Secretos embebidos en silencios. Recuerdos como heridas que sanan pero que dejan su cicatriz a flor de piel. Vida de lago es una novela en la que David James Poissant, a través de un manejo estratégico de la prosa, conmueve e interpela al lector para desarrollar una premisa tan simple como compleja: el último verano que la familia Starling pasará en la casa del lago donde solían vacacionar cada año y que ahora, Lisa y Richard, decidieron poner a la venta; al matrimonio lo acompañan sus hijos treintañeros, Michael y Thad, junto con sus respectivas parejas, Diane y Jake.

El pasado y el presente, e incluso el futuro proyectado, se desenvuelven gracias a los seis puntos de vista que el autor decide poner en juego, con un narrador que excava en la mente de los personajes y hace aparecer, como por arte de magia, elementos que ellos mismos creían olvidados, o que ocultaban en la profundidad de su inconsciencia. ¿Y por qué ocultar –parece preguntarnos Poissant– teniendo en cuenta que no somos nada sin nuestros recuerdos? Quizá por el dolor que estos nos provocan.

Entre duras, aunque sutiles, críticas a la política actual y ciertos estamentos religiosos, además de los paseos por las distintas ramificaciones artísticas –tales como la poesía y la pintura–, la venta de la casa funcionará como excusa implícita para dejar lo vivido atrás y, así, enfrentar los tormentos personales que oscurecen el último fin de semana a orillas del lago. Infidelidades, adicciones, pérdidas, frustraciones alimentan una historia que indaga no solo en las relaciones matrimoniales sino también en las que tienen los padres con sus hijos, o los hermanos entre sí.

Como ya lo demostrara el autor hace algunos años con su libro de cuentos El Cielo de los Animales, el amor es puesto a prueba –sus condiciones, sus límites y su desgaste– en esta novela que invita a seguir adelante, página tras página, hasta entender, en la nostalgia del apego, que hay que dejar ir las cosas que amamos para amar lo que tenemos. Se puede recurrir a la memoria para recuperar los picnics y los juegos familiares, las sonrisas y las complicidades, pero teniendo presente que el pasado no es un refugio sino una hoja de ruta que revisamos cada vez que sentimos la necesidad de reafirmar el camino por el que andamos y evitar, en tal caso, los desvíos que pueden llevarnos lejos del perdón.

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