El salvador es Dalí, pero no Salvador da limosna, no Salvador da líos, sino Salvador da libertad y somos todos dándonos duro. Surreales y sin reales nos toca cantar en coro la fuerza es la unión, a viva voz, sin martillo ni hoz.

Polis a palos y de palos de agua, ciudad luz y ciudad ¡pum!, ciudad de tetas y ojalá más estetas. Caracas es fiebre con vocación de vivaz liebre, ahora está, ahora no está. Sin noche, y a troche y moche, lloramos la mutilación de los sauces llorones; cuando no es la picota en Las Mercedes es en la plaza que pierde la gracia, Atila el que tala, la razzia que esquila. Cabrujas la llamó ciudad quitaipón, ciudad campamento: te demuelo y no lo lamento.

Mutante y matante, tiene el imán del amante para el porfiado y el trashumante. Rimel chorreado y boca despintada es una dama abandonada que esperamos nos amamante. Dolor y amor, Caracas es una creencia posible, una maravilla que no es invisible, míticamente accesible en un valle de ayes y vacías y desportilladas calles que con su gente decente, voluntad de futuro en este presente, vencerá.   

Roca Tarpeya, Foto: José Daniel Ramos

La Roca Tarpeya pelada como una naranja gracias a la magia de la arquitectura se volvió Helicoide; y ahora es cárcel, y uno paranoide. El techo del pasillo de la universidad es capa caída de la tenacidad, que nos recuerda la vulnerabilidad y confirma el sin sentido y el resentimiento de los que no entienden de democracia, sino de rapiña y mezquindad. Ciudad milhoja de seductora heterogeneidad, ciudad cebolla que nos hace llorar, es retablo colonial aquí, reliquias de la modernidad allá, en el rompecabezas con vacantes en la narrativa heterogénea y de pluralidad aprovechable y de fantástica diversidad. La Pastora y el Country, El Hatillo y Maripérez, Catia y San Bernardino, San Agustín y Los Palos Grandes, El Paraíso y El Cafetal, 450 especies de pájaros sobrevuelan la ciudad. ¡Casi su edad! Seguro entre sus cenizas, como pontifica Tulio Hernández, crece el Ave Fénix de la felicidad.   

“¿Caracas, dónde estás?”, se condolería pesaroso el conspicuo nativo enamorado, el amo del valle, el tótem persistente del atrio patrio, que nunca va a saltar del altar. Así le escribiría en 1812 a su tío Esteban, dilecto su consanguinidad: que su amada ciudad era un estropicio. Una derrota. Un olvido. Un dolor de asiduidad. La guerra había sido declarada y se había perdido la primera república, súmese al desbarajuste un terremoto, la naturaleza que a veces se opone o superpone, aquella contra la cual hay que luchar (es un decir suyo, no hay que tronchar ni un árbol más). El guerrero Simón Bolívar, cuyo currículum va de Redentor a Miracielos y de Gloria a Sociedad, suscribe la pena epistolar y es postdata de su puño y letra que la extrañó con toda el alma, angustiado por esta nueva orfandad.

Como Leonardo Padrón ahora, en 2020, cuando compara su decadencia con el desplome de un dinosaurio que cae vencido de iniquidad. En el ínterin, tanta obra y la idea loca de que aquello sobra, parece detenida, también en fuga, en medio de tanto hormigón recalentado y tanta autopista con nombre animal, el pulpo y la araña, y tanta voracidad. Este 29 se cumplen 53 del sismo que enlutó el cuatricentenario y fue tristeza hasta Navidad. Julio y siempre, Caracas es un encefalograma de rumba, furia y temeridad.

Avenida Libertador

La ciudad del borrón y cuenta nueva, heterodoxia e historicidad, la del edificio de estreno en plena crisis y la discutida falta de identidad, ha sido experimento y migración, contraste en cada esquina y poca perennidad. Reflejo bien demarcado de España e Italia en La Candelaria, Bello Monte y en todo restorán, también es evocación de Francia en las balautradas por órdenes de Guzmán, añádase que la bollería y el pan caliente puntual ponen el perfume exquisito las pastelerías de Portugal. Ciudad de arquitectura postinuda y naturaleza voraz que deberían complementarse y no ser impertinente rivalidad, Caracas arisca y pizpireta, pueblerina y coqueta, es un muestrario de joyas para atesorar y una fachada continua de disrupción y universalidad. 

Clima ideal, clímax en verde que revienta en cada intersticio y se abre en el horizonte o como sonrisa vertical, Caracas reaparece entaconada cada tanto y como por encanto y sin duda nos vuelve a enamorar. Es yerba Caracas en la fisura de la vía, jabillo de raíz desbordada en la acera para que no queda duda de que tenemos donde empezar, es oasis esmeralda en el Parque del Este, cueste lo que cueste, diría Burle Marx; y es el rojo estadística del marxismo que se burla arruinando el espacio, con ojos que ven y corazón que no siente, reafirmando el discurso de supuesta felicidad. Hambre en las bolsas de basura, inflación en los bolsillos y economía de usura, cuidado con el rojo, es menos Altagracia y más Peligro a Pelelojo, descaro y posverdad.

Dividida en distritos petroleros que dejaron el Banana Split, los autocines y hoteles de diseño limpio, pero igual con perifollo y pumpá, venida a menos por la crisis diseñada, se echa en falta no el exclusivo frufrú como la prosperidad, no el oro sino la libertad. Extrañamos Sabana Grande como gran café de la ciudad y peña de políticos y poetas que reunían para soñar. Sitiado el bulevar de vitrinas y caminado con algazara y por todos en paz, se mezclaban González León y Pascual Navarro, Garmendia y los republicanos del este, que venían a pontificar.

