• El periodista y cronista salvadoreño conversó con El Diario sobre las características del proceso pandillero y migratorio en El Salvador. Es autor de los libros Los migrantes que no importan y Una historia de violencia; también es coautor de Crónicas negras, desde una región que no cuenta y El niño de Hollywood

En abril de 2020 el mundo se sorprendió al ver la imagen de cientos de presidiarios rapados y apretujados, con el torso desnudo y un tapaboca endeble, en el patio de una cárcel salvadoreña. En el cuerpo de cada uno, mientras miraban al suelo ante el cañón de un arma policial, se notaban las marcas de una guerra callejera y la tinta que exponía los símbolos de una identidad irreconocible para el extranjero. “M.S”, “Barrio 18”, “13”, “Mara Salvatrucha”, “La Bestia”, entre otros, eran los mensajes remachados en el cuerpo de aquellos hombres. Siglas inentendibles que encuentran cabida en el imaginario de la muerte que se resume en una pandilla y, cuando el shock inicial desaparece, quedan muchas preguntas rondando en la mente: ¿Quiénes son? ¿Por qué los tatuajes? ¿Qué ocurre allá? 

Óscar Martínez, periodista de El Faro y fundador del proyecto Sala Negra, ha registrado los símbolos de una identidad signada por la violencia. El Salvador es un país, como él mismo comenta en exclusiva para El Diario, marcado por la muerte y el asesinato. Una realidad común en el continente americano que ha transitado por procesos de acabose social. Las pandillas son un resultado de la utilización de la violencia como medio político y, al final, simula la caída de fichas de dominó que empujándose unas a otras. Un proceso lleva a otro y, así, sucesivamente la violencia se transforma en un signo del imaginario social.

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Las pandillas, según el relato de Óscar, se establecen primero en el sur de California, Estados Unidos, por migrantes centroamericanos que escapaban de las cruentas guerras civiles, de los cañaverales y cafetales manchados por la sangre. Buscaban una vida mejor o quizás, a secas, vivir y ya. Pero se encontraron con un ecosistema dividido por más de 70 pandillas que, a través de la vieja conocida violencia, demarcaban su territorio. Este gran grupo de migrantes salió de la guerra para enfrentarse, una vez más, a otro tipo de enemigos. La minoría emuló el formato de las pandillas negras, supremacistas blancas y mexicanas, y se reunió a través de símbolos culturales para establecer un grupo de defensa en ese ecosistema. 

La Mara Salvatrucha 13, una de las pandillas más poderosas alrededor del mundo, comenzó como un grupo de defensa que se congregaba mediante bailes, Heavy Metal e historias de una descendencia común. Su objetivo, en un principio, era el sostenimiento de una identidad sesgada por la guerra y a la deriva por el pesar migratorio, pero, como comenta Óscar, “cuando el sur de California les hizo la pregunta: ‘¿Vos sabés pelear?’ Llegó un momento en el que se hartaron y contestaron: ‘De hecho, es lo único que sé hacer. Ya no quería hacerlo más, por eso vine aquí. Pero si tengo que hacerlo te voy a enseñar cómo se hace’”. Y, en un par de años, se transformó en la pandilla más peligrosa de California. Luego el Estado estadounidense los expulsó a su tierra de origen y comenzó, como era de esperarse, la apropiación de la pandilla de zonas empobrecidas. 

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Óscar Martínez centró su ojo en ese imaginario de la violencia, en “la epidemia de muerte”, como escribe en su último libro El niño de Hollywood, que realiza junto con su hermano José Martínez. Un fenómeno marcado en ese pequeño país del centro de América. Ese libro, por ejemplo, tiene como finalidad esclarecer a través de la imagen de un asesino como Miguel Ángel Tobar, un don nadie, un hombre que vivió tan rápido y murió tan joven, el funcionamiento de entidades políticas y sociales que han utilizado a la violencia como medio de poder.

