• El trastorno de acumulación compulsiva es tan solo la punta del iceberg sobre los conflictos emocionales no resueltos, que puede ocasionar la alteración del bienestar de la salud mental. Foto referencial

“Disculpen el desorden de la casa, estamos haciendo algunas remodelaciones y las cosas que están amontonadas las vamos a botar luego de hacer los cambios”. Esa era la excusa frecuente de Martín* para justificar la acumulación de objetos que existía en su hogar.

El argumento lo aprendió de sus padres, el desorden parecía ser algo natural dentro de su entorno familiar.

Su habitación era calurosa porque no circulaba aire fresco y resaltaba el olor de libros viejos, la humedad por las filtraciones del techo, la ropa vieja más el sudor que habitaba en las sábanas que rara vez cambiaba de su cama. A ese lugar le apodaba como “la cueva”. Para disimular el hedor, utilizaba un spray ambientador.

El cuarto de Martín no le pertenecía por completo, era otro espacio más donde sus padres acumulaban más objetos. Su ropa solamente ocupaba cuatro gavetas del clóset, el resto eran las prendas de invierno de su madre.

“Cuando trataba de hacer espacio, ella me decía ‘¿dónde los voy a guardar?’, simplemente le daba la razón y lo devolvía todo a su sitio” recordó para El Diario.

El escaparate que estaba en el cuarto lo ocupaba la ropa que usaba su papá  cuando era soltero. Lo único que le pertenecía a Martín en su habitación era su escritorio, laptop y la ropa. “Ni siquiera podía contar la cama ni el colchón, porque eran de otra persona”.

El trastorno de acumulación compulsiva es la dificultad persistente de deshacerse de pertenencias, las personas que lo padecen tienen la percepción de que deben conservar esos objetos y solo la idea de desprenderse de ellas les causa ansiedad.

El psiquiatra Jan Costa explicó en entrevista para El Diario que este trastorno deriva de un pensamiento repetitivo que genera mucha ansiedad y de forma inconsciente, las personas que padecen de dicha condición acumulan objetos para disminuir la ansiedad.

“La persona que está acumulando no lo hace de forma consciente. Nunca te podrá explicar que actúan de esa manera para poder disminuir su ansiedad. El acumulador siempre tiene una historia, un mito que justifica la tenencia de los objetos”, señaló el especialista. 

Un mundo distorsionado

Costa indicó que un acumulador, desde el punto de vista psicológico, es una persona que sufre de gran ansiedad o depresión. El rasgo más destacado es que depositan emociones en sí mismos, sentimientos no resueltos que se transformaron en resentimientos, en dolor.

Ese dolor que no ha sido resuelto los lleva a acumular objetos. Dicho de otra manera, son personas que llevan un proceso de duelo inconcluso, no solamente es la pérdida de un ser querido, puede ser un trauma, la ruptura de una relación, es un sentimiento no resuelto con una persona que ya no está contigo. Todo lo que implique un duelo psicológico es el motor de estas personas”, dijo el médico.

Martín era un acumulador, su habitación era un reflejo de cómo se sentía por dentro: “yo no me había dado cuenta de que acumulaba. En mi cuarto tenía una silla donde lanzaba toda la ropa, la ordenaba cada cierto tiempo, había prendas que ya no servían e igual seguía arrojando todo allí. Recordarlo me genera repulsión”.

El especialista resaltó que una persona acumuladora jamás irá a terapia por ese trastorno; asistirá por otras razones, como tratar la ansiedad, depresión o problemas familiares.

“Si como psiquiatra eres acucioso, podrás detectar el problema de la acumulación, pero nunca lo puedes tratar de manera directa. Debes ir a la raíz de la acumulación, indagar en sus emociones, sobre cómo se siente el paciente consigo mismo y su entorno, ayudarlo a manejar los niveles de ansiedad y la depresión, y sobre todo orientarlo a tratar su proceso con el duelo emocional”.

En agosto del  año 2018, Martín decidió ir a consulta psiquiátrica para tratar la depresión, debido a que consideraba que sus relaciones interpersonales eran un desastre.

El terapeuta que lo trató en cada sesión lo observaba y escuchaba atentamente. Una de las preguntas que permitió al joven hurgar en sus sentimientos fue hacer una introspección sobre cómo era la relación con su familia:

“Mi relación con mis padres era infantil. Digamos que fui muy sometido por ellos, yo no me daba cuenta de eso. Pensé que era rebelde, pero me controlaban. Era el ‘hijito de mami y papi’, les decía todo lo que iba a hacer, a dónde iba, continuaba pidiendo permiso en mis veintes”, relató Martín.

