• El equipo de El Diario conversó con el diputado Renzo Prieto, liberado el 31 de agosto. Su vida, desde los linderos de las montañas andinas, hasta su vocación por el otro ser humano, ha estado marcada por el totalitarismo del régimen 

Renzo David Prieto Ramírez tiene una barba hirsuta que se fue alargando durante el tiempo que estuvo en la cárcel, pero con una sonrisa que no se apacigua y aparece para mostrar un vestigio de esperanza y lucha. Es la segunda vez que sufre las calamidades de la persecución política. Su tono de voz se caracteriza por la sonoridad del acento andino, aquel que se arraiga en la tradición del páramo y la familia, para narrar su experiencia en una celda de 2,40 metros cuadrados sin luz solar.

Lo detuvieron el martes 10 de marzo de 2020 en The Hotel, Caracas. Una comisión de las Fuerzas de Acciones Especiales (FAES) lo interceptó en la salida del hotel. El pidió la razón de su presencia. Ningún funcionario respondió y, para evitar la aprehensión de otros diputados, Renzo decidió irse con ellos. 

Comenta en exclusiva para El Diario que entre las paredes de la celda, con una oscuridad perenne, donde los días y las noches son lo mismo, sin distinción, ni luz posible, pensaba en la promesa incumplida a su sobrino. El jueves 12 de marzo viajaría a San Cristóbal, ciudad natal y núcleo familiar, para celebrar su cumpleaños. Los dos tenían la emoción de otro encuentro para jugar fútbol en la cancha cercana al hogar tachirense, para estar juntos, para sentir, una vez más, el calor de la cercanía, pero todo fue interrumpido por el régimen. Renzo no pudo comunicar su ausencia y, con la estoicidad del cumplimiento de toda promesa como un pacto irrompible, sintió pesar durante su encierro. “Eso fue lo que más me afectó en esa situación: el haber incumplido y haberles quedado mal en esa oportunidad”. 

Durante cuatro meses esperó en una celda de la sede del FAES en la Quebradita de San Martín, Caracas, para ver un rayo de sol. El 15 de julio salió para dar sus datos personales. Aprovechó, como nunca antes, para sentir el toque de los rayos hasta la insolación por tanto tiempo encerrado en la oscuridad. Nunca pudo hablar con su familia. Tampoco se enteró de lo que ocurría en el mundo. Estuvo secuestrado, sin razón y sin motivo, hasta el 31 de agosto de 2020.

En la conversación se cuelan distintas voces, algunas son cercanas que se ríen al verlo nuevamente en libertad, otras de vecinos, quizás, que lo ven al pasar y celebran con bendiciones su regreso. La familia es el principio y el fin en la vida de Renzo. Su primera preocupación y la razón principal de su trabajo, además de la insistencia de apoyar y ayudar al otro, más allá de las aspiraciones políticas. Por eso, al caer nuevamente en manos de las fuerzas represivas del régimen, sintió que dejaba atrás las promesas hechas a su familia.

La familia como el centro de Renzo

Renzo Prieto nunca imaginó estar involucrado en la política. Mucho menos ser diputado de la Asamblea Nacional. Sus aspiraciones, mientras cursaba el bachillerato en La Grita, estado Táchira, en el liceo Ángel María Duque, estaban dirigidas a la vida militar y al deporte. El uniforme verde oliva es un elemento que, muchas veces, se relaciona con la idiosincrasia tachirense por la tradición que representa y la figura que a través de la historia ha sido recurrente en los mandatarios andinos. A su vez, Renzo sintió una inclinación ante la rigidez de la moral militar, pero después, con la corrupción de las instituciones y el empobrecimiento del uniforme, dejó atrás ese sueño. 

El deporte es una enseñanza de su padre. Un lineamiento que le ha brindado, al igual que a sus hermanos, la importancia de la disciplina y la proactividad. “Nos inculcó el deporte en la sangre”. Lucas Prieto, su padre, siempre lo llevó a todos los eventos deportivos de la zona. Desde pequeños, tanto él como Jorge, Omar y Carolina, -sus hermanos mayores-, participaron en distintas competencias de atletismo. Luego, el deporte fue el primer punto de conexión de Renzo con la comunidad: organizaba torneos de ajedrez, fútbol y voleibol. 

