• Martín Caparrós es uno de los grandes escritores de nuestro tiempo. En entrevista exclusiva para El Diario, el célebre periodista argentino hace un recorrido por su vida y obra

Un perfil de Martín Caparrós 

Es una tarde de octubre de 2020 y Martín Caparrós está en su casa. Está solo —siempre está solo—, acompañado del silencio, en una quietud que abruma. No suena la televisión ni un ruido llega desde la calle. Todo permanece en un sosiego absoluto. El escritor argentino encontró en la sierra madrileña un refugio e hizo de esos parajes su santuario. Hoy está contemplando plácidamente a tres gorriones que picotean pedacitos de pan —que muy temprano les puso en la terraza—. Mientras escribe, disfruta de levantar la cabeza y mirar el mundo que hay afuera. 

Sentado en la silla de madera de su terraza, ha servido mate que siempre bebe con placer, y habla sobre su infancia abriendo un poco los ojos, como hurgando en los recuerdos. Los ojos, sutilmente circunflejos, sostienen las ojeras sobre su rostro cetrino.  

Ilustración: Lucas García

—¿Cómo salvamos este momento? —se pregunta Caparrós antes de comenzar la entrevista para El Diario y suelta una carcajada. Está de muy buen humor. En esta luminosa tarde de un sábado invernal, gélido pero soleado, no para de reír. 

Caparrós dice sentirse “un poco idiota” por hablarle a una pantalla. Después de tantos meses en pandemia se le nota la fatiga por el Zoom. —Esto de que uno tenga que verse a sí mismo mientras habla es patético— cuenta después de esbozar una sonrisa de resignación. 

Muy pronto se desvanece la imagen de hombre solemne, rudo o prepotente que muchos han dibujado en la imaginación. Es, al contrario, de modales impecables y cordial. Siempre servicial y relajado, con su sonrisa intachable.

El intelectual emblemático de mirada penetrante cuenta, con mucha gracia, cómo a sus 63 años de edad todavía es rehén de su bigote. Lleva más de 39 años con su pintoresco semblante. Es ya un sello de su identidad y lo rememora divertido.

—(Media sonrisa) Llevo casi 40, sí. Y a veces me parece un poco idiota habérmelo dejado. Creo que no sabía lo fuerte que sería esa marca en mi vida. Y entonces lamento ser un hombre detrás de esos bigotes. Pero ya está hecho. Hay cosas peores, pero por suerte no se ven—. Alto y estilizado no para de reír al ritmo del carraspeo, Caparrós.

—¿Se burla de su edad  y de los achaques que sufre ocasionalmente?

—Es al revés: mi edad se burla de mí— se arregla el bigote con la palma de su mano, como si no se hubiera acostumbrado a llevarlo y sonríe de nuevo. Es generoso y tiene una inteligencia tan aguda como su sentido del humor. Él lo sabe. Lo cuida y lo explota.

El prolífico autor argentino es enfático. “Yo creo en pocas cosas. O, mejor dicho, en dos: en la duda y en el humor. Y creo que el humor es la mejor forma de sembrar la duda. Ese tipo de humor: no el que te confirma, sino el que no te deja estar seguro, el que no terminas de saber si sí o si no”, dice divertido el escritor.  

—Me parece que cualquier situación, incluso la literatura, sin humor se vuelve irremediablemente tonta. Es decisivo tener algún tipo de humor, pero a veces tengo la impresión de que a mí me parecen graciosas cosas que a otros no les hacen ninguna broma (sonríe). 

Tiene una gracia natural cuando cuenta las cosas. Es la conclusión a la que uno puede llegar después de charlar 55 minutos con él y disfrutar de un interlocutor que habla en limpio, con elegancia y sin el menor resabio de arrogancia. 

Muchos esperarían verlo tomando notas en sus libretas. Pero en ese cuerpo robusto cercado por camisas y pantalones estrechos ni un bolígrafo ves. Lo guarda todo en su memoria  prodigiosa —o en su iPhone—.   

Entrevistar a Martín Caparrós Rosenberg no es una labor sencilla. Con su porte de jugador de baloncesto (mide casi 1,90 metros de altura) y su voz de ronca autoridad, intimida. Escritor y periodista siempre agitado, con ganas de contar las grandes historias del mundo a través de su propia mirada y experiencia. 