El joven se sentía apenado por estar revelando cómo fue alguna vez en su vida, inhaló profundamente y continuó: “Era muy sumiso e infantil, no solo con ellos, lo era con todo. Mis relaciones eran inmaduras, interactuaba como un niño para todo”.

Luego decidió contar otra anécdota. Cuando tenía 27 años de edad todavía le pedía a su papá que lo llevara en el auto a buscar a la chica con la que salía, y que los dejará en el sitio donde iban a estar. “No tenía sentido común, no sentía vergüenza, contártelo me da rabia. Cómo quisiera regresar al pasado y arreglarlo”.

Lo que contó Martín tenía una respuesta psiquiátrica, el doctor Jan Costa lo explica: Lo que le ocurría a ese joven es que es un hijo de acumuladores. Los padres infantilizan a sus hijos, aun cuando son adultos. “Esto afectará su manera de pensar, tendrán la necesidad de contarle todo a sus papás, pedirles permiso, les cuesta mucho ser independientes, tendrán la tendencia de tener la autoestima baja”.

Los hijos de un acumulador están castrados psicológicamente. Son personas muy inseguras. Esa infantilización que ocasionaron en ellos, hace que estén acumulados tanto en los objetos que residen en la casa como en la mente de los padres.

El especialista expone que “cuando somos pequeños necesitamos de la figura materna y paterna para afianzar el autoestima. La autoestima va madurando a medida de que vas creciendo. Los padres se van distanciando y la persona irá poniendo límites psicológicos para tener su propio espacio. De adulto reconoces que tus papás no son perfectos, pero fueron una referencia muy importante en tu infancia y ya no representan una figura autoritaria en tu vida”.

En cambio, los padres acumuladores jamás se distancian, tampoco ponen límites con sus hijos. “Están encima de ellos todo el tiempo. No hay distanciamiento entre ellos”.

Las relaciones interpersonales que irá cultivando el hijo acumulado serán infantiles, porque creció castrado por sus padres y por eso tratará de buscar figuras “perfectas” que validen su autoestima, personas que tengan una silueta parental. Esto lo hacen de manera inconsciente, porque les recuerda a sus papás.

“La persona dirá que sus relaciones son perfectas, pero su pareja solamente los hará sentirse insignificantes, de manera inconsciente, buscan emular la relación que tienen con su padres, que continúa fomentando el autoestima baja”, dijo el médico venezolano.

A Martín le pasaba: “Sin darme cuenta, buscaba muchachas que estaban igual de desequilibradas que yo. Loco busca loca, por eso podían tolerar esas asquerosidades. Una persona sana jamás hubiera aceptado tener una relación conmigo”.

Cuando ocurre el cambio, no hay vuelta atrás

En el momento en que un especialista de la salud mental detecta el trastorno de acumulación compulsiva, debe tener claro que jamás puede ser frontal con el paciente. Señalarles esa condición les genera más ansiedad e inconscientemente acumulan más objetos.

Costa lo deja claro: “No se puede ser conductual. Jamás puedes decirles qué hacer. Ellos deben llegar a sus propias conclusiones, tienen que tratar de ‘matar psicológicamente’ la figura autoritaria que tienen de sus padres, comenzar a distanciarse, formar sus propios límites psicológicos”.

Al existir una familia acumuladora, significa que este problema lo han ido arrastrando por generaciones, y para evitar que se repita el ciclo, el paciente debe ir sanando emocionalmente para poder dar el cierre al duelo psicológico. Cuando lo hacen, su entorno comenzará a cambiar.

Gracias a la terapia, Martín pudo sacar sus propias conclusiones: “Tenía muchas inseguridades, de allí con el terapeuta empecé a indagar la raíz del por qué, me preguntó por mi familia, me pude dar cuenta que mi relación con mis papás era infantil, jamás me señaló directamente que era un acumulador”.

A medida que transcurría el tiempo, la habitación de Martín le comenzó a generar ansiedad, su percepción con ese espacio cambió, lo veía como un basurero, le generaba incomodidad, sentía la necesidad de cambiar ese lugar por completo.

“Cuando superé esa maña de buscar locas, empecé a salir con chicas diferentes, que eran sanas de verdad. Recuerdo que llevé a una chica a mi casa, ella me dijo: ‘yo no voy a entrar a ese basurero’. Tenía razón, mi cuarto era una pocilga”, contó Martín.