Foto cortesía Renzo
Foto cortesía

Su primera incursión política ocurrió al finalizar el bachillerato. En quinto año decidió participar en el Centro de Estudiantes. Comenta que no era por aspiración política, tampoco por el delirio de participar en las pomposidades del discurso, sino que, simplemente, por la necesidad de contribuir en el mejoramiento del liceo y poner su “grano de arena”.

En ese momento, luego de hablar con todos los compañeros y presentar su propuesta, antecedido por una reputación intachable, resultó electo como presidente del Centro de Estudiantes con 80% de los votos. Pero nunca ejerció como tal, porque, al poco tiempo, un compañero con claras aspiraciones políticas le pidió la presidencia y le cedió el puesto de vicepresidente a Renzo. Él aceptó porque su fin no era el título de presidente, sino la oportunidad de establecer cambios y mejoras. 

Después de la adolescencia en La Grita, donde cursó su etapa de educación media, Renzo quedó en el tercer puesto de la prueba de admisión para la Universidad Experimental del Táchira (UNET). Decidió estudiar para convertirse en técnico superior universitario en entrenamiento deportivo. En los primeros años de la carrera estuvo alejado del menester político, pero en los últimos semestres, cuando la realidad del país empezaba a demostrar las falencias del sistema y el chavismo mostraba el rostro de la demagogia, decidió participar en la organización Resistencia Nacional JAVU.

En este instante, mientras la llamada tiene algunos cortes y la voz de Renzo se pierde entre la interferencia, comenta que uno de los signos importantes para su inclusión en la organización fue el reconocimiento de la separación familiar por razones políticas. Incluso, entre sus familiares, caracterizados por una unión sin precedentes, se notaban las resquebrajaduras provocadas por el chavismo. 

Se graduó en 2012, pero continuó apoyando los proyectos del Movimiento Estudiantil. En 2013 el conglomerado de la oposición reconoció el trabajo realizado por la organización JAVU y decidió ofrecerles su apoyo para los puestos de concejales en el municipio Cardenas, aledaño a San Cristóbal. A Renzo lo tomaron en cuenta para la elección, pero rechazó el puesto. No veía necesaria la parafernalia política para su objetivo social. 

La búsqueda de Renzo siempre estuvo marcada, bajo el ejemplo de su padre, por la creación de una autonomía social. Sus discursos, comenta, solo relucían en eventos deportivos y nunca, siquiera, pensó en la política como una carrera factible. Era una curiosidad. 

La persecución que lo llevó a El Helicoide

Renzo, así como nunca imaginó ser político, tampoco pensó que su activismo lo llevaría a prisión. Todo comenzó en 2014. La realidad del país se volvía un cúmulo de temores, zozobras y falencias. El expresidente Hugo Chávez había muerto, aunque se mantenía deambulando en el imaginario social a través de la propaganda y los ojos repartidos por la ciudad, como miradas vigilantes, y Nicolás Maduro era su sucesor.

El 4 de febrero de ese año las universidades del estado Táchira tomaron la decisión de protestar en contra de la apropiación de la fecha y la falsa celebración de un momento oscuro de la historia nacional. A las pocas horas la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) reprimió la protesta. Renzo decidió ir a su casa, pero en el camino recibió la llamada de algunos compañeros. Estos le comunicaron la detención de algunos jóvenes. Él regresó e intentó abogar por su liberación. 

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Foto cortesía

Al día siguiente se realizó una segunda protesta para exigir la liberación de sus compañeros. Entre la confusión de las balas de goma, el humo lacrimógeno y las piedras como única defensa los estudiantes descubrieron la presencia de algunos funcionarios infiltrados. Los apresaron para realizar un cambio por sus compañeros detenidos. En ese momento, Karla de Vielma, esposa del exgobernador chavista José Vielma Mora, conversó con los grupos estudiantiles para lograr un acuerdo. Renzo fue una de las voces principales y quedó reconocido ante el aparato ideológico y represivo del chavismo. Los meses siguientes serían de persecución. 