Ilustración: Lucas García

Hoy, con más de 40 libros e innumerables crónicas, se ha convertido en un referente del periodismo en todo el orbe. No en vano, por su vasta obra, ha ganado un puñado de prestigiosos premios, como el Planeta, el Herralde, el Konex, el Moors Cabot o el Rey de España. Tradujo a Voltaire, a Shakespeare y a Quevedo. Es autor de libros referenciales para el periodismo narrativo, como Larga distancia (1992), La guerra moderna (1999) o El hambre (2014), entre muchos otros. Y es también autor de novelas ampliamente reconocidas, como Valfierno (2004), Los Living (2011) o Sinfín (2020). 

GIF sobre portadas de Martin Caparros
Gif: José Daniel Ramos

Es uno de los escritores iberoamericanos más importante de los últimos tiempos. Es posible que nadie encarne el renacimiento del periodismo latinoamericano a principios de este siglo mejor que él. Todo eso inquieta a su interlocutor —Caparrós se sonroja—. No le gustan los elogios. 

—Y a estas alturas de la vida, ¿usted qué quiere?

—Escribir un buen libro. Un día, con un poco de suerte (risas).

Con una energía asombrosa —en mayo cumple 64 años de edad— se pregunta: “¿Qué me falta por hacer en esta vida? ¡Uy!, casi todo”. 

—Me sigue dando el mismo gusto y la misma excitación que hace 40 años salir a contar—. Poco a poco va hilando fino, como quien trabaja el telar.

En sus ojos traviesos se refleja la sonrisa de la ironía. En su rostro, dos cicatrices —una por un accidente automovilístico (“me quedé dormido”) y otra que le hizo un borracho, con una navaja, en un altercado en París, año 1976— parecen el fruto de toda una carrera como cronista. 

Un hombre a quien las cicatrices no le quitaron la sonrisa, una sonrisa formidable y llena de cicatrices.

Martín Caparrós

***

Primer acto (I)

Nostalgia por ese  jovencito que se creía tan grande 

Caparrós es un periodista silencioso y observador. Durante toda la entrevista tiene gestos señoriales. Todo un maestro de la oratoria.  Viste una camisa negra —como casi siempre—, pantalones ajustados —también negros— y mocasines de cuero —por supuesto, negros—. Pero no parece estar de luto. 

“Ropa, la de siempre. Uso estos pantalones negros desde hace 20 años. Compro dos o tres al año. Y ya. No me interesan los objetos. Y eso me da mucho gusto: porque me parece que vivimos en un mundo sobrecargado de objetos innecesarios. Y no hay que contribuir a eso. Y hay que hacerlo sin dolor, no me sacrifico. Lo prefiero así”, confesó, en una oportunidad, para El País de España.

Relata que viste siempre de negro “porque es más fácil todo. Me da igual lo que diga la moda”. Explica que no tiene que combinar ropa ni lavarla todos los días.  Viaja siempre con una maleta pequeña, con cuatro camisetas negras, un pantalón negro, dos pares de calzoncillos, una computadora portátil y un kindle, y así recorre el mundo con su equipaje en la mano —sin facturar nunca valija—. 

Martin Caparros

—Nació usted en Buenos Aires, Argentina, el 29 de mayo de 1957. ¿Qué le han comentado sobre ese día?

(Resopla y ríe). Suspira, hace una pausa y vuelve a suspirar. Tras un inquietante rato, contesta. 

—¡Qué cosa!, ¿no? Nunca me lo pregunté. Estoy así, perplejo. ¡Ufff!, es difícil. Ahí sí me agarraste porque no recuerdo que nadie me haya dicho nada sobre eso. ¡Qué curioso! ¿no? Alguien me tuvo que haber dicho algo, pero no, no tengo ningún relato sobre eso— suelta una carcajada. Lo ha hecho otra vez.

—Qué pregunta difícil— dice, aunque ha contestado preguntas casi imposibles en otros momentos de su vida. Pero continúa. “Alguna vez me contaron que mi madre, muy jovencita, estando embarazada de mí, tomaba unos remedios que se suponía me iban a hacer más inteligente, fósforo o algo así. Una sustancia, no remedio, digamos. Eso sí me han contado y me ha parecido patético”, comenta con ese relieve acústico de su voz calculado y estereofónico. 

Caparrós lo rememora sentado en la terraza de su casa. Su casona es amplia e iluminada, con grandes ventanales que hacen que los muebles rústicos de la sala y el comedor parezcan pequeños. Un acentazo argentino que no se ha suavizado a pesar de la distancia que lo separa de Buenos Aires. Al contrario, se ha acentuado.  Su voz es inconfundible, serena y melodiosa  como el silbido que disimula en su ojo el huracán. Los labios grandes, la nariz redondeada, las cejas desgreñadas y el ceño fruncido que está surcado por sendas que parecen el rumbo por el que el periodismo lo llevó.  

