronto, ya me estaba gritando, y todo se estaba tornando agresivo.

Una mujer con un bebé en brazos le dijo, señor, no se ponga así, yo le pago el pasaje.

Subimos al autobús.

Solventado este incidente, me volvió la sed. 

Y volví con mis plegarias cuando recorría el pasillo hacia los asientos posteriores.

Entre la angustia por el pasaje, los gritos del chofer y la sed, sentía que me podía desmayar en cualquier momento.

Cuando elegí mi asiento, descubrí en él una botella de litro de Coca-Cola. Una botella de litro de Coca-Cola a temperatura ambiente que alguien habría olvidado. Casualmente, y ¡qué coincidencia!, en la etiqueta se dejaba leer un nombre: Maribel, por aquella campaña de unos pocos años atrás. 

Estuve todo el viaje tomando sorbitos de Coca-Cola para evitar que me dieran ganas de orinar en plena carretera.

Al anochecer, en lugar de una canción quechua, el score estuvo a cargo de una tormenta eléctrica y thrash metal que amenizó la travesía con relámpagos y truenos que crujieron durante un par de horas. 

Era el prólogo de un aguacero descomunal. 

Pero también era el prólogo de la frontera.

Llegamos al terminal a las doce de la noche. Estaba totalmente solo. El cansancio ya me pegaba y debía a toda costa mantenerme despierta y cuidar mi equipaje.

Cuando me preguntaron en inmigración qué iba a hacer en Argentina, les dije que mi novio estaba enfermo e iba a verlo.

Cuando puse un pie en la provincia de Jujuy por alguna razón dije, llegué, ya estoy en casa. Aunque me restaba al menos un día más de viaje. 

La última parada fue en El Retiro, un barrio al este de Buenos Aires. 

En el terminal, me estaría esperando mi novio, pero luego de echar un vistazo no di con él. Ya había anochecido y eso dificultaba el reencuentro. Sin datos en el teléfono no me quedó opción que buscar ayuda.

—¿De dónde sos?

—De Venezuela —le dije a una pareja treintañera y resumí así no más mi periplo.

—¡Qué bueno que pudiste llegar! Estuvimos en Margarita de Luna de Miel, qué bello tu país.

La pareja me prestó un teléfono y llamé a mi novio.

Al instante respondió, me dijo, estoy caminando y no te veo, no te veo, trato de indicarle dónde exactamente estoy, y no te veo, y no te veo, y, cuando me giro, tal cual comedia romántica de Netflix, él estaba parado frente a mí.

El gran espacio cuadrangular está preparado para ahogar el destino…

Jorge

Jorge lanza el dado.

Sale seis.

6: la conciencia

Lima y yo tenemos una historia juntos. Cuando estudié bachillerato en Cumaná había chamos en el colegio que eran hijos de peruanos. Sus padres habían emigrado a Venezuela en los ochenta y noventa. 

Ahora soy yo quien está en Lima, la patria de mis compañeros de clases, donde todo gira en torno a la gastronomía, el primer destino culinario del mundo, lo que me lleva a recordar mis tiempos como redactor en Bienmesabe

Victoria

Victoria lanza su dado.

Sale dos.

2: el alma

Hace días, escribía en mi libreta lo mucho que extraño los maratones de Aquí no hay quien viva con mamá y nuestros debates acalorados, ella es la más open mind de mis padres. Los cafés en la mañana y los guayoyo de la tarde con mi abuela. Los cubalibre con mi papá en las noches guatireñas mientras escuchábamos sus discos de danzón, bolero y salsa, parecía niño en Navidad. A veces me reprocho que debí bailar mucho más con él. Creo que no bailamos lo suficiente, y solo me animé ya de grande, y pienso en aquellas veces que me negué, vainas de adolescente. 

Antonio

Antonio lanza el dado.

Sale cinco.

5: el ser

En Lima tenía tres clases de inglés al día en distintas compañías. Como en este momento nadie quiere clases por Skype, me dedico a otras cosas hasta que termine la cuarentena. Me interesa la traducción. Y se trata de algo que me gusta más que dar clases y que, de hecho, puede ser muy rentable, sobre todo si se trata de libros o artículos de cine.

Me despertaba a las 5:00 am, desayunaba y me iba a mi clase de las 7:00 am. La clase terminaba entre las 8:30 am y 9:00 am, y luego me iba a un café cercano a mi siguiente clase, allí leía y escribía hasta la una de la tarde. Luego de mi clase, almorzaba a las 3:00 pm y me marchaba a otro café que quedara cerca de mi siguiente clase, donde leía y escribía hasta las 6:00 pm. A las 8:00 pm, concluía mi clase y regresaba a casa.

Cuando termine la cuarentena volveré a Venezuela a trabajar en audiovisual. Existe la posibilidad de hacer lo que me gusta.

Heliette

Heliette lanza su dado.

Sale dos.

2: el alma

Mi vida en este extraño 2020, ha tenido algunos pequeños cambios. Me mudé y estoy compartiendo casa con unas venezolanas. Antes vivía en un apartamento con mi ya ex novio, quien ha emigrado nuevamente. Ese cambio me pegó muchísimo. Primero, me ha costado adaptarme al espacio, segundo, ha sido arduo apropiarme o hacer míos ciertos rincones. Conseguir paz y calma entre tanta gente y tantas energías, ha sido todo un reto, pero creo que lo he logrado. 