Viajó a Mérida para estudiar en la Universidad Pedagógica Experimental Libertador (UPEL). Recibió amenazas por redes sociales. La familia lo llamaba desde San Cristóbal para comentarle que lo estaban buscando y que no regresara a la ciudad porque su vida peligraba. El régimen lo catalogó de “terrorista” y, desde ese instante, la vida de Renzo se caracterizó por la cautela. Dormía en casas distintas y el dinero se le agotó. No podía volver a su hogar, a su familia, al abrazo cálido de las tardes y las conversaciones de hermandad. Luego, decidió viajar a Caracas, pero estuvo durante algunos meses resguardado en distintas casas, de distintos estados, para desviar la atención de las fuerzas policiales que lo perseguían. Como si de un delincuente altamente peligroso se tratase. Era, simplemente, un joven que decidió levantar la voz ante la injusticia. 

¿Cómo fue el 10 de mayo de 2014? 

—Ese día sentía temor a ser detenido. No quería salir, no quería moverme, pero lo hice por los compañeros que estaban tras las rejas. Horas después terminé siendo parte de la larga lista de presos políticos en Venezuela. 

Ese día la sensación de temor era un fardo pesado que se acomodaba en la espalda de Renzo. Un amigo, mientras caminaban por Chacaíto, le comentó: “Nos están persiguiendo”. Él lo sabía. Había visto la camioneta doble cabina, sin placas y vidrios ahumados, pasar varias veces. No sabía qué hacer. Era una ciudad amplia y desconocida, en un momento donde cada paso era incierto y el peligro se asomaba por momentos. Decidió seguir el camino a Las Mercedes.

El centro comercial Tolón, diagonal a la plaza Alfredo Sadel, era su destino. Ahí, comenta, estaría seguro y, de alguna forma, hubiera podido escaparse. Caminó desde Chacaíto hasta Las Mercedes, mientras sus ojos se perdían entre los carros y la gente que caminaba. En un momento, a una cuadra del centro comercial, pensó que la persecución había terminado y podría llegar a resguardarse. Pero, en ese instante, lo interceptó un carro blanco, sin placas. El copiloto se bajó, puso el cañón de la pistola frente a su rostro y le gritó: “quédate quieto”, seguido de una grosería que Renzo no quiere mencionar. 

Su instinto primario fue correr como nunca antes. Cruzó la avenida principal de Las Mercedes sin mirar para los lados y una camioneta negra lo chocó. Él saltó sobre el capó para evitar el golpe. Cuando volvió a sentir el asfalto bajo sus pies siguió su escapada. No sabía para dónde ir. El Tolón era el único objetivo posible. Ahí hubiera podido perderse, pero las calles aledañas estaban repletas de civiles armados y su rostro, con la barba negra y el cabello largo, era reconocible a leguas de distancia. Escuchó el sonido de varios disparos mientras corría. Ahí venían en el carro blanco sus perseguidores. No sabía si eran funcionarios, colectivos, secuestradores. 

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Eran las 3:00 pm. Renzo lo recuerda con especial detalle, aunque comenta que nunca ha conversado sobre este suceso de forma pública. Las calles cercanas al Tolón estaban abarrotadas de efectivos y hombres armados. No tenía escapatoria. Sentía que si seguía corriendo le iban a disparar. También, además, presentía que si nadie reconocía su detención podría haber terminado en las caminerías del río Guaire o en alguna cuneta de la autopista Francisco Fajardo. Se detuvo y la sombra de los perseguidores se agrandó hasta que ningún rayo de sol fue capaz de atravesar la pared de oscuridad. La libertad se diluía entre las manos de Renzo Prieto. 

Lo tiraron al suelo. Lo golpearon y, luego, lo montaron en una camioneta negra. Ninguno tenía credenciales ni uniforme. Todos estaban vestidos de civil mientras lo apuntaban. Él respondía con entereza: “¿Quiénes son? ¿Por qué me llevan?”. No recibía ninguna respuesta, solo insultos y amenazas. 