Sobre su mesa —el escritorio desde donde se pelea por Twitter con quienes insisten en debatir en 280 caracteres— hay una laptop Macbook abierta. Caparrós no recuerda cuál fue el último libro que compró en una librería, ahora lee —casi todo— en digital. 

Son las 9:00 pm y, mientras cena, el cronista habla por teléfono con los audífonos en las orejas y los dedos de sus manos entrelazados. Parece que nació sabiendo qué decir. En la brevedad encuentra su mejor expresión. 

—Todavía recuerda cuando recibió su primer libro  Ansay o los Infortunios de la Gloria en noviembre de 1984. ¿Siente nostalgia al recordar ese momento?

—Cierta ternura por ese jovencito que se creía tan grande. 

35 años después lo evoca con añoranza. Cuenta que ese día salió corriendo a la imprenta a buscar personalmente su primer ejemplar. Frente al edificio había una plaza y allí emocionado se sentó por horas a acariciar su primer libro. “Me da cierta nostalgia”, confiesa. 

Martin Caparros

Después de más de 40 publicaciones editoriales, el panorama ha cambiado un poco. Ahora cuando llega un nuevo libro ya no sabe qué hacer con él.  No le importa demasiado. —Así como me importa mucho escribirlo y pensarlo, verlo impreso después me da igual— dice sin tapujos y agrega que no soporta releer lo que escribe.  —Hasta que se publica lo dejo de leer radicalmente, para siempre—.

Novelas más reconocidas

– Ansay o los infortunios de la gloria (1984)
– No velas a tus muertos (1986)
– El tercer cuerpo (1990)
– La noche anterior (1990)
– La Historia (1999)
– Un día en la vida de Dios (2001)
– Valfierno (2004, premio Planeta Argentina)
– A quien corresponda (2008)
– Los Living (2011)
– Comí (2013)
– Echeverría (2016)
– Todo por la patria (2018)
– Sinfín (2020)

—¿A qué libros regresa siempre para releer? 

—A ninguno. Sería Borges, pero no es. Algunos poemas, si acaso.

—Usted admira la obra de Jorge Luis Borges. ¿Nunca le llamó la atención entrevistarlo o conocerlo? 

—Preferí no hacerlo, como decía Bartleby. Tuve la posibilidad, tuve su número de teléfono durante meses sobre mi escritorio y me pareció mejor no conocerlo, seguirlo pensando como un fantasma extraordinario mejor que como un viejo más o menos baboso.

—¿Me puede describir esa admiración por Tomás Eloy Martínez? Usted mismo lo llama “maestro”. ¿Por qué? 

—Porque uno siempre querría tener un maestro, ¿no? Lo leí mucho desde que era un niño. Luego lo conocí y nos hicimos grandes amigos. Fue un hombre muy generoso conmigo. 

—¿Qué diría Martín Caparrós si tuviera que escribir su propia historia? ¿Si alguien le pregunta ‘quién eres’?

—Uno que se creyó inteligente, pobre, y tenía mucho miedo de aburrirse.

Martin Caparros hablando

Caparrós habla con el cuerpo. Mueve constantemente los brazos largos, esbeltos; los extiende, abre las manos, separa los dedos y hace círculos en el aire para tratar de explicar algo. 

¿El secreto mejor guardado de Caparrós? Su libro La Historia, una obra de mil páginas que tuvo una edición limitada y que muy pocos se animaron a leer. Dice que es la única obra de la que se siente orgulloso.

Otras obras importantes:

-Larga distancia (1992)
-¡Dios mío! (1994)
-La Patria Capicúa (1995)
-La Voluntad (3 tomos 2007-2008)
-La guerra moderna (1999)
-Extinción (2001)
-Bingo! (2002)
-Qué país (2002)
-Amor y anarquía (2003)
-Boquita (2005)
-El Interior (2006)
-Una luna (2009)
-Contra el Cambio (2010)
-Argentinismos (2011)
-El Hambre (2014)
-Lacrónica (2015)

Queda claro que lo que más le gusta en la vida es escribir y sigue haciéndolo con intensidad. “Ahora mismo tengo varios libros en proceso, pero no porque los tenga pendientes, sino porque es lo que hago en la vida”, explica.

Una frase de Samuel Beckett lo persigue: “Try again. Fail again. Fail better”.

Martín Caparrós
Leila Guerriero y Martín Caparrós

La periodista y escritora argentina Leila Guerreiro sostiene: “Caparrós es colosal en esos terrenos resbaladizos donde las cosas dejan de encajar en los moldes correctos (…)”. 

