• La fortaleza se estrenó en el año 2020, en el inicio de la incertidumbre pandémica, para reflejar un retrato familiar que refleja una realidad colectiva. El equipo de El Diario conversó con Jorge Thielen Armand, director y guionista de la película y Rodrigo Michelangeli, productor y director de fotografía, para conocer el proceso de grabación y escudriñar entre el aspecto lúdico de ficcionalizar la propia vida

El sonido tenue de un pequeño riachuelo se cuela en la primera imagen que nos presenta La fortaleza (2020). Al instante, detrás del verdor y las rocas, aparece un carro volteado y humeante. De la ventana del piloto sale un hombre con la barba blanquecina, pero con un bigote que todavía muestra restos de color negro. La sangre baja por su sien, manchando su camisa blanca. El carro está destrozado y él, sin saberlo, comienza su viaje de redención. El personaje es Roque Thielen, padre de Jorge Thielen Armand, director de la película. 

El objetivo principal de Jorge, comenta Rodrigo Michelangeli, director de fotografía de La soledad (2016) y La fortaleza (2020), es la creación de un álbum familiar a través del cine. Cada película es un reflejo de su historia, marcada por la nostalgia del pasado irrepetible y, además, por la corrosiva sensación de un presente problemático. Por esta razón el juego de las dos películas de Thielen, acompañado de Michelangeli, ha sido la ambivalencia entre la realidad y la ficción hasta lograr que la línea definitoria entre un espacio de enunciación y otro se vea totalmente difuminada y llegue la pregunta, pocas veces hecha en el cine, de: ¿esto será verdad? 

Roque, el personaje principal, camina por las calles de una ciudad enardecida por la crisis nacional. Caracas está repleta de personas con camisas blancas y gorras tricolor, banderas, cascos y escudos de cartón. Mientras que él, con las manchas de sangre y la confusión de la resaca, se inmiscuye entre el clamor popular para continuar su propio viaje. No tiene otra opción que volver al viejo campamento que alguna vez hizo con sus manos en el sector Arekuna, ubicado en el valle de Kavanayén al noroeste del Roraima, estado Bolívar. El alcoholismo corrompió su última oportunidad en una ciudad fulgurante, donde la vida, quizás, importa menos que en las épocas de antaño. 

El alcohol es uno de los prolegómenos de la historia. El viaje no es, simplemente, una estrategia para la expansión de la imagen. En cambio, el personaje de Roque padece distintos tipos de travesías para dar cuenta de su catarsis individual. El proceso actoral de Roque Thielen, según el relato de su hijo, estuvo antecedido por una conciencia autobiográfica. Cada escena presente en La fortaleza lleva consigo, como si de un collage se tratase, vestigios del verdadero conflicto interno que padece su padre en la realidad. Lo único es que el espectador, desde su silla reclinable o frente a su computador, no tendrá la capacidad de diferenciar entre lo ocurrido y lo imaginado.

“La pregunta que detonó la película fue: ¿qué pasaría si mi papá regresa hoy al campamento que abandonó hace 20 años en la Venezuela contemporánea? A partir de eso se crea una historia que está en tres planos: en el pasado de los personajes, en el presente y en un futuro imaginado que se convierte en un sueño documental”, agrega Jorge.

El factor autobiográfico viene con Jorge Thielen desde su inicio, un poco azaroso, en el cine. Comenta que nunca sintió especial atracción por el mundo cinematográfico, pero encontró un lugar afín con el documental y la necesidad de recrear momentos ocurridos que sin la imagen o el texto se diluyen en el incesante pasar del río del tiempo. Comenzó a estudiar periodismo y, sobre todo, a interesarse en el trabajo de los autores que, más allá de buscar la pretendida objetividad, eran parte de los textos. Luego, la escritura y la fotografía se transformaron en formas expresivas para lo que Jorge necesitaba decir y, poco a poco, sin pensarlo pero queriéndolo, descubrió que el cine lograba mezclar todos los elementos que le atraían. 

Foto: Gabriel de la Cruz

El personaje de Roque encuentra en la selva un lugar de redención y, al mismo tiempo, de aridez. La majestuosidad de la naturaleza es como una cobija áspera que lo arropa por las noches, mientras trata de olvidar la bebida y conectarse, siquiera, por una vez con su hijo. La selva es otro personaje que se inmiscuye en el viaje interno de Roque. Que lo traga y lo escupe y que, ante el espectador, se presenta como un pasillo donde lo hermoso y lo tenebroso se dan la mano para mostrarse ante los seres incautos. 

