• Estar soltero a los 30 años puede ser como esperar para entrar en un club popular, sólo para entrar y pensar: ¿De ésto es lo que se trata?

La gente te trata diferente cuando estás soltera. No todos, no todo el tiempo, no siempre abiertamente, no necesariamente de forma poco amable. Te preguntan por qué nadie te ha tomado, te ofrecen citas a ciegas, te sientan en la mesa de solteros en eventos formales. Algunas personas embarcadas a última hora te extienden invitaciones para cenar.

Te hacen sentir como si no fueras la norma, a pesar de que los datos del censo de EE UU nos dicen que la soltería es, de hecho, cada vez más la norma.

Cuando era niña, pertenecía a una comunidad de inmigrantes que veía el matrimonio y la maternidad como el principal objetivo de la mujer en la vida. Las historias a mí alrededor estaban llenas de bodas con finales felices: Amigos, Sexo en la Ciudad, Full House. Cada serie. Cada comedia. Orgullo y Prejuicio, Mujercitas, cada cuento de hadas. Brangelina, Kim y Kanye, ese gran interés de los americanos por las bodas reales británicas.

Hice las cosas típicas: fui a la universidad, trabajé, hice amigos, salí, conocí hombres en bares, en la escuela, en la oficina. Conocer gente era fácil; forjar relaciones era difícil. Era el principio de la década de 2000 en Los Ángeles, un lugar donde parecía que todos querían mantener sus opciones abiertas. Con frecuencia me encontraba en el purgatorio de las relaciones, viendo a alguien pero no saliendo realmente, saliendo pero no en una relación, o en una relación pero no una con futuro.

Fue por esta época que mi hermana menor terminó la universidad y anunció su compromiso. Estaba a punto de mudarme al extranjero para asistir a un programa de MBA. Los comentarios “típicos de las tías” se volvieron más puntuales en mi vida. «¡No esperes demasiado!» se burlaban, bromeando pero no realmente. Desde su punto de vista, yo estaba dedicando tiempo a las prioridades equivocadas. A los 26 años de edad, necesitaba ir al grano.

«¿Todavía estás planeando ir?», me preguntó mi madre.

Aquí hay otra cosa que sucede cuando estás soltero: tu tiempo y tus planes se perciben como menos fijos y menos válidos que para las personas que están casadas.

Se espera que hagas largos viajes para ver a tus seres queridos en las vacaciones o que te quedes más tarde en el trabajo cuando tus colegas necesitan recoger a sus hijos. Con la boda de mi hermana en el horizonte, se daba por sentado de que no me perdería nada de lo previsto para el feliz evento.

Me fui a Europa de todos modos.

Cuando viajé a casa para la boda de mi hermana, el agente de aduanas se confundió por mi bolso de mensajera arrugado con dos mudas de ropa.

«¿Eso es todo lo que tienes?», dijo.

Nunca me he sentido menos agobiada antes o después, empacar tan liviano me hizo sentir como si estaba flotando, con muchas ganas de volver a mis aventuras.

Durante el año siguiente aprendí sobre nuevos temas, viajé a una docena de países, practiqué otros idiomas, vi una ópera en la escalera de un castillo, fui de excursión al Monte Kilimanjaro, conduje la aterradora rotonda del Arco del Triunfo.

También fue un año en el que experimenté avances agresivos por parte de mis compañeros de clase, «charlas de vestuario» salpicadas de conversaciones informales y un flujo constante de sexismo y de explicaciones masculinas. La idea de salir con alguien nunca se había sentido más desalentadora o menos atractiva.

Cuando regresé a California, descubrí que muchos de mis amigos se habían establecido en relaciones serias que iban rumbo al matrimonio. En ese momento, había dejado de creer que se necesitaba de una pareja para sentirse realizado en la vida, pero seguía pensando que me faltaba algo fundamental – pensaba que no  era lo suficientemente buena, atractiva, agradable o algo suficiente – en comparación.

Amigos, parientes, conocidos e incluso extraños señalarán con cortesía lo que a usted, como persona soltera, parece faltarle. Una amiga mía fue a ver a un médico por una cuestión de salud mental y su receta fue que necesitaba un novio. Los parientes bienintencionados la instaron a ir a la iglesia para encontrar un hombre, aunque ella es agnóstica.

Me han dicho que soy demasiado exigente, que no me estoy volviendo más joven, que debería salir más, tener que luchar por el amor, y que debería buscar un chico más atractivo y menos atractivo, más nerd y menos nerd, más asertivo y menos asertivo.

Hombres que apenas he conocido o que no he conocido en absoluto me han dicho que debería usar más maquillaje, cambiar mi actitud, hacer más abdominales, vestirme de forma diferente, sonreír más. Lo he escuchado en primeras citas, caminando por la calle mientras estoy en mis asuntos, y en medio de conversaciones sobre temas totalmente diferentes.