Óscar comenzó en el periodismo a los 17 años, pero su primer gran reportaje fue en 2007 y se llamó Los migrantes que no importan. Durante tres años, junto con un equipo de investigación de El Faro, recorrió la ruta Atlántica para desentrañar la experiencia de miles de migrantes. Con tiempo y recursos, así como debe ser el periodismo para él, llegó a la conclusión de que: “Los migrantes, en sus romerías mortales, nos dejan una lección en mayúsculas. Digámosla: somos sociedades de mierda. Reformulemos: somos sociedades crueles”. 13 años después del comienzo de esa investigación podría decirse que nada ha cambiado y que, además, los migrantes siguen siendo “basura” para los gobiernos. 

Sus libros no relatan ficciones, relatan historias vivas, en carne y hueso, que reflejan los pesares de un continente. En 2008 recibió en México el Premio Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez y en 2013 fue miembro del equipo ganador del premio de periodismo de investigación entregado por el Instituto de Prensa y Sociedad en 2013.

Cada contexto es diferente. Cada conflicto, de igual manera, también lo es. El trabajo de Óscar Martínez, como el de todo aquel que recoge los testimonios regados por la violencia, es brindarle voz al que no puede hablar y, quizás desde ahí, brindar un registro de la historia que se difumina con el pasar del tiempo. 

La violencia en El Salvador es un proceso que ha signado las últimas décadas en el país. Primero, en la guerra civil ocurrida entre 1979 y 1992 y, posteriormente, con la creación de los grupos pandilleros. ¿Cuál es la razón para el sostenimiento de la violencia en la sociedad salvadoreña?

La violencia en El Salvador ha sido sostenida desde hace muchos años. Nosotros podríamos abordar esto de una forma mucho más extensa o podríamos abordarlo de una forma más concreta. Voy a dar luces de las dos: en primer lugar, El Salvador desde que hay memoria, en los inicios del siglo pasado, es un país que ha vivido envuelto en procesos violentos, procesos de eliminación de los indígenas en 1932, procesos de combate contra el comunismo en la década de los setenta y de los ochenta. Luego, un proceso de instauración de las pandillas deportadas desde Estados Unidos. La consecuencia o la consideración histórica más importante que hay que tener es: El Salvador es un país que ha vivido procesos violentos desde hace más de un siglo y nunca ha tenido procesos de reconciliación. 

Los gobiernos de mi país, tanto de derecha como de izquierda, nunca se preocuparon por solucionar ese problema, ya que solo querían repartirse la tajada política. Las pandillas se instalaron en el sector más empobrecido de una sociedad ya bastante pobre y desde ahí crecieron. En 2003, cuando el gobierno nota que son un problema para El Salvador, casi una década después de su llegada, instala –de manera superficial– a las pandilla en el centro de la discusión sobre seguridad pública. Lanza una estrategia conocida como Plan Mano Dura por partido Arena (Alianza Republicana Nacionalista, el partido de derecha). Cuando ese plan Mano Dura empezó, El Salvador tenía una tasa de 36 homicidios por cada 100.000 habitantes. Después vino otro gobierno de derecha, que instaló un plan llamado Super Mano Dura, como si no tuvieran ninguna creatividad en sus mentes. Cuando en el año 2009 salen los gobiernos de derecha, El Salvador tenía 71 homicidios por cada 100.000 habitantes. En aquel momento se convirtió en el país más homicida del planeta tierra. 

Al llegar el primer gobierno de izquierda, en 2009, se realiza una tregua con las pandillas que reduce los homicidios durante un tiempo, pero luego el segundo gobierno de izquierda, que llega en 2014, deshace la tregua que su propio partido había hecho y El Salvador se entrega a una vorágine de muerte. En el año 2015 tuvimos 103 homicidios por cada 100.000 habitantes. Esa es una tasa de mortalidad y asesinato que difícilmente alcanza un país en guerra y, finalmente, este nuevo gobierno que lleva poco más de un año ha logrado reducir drásticamente los homicidios pero aún no entendemos de qué manera. No sé sabe cuál ha sido la estrategia, porque es un gobierno que no nos la revela.

