• El equipo de El Diario recorrió algunas playas del litoral varguense para informar sobre el funcionamiento del sector turístico. Aunque no fue parte del plan de flexibilización, las playas de La Guaira estuvieron repletas de temporadistas el fin de semana. Foto: AP

Frente a la estación del Metro de Gato Negro cientos de personas, en traje de baño, con las tollas guindando del bolso y una botella de ron en la mano derecha, esperaban para bajar a las playas del litoral varguense. El sol de la mañana se cernía sobre los hombros descubiertos de cada uno. Los policías pasaban frente a ellos, sin tapabocas, sin ni siquiera establecer un grito de cuidado. Una vez más eran seres inexistentes que solo esperaban al siguiente conductor con una falla para cuadrar su día. Las camionetas se alineaban en la orilla de la avenida Sucre de Catia. De su interior salían las ondas sonoras de una canción perteneciente a Frankie Ruiz. En otra, una canción vallenata sonorizaba la alegría de los posibles bañistas.

Desde hace meses, cuando la cuarentena inició por la aparición del covid-19, los habitantes de Caracas se encerraron en sus hogares y la distancia con La Guaira se ensanchó mucho más. Ahora, aunque el turismo, que engloba las playas de igual forma, no es parte de la “cuarentena flexibilizada plus”, las personas tomaron la decisión de bajar una vez y ver el oleaje del estado Vargas ante la mirada despreocupada de los organismos de seguridad del Estado.

En el inicio de la carretera Caracas – La Guaira los vehículos se aglomeraban como desde hace mucho tiempo no se veía. Era una imagen que recordaba el tráfico de los temporadistas en épocas anteriores, cuando el país todavía no se veía subyugado a una crisis sin precedentes y el hecho de vivir en Venezuela no era, como quizás puede serlo ahora, un aspecto de sobrevivencia constante. Luego de la primera alcabala, donde un par de conos hacían el oficio marcial, el tráfico empezó a despejarse y la vía parecía quedarse más solitaria. El flujo de visitantes era notable ante el contexto actual y, sobre todo, al reconocer la prohibición vigente sobre el uso de las playas turísticas. Una vez más la ley era, como lo ha sido por mucho tiempo, un aspecto maleable ante sus hacedores y cínicos participantes. 

Foto: cortesía

Era 11 de octubre. Fin de semana largo porque el lunes 12 de octubre -día de la publicación de este trabajo- se conmemora en todo el mundo hispánico la Resistencia Indígena por un lado y el encuentro de los dos mundos por el otro. Una discusión que, al parecer, no se ha agotado y nos separa aún más en nuestros pequeños círculos identitarios. La mayoría de los visitantes no estará pendiente de esa eterna discusión, tampoco de lo que significó el encuentro de un mundo occidental, con saberes y dolores desconocidos, con una cosmogonía indigena que tenía, a su vez, la respuesta a muchas interrogantes. Ninguno pensará en eso, igual no es necesario, cuando suena una canción en la radio y encuentras una licorería abierta. Estos negocios tampoco tienen permiso para abrir. 

En las calles de la capital varguense, mientras el sol crea lagunas en el asfalto, resultado de la distorsión de la mirada, se puede ver a los transeúntes con el tapabocas mal puesto o sin él. “Mucho calor para andar con esta vaina”. Docenas de pescaderías y locales de empanadas abiertos. Ellos sí pueden trabajar. Pero ninguno parece tener preocupación por ese virus del que tanto hablan en las noticias. No hay tapabocas y los abrazos, saludos y caricias son pieza clave de la vida activa del hombre de la mar. Como dijo Paco de Lucia: “el hombre que nace junto al mar es más soñador”. El guitarrista flamenco se refiere a la libertad que persigue el individuo al ver difuminarse cada mañana al horizonte, pero, ya va, ese sueño que mantiene al hombre de la mar en La Guaira se ve interrumpido a mitad de camino cuando debe cargar sobre sus hombros dos garrafas de agua. Desde hace semanas que no llega el servicio a su casa.

Hay varias alcabalas apostadas en el medio del camino. No dicen mucho. Ellos reconocen el olor, como perros, de aquel que puede incurrir en una falta mínima y necesitará pagarles una suma considerable para no dañar su viaje recreacional. De resto, sigan todos. Eso sí, entre conos y vallas el tráfico se vuelve más fuerte. Algunos conductores cambian de carril cada dos minutos, en busca de la vía más rápida, pero, de forma paradójica, su manera fzigzagueante de manejar reduce la movilidad de los demás. “Estos coño de madre”, gritará algún conductor. Otros, a su vez, con la algarabía del viaje playero pierden cierto sentido de la civilidad y se detienen en el medio del camino para conversar con sus compadres del carro de al lado. “Marico, pasame el trago”. Nadie es capaz de decir nada porque, después de tantos muertos regados en el país, la gente aprendió que “nunca se sabe quién es quién”. El camino sigue. 

