• Un venezolano de 63 años de edad y su hijo de 25 decidieron huir al país europeo en busca de una mejor calidad de vida. Sin embargo, debido a la emergencia por el covid-19, se quedaron sin recursos y sin hogar en Barcelona, España

El avión despegó de Maiquetía. Los recuerdos en el litoral se aglomeraban a la par de la incertidumbre y Venezuela, desde el avión, se alejaba cada vez más. El vuelo transcurrió con normalidad, entre repentinos ensayos de la gravedad marcados por las turbulencias.

Freddy Mendoza decidió huir de Venezuela con su hijo mayor, de 25 años de edad, a España, específicamente a Barcelona. El boleto marcaba fecha del 8 de marzo de este año. El haber vivido en un país en crisis lo preparó para ciertas situaciones, pero el hombre de 63 años de edad nunca imaginó que en su destino tendría que dormir en la calle cuando migrara.

La pandemia por covid-19 desdibujó aquellos sueños de empezar una nueva vida en la que su hijo realizaría sus pasantías de Ingeniería Marítima. En Venezuela esto no era posible debido a que, una vez que el estudiante finaliza la carga académica, debe abordar un buque del Estado y para ello es asignado a una lista de espera, pero en esta no figuraba el nombre del joven.

Situaciones como esa no fueron las únicas que impulsaron su huida al exterior. Una de sus hijas comenzó a estudiar Medicina en la Universidad Central de Venezuela (UCV) con 18 años, y la segunda, con 15 años, cursa el quinto año del bachillerato en Acarigua, estado Portuguesa. Su salario de profesor universitario no era suficiente para poder cubrir los gastos de sus estudios. Era un ingreso mínimo que equivalía a tres dólares y que no le alcanzaba para nada.

Su esposa, quien se tuvo que quedar en el país, también es docente. Por ello, a pesar de que ambos sean profesionales de la Educación, solo percibía lo equivalente a seis dólares mensuales.

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Foto: Freddy Mendoza

Mendoza, sociólogo egresado de la UCV, afirma con orgullo que terminó un doctorado en Ciencias Sociales y antes de migrar a Europa impartió clases en universidades públicas de la ciudad de Acarigua. Sin embargo, sus años de experiencia mermaron con la decadencia de los sistemas educativos venezolanos. La opción era migrar y “probar suerte”, dice. Fue en ese momento que empacaron sus cosas para llegar a Barcelona.

Covid-19 en España

250.000

Casos confirmados

28.368

Fallecidos

150.376

Recuperados

A la familia le preocupó las respuestas negativas que recibían a diario cuando aplicaban para cualquier empleo. Sabían que la situación se había agravado por la crisis sanitaria provocada por la pandemia, pero en cada intento de acceder a un trabajo, les exigían tener los respectivos documentos que reflejaran su legalidad en el país. No los tenían y los días fueron transcurriendo. Alquilaron una habitación en el centro de Barcelona donde regresaban cada noche con menos dinero y la incertidumbre en aumento. 

“El martes 23 de junio tuvimos que entregar las llaves del apartamento donde nos estábamos quedando porque no teníamos el dinero para poder pagar la mensualidad. Desde ese día debemos caminar largas distancias en la ciudad para buscar, todos los días, un refugio donde podamos dormir y recibir comida”, sostuvo Mendoza en exclusiva para El Diario

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Foto: Freddy Mendoza

El sociólogo explicó que debido a la pandemia no pudo solicitar el asilo cuando llegó a territorio español. Dice que la cita online para optar por el ese derecho fue asignada para el 12 de agosto; sin embargo, es una fecha tentativa por los retrasos y la paralización de la los trámites migratorios que ha ocasionado la emergencia sanitaria. Freddy agregó que en Venezuela perdió en dos oportunidades su trabajo en instituciones públicas por estar contra el régimen de Nicolás Maduro

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Recibí amenazas de muerte por denunciar irregularidades en el sistema. En los últimos años sufrí persecución a mi familia por haber expuesto la corrupción en la Universidad Nacional Experimental Politécnica de la Fuerza Armada (Unefa). En el año 2012 me despidieron, pero el acoso siguió hasta este año (2020) por pensar distinto al gobierno”, dijo.