Durante esta cuarentena tuvimos una muestra de que las células pandilleras siguen ahí. Pasamos en cuatro días de tener dos homicidios diarios a tener más de 20. Las pandillas dieron un golpe de mesa por alguna razón que aún no logramos entender y durante cuatro días volvieron a convertir a este país en uno de los más violentos del continente. Es decir, este gobierno ha logrado reducir los homicidios. Aún no logramos entender cómo lo ha hecho, pero ya tenemos una muestra clara de que las pandillas y su estructura siguen ahí y son capaces de volver a hacerlo cuando les dé la gana. 

Lo que está en el centro de las pandillas es la identidad cultural. Las pandillas reclutan a jóvenes entre los 8 y los 15 años, principalmente. En ese momento no les ofrecen dinero: les ofrecen un arma, les ofrecen un apodo, un nuevo nombre dentro de la pandilla y les ofrecen aceptarlo como un nuevo miembro de la familia. Muy violenta, pero familia al fin y al cabo.

Le ponen una serie de códigos y valores culturales como ser audaz, violento y criminal. Todo eso se convierte en códigos positivos. Lo que está en el centro de la pandilla es un montón de muchachitos con vidas de mierda y la pandilla les ofrece una opción para tener una vida distinta, que sigue siendo muy mala, pero al menos ellos le encuentran más sentido. Es una oferta que solo puede funcionar en países desiguales, con sociedades desestructuradas e infancias arruinadas.

Nosotros (El Faro) hicimos un reportaje  junto al New York Times en el año 2015 y la pregunta nuestra era: ¿Cuáles son las finanzas de la Mara Salvatrucha en El Salvador? Pudimos detectar a través de escuchas telefónicas, expedientes judiciales y entrevistas con líderes pandilleros que en un año la Mara reunía alrededor de 33 millones de dólares, principalmente por la extorsión. La Mara Salvatrucha tenía, en ese momento, cerca de 40 mil miembros en El Salvador. Si ese dinero se dividiera entre todos sus miembros le hubieran entregado 62 dólares a cada uno, cada mes. Eso no es ni una tercera parte del salario mínimo del país. Por ende, ese dinero se utiliza para comprar armas, pagar entierros, dar dinero a las viudas, comprar droga para revenderla, etc. Esa es la inversión de la pandilla. No hay, al día de hoy, un pandillero en El Salvador que viva la vida de forma suntuosa y con grandes lujos. La pandilla es una expresión para buscar el sentido de la vida y muchos jóvenes, lamentablemente, encontraron ese sentido formando parte de ellas. 

— En Colombia y México se crearon una serie de signos estéticos alrededor de la imagen del narcotráfico. Existe, además de la coerción de la violencia, un entramado de códigos culturales atravesados por la figura del narco llamada “la narcocultura”. Pero viene de la violencia hacia la cultura. ¿Quizás la pandillas vienen de lo cultural hacia lo violento? ¿El camino es al revés? 

— Al menos en los inicios. Cuando la Mara Salvatrucha comienza en el sur de Los Ángeles, eso era definitivamente así. Los primeros pandilleros se hacían llamar Stoners, porque el nombre del grupo era Mara Salvatrucha Stoners. 

Mara en El Salvador es un coloquialismo para decir “grupo de amigos”. Ahora mismo ya nadie lo ocupa porque tiene otra connotación, pero Mara es como si en México digás “la banda” o en el país Vasco digás “la cuadrilla”. Y Salvatrucho es un gentilicio coloquial que adoptamos en El Salvador desde las luchas de independencia en Centroamérica. Cuando ellos se nombran Mara Salvatrucha, a principios de los setenta, no tenía una connotación negativa. Era un grupo de amigos conformado por migrantes, hijos de migrantes y jóvenes que habían sido combatientes en la guerra civil que se encontraron allá y se reunieron para defenderse de otras pandillas. 

Se unen alrededor de símbolos como el Heavy Metal y empezaron a escuchar bandas como Iron Maiden. De ahí proviene, por ejemplo, parte de toda la filosofía de “la bestia”, –es como ellos llaman a la muerte–. Es una especie de Valhalla (cultura vikinga) o de Huitzilopochtli, como en la cultura mexica. Es un animal que reúne las almas y viene, en sus inicios, de las canciones de las bandas que ellos escuchaban. Luego todo eso se fue convirtiendo en una filosofía de muerte y los pandilleros más jóvenes no tienen ni idea de las raíces de ese imaginario. 

