Cada célula, cada microorganismo, está destinado a desaparecer. Quizá para transformarse en algo más. El ciclo de la vida guarda un único propósito: nacer y morir. La cuestión es la inteligencia, que surge de a poco y se ve incentivada en esos momentos de ocio consecuencia de la comodidad –no olvidemos que, por ejemplo, el lenguaje podría haber surgido a partir del descubrimiento del fuego y la utilización de este para cocinar la carne y las verduras; de ese modo, se masticaba menos y en el caso de ciertos vegetales, como tubérculos y raíces, la cocción degradaba el almidón, ayudando en una digestión más rápida; así se ahorraba energía para ser utilizada en otras actividades–. 

La inteligencia, eso sí, trae acarreada no solo la identificación y análisis sobre el medio circundante y los demás individuos sino la autoconciencia. Al observar las secuelas que el paso del tiempo producía sobre el entorno, el ser humano entendió que todo lo que era, todo lo que había ganado emocional y mentalmente durante el transcurso de su vida, perecería. ¿Pero era lógico dejarse vencer por la muerte? Lógico, no. Era natural. Los suicidios –la autodestrucción absoluta, una manera descarriada de apurar lo inevitable al no poder concebir la realidad tal cual es– sirven para sobrellevar la carga negativa, la tristeza y la depresión. Pero también, sabemos, se crearon las religiones, el mítico opio del pueblo, que cimentan sus bases en otorgar una vida, o existencia, eterna para tranquilizar la certeza de la finitud.

Hoy, el miedo a la muerte, con milenios de distancia de ese primer homínido que entendió que él mismo existía, acabó encontrando nuevos caminos. Y nuevas posibles soluciones. La búsqueda de la trascendencia, la preservación a toda costa, es uno de ellos, reflejada en el mundo digital que nos rodea día a día.

Archive

El tópico de la Inteligencia Artificial sufre un bienvenido reciclaje en el Archive, dirigida por Gavin Rothery (supervisor artístico de la película Moon, de Duncan Jones, y los videojuegos de El Señor de los Anillos, además de diseñador gráfico) y protagonizada por Theo James (la saga Divergente, Sandition). Curiosamente, la premisa de la cinta apareció cuando, en 2011, las dos computadoras hogareñas de Rothery fallaron perdiendo todo lo que guardaba para la agencia de publicidad en la que trabajaba por aquel entonces. En medio del caos, nació la idea sobre una historia acerca de la pérdida, el amor, la resurrección y una entidad virtual que se vuelve consciente de sí misma y busca suicidarse.

La paleta de colores en Archive no va más allá de la monocromía y algunos toques plateados y fríos, donde resalta el resplandor rojo, naranja o amarillo de las luces de emergencia pertenecientes a cualquier base automatizada. Los paisajes reflejan la calma: caminos, bosques y montañas nevadas, corrientes de agua, lagos y saltos. La ambientación musical entre cuerdas y sintetizadores, a cargo de Steven Price, es un logro que acompaña hipnóticamente los tonos electrónicos en la hora cincuenta que dura el film.

Theo James

Hay que reconocer que Theo James se monta la película al hombro de una manera extraordinaria, llevando la trama adelante él solo, a excepción de la aparición esporádica de los otros –pocos– personajes.

James encarna al científico George Almore, aislado en la base japonesa donde trabaja. La compañía por la cual fue contratado busca el desarrollo de un proyecto conocido como Archive (el Archivo), que consiste en el almacenamiento digital de la consciencia de los muertos durante un período limitado, con el fin de que el fallecido pueda cerrar sus cuentas pendientes o despedirse adecuadamente de sus familiares tras un inesperado accidente. Pero, cumpliendo acertadamente el rol de científico ermitaño, Almore realizará sus propios tejemanejes, trabajando sobre su proyecto personal secreto: la creación de inteligencias artificiales cada vez más avanzadas.

La reciente muerte de su esposa, que continúa almacenada en un Archivo, será el leitmotiv que lo lleve a transgredir los límites y mentirle a su compañía. No será ninguna sorpresa para el espectador que cada elemento que rodee a Almore se corresponda con un único objetivo: traer de vuelta a su mujer y trasplantarla en un cuerpo artificial. 

En el medio, los prototipos básicos con los que convive Almore –dos robots mecánicos que parecen sacados de una fábrica de ensamblaje y que están más cerca de una forma cuadrada que de una contextura humanoide– se verán envueltos en complejas emociones que todavía no comprenden del todo, como la envidia, los celos y la inseguridad que les genera la falta de atención por parte de su creador.

Cumple con las reglas para compartir

De corte existencialista, y por momentos codeándose con series como Black Mirror o Westworld, o películas como Ex Machina (Alex Garland), Passengers (Morten Tyldum) o Replicas (Jeffrey Nachmanoff), Archive cumple todas las reglas para compartir estantería con el Frankenstein de Mary Shelley. Más allá de la ciencia ficción que presenta, también da lugar a géneros como el thriller psicológico, donde la percepción de los personajes –hombres o máquinas– juega un papel fundamental.

Se suceden las dudas sobre el alma, sobre el verdadero ser que llena la cáscara de nuestros cuerpos. ¿Nos quita fiabilidad la incorporación de nuevas tecnologías a nuestra cotidianeidad? ¿Nos hace más o menos humanos recibir implantes que logren extender nuestro tiempo de vida tras un accidente? ¿Seguiremos siendo nosotros si nuestras mentes, tras morir, son depositadas en un cuerpo tecno-orgánico? Para dar respuestas, tal vez haga falta sacar conclusiones fehacientes acerca de qué nos hace humanos y replantearnos, después, si el exterior, como en el mejor ejemplo evolutivo, es capaz de modificar nuestro interior. Sea para bien. O para mal.

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