En la búsqueda de refugio

Freddy pocas veces tiene encendido su teléfono. Lo puede cargar solo cuando consigue refugio. Las conversaciones para explicar su situación son breves. Son las 6:00 am y se despierta cerca de la orilla de una playa con un fulminante dolor de cabeza. Enciende el celular para avisar a sus familiares en Venezuela que se encuentra bien. En la noche caminaron durante horas, pero no hubo cupo para acceder a una cama y abrigo. Es el segundo día consecutivo que no ha podido dormir bajo un techo. 

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Plaza en Barcelona | Foto: Freddy Mendoza

El hombre ve el mar que lo separa de su familia, con sus enormes ojeras tirando de los párpados. Se siente devastado e intenta no transmitir estos sentimientos a su propia familia. “No tuve suerte”, dice al notificarle a sus hijas que había ido a las afueras de Barcelona para conseguir empleo.

Fueron al pueblo Lérida, una zona reconocida por la cosecha de frutas, el pasado 30 de junio. Una persona le sugirió que se trasladara al campo, donde era posible que lo contrataran junto con su hijo, pero esto no sucedió. Perdieron el viaje y el poco dinero que les quedaba. Ambos tuvieron que buscar un refugio esa noche. En esa ocasión lo consiguieron durmieron sobre pequeñas camas diseñadas para las contingencias humanitarias. Eran los únicos latinos del lugar. La mayoría eran refugiados africanos y del continente europeo que también se encontraban en la misma situación.

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Tenemos que caminar mucho y es agotador porque llevamos dos maletas grandes con nosotros. Esto es muy duro y si pudiera me iría hoy mismo a mi casa. Esto ha sido frustrante porque hemos tocado todas las puertas posibles. No queremos nada regalado, mucho menos dinero, solo que nos den la oportunidad de trabajar aunque sea de limpieza”, dijo Freddy.
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Su familia lo ha apoyado con la compra online de comida en supermercados de Barcelona para que Freddy y su hijo puedan tener insumos y no dependan de las donaciones de las iglesias de la ciudad. Su sobrina, Johemny Matos Mendoza, emigró a Argentina y contribuye enviando dinero a su tío, pero las consecuencias de la pandemia limita que pueda enviar grandes sumas de dinero. Por ello, Matos busca diariamente fundaciones que puedan ayudar a su familia; aunque asegura que no han podido hallar a una organización internacional que los acoja mientras tramitan el permiso de trabajo.

En España, desde que se decretó el estado de alarma el 14 de marzo debido  a la pandemia por el covid-19, más de 100.000 solicitudes de protección internacional no se han podido formalizar, pues es necesario hacerlo de forma presencial y aunque en ese país se han adoptado medidas de flexibilización, la demanda de trámites es muy alta.

El informe “Las personas refugiadas en España y Europa”, presentado por la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR) en el Día del Refugiado, advirtió que el cierre de las fronteras como consecuencia de la pandemia dejó atrapadas a miles de personas refugiadas en territorios no seguros y quienes no consiguen pedir asilo en países como España deben esperar años, y con pocas opciones.

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No hemos perdido la esperanza y tenemos muchas ganas de salir adelante”, dice el hombre de 63 años de edad.

Freddy, aún en situación de calle y junto con su hijo, lo reconforta saber que su familiares hacen lo posible por buscar una solución. Son las fuerzas que lo empujan a caminar cada mañana para seguir tocando puertas en busca de trabajo. Enfatiza en que no quiere dinero, solo un lugar donde pueda generar los ingresos suficientes para enviarle a su familia en Venezuela. 

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