Foto: cortesía

Al principio era un grupo que se reunió alrededor de música, historias y lugares en común, pero poco a poco su entorno, en el sur de California, los fue llevando a convertirse en un grupo violento y a competir para poder sobrevivir entre las pandillas mexicanas, arias –término utilizado por los supremacistas blancos–, negras, entre otras, que tenían mucho más tiempo en la zona. Ya el juego de la muerte empezó y, claro, estos adolescentes venían de una de las guerras civiles más cruentas del mundo. 

Cuando la pandilla regresa a El Salvador vive una “centroamericanización” de la violencia, porque los códigos conocidos en EE UU eran diferentes a los de Centro América. Por ejemplo, un joven que ingresa a la pandilla sabe que no tendrá que bailar ni escuchar un grupo de rock ni nada de eso. De hecho, un joven que decide ingresar a la pandilla en este momento tiene que asesinar a alguien como ritual de iniciación. Sabe que los códigos que se encontrará son de ese nivel de violencia. 

— En el tiempo que estuvo en contacto con Miguel Ángel Tobar, en las reuniones clandestinas que terminaban con el “va, pues, a ver si cuando vengas a la próxima sigo vivo”, ¿qué momento, si recuerda alguno, fue importante para entender que la historia de él era un reflejo de la historia del país?

— Con ese libro mi hermano Juan y yo buscamos algo muy concreto: explicar la historia de la violencia pandillera en El Salvador a través del ejemplo de un don nadie como Miguel Ángel Tobar. Eso es lo que creemos que hicimos en el libro. Creemos que es posible explicar que hay monstruos en el mundo, pero que, al final, son monstruos humanos. Es necesario explicarlo y entenderlo, no justificarlo. Miguel Ángel era un monstruo, asesinó a 56 personas, pero la pregunta que nos hicimos con el libro fue: ¿Cómo lo creamos? ¿Cómo la sociedad creó a ese monstruo? Es lo que tratamos de responder en el libro a través de su historia. ¿Cómo es una sociedad con su gobierno, con su población, con sus instituciones, con la influencia de los gobiernos extranjeros? ¿Cómo nos transformamos en máquinas de demoler vidas, máquinas de deformar vidas? Eso es lo que ha sido El Salvador para muchos jóvenes: una máquina de degeneración. Los ha transformado en máquinas asesinas que ahora, después de sus crímenes, están purgando largas condenas. 

— ¿De qué manera la estructura de la sociedad salvadoreña, desde el aspecto judicial hasta la relación identitaria de sus habitantes, se ha visto intervenida por los grupos pandilleros? 

— Los grupos pandilleros han marcado la pauta en esta sociedad. 60% de la población vive cerca de la línea de pobreza por lo cual, yo me la juego, y te puedo decir que la mayoría vive en comunidades dominadas por la pandilla. Donde la autoridad puede entrar, hacer un operativo y matar tres pandilleros, pero cuando la policía se va quien gobierna es la pandilla. Ella decide si tenés que pagar o no, a qué hora tenés que apagar la luz, a qué comienza el toque de queda, cómo tenés que entrar a la colonia, si se aceptan visitas de afuera o no. 

Ellos implementan la norma de 60% de la población y de mucha más personas que, aunque no viven en la zona, tienen que pagar extorsión por sus negocios. También existe mucha gente que no desciende a esos lugares. Es una pequeña burbuja que no conoce su país y vive en uno que se parece más a Miami que a El Salvador. Viven de su mansión a su casa en el lago. 

Evidentemente en su relación con el estado las pandillas, al no ser grupos con el nivel de influencia política de los carteles, han logrado tener contacto al principio con alcaldes y con policías de los mismos municipios donde gobiernan, pero eso cambió desde el inicio del primer gobierno de izquierda que está en el poder entre 2009 y 2014. El pacto de ese momento con los líderes pandilleros para reducir los homicidios a cambio de beneficios carcelarios le demostró a la pandilla que era posible hablar con las cúpulas políticas. Desde ese momento, de una forma o de otra, no han dejado de dialogar con las figuras políticas del país. con Arena (la derecha), con FMLN (izquierda) –hay videos de la pandilla reunidos con diputados de esos partidos– y también, cuando era alcalde, con el gobierno del actual presidente. Cuando Nayib Bukele fue alcalde de San Salvador hizo un pacto con las pandillas para poder iniciar el funcionamiento de un mercado municipal. 