Es extraño que siga buscando a la persona «correcta» mientras me opongo a la expectativa de hacer justamente eso. Seguí conociendo gente: horas felices, grupos de encuentro, citas online. Probé cosas nuevas: ¡Baile de salsa! ¡Paseos en patineta! ¡Espeleología! Pasé tiempo en amistades, pasatiempos, aventuras.

Entremezclados con las cosas divertidas había momentos tristes y solitarios, malas relaciones y dolorosas rupturas, pero ya no creía que me faltaba, a pesar de las señales que seguía recibiendo de los amigos, la familia, la sociedad. La vida se sentía bien, satisfactoria y plena. No tuve que esperar a que alguien más creara mi «felices para siempre».

A mediados de los 30 me había mudado a Austin, Texas, y mis padres se preocupaban por mí a distancia. Sus vidas no habían sido fáciles y sólo se tenían el uno al otro para apoyarse. A mi padre le preocupaba que no tuviera a nadie que me cuidara. ¿Y si me enfermaba? ¿Y si necesitaba ayuda?

Mi madre, desconcertada por mi incapacidad de encontrar a alguien, dijo: «¡No es como que si ella tuviera tres cabezas!»

Salí con más gente. Citas de café que se esfumaron más rápido que la espuma de un capuchino. Una cita de hora feliz en la que bebí demasiado con el estómago vacío y compré una ronda para el bar. Una cita para cenar con alguien que se excusaba para contestar el teléfono. Una relación con alguien que no estaba listo para comprometerse. Una relación con alguien que suspiraba por una ex.

Y luego, una relación que funcionó.

No había ninguna magia, ningún despertar del alma, ningún cálculo personal, ninguna razón clara y ordenada de por qué funcionaba donde los otros no lo habían hecho. Conocí a un hombre que es un ser humano encantador. Encontramos intereses y química compartidos. Nos tratamos con amabilidad y respeto. Estoy segura de que si lo hubiera conocido años antes, o años después, el resultado habría sido el mismo: nos casamos.

Soy la misma persona, viviendo en el mismo lugar, haciendo el mismo trabajo, con los mismos amigos y los mismos hobbies. No había nada peor de mí antes. No hay nada mejor en mí ahora. Y aún así, la gente que me trató de soltera con curiosidad, lástima o desprecio ahora es más cálida y acogedora conmigo. Es como si me hubiera unido al club.

Me hacen menos preguntas sobre mi vida personal. Mi esposo y yo somos invitados a salir con otras parejas. Se acepta sin preguntas ni quejas cuando decido quedarme en casa para las vacaciones en lugar de viajar para visitar a la familia. Los pretendientes no deseados se frenan con las palabras «Estoy casada» cuando un «No, gracias» no era adecuado antes.

¿Qué dice realmente el status legal de una persona sobre si misma? ¿Confiere validación? ¿Le hace parecer más normal? ¿Dibuja nuevos límites a su alrededor? ¿Le hace parecer más seguro?

Amo a mi pareja y disfruto compartiendo nuestra vida diaria, pero el matrimonio, esa cosa que se enseña a las jóvenes a venerar, no ha transformado mi vida. Es más parecido a tejer nuevas hebras en un tapiz existente que a dejar un patrón monótono por uno más colorido.

Cuando vivía en Los Ángeles, solía salir con amigos y hacer cola durante horas para entrar en algún club nuevo y exclusivo, sólo para finalmente entrar y descubrir que no había mucho que hacer dentro. La presión social con respecto al matrimonio se siente así, un énfasis en pasar por la puerta sin preocuparse lo suficiente por lo que hay más allá.

Nuestras experiencias varían. Sólo puedo describir la mía. Castigamos y recompensamos a la gente por lo bien que se ajustan a nuestros ideales sin siquiera darse cuenta. Nos castigamos cuando las cosas que nos dicen que queremos nos impiden apreciar y disfrutar las cosas que tenemos.

Alguien puede leer esto y encontrar mis pensamientos obvios, trillados, anticuados. Alguien puede leer esto y pensar que me he perdido en la vida. Lo estoy escribiendo de todas formas, por las veces que he pensado: «Tal vez estoy imaginando cosas» y «Tal vez tienen razón» y «Tal vez hay algo malo en mi vida».

Lo que le digo a mis amigos que se sienten presionados por la familia o la sociedad mientras navegan por las citas, las relaciones o la vida soltera, y a los que se les ha dicho que de alguna manera están menos que enteros porque están solos es que: No lo están. Una vida plena y significativa nos pertenece a todos, no se requiere una boda.

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