• Que el envejecimiento nos pueda hacer mejores que nunca puede ser el mayor secreto sucio de todos los tiempos

Esta es una traducción hecha por El Diario de la nota Why It’s Good to Be Old, Even in a Pandemic, original de The New York Times.

Ocho de cada diez muertes por la pandemia de coronavirus reportadas en Estados Unidos son de adultos de 65 años o más, según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades. Así que se te perdona si concluyes que es un mal momento para tener más de 65 años.

Pero los 68 años, con mucha sorpresa, me parecen decididamente maravillosos.

¿Cómo, uno se pregunta, podría ser esto cierto? Ser un adulto mayor significa que eres historia. Adulto mayor significa que te estás desmoronando. Adulto mayor significa que tus días están contados. Tomar una actitud tan alegre va en contra de los hechos, especialmente ahora.

Es cierto que la vejez se asocia a menudo con lo negativo: creciente fragilidad, disminución de la independencia, la pérdida de seres queridos y la cercanía de nuestra propia muerte. El covid-19 ha hecho que la vida sea especialmente infernal para casi todos los ancianos. Nos hemos puesto en cuarentena con una inflexibilidad particular, en gran parte apartados de los demás. No hemos asistido a nuestros chequeos y pruebas médicas rutinarias, agravando potencialmente nuestras enfermedades crónicas. Hemos pasado meses sin vernos cara a cara con nuestras familias, mucho menos abrazar a nuestros hijos y jugar con nuestros nietos. Hemos perdido amigos y colegas, y no solo con pesar, sino también con total desesperación sin saber cuándo terminará todo. Yo también estoy asustado, temiendo perder todo lo que aprecio.

Aun así, y quizás contra todo pronóstico, estoy pasando el mejor momento de mi vida. Que la vejez sea algo que pueda hacernos el mayor bien posible en muchos aspectos puede ser el más grandioso y áspero secreto de todos los tiempos. Las investigaciones muestran que los individuos mayores son menos propensos a experimentar emociones desagradables y a retener recuerdos negativos. Las personas mayores son más aptas para enfrentar el estrés, incluyendo esta pandemia, dice Patty David, directora de realización personal de AARP.

En respuesta a la pandemia, he subido de nivel en lo que respecta a mi salud. Ahora más que nunca camino por los parques, me detengo a admirar las flores y a escuchar el canto de los pájaros, y como frutas y verduras frescas para reforzar mi sistema inmunológico. Vuelvo a ver los videos de mi nieta pequeña, Lucía, y trato, aunque rara vez con éxito, de evitar revisar diariamente las malas noticias.

También me comunico más con la familia, los amigos y los colegas, por teléfono y en línea, para preguntarles cómo están y, en general, para mantenerme conectado. Hago lo mismo en encuentros imprevistos en el vecindario con cajeros de banco, cajeros de supermercado, porteros y compañeros inquilinos, quizás porque todo lo que antes era algo normal ahora de repente pasó a ser algo trascendental. Decir y hacer algo amable tiene mucho peso en este momento.

También soy lo suficientemente mayor para saber que nuestras vidas, como toda la naturaleza, van en ciclos. Ahora sé sobre un secreto que nunca descubrí cuando joven, si hoy tengo un mal día, ya sé que mañana es probable que todo se solucione. Nunca me he sentido tan vivo, ni más agradecido de estarlo.

Numerosos estudios en los últimos años coinciden con mis propias experiencias. La felicidad general suele aumentar con la edad, según un informe de 2015 sobre el bienestar psicológico del Centro Nacional de Investigación de la Opinión de la Universidad de Chicago que comenzó en 1972. En 23 de 30 años, las personas de 65 años o más tenían más probabilidades de reportar ser muy felices que cualquier otra categoría de edad. Entre las personas mayores de 65 años en 2014, por ejemplo, 38,5% eran muy felices, en comparación con 35,3% de los de 50 a 60 años, 32,7% de los de 35 a 49 y 30,2% de los de 18 a 34 años.

Las personas mayores reportan sentir mayor satisfacción, felicidad y bienestar -y menos ansiedad, depresión y estrés- según un estudio de 2016 del Centro de Envejecimiento Saludable de la Universidad de California, San Diego, y publicado en el Journal of Clinical Psychiatry. Los participantes de mayor edad registraron puntuaciones de salud mental significativamente más altas que los más jóvenes.