— En Venezuela, sobre todo en los últimos años, se han creado grupos al margen de la ley conocidos como pranatos y se han establecido “zonas de paz” donde el Estado no tiene poder. ¿Qué resultado puede generar que el Estado, al fallar en la seguridad, le dé un espacio de autonomía a los grupos delincuenciales? ¿Es el inicio de para-Estados? 

— Mira, yo creo que con tregua o sin tregua, ya existe mucha gente en El Salvador que vive en lugares donde el Estado, en todo caso, es un visitante eventual. Llegan un día en forma de policias y soldados, pero en su día a día son estados pandilleros, donde la pandilla impone las reglas. Al día de hoy sigue ocurriendo, por más operativos que hagan. No ha llegado el punto en que se declare, bajo esa lógica que no termino de entender, pero que me mencionás de “estados de paz”, una entrega total de las zonas a los grupos criminales. Tampoco era necesario, porque ya lo tenían. 

Las pandillas también son producto de las pobres decisiones de la clase política salvadoreña. Estaban ahí desde hace mucho tiempo. No era tan complicado aminorar su crecimiento y prever lo que iba a ocurrir si no lo hacían años atrás, pero como en muchos países y como ha pasado en la historia humana repetidas, incontables veces, los grupos criminales son utilizados como un arma política.

El miedo y la violencia generan la necesidad de caudillos: gente que te dice “yo voy a resolver este problema porque sí”. Generan la necesidad de soluciones rápidas y generan una población desesperada que quiere escuchar eslóganes y no planes complejos. Yo creo que esa es la manera en la que se ha utilizado la violencia en El Salvador, en Honduras, en Guatemala y México. Ahora mismo en EE UU: Donald Trump ha hablado de la Mara Salvatrucha 13 en múltiples ocasiones. Los ha catalogado como el grupo más brutal que haya visto. Él sabe que la MS es precaria en EE UU, no es rival del Estado norteamericano, pero al presidente de un país tan poderoso le convenía engordar a su adversario antes de subirse al ring. Eso generaba expectativa en la pelea y convertía su triunfo en un gran triunfo. Si es que lo llega a lograr. 

— Otro problema que, de igual forma, ocurre por la existencia de las pandillas y se acrecienta cada vez es la migración desesperada por las zonas de Guatemala y México. Primero, ¿cuál es la primera razón que tiene un salvadoreño para emigrar ilegalmente? Y, segundo, ¿cuáles son los peligros más notables que puede enfrentar en su camino?

— Hay dos razones principales e históricas que se han ido mezclando: la miseria y la violencia. Eso sin duda alguna. La miseria entendida como la aspiración a tener una vida mejor; un poco mejor, lo que sea. Esa fue la razón principal de las migraciones de los setenta y los ochenta. La otra gran parte del éxodo masivo era la guerra, la violencia, y lo sigue siendo. 

Foto: cortesía

Vos tenés que dividir entre dos verbos: hay mucha gente que emigra –emigrar aquí tiene una concepción económica. Muchos dicen: quiero construir mi casa en El Salvador. Si voy a EE UU y malvivo durante tres años en un agujero en la tierra, puedo ahorrar dinero y construir mi casa y, quizá, luego volver–. Esa es la concepción de emigrar: progresar. La demás gente huye, no emigra. Aquí la mitad de la gente huye y la mitad de la gente emigra. La gente que huye no se quería ir necesariamente, sino que recibieron una amenaza, agarraron lo poco que tenían, cruzaron una frontera con Guatemala, luego otra con México y empezaron a subir hacia el norte.