Ahora, más allá del factor narrativo, expuesto en la hoja en blanco, la imagen se presenta como el lugar de lo indecible. Para Rodrigo Michelangeli, director de fotografía, sin saberlo en su momento, Canaima de Rómulo Gallegos se transformó en un referente para la construcción de la representación selvática. La novela, publicada en 1935, narra la historia de un personaje citadino que se inmiscuye en la selva del sur de Venezuela en busca de riqueza en las conocidas minas de oro y en la explotación de caucho. 

Foto: La Faena Films

Ninguno de los dos conocía la novela previamente, pero en el rodaje comenzaron a leerla y, de repente, notaron las correspondencias entre la presentación de Gallegos y su búsqueda en la película. Este lugar visto desde el conocimiento, muy lejano para algunos y cercano para otros, se presenta como un espacio donde el ser humano es tan nimio, diminuto, parecido a una pequeña hormiga en el asfalto. Claro está, la selva representada por el literato venezolano es muy diferente a la actual. En este momento, como se puede denotar en la obra de Thielen y Michelangeli, este sector único en el mundo está corrompido por la presencia de los saqueadores de oro. Ante la mirada cómplice o desviada de las autoridades, grupos delincuenciales se han atenido a la zona para extraer cada resto de lustre mineral. 

Otras referencias cinematográficas, explica Rodrigo, fueron Cocote (2017), dirigida por Nelson Carlo de los Santos Arias, y Apocalypse Now (1977), dirigida por Francis Ford Coppola. Cada uno de estos referentes permite que la película se construya como un viaje entre las entrañas de una selva implacable. Es la percepción de atravesar el purgatorio para poder, quizás, lograr la redención. 

Quisimos utilizar la palabra ‘lija’ como áspero. Que se vea la imagen áspera. Eso lo logramos con varios trucos de cámara y exposición, con el grano explotado. Creo que logramos comunicar esa incomodidad que te puede generar ese calor en la selva. Todo puede ser hostil para cualquier persona que no pertenece a ese mundo”, dice Rodrigo Michelangeli.

La selva también fue áspera con Jorge, Rodrigo y todo el equipo de grabación. Jorge relata que al llegar al viejo campamento de su padre, en una zona alejada y vejada por el olvido de los años, se encontró con una comunidad indígena dedicada a la minería. “Ellos pensaban que la película que haríamos era una farsa para quitarles la mina”. El equipo de producción estuvo dos meses conversando con los jefes de la comunidad para comenzar el rodaje. Ellos, por su parte, seguían creyendo que estos jóvenes con una cámara en su hombro solo querían la mina y, al final, los botaron con amenazas. Esto irrumpió en la estructura del guión. La historia cambiaba, prácticamente, porque en la mente de Jorge el lugar perfecto para la grabación era Arekuna. 

Foto: Gabriel de la Cruz | Jorge Thielen Armand y Rodrigo Michelangeli

El equipo se mudó al parque nacional Canaima para comenzar la grabación. Desde ahí, con muchas más comodidades y sin la sensación constante de la muerte, la primera claqueta sonó para dar inicio al viaje de Roque Thielen, tanto en la selva, como en su interior. “Si hubiéramos filmado la película en la zona que te digo quizás no estuviéramos hablando aquí contigo. Era para morirse”, comenta Jorge. 

El padre como sí mismo (2020), un juego de reflejos. 

El padre como sí mismo es un documental de la realizadora italo-norteamericana Mo Scarpelli que retrata, a su vez, el encuentro entre padre-hijo, director-actor, biografía-ficción. Este documental nace a la par de la película. Jorge Roque Thielen es el personaje principal que sangra en su choque automovilístico por el alcohol, que se adentra en la selva para revivir los vestigios podridos de su pasado, que empieza a trabajar con un amigo de su juventud en el negocio de la minería ilegal, que grita ante un teléfono para ver si su hijo, en el otro lado del continente, logra escuchar su llamado. No es un actor común, no es aquel que se aprende los diálogos para memorizar los pesares de un personaje externo, que al salir del escenario después de llorar lágrimas de sangre, sonríe. Es el padre de Jorge, que ve en el papel su vida, sus errores y sus aciertos, y debe representarlos ante una cámara.