—¿Y tú quién eres? ¿Cristo? -exclamó uno de los perseguidores. 

—No soy el hijo de Dios, pero me dicen “Cristo” -respondió Renzo, luego de pensar por un rato su respuesta.

El copiloto al escucharlo sacó su teléfono y realizó una llamada. “Jefe, tenemos una sorpresa. Atrapamos a Cristo”. Renzo era el premio de ese momento para los organismos de represión. Todos querían “su cabeza” para colocarla como trofeo. En ese momento el Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin) fue el ganador. No supo el nombre de sus captores hasta que llegó a El Helicoide, sede oficial del Sebin en la Roca Tarpeya. Lo que un día fue la muestra de la modernidad, ahora, después de tantos años, es la mazmorra más grande del régimen. 

Cuatro años en El Helicoide

El 12 de mayo fue la audiencia de presentación. Se le imputó la fabricación de armas y los delitos de tráfico de droga, instigación pública, obstrucción de vías públicas y asociación para delinquir en la modalidad de delincuencia organizada. 

Su hermano mayor, Jorge, lo encontró tranquilo en la primera visita. Renzo había reconocido que la razón para estar ahí, encerrado, era su posición de firmeza ante un régimen totalitario. Su familia sufrió el chantaje del régimen. Su hermano tuvo que dejar su puesto como funcionario público en una institución deportiva porque era incitado, constantemente, a declarar contra Renzo. Jorge se mudó a Caracas para ser el guía y acompañante de su hermano menor. 

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Estaba en una celda general, rodeado de diputados, estudiantes, militares y policías que estaban encarcelados por razones políticas. Incluso compartió durante un tiempo con un grupo de musulmanes trinitarios a quienes acusaron de terroristas. Su historia es la de la inocencia en un contexto plagado de malas acciones: al llegar a Venezuela para visitar la Mezquita de Caracas un grupo de funcionarios policiales los invitaron a un polígono de tiro. Ellos pensaron que era un paseo vacacional. Los grabaron disparando y con las armas en la mano. Luego, a los días, fueron encarcelados junto a sus hijos y esposas. Sus familias fueron liberadas, pero ellos, en cambio, pasaron 3 años presos en El Helicoide.

En 2015 la familia Prieto, con el apoyo de Patricia Ceballos, comenzó la campaña para elegir a Renzo, conocido como “Jesucristo”, como diputado. Él no se enteró de todo el proceso porque las visitas eran esporádicas. 800 kilómetros lo separaban de su familia. Esta vez decidió participar a nivel político porque, aunque reconocía que el régimen no respetaría la inmunidad parlamentaria, podría trabajar por el país al momento de salir. Y así fue.

El 6 de diciembre de 2015, con 67,61% de los votos, Renzo Prieto resultó electo como diputado suplente a la Asamblea Nacional, en el mismo circuito que Gabriela Arellano. En esas elecciones Rosmit Mantilla y Gilberto Sojo, presos políticos para el momento, fueron liberados al ser elegidos como diputados suplentes. El único que siguió preso por tres años más fue Renzo, hasta su liberación el 2 de junio de 2018. 

Este recuerdo amargo sobre retorno a la cárcel, sin razones ni motivos, significó un quiebre moral para Renzo. Una vez más el régimen interrumpió su vida. Estuvo en la sede del FAES en San Martín, Caracas, desde el 10 de marzo de 2020 hasta el 31 de agosto, cuando recibió el indulto. Cinco meses y 21 días sin ver a su familia. Sin luz, en plena oscuridad. En medio de una pandemia por covid-19. Ahora, luego de ser liberado, espera continuar con su labor incansable por el bienestar y estabilidad de Venezuela. Además, desea regresar lo más rápido a su casa en San Cristóbal para reencontrarse con todos sus seres queridos y poder, una vez más, disfrutar de lo que le arrebataron durante tanto tiempo. Espera cumplir con la promesa que dejó en espera.

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