¿Por qué hacia el norte? Bueno, porque en los años 80 y 70 de la preguerra y la guerra civil, cuando la migración no era tan complicada, se construyeron grandes bolsones de comunidades centroamericanas en EE UU. Entonces, la red social de la gente está allá. Tu primo, tu hermano, tu pariente a quien podés pedir ayuda. La gente del exterior muchas veces se pregunta: ¿por qué no emigran a otro país? Porque en otro país no hay red social. Es decir, la gente que te puede conseguir un trabajo o te recibe cuando llegás sin un peso en la bolsa son los que están en EE UU. Entonces, es natural que la gente siga viajando hacia el norte como la opción para largarse. Yo tengo eso claro desde hace mucho tiempo: mucha gente emigra y mucha gente huye. Son dos tipos de viaje muy diferentes. 

— Su texto Los migrantes que no importan realiza un testimonio colectivo de las crudezas que sufre una persona al emigrar por la ruta Atlántica. Los relatos demuestran, más que una migración, una huída en masa ante el peligro de la muerte. En este caso, ¿qué caracterizó la investigación de la ruta? Y, por otro lado, ¿cuál ha sido la respuesta desde los distintos gobiernos a un problema que lleva años ocurriendo? 

— Nosotros comenzamos la investigación en 2007. Éramos 3 fotógrafos y dos documentalistas y empezamos a viajar durante 3 años con los migrantes. Al inicio pensamos que solo íbamos a cubrir los accidentes en el tren, los asaltos de los grupos de poca monta, las características comunes de un viaje migrante: añoranza, frío y hambre, pero justo en  2007 Los Zetas, que solía ser el brazo armado del Cartel del Golfo, uno de los carteles históricos de México, se separa y se consolidan como una organización criminal aparte. Ahora, al no tener tanto contacto con los productores de cocaína en Sudamérica Los Zetas, rápidamente, empezaron a diversificar los delitos. Necesitaban seguir teniendo ingresos y eran un grupo de matones, solo sabían disparar y asesinar gente. Ven a los migrantes como una posibilidad para trata de personas. Principalmente, trata para explotación sexual. Mujeres que terminaban refundidas en hoteles horribles en el Norte de México, siendo violadas por 10 y 15 hombres cada día. Entienden que secuestrar a un migrante no tiene sentido, porque normalmente viaja sin dinero, pero secuestrar a 30 o a 50 sí, porque la mayor parte tiene un pariente en EE UU que va a darle, al menos, 1.500 dólares para pagarle a un “coyote” que lo ayude a cruzar la frontera. Muchos migrantes cruzan México sin ayuda. Quizás porque hablan el mismo idioma, porque algún amigo le contó la ruta, pero cruzar la frontera con EE UU sin un coyote es casi imposible. Ese dinero es financiado por algún pariente y es el dinero que Los Zetas buscaban. Por esta razón la cobertura dio un giro radical, ya que nos vimos obligados a cubrir crimen organizado. Eso marcó, sin lugar a duda, radicalmente nuestro trabajo en México.

Ahora, con los gobiernos lo que pasa actualmente es una expresión muy clara del trato que el norte de América le da a los migrantes: se les considera basura. En estado capitalista, en un mundo como en el que vivimos, son mercancía barata, son víctimas fáciles.

No son un activo político porque no votan en el país a donde emigran, no son un problema judicial porque no denuncian, consideran a la policía y a las autoridades sus enemigos. No permanecen. Se van, en un mundo donde todo es tan efímero, y siguen avanzando. No denuncian ante organizaciones de Derechos Humanos. Son la víctimas perfectas y los políticos los han olvidado, justamente, por esas razones. Actualmente México, un país que pone cientos de miles de migrantes en EE UU, se ha convertido en el muro de Donald Trump. En un gobierno supuestamente de izquierda. México ha cerrado su frontera sur con militares, han vuelto los operativos y está persiguiendo a los migrantes. Nunca se habían detenidos a tantos migrantes como en este gobierno. Es decir, México se ha convertido en el muro del sur y los países de Centroamérica que mandan a todos esos migrantes, –aprovechándose del sufrimiento de las olas migratorias que mantiene casi que el 20% del PBI de una región empobrecida a través de las remesas–,  en vez de unirse y quejarse por el comportamiento de México, lo que hacen es doblegarse ante las peticiones del gobierno más fascista que Estados Unidos ha tenido y hacen lo mismo que México. 