Me he mantenido en mis casillas, como mis fichas en este tablero. Todas a salvo en su buena estrella. Sin que nadie se las coma, las muerda, como Caracas o esa impaciencia que ya he aprendido a domar.

De hecho, a veces cuando estoy muy cargada, subo a la azotea de mi nueva casa a mirar. Contemplo el congreso. Los edificios. Me encanta ver los balcones. Soy un poquito metiche y observo cómo la gente va sobrellevando sus vidas a través de las ventanitas. Me recuerdo de aquel taller de narrativa con Mario Morenza, cuando nos habló de La vida: instrucciones de uso, de George Perec, y juego a que salto de un balcón a otro cómo los movimientos del caballo en ajedrez, pero ese ya es otro juego. Voy de balcón en balcón y me hago una idea de quiénes son, de qué hacen, por qué están allí. Cuando bailan, ven televisión, se rascan la espalda, cuando se gritan. 

Foto: Heliette Cappio ®

La azotea me ha generado tranquilidad y no me hace sentir tan encerrada.

Jorge

Jorge lanza su dado.

Sale cuatro.

4: la persona

Mañana me aguardará otra jornada de trabajo. Y las infaltables videollamadas grupales por Google Meet, por el puto WhatsApp. Porque estoy en muchos grupos de todo, grupos de trabajo, grupos globales y, por supuesto, los de amigos y familia. 

La vida, el tiempo y el espacio encápsuladas en WhatsApp. 

Foto de Jorge Guzmán Peñaloza ®

He descubierto dos rasgos de mí en este viaje interior: soy excesivamente perfeccionista y, al igual que ustedes, mi paciencia es escasa. Tengo que bajarle dos siempre.

Foto de Jorge Guzmán Peñaloza ®

Jorge escribe en el chat:

Jueguen más rápido por favor!

Victoria escribe en el chat:

Jajajaja XD

Victoria

Victoria lanza el dado.

Sale cinco.

5: el ser

En cuarentena todas mis rutinas, excepto las de casa, se han visto un poco comprometidas. Desde luego, mi rutina no es la misma de cuando estaba en pareja. Cuando la relación ya se tambaleaba, yo hacía las cosas por mi cuenta, y solo nos limitamos a vivir bajo un mismo techo. Al salir del trabajo, no me iba directamente a la casa, a pesar de que mi ex iba a estar trabajando. Prefería quedarme lejos de ese espacio, ocupada en diligencias pendientes o acompañando a una amiga en las suyas. 

Ahora que estoy sola es un poquito más de lo mismo. Frecuento las plazas y parques, como plaza de Mayo, Constitución, parque Lezama, Barracas de Belgrano, que queda cerca de donde yo vivía. Me encanta caminar y me gustaría visitar muchos cafés, donde te sientas y hablas y hablas y hablas toda la tarde.

Foto de Victoria Vázquez ®

Me distraigo contemplando la ciudad desde el balcón. En eso nos parecemos, Heliette, tú miras los balcones desde tu azotea y yo las azoteas desde mi balcón. He tenido panorámicas privilegiadas. En el departamento en el que viví con mi ex tenía una vista de buena parte de Belgrano. Y así pasaba los domingos soleados, porque cuando llegaba el frío, huía del balcón. Mi nuevo departamento cuenta con un balcón más chiquitito, y también me gusta estar asomada por un buen rato.

Desde los balcones contemplo la ciudad, me regalo mi momento para respirar y reconocerme en el horizonte.

Antonio

Antonio lanza el dado.

Sale seis.

6: la conciencia

En estos momentos mi cabeza no está en la cuarentena, está en la relación que acaba de terminar. Cada vez que una relación termina, sale a flote una lista de defectos. Antes de la relación, había hecho más de un año de reflexión y la relación concretó mucho de lo que ya tenía pensado…

Antonio escribe en el chat:

Sorry!, perdí la conexión.

He descubierto que soy una persona obediente, que se ha evitado problemas, pero también ha creado muchos. Soy rencoroso. Soy egocentrista, que es un balance desagradable con el de la obediencia. Soy pegajoso, cuando entro a una relación me entrego al ciento por ciento. Soy pretencioso, lo peor de esto es que en ocasiones acierto cuando leo la mente de alguien, pero lleva a malos resultados, a mucha gente no le gusta la verdad.

A las mujeres les gusta el drama de ellas, no el tuyo. Es mejor pretender que estás bien hasta que estés bien. Lo que los gringos llaman Fake it till you make it.

Victoria escribe en el chat:

Pero regresas al país?

Mi vida en Venezuela era confusa. Era editor en un canal de televisión y ganaba un sueldo ridículo. Tenía la posibilidad de hacer música y escribir, las dos cosas que me apasionan, pero, por alguna razón, no les estaba dando la atención que necesitaban.

Antonio lanza nuevamente el dado.

Victoria escribe en el chat:

¡Tirada de la fortuna!

Sale seis nuevamente.

6: la conciencia

Bringing it all Back Home suena en mi laptop, y la voz gangosa de Dylan se combina con la notificación de que se ha descargado por completo una película. La canción me lleva a recordar que ya es hora de ir trayéndolo todo de regreso a casa. Después de la cuarentena, ya será la hora de volver a Venezuela.

Antonio lanza el dado.

Sale el cinco, el ser. 

Y su última ficha llega a la meta. Regresa a casa.

El dado es un objeto tradicional
que hace las veces de modelo teórico
para comprender la estructura del Ser.
Daniel Medvedov
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