El Silencio durante la cuarentena. Foto: Fabiana Rondón

Por doquier los artistas trabajaban en este Montmatre tropical sin nieve y donde nunca habrá, mientras el Centro Comercial Chacaíto, a cielo abierto, dialogaba con el espacio público y las librerías Suma, Cruz del Sur y Estelar. Pat Obrien tocaba el piano en la madrugada vital. Y el diseñador parisino de nombre y apellido celestial, inauguraba aquella tienda que ya se volvería global. Como la desconocida aceituna, que a nuestros sartenes de primero vino a dar, llegó a Caracas el new look y aquella moda encinturada inventada por un Cristian de apellido para persignar: oh, por Dior, dijeron todos, el mediterráneo se mudó para acá. 

Se suma la pandemia a la enfermiza voluntad de hacernos no mejores, sino menesterosos de solemnidad. Vaya ejercicio zen, no es ni por asomo un intento de humildad, detrás de todo hay solo ambición de poder y desdén por la integridad. Se les ve en los colmillos que los bigotes tratan de ocultar, en la rabia que espetan a pasto, en la ausencia de decoro y creatividad y, claro, en el mal obrar. El discurso de mala calaña es dardo en la oscuridad que nos vuelve archipiélago, que es zanja y abismo, y nos niega como ciudad: una ciudad es consenso, debate abierto y conectividad, el escenario natural de la pluralidad y los votos de todos a favor de la unidad. No es el caso. No lo ha sido. Vaya fatalidad. Pero que viva la discusión. La idea no es que todos pensemos igual.

La Esfera de Soto. Foto: José Daniel Ramos

Los servicios no son públicos sino que tienen exclusividad, le llega agua con regularidad apenas a 26% de la sociedad. Nos falta también la luz, aunque el Sol nos consiente puntual porque, como todo caraqueño, prendado de El Ávila está. Claro que goza la montaña aquella luz cenital, y femenina y sensual se deja lamer sus curvas y su cuerpazo de beldad. La estrella es fuego en el cielo y su temperatura ardor total; ella ladera y cadera, rubor y coral junto al mar, ya a las cinco de la tarde es loco malva, subido púrpura, derretido verde y azul en continuidad: aquello es un espectáculo, como nuestra aurora boreal.

Es que el sol copia a Cruz Diez, caraqueño de toda caraqueñidad, y vibra como el artista eterno en cada tonalidad. El creador de Chapellín, que pintó con hilos de centella nuestros pasos de cebra y las riberas del Guaire negado con el ánimo de nuestro río de dolores reivindicar, dejó su traza en cada espacio y en cada proyecto como guiño a la ciudad; luego se le plantó al arcoíris en todo el mundo mundial y llegó al fondo del color, que fue filosofía y trama, y su forma de crear, cuando desentrañó sus vibrantes misterios en la retina y en la calle que urge, con besos y bicis, rescatar. 

Ay, la educación, deuda común, tarea pendiente, asignatura por conquistar, su carencia es la perdición y vaya que toca intentar que no fallemos en Historia ni en artes ni humanidad, que no abandonemos el civismo ni olvidemos sumar, la operación más importante si entre todos, como ciudadanos, queremos hacer ciudad. Es una pena muy honda: los niños sin bulto están, ya no corren a sus escuelas, los maestros tampoco van. ¡Cómo crece la deserción en nuestra escolaridad que desde Guzmán y no apenas ahora es obligatoria y concede la gratuidad! 

El edificio del Palacio de las Academias. Foto: JAC

Tanto por realizar, y tantos grupos haciendo rutas, ahora virtuales por no dejar, tantos colectivos buenos enamorados de Caracas y dispuestos a integrar, la ciudad tiene compón ya lo vamos a lograr, en sus 453 todos por Zoom prometieron ver a Caracas como modelo, como tierra abierta para cada anhelo, quien quita si retoma la franquicia como sucursal del cielo. Ciudad Laboratorio, CCS City 450, Ciudad, Laboratorio Ciudadano de No Violencia, Una sampablera por Caracas, Ser Urbano, Esquina de Ideas, y 60 más, convertidos en semilla polinizada en Caracas, moran en Las Acacias, La Florida, Los Chaguaramos, Los Cedros, Las Palmas y en cada nombre de la postal, en cada plaza, cada escultura, cada parque de la cuenca amurallada y que clama solidaria y revolucionaria libertad fraternidad e igualdad, frente a los brazos abiertos del Tamanaco, arriba en las nubes del Humboldt y en el edificio Bonpland. En la Libertador, en la Francisco y en la seductora El Pedregal, asimismo en el Teresa, en la Quinta de Anauco, en los balcones por abrirse, en la Casa Borges y en donde se vencen las sombras, en la Universidad. 

Tengo un sueño, como tú, Marthin Luther King. No es quimera ni es postín, es que la opacidad llegue a su fin y una nueva película comience con todos los hombros y sin tanto retintín. Que las veintidós quebradas de El Ávila sean desembauladas, la paz conquistada, las barriadas conectadas y dignificadas, la ciudad acicalada, las diferencias salvadas, el Guaire desembarazado del remoquete de Dolores del Río, y los edificios de la acera norte de la Francisco, en Los Ruices, sean convertidos por obra y gracias de Onofre Frías en postales/portales de El Ávila que espejearán. Sueño que el drama cesó y Caracas, nunca perdida, es feliz y así documentada. Sueño que cayeron las murallas, el miedo y que todos comemos mango tras reconocer en la fruta el mensaje encriptado: man-go, el hombre se va. Sueño contigo y con Billo y es que yo quiero tanto a mi Caracas.

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