En marzo de 2020, el joven de 29 años de edad se armó de valor y empezó a botar todos los objetos de sus padres de su habitación. Le tomó tres días hacer la limpieza, sacó 20 bolsas negras de basura del cuarto.

“Peleamos mucho en esos días. Cuando sacaba las bolsas, mis padres revisaban todo como si fueran animales. Me decían que todo servía, les contestaba que ya no me importaba, que todo eso estaba fuera de mi habitación, era mi espacio, no les pertenecía”, relató Martín.

Al joven le impactó ver cómo sus papás no podían reconocer que esos objetos eran cachivaches, nada de lo que botó servía, el afán de conversar esas pertenecías los cegaba.

A medida que iba sacando las cosas del cuarto, Martín se comenzó a sentir más ligero, ya no sentía ansiedad y depresión en ese lugar.

Antes de ir a terapia, ese era mi constante estado de ánimo, la ansiedad y la depresión, me la pasaba así todo el tiempo. De hecho, me pasaba que vomitaba cada vez que tenía un examen importante de la universidad. Así era mi ambiente”, reveló.

Luego de haber concluido la limpieza profunda en su cuarto, Martín comenzó a remodelar su habitación poco a poco. Recordó con pesar cuando estuvo pintando las paredes del cuarto: “Agarré unas revistas y las puse en el suelo para evitar que se manchara de pintura. Mi papá pasó por mi habitación, vio las revistas que estaban en el piso y me dijo ‘esa receta de cocina me puede servir’, arrancó la página y se la llevó”.

Durante la terapia los hijos acumulados irán aprendiendo a desacumularse psicológicamente, dejar atrás el comportamiento infantil con sus padres. Ellos irán entendiendo eventualmente que ya no son unos niños y de manera progresiva empezarán ir a consulta para tratar sus dolencias emocionales.

“Yo estaba ansioso y depresivo todo el tiempo. En el momento de cambiar eso, mi ambiente se transformó,  desde mis relaciones hasta el trato con mis papás. Ellos ya no invaden mi mente, sacar esos peroles implicó para mí cortar el cordón patológico con ellos”, manifestó Martín.

“Me mudé psicológicamente, aunque viva en la misma casa con ellos, ya no vivo en el basurero que alguna vez fue mi cuarto”, sentenció el joven.

El psiquiatra Costa indicó que los hijos de acumuladores tienen dos escenarios: mantener la figura infantil o cortar el patrón. “Mientras mayor sea la acumulación mayor será el deseo de escapar, pero si esa acumulación es sublime, les costará más. En muchos casos, los hijos defenderán a sus padres acumuladores, buscarán justificar el comportamiento que tienen con ellos”.

Aprender a respetar el proceso de los demás

Martín se ha vuelto una persona más segura de sí mismo, ahora el desorden le choca. Cuenta que el resto de su familia se encuentra en terapia, la última en ir fue su madre, quien tuvo mayor resistencia a asistir.

A diferencia del joven, a su familia le ha costado el proceso de desprenderse de los objetos acumulados, eso irritaba mucho a Martín. “Se me fue un poco de las manos. Les señalaba que eran acumuladores, que se terminaran de dar cuenta en el basurero que vivían, se los decía a cada rato”.

Las peleas aumentaban, Martín les botaba las cosas y de manera exponencial su familia acumulaba más objetos. Él no entendía qué estaba pasando.

Su terapeuta de manera asertiva le recordó que jamás le dijo que botara los objetos de su cuarto, tampoco le dijo que era acumulador. “Me dijo que tenía que recordar cómo fue mi proceso, por lo tanto actuando de esa manera no podía pretender que ellos cambiaran”.

La nueva fase de la terapia de Martín ahora consiste en aprender a convivir con acumuladores: “Actualmente me cuesta muchísimo no decirles nada, me desespera el ambiente”.

Los padres del joven durante la terapia lograron identificar que sus traumas emocionales provienen de sus papás respectivamente, por eso él y su hermana fueron acumulados y se convirtieron en acumuladores.

Han empezado a botar pertenencias poco a poco, les ha costado. “Todos asistimos a terapia, nuestro trato ha mejorado mucho porque ya nos tratamos entre todos como adultos. Ya sienten incomodidad, ya quieren ir cambiando la casa”.

Hoy Martín ve de otra manera su cuarto: “Ahora es un oasis dentro de un desierto de acumuladores”.

(*)El nombre de Martín es ficticio para proteger la identidad del entrevistado.

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