El trabajo de papá fue super duro. Para él era bastante cuesta arriba interpretar algo que era parecido a él o que era él en una cosa donde él no tenía el control. A veces pensaba que la película se iba a convertir en un pase de factura. Era el miedo de cómo yo lo veo a él”, explica Jorge.

Rodrigo comenta que, en un principio, sería un Making Of del rodaje, pero con el pasar de los días y el oficio autoral de Scarpelli la historia empezó a tomar autonomía. Era un juego de reflejos: Roque se representaba a sí mismo en la película y, luego, ese proceso era grabado para el documental. En este punto lo que podría parecer real o ficticio para el espectador es una cantidad incalculable de piezas sueltas en el piso. No hay posibilidad de reunirlas y, al final, lo importante es la capacidad que tienen Jorge y Roque para imaginarse a sí mismos. 

«Ella decidió enfocarse en la relación de Jorge con su padre y del vínculo director-no actor. Eso hizo que se creara una pieza conjunta muy especial. Este rebote de metacine todavía tratamos de entenderlo. Es como poner dos espejos al frente”, dice Rodrigo.

Roque Thielen nunca leyó el guión con anterioridad. Jorge, antes de cada escena, le explicaba lo que ocurriría. Es una estrategia de dirección, comenta, pero, a su vez, permitía que la reacción fuese espontánea. Esto ocurrió después de varios meses de entrenamiento actoral con Carlos Medina, un coach colombiano. En estas clases se procuraba que la enseñanza no fuese la expresión caricaturesca de la actuación simple y superficial, sino que, al contrario, como todos los personajes se representaban a sí mismos de alguna forma, la búsqueda estaba centrada en el reconocimiento de las emociones para, luego, presentarlas con naturalidad frente a la cámara. “Que pudieran reaccionar y no actuar”, dice Jorge.

Foto: La Faena Films

En uno de los fragmentos del documental Roque habla con una maquilladora. Ella le pregunta: “¿Cómo fue usted como padre?” y él responde: “Hice todo lo que debía hacer con un hijo”. Ambos, padre e hijo, se encuentran en el mismo caudal de emociones incontrolables y dolorosas. Uno detrás de la cámara y el otro frente a ella. El Father -epíteto que utiliza Roque en la película- es real y ficticio, llora mientras golpea una pared y grita al vacío esperando la respuesta de su hijo, se entremezcla con el barro, se emborracha hasta la saciedad. Al final, después del pasillo lleno de espinas, malezas, caídas de agua y barro logra encontrarse con la imagen a distancia de Jorge. Este viaje de espejos, entre películas y recuerdos, permitió que la relación verdadera entre ambos mejorara. “El propósito del filme también era ese: poder hablar de nuestra relación actual a través de una película”. 

La correspondencia entre la historia individual y la colectiva 

La historia autobiográfica de un padre y su hijo podría pensarse como un relato cerrado, sin afectación a terceros, ni logros catárticos en el espectador. Pero, en realidad, La fortaleza establece la transformación de la vida personal en un reflejo de las imprecaciones que sufre la sociedad. El viaje de Roque, dentro de la selva que se traga a los hombres y los escupe en forma de cadáveres o con cicatrices jamás olvidadas, puede llegar a ser el viaje de todos los venezolanos. 

En un principio, cuando la sangre del accidente automovilístico está fresca en su frente, Roque camina entre las protestas antigubernamentales de 2017 en Caracas. Luego, se inmiscuye entre el problema de la minería y la violencia de los grupos irregulares. Sufre, a su vez, la distancia con su hijo que es parte de la migración venezolana. Todos los problemas de la sociedad actual son escalas para el viaje del personaje y, por ende, el reflejo de cualquiera puede estar inmerso en el juego de espejos de La fortaleza.

Foto: La Faena Films

Para Rodrigo y Jorge, con varios años fuera del país, La soledad y La fortaleza han sido una razón para retornar a Venezuela e inmortalizar la vida de aquellos que se quedaron atrás. Anclados, meramente, en un filo de la memoria. “Yo siempre he dicho que nuestras historias están allá. Cada vez que volvemos nos llena muchísimo y, sobre todo, representar a nuestro país afuera”, dice Rodrigo. Por esto el encuentro entre el que se fue y el que se quedó es una de las correspondencias constantes que presenta la película. 