Guatemala creó algo que se llama “Plan Gobernanza” que consiste en perseguir a los migrantes en el país; El Salvador creó su patrulla fronteriza; Honduras usó antimotines para detener a las caravanas migrantes en 2018 y 2019. Es decir, Centroamérica se convirtió en el Sur que persigue al Sur y esa es una demostración de lo que pasa ahora y lo que siempre ha pasado en el tema migrante. Dos elementos: los migrantes están solos, los gobiernos nunca han sido un apoyo y siempre han sido una mercancía para intercambiar con EE UU y, de esta forma, lograr lo que sea: un préstamo, apoyo para lograr un plan de seguridad, etc. Los migrantes siempre han sido una moneda de cambio para los gobiernos centroamericanos y mexicanos. 

— En el prólogo del libro escribe: “Los migrantes, en sus romerías, nos dejan una lección en mayúsculas. Digámosla: somos sociedades de mierda”. ¿La dinámica migratoria de qué forma ha configurado a la sociedad salvadoreña y, por otro lado, cuál es el nivel de responsabilidad que tienen las pandillas en esta situación? 

— La configuró en todo sentido. Nosotros somos sociedades partidas en dos. El Salvador tiene más de 2 millones de personas fuera de las fronteras. Somos 6.8 millones en total. Hay gente en Milán, en España y la gran mayoría en EE UU. Dividió a las familias, generó una cultura e identidad diferente. El fenómeno de las pandillas es un resultado concreto del fenómeno migrante y de la mala atención a ese fenómeno por parte de los Estados. La dependencia de las remesas ha marcado de manera estructural la economía de países como El Salvador, Guatemala y Honduras. Una de las grandes preocupaciones económicas de la pandemia es que las remesas disminuyan.

Todos esos indocumentados que malviven en EE UU le interesan a estos gobiernos una vez que se convierten en dólares. Le interesan mucho porque saben que colapsaría la economía si esa gente no se jugara la vida para mandar esas remesas. Entonces, todos los sentidos de la vida en Centroamérica han sido marcados por la migración.

— Por otro lado, desde las investigaciones en la ruta Atlántica, hasta los años recogiendo los testimonios de la Mara Salvatrucha, sus trabajos se han caracterizado por tocar temas sensibles en la sociedad. ¿No ha sentido miedo al momento de estar inmerso en situaciones de extrema peligrosidad? ¿Cuál es su forma de protección al entrar en una nueva historia? 

— Yo empecé en el periodismo a los 17 años. Decidí hacer esto. Cubrir violencia en lugares violentos siempre tendrá consecuencias. No solo yo, mis colegas también lo han vivido. Algunos han tenido que salir al exilio después de publicar algún material o, algunos de mis compañeros en el periódico, han recibido amenazas de muerte; pero, yo creo, que la diferencia ha sido: el tiempo y los recursos. Suena muy frío, pero así lo es. Desde que yo empecé a realizar grandes reportajes en 2007 con el proyecto de Los migrantes que no importan, trabajando con El Faro, tenía tiempo y recursos. A mí nadie me pedía que trabajara como en una pizzería y que en media hora tenía que entregarlo caliente o no importaba. A mi me daban meses para hacer un reportaje, años si era necesario. Me daban recursos para viajar, para hacer una estrategia de seguridad que me permitiera penetrar el pueblo comandado por Los Zetas, para hacer una escaleta descendente de fuentes que me llevará a un camino de migajas entre una fuente y otra.

La posibilidad de trabajar con respeto esos temas y de permanecer con la mirada fija ha sido la mejor medida de seguridad en mi carrera periodística. Si yo hubiera tenido que cubrir un partido de fútbol el jueves y tener que cubrir a Los Zetas el viernes seguramente estaría muerto.