Cuanto más envejezco, más cómodo me siento en mi propia piel, también es a la vez más delgada y más gruesa ahora. He llegado a aceptarme como soy, con limitaciones y todo. Las innumerables incertidumbres que nos afligen cuando somos jóvenes -sobre nuestras identidades, nuestro papel en la comunidad, nuestra filosofía de vida- se han evaporado en gran medida. Ahora sé con absoluta certeza lo que me gusta (la tranquilidad, la soledad, la lectura, el cine, el baloncesto) y lo que no me gusta (el ruido, las multitudes, el hockey sobre hielo).

¿Qué otra ventaja más por ser mayor me atrevería a nombrar? Suelto de mis manos todo aquello que pueda causarme irritaciones perdurables. Empiezo a entenderlo todo, solo que ahora finalmente lo entiendo. Toda la incertidumbre que sentía cuando crecía sobre qué tipo de persona resultaría ser, ahora se ha acabado. Me he convertido más o menos en la persona que evidentemente siempre iba a ser.

Tengo un camino recorrido y por fin ya puedo distinguir lo que me conviene o no. He cultivado una intuición que me hace sentir confiado en cuanto a lo que debo aferrarme (como mi salud, mi familia, mis amigos) y qué debo dejar ir (ansiedad por la pérdida de mi pelo, mis dientes, mi flexibilidad y capacidad de salto). Es como si hubiese tirado mi equipaje y viajara más ligero ahora. Finalmente también entiendo más, pero al mismo tiempo entiendo que no entiendo nada, y que nunca entenderé muchas cosas tampoco.

También es sorprendente que ahora sea más ambicioso que nunca. Cuanto más viejo me hago, más quiero -más abrazos de mi esposa, más conversaciones con amigos, más desafíos como escritor, más almuerzos bajo el sol del verano con un vaso de Chianti-. Trabajar duro nunca había sido tan fácil.

A lo largo de la vida las relaciones estrechas contribuyen más a la felicidad de la gente que el coeficiente intelectual, los genes, la clase social o cualquier otro factor, concluyó el Estudio de Harvard sobre el Desarrollo de los Adultos. Las personas que estaban más satisfechas en sus relaciones a los 50 años, eran las más saludables a los 80, dijo el Dr. Robert Waldinger, director del estudio, psiquiatra del Hospital General de Massachusetts y profesor de psiquiatría en la Facultad de Medicina de Harvard. En consonancia con esa idea, Erik Erikson, el psiquiatra pionero que dedicó su carrera al estudio de las etapas de la vida, dijo una vez: Nos necesitamos mutuamente, y cuanto antes lo sepamos, mejor para todos.

Entonces, ¿por qué, dados estos descubrimientos, me importaría envejecer? ¿Y cómo puedo justificar el quejarme de ser mayor cuando eso significa que sigo vivo?

Ayuda, por supuesto, que tengo la suerte de tener salud, suficiente dinero (más o menos) y una familia inmediata cariñosa. También ayuda el hecho de que ya de adulto  nunca he  pensado en mi edad, por lo tanto, particularmente, tampoco la he fingido. Un informe de la AARP encontró que 57% de las personas de 60 años o más, en realidad se sienten más jóvenes de lo que son, en comparación con solo 42% de los encuestados de 40 a 59 y el 27% de los de 18 a 39 años.

Permítanme reconocer también, por cierto, que de ninguna manera soy en ningún sentido viejo viejo. Ese término pertenece en gran parte a los mayores de 80 años, el grupo demográfico de más rápido crecimiento en el mundo. El número de estadounidenses mayores de 100 años saltó un 44% de 2000 a 2014, según el C.D.C. Así que por favor no duden en llamarme de mediana edad extrema o – mejor aún – joven viejo. Soy joven y viejo, todavía estoy a años de coquetear con la antigüedad. Mi edad es más como un susurro de advertencia, aún no es una campana de alarma.

Por muy loco que suene, nada en mi vida hasta ahora me ha hecho más feliz de haber vivido tanto como la pandemia del coronavirus. Para mí, ser mayor significa celebrar la longevidad ganada con esfuerzo. Significa abrazar nuevas oportunidades como pionero en las fronteras del envejecimiento. Significa negarse a leer e interpretar la partitura y decirme a mí mismo que con estos 68 años ya soy demasiado viejo como para aprender italiano y que es demasiado tarde como para escribir otro libro.

No, mi idea es que voy a ser fuerte. Pero eso vendrá después. Ahora mismo estoy ocupado tomando un segundo aire para mi tercer acto.

Bob Brody, consultor y ensayista en la ciudad de Nueva York, es el autor de las memorias Playing Catch with Strangers: Un hombre de familia (de mala gana) llega a la mayoría de edad

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