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Antes de llegar a Naiguatá hay una fila de cientos de vehículos. No se conoce la razón. Algunos dicen, desde el otro carril, que no hay paso, pero las personas deciden quedarse. No se confía a la ligera. Todos van a disfrutar el fin de semana. Al mirar entre los demás vehículos noto que ningún integrante tiene tapabocas. Tampoco medidas de salubridad. Es como si el tiempo y el agobio del encierro hayan cortado las preocupaciones ante el virus de covid-19. Muchos se salen del carril para adelantar a los demás. “Maldito, quítate”, se escucha a la distancia. “Viva Venezuela, ¿no?”, exclama otro con sarcasmo. Quizás se refiere a la sensación de viveza que siempre está, de alguna manera, presente. El tráfico era provocado por una alcabala. Dos policías municipales, con un tapabocas doblado, que miran esporádicamente a los carros mientras revisan su teléfono. En el pueblo de Naiguatá las cosas se mantienen con normalidad. Todos quieren aprovechar la cantidad de temporadistas del fin de semana. 

El regreso a la playa

Un toldo con dos sillas, 10 dólares. Una caja de cerveza, 25 dólares en algunos lugares y 35 en otros. Un servicio de pescado frito con tostones de 18 a 25 dólares. ¿Bolívares? Aquí no se habla de eso. Todo los precios están dolarizados. Muchos visitantes se sorprenden al escuchar estos costos, mientras otros no tienen peros al momento de gastar. Una ambivalencia notable en cada aspecto de la vida venezolana. Ahora, quedará en las manos del lector considerar si estos precios son acordes o, simplemente, existe un desequilibrio ante el valor de las cosas. Hoy día un trabajador puede llegar a ganar 0,92 centavos de dólar al mes.

Al mediodía todos los toldos estaban ocupados. No había distanciamiento social. La gente se apretujaba y nadie utilizaba tapabocas “¿Para qué? Si estamos en la playa”. No se podría decir si alguno de los visitantes podría tener el virus o no. Tampoco había preocupación por los demás. Una señora miraba el vaivén de las olas, sentada en una silla y sin emitir sonido alguno. Solo algunas morisquetas de felicidad. El hecho de estar ahí, después de tanto tiempo, podría brindarle una sensación de sosiego ante la desesperanza constante de la crisis. El señor que vende los toldos y los combos playeros es el único con tapabocas. A veces se lo quita y el utensilio para evitar el contagio queda guindando de su oreja, como el suicida arrepentido. 

Los vendedores de rompe colchón, siete potencias, vuelve a la vida, entre otros menjunjes de gastronomía marina caminan por la arena caliente sin tomar ninguna precaución. Incluso, aunque pareciera ilógico, un hombre vende tatuajes temporales. Un niño le pide al papá el dinero para hacerse uno. Este acepta. El niño escoge un rayo y la forma de enmarcar este dibujo en el cuerpo es a través de una máquina manual, llena de tinta, que el “tatuador” de playa sopla. En cada tatuaje habrán millones de partículas de la boca de este hombre. Pero, bueno, el virus aquí no existe y la vida pareciera continuar su curso normal. 

Los trabajadores varguenses viven del turismo y han pasado los meses más difíciles por el confinamiento. Algunos, en un trabajo especial de El Diario, relataron que para subyugar la situación tuvieron que vender sus pertenencias. Son 4.200 trabajadores que se han visto afectados por el cierre completo del país para evitar el contagio. Entonces, la diatriba vuelve una vez más y el hambre, como una pesadez en las entrañas, se yergue como una dificultad mayor a la incertidumbre del virus. Todavía el régimen no ha dado una fecha para la reactivación de las playas, pero, sin prestar mucha atención, los trabajadores abrieron sus tarantines para atender a los temporadistas. Unos pueden parecer irresponsables, pero los otros, asalariados del turismo, parecen individuos con ansias de seguir trabajando para llevar la cena a sus hogares.

Foto: cortesía

La tarde aparece y con ella las olas de un mar picado, dirían algunos creyéndose conocedores de la dinámica del agua. El calor se reduce y los visitantes comienzan el viaje de regreso. Las alcabalas continúan en su lugar. Sin hacer mucho o, simplemente, nada. Los visitantes van alicorados con litros de ron o decenas de cervezas. Algunos con guarapita o caña clara. Nadie se preocupa por la sana distancia. En los autobuses, repletos de pasajeros sin camisa y en sandalias, salen listos para Caracas. Suena la tercera canción de salsa baúl. Todos cantan y se abrazan. En los carros particulares la imagen es parecida. El virus pareciera no existir. Tampoco la prohibición y, por un instante diminuto, la zozobra de vivir en Venezuela puede desaparecer. Claro está, quizás mañana toda la algarabía de un viaje a la playa se puede transformar en el pesar de una enfermedad respiratoria que a un año de su aparición todavía no tiene cura y ha sido la causa de la muerte de 1.078.861 personas en el mundo.

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