Por suerte, pude cubrir a Los Zetas durante tres años; entender su jerga, su lógica, penetrar sus espacios y conseguir fuentes dentro de la estructura, hasta conseguir el testimonio de policías corruptos. Sonará muy grandilocuente pero era una especie de contrainteligencia. Eso se logra si el periodismo vuelve a su esencia y entiende, por más que hayan problemas económicos, –porque El Faro los ha tenido toda su existencia–, que el periodismo para hacerse bien requiere de tiempo y, muchas veces, de gente que pueda mantener la mirada fija en una problemática compleja. 

— Bukele acusa al FMLN (Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional) de tener relación con las pandillas. Incluso, a mediados del año pasado acusó al partido de financiar a las pandillas para atacar a la Policía Nacional Civil. ¿Existe una relación entre el poder político y las pandillas o, al contrario, es una estrategia de Bukele en su afán de reducir la oposición en el parlamento? 

— El gobierno de Bukele se ha caracterizado por rendir muy pocas cuentas públicas. Es decir, explicar muy poco lo que hace. Al día de hoy no entendemos en qué consiste su plan de seguridad. Nunca lo ha presentado. Presentó al inicio unos lineamientos, pero todo eso que dice sobre el “control territorial” es algo que no conocemos con detalle. Por eso es muy difícil analizar si aquello que él menciona en sus discursos tiene un asidero en la realidad o no. Es muy difícil determinar si la reducción de los homicidios es gracias a ese plan que no entendemos o gracias a otros factores. Incluso, a la voluntad de los pandilleros de dejar de matar, como parecen haber demostrado el mes pasado. 

El 9 de febrero –el día que se tomó la Asamblea con militares– porque no le aprobaron, tan rápido como él quería, la posibilidad de negociar un préstamo. Algo que no había pasado ni siquiera, durante la guerra. Los militares nunca habían entrado al Salón Azul. Luego desconoció  a La Sala Constitucional ante el rechazo a las medidas tomadas en la cuarentena por el gobierno y dijo que El Tribunal Mayor, –el encargado de interpretar la Constitución– de El Salvador se había “equivocado” en su interpretación. Recientemente volvió a hacer lo mismo con la Asamblea. La desconoce y transforma un decreto ejecutivo en un decreto legislativo. Es decir, legisla, lo cual no es la función del presidente, sino de una Asamblea Legislativa. 

Foto: Reuters

Bukele ha demostrado que muchos rasgos de la democracia le estorban. Tiene una actitud ante sus votantes, las instituciones y los demás políticos que parece resumirse en este slogan que yo pongo sobre la mesa: aplaudan o no estorben. Es decir, “si son mis detractores es porque son unos idiotas y quieren que la gente muera; si me aplauden es porque saben reconocer lo correcto”. Es un hombre profunda y esencialmente demagogo. Ha liderado y ha logrado un gobierno que no quiere darle cuentas a nadie y hará todo lo posible para no hacerlo.

— En el último año Bukele ha arreciado su discurso populista basado en “Dios, el pueblo, las emociones y los enemigos”. ¿La pandemia podría ser utilizada como un factor para instaurar un autoritarismo? ¿El estado de excepción podría convertirse en la norma? 

— La presión internacional logró que, al menos, reculara un poco. Por ejemplo, La Sala de lo Constitucional falló en contra de la ampliación del decreto ejecutivo en decreto legislativo y Bukele lo acató. Lo hizo insultando a todo el mundo: a la prensa, a la Sala, a los políticos, en una conferencia de prensa, pero lo aceptó. Igual sigue sin acatar el primer pronunciamiento de la Sala en esta cuarentena que, básicamente, le decía que no podía detener a las personas sin criterios reconocibles, que cualquier militar no puede decidir quién violó la cuarentena y llenar centros de reclusión donde mucha gente se ha contagiado y ha muerto. Es un presidente que acató una decisión de la Sala, pero, de igual forma, lleva más de un mes violando las decisiones de la misma Sala. ¿Hasta dónde esto puede llegar? No tengo idea. Pero sí sé que, si se le permite ampliar su margen, ocupará más espacios. Bukele es un presidente que necesita contrapesos y, por ende, siempre está preocupado en pulverizar esos contrapesos. Entiéndase la prensa o los otros poderes del Estado. La pregunta es si lo va a lograr o no y todavía es muy pronto para responderla. 

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