Jorge Thielen: “La fortaleza tiene como un canal que va por debajo de la película, que es la relación de padre-hijo que están incomunicados. Eso habla de cierta manera de la correspondencia entre los venezolanos que están en el país y los que no están en el país. Nos hemos convertido en un país de personas regadas por el mundo. Es pensar Venezuela más allá de una locación geográfica, es como toda una pandemia”. 

Rodrigo Michelangeli: “Una diáspora gigante que tiene tentáculos en todo el mundo. Claro está, la raíz de eso es una tragedia, pero viéndolo desde un punto de vista mucho más positivo hemos encontrado público en todas partes del mundo. Hemos tratado de llevarle a los venezolanos sus historias en todas partes del mundo. Quizás la correspondencia tiene tres estados: de nosotros a Venezuela y de Venezuela al mundo”.

Jorge Thielen: “En cada lugar donde hemos presentado las películas hemos visto gente de Venezuela”. 

Rodrigo Michelangeli: “¡Están pendientes!”.

Foto: La Faena Films

Incluso, aunque ambos aseguran, que cada vez que regresan a Venezuela el país tiene un rostro distinto. Cada película viene con la conciencia de que la nación de hace un año no es la misma. Que las personas que los acompañaron en un camino ya no están ahí. Hay otras que luego también se irán y, así sucesivamente, la nostalgia se construye a partir de recuerdos irrepetibles de un país en constante modificación. “Cada película tiene un desafío nuevo, pero, bueno, las películas se han convertido en un vehículo para volver. Ese es uno de los propósitos: ese ciclo de siempre estar en ese regreso”, dice Jorge. 

La Faena Films, una productora de quehacer diario

El nombre nació de Araya (1959), película dirigida por Margot Benacerraf, ya que es un vocablo que refiere al trabajo diario. A la lucha constante que se construye minuto a minuto y nunca se detiene. Así es hacer una película. En 2015 ambos vivían en Toronto y, comenta Jorge, llegó un momento en el que dijeron: “bueno, hay que hacer algo porque hacer cine es muy difícil”. Si nadie quería producir sus ideas, ellos mismos lo harían y desde la necesidad nació La Faena Films. 

Foto: La Faena Films | Jorge Thielen Armand

Jorge y Rodrigo son los únicos integrantes inamovibles de la productora. En ese caso, buscan asociarse a distintas co-producciones para lograr finiquitar proyectos en conjunto y trabajar desde sus dos residencias, una en Caracas y otra en Toronto, Canadá. “Eso nos da la licencia de aplicar a distintas co-producciones. La génesis de la compañía comenzó con La soledad. Jorge y yo teníamos apenas cinco meses conociéndonos para el inicio de la película. Ahora que Jorge vive en Italia y yo aquí en Canadá lo manejamos con diferentes cosas, pero imaginamos que abarcamos muchos más”, agrega Rodrigo. 

En 2015, después de conocerse aplicaron a un programa que se llama Biennale College Cinema, realizado por La Bienal de Venecia y el Festival de Cine de Venecia, donde recibieron una financiación para realizar su proyecto. Además, una mentoría. En ese momento nació La soledad, obra prima para ambos. La película fue estrenada en el Festival de Venecia de 2016 y logró estar presente en más de 50 festivales en el mundo.

Foto: La Faena Films | Jorge Thielen, Rodrigo Michelangeli y el equipo de grabación

La soledad es una obra que, al igual que La fortaleza, representa un retrato en el álbum familiar de Jorge Thielen. La casa de sus abuelos, aquella que encierra los recuerdos de la infancia, será demolida, pero en ella viven Rosina y José, antiguos trabajadores de la familia. La historia narra las peripecias de ambos en un país que se sumerge entre la escasez de alimentos y la animalidad de la violencia social.

La tercera película de Jorge está todavía en el proceso de escritura y se llamará La cercanía. Adelanta en la conversación que será un retrato un poco diferente a los demás porque, aunque tratará de sus pesares al emigrar, estará protagonizada por un actor. En ella presentará ese limbo que tiene cualquier migrante en una permanencia diluida: no puede avanzar, pero tampoco volver hacía atrás. “Es mucho más personal, pero no tan directa”. Esto nos refiere al inicio de un abanico cinematográfico donde la enunciación desde la propia vida y el “yo”, a veces tan golpeado en la búsqueda de la ficción, permite reconocer algunas pistas sobre una realidad que se torna confusa para el que se fue y para el que se quedó.

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