Él esquiva el comentario de Leila entre risas, se sonroja y pone cara de niño pícaro. Esa picardía que siempre le suaviza las arrugas del rostro.

***

Segundo acto (II)

Neurótico del tiempo

La luz matinal se recorta sobre la cara de Caparrós y endurece sus facciones. Toma el café —como cada mañana— sin azúcar ni edulcorante. Así, de la máquina a la taza. Le da sorbos a un espresso desde la terraza de su casa. El café amargo lo toma lento (le dura casi toda la conversación). Ve y escucha atentamente. Registra, lo hace sin parar, se le nota en la mirada inquisidora de sus ojos saltones y oscuros.

Ilustración: Lucas García

A Caparrós le obsesiona el tiempo. Suele decir de sí mismo que es una persona impaciente. Su agenda del día es intensa. Dictará una conferencia por Zoom en la mañana, será invitado de honor en un festival de literatura, recibirá homenajes y un largo etcétera de compromisos. Mañana estará en otra parte y pasado quién sabe.  Echar un vistazo a ese potente itinerario puede agotar a cualquiera. Pero él acepta con gusto la entrevista. Y, en medio de ese torbellino, siempre encuentra tiempo para escribir. 

Es jueves y a pesar de ese ajetreo, prepara tranquilamente una ensalada. Es la actividad temblorosa de un hombre tranquilo que contempla, lee, escribe, viaja, conversa y —cuando toca, que es con mucha frecuencia— se calla.

—Usted ha confesado ser neurótico del tiempo. ¿Cómo hace para no desperdiciarlo? 

—Escribo. Eso me hace sentir que lo usé para algo. O lo desperdicio con toda intención, lo cual también me hace sentir que lo usé para algo. 

“El tiempo, entonces, se estira suavemente o se contrae, pierde esa majestad de mármol que es su bien más monstruoso: se hace ligeramente falible”, escribió en uno de sus libros (Larga distancia)

—¿Le asusta el paso del tiempo en estos momentos? ¿Subscribe ese refranero popular que dice que “todo tiempo pasado fue mejor”?

—Lo detesto. Creo que todo tiempo futuro es mejor, aun cuando yo no pueda verlo— responde esbozando una sonrisa triunfal.

La disciplina de Caparrós por la escritura es legendaria, es semejante a la de un atleta. Quienes lo conocen coinciden en su precisión y perfeccionismo. Da la impresión de que sus huellas dactilares se borraron tras tantos años de teclear.

—¿Le obsesiona escribir o lo hace por placer? 

—No, escribo casi todos los días porque hay muy pocos días en que no sea lo que más gusto me da. Aunque sea un rato.

—El amor es poco reflejado en sus obras. ¿Es áspero con ese tema? 

—(Piensa unos instantes). No, para nada. Me importa, lo atiendo, he estado enamorado algunas veces, a veces creo que sigo estándolo, me da mucho placer. Solo que no me interesa mucho como materia literaria. Un poquito, pero no más que tantas otras cosas. La verdad —y quizá sea una pena— es que me interesan más las historias colectivas que las individuales.

Sus padres se separaron cuando era usted muy joven. Supongo que eso habrá cambiado su vida de alguna forma. No sé si ahora ve alguna ventaja o alguna frustración de aquello.

—Se separaron cuando yo tenía 10 años. En ese medio intelectual de izquierda que yo me crié era algo normal, no es que yo me sintiera rechazado o raro por eso, pero bueno, fue duro, tuve momentos complicados y fuertes. Con el tiempo recuerdo que decía que me había favorecido, porque a mi padre lo empecé a ver mucho más que antes de que estuviese separado de mi madre. Cuando mi padre estaba en casa, no estaba casi nunca. En cambio ya divorciado tenía que tomar el tiempo de ver a sus hijos y lo veíamos mucho más que antes, aunque no viviéramos en la misma casa. Y empecé a ver a una gran cantidad de gente interesante alrededor: las novias de mi padre, el novio de mi madre, gente interesante alrededor de mis dos casas, entonces empecé a ver todo a mi favor. Tenía dos casas ahora, podía ir y volver a la otra y me pareció bien. 

—¿Buscó el lado positivo?

—Ni siquiera por buscarlo, estaba ahí.

Martha Rosenberg, madre de Martín Caparrós, es una de las voces más emblemáticas de la Red de Mujeres por la Despenalización del Aborto en Argentina.

—Usted viene de una familia de psicoanalistas. ¿Alguna vez ha necesitado terapia? 

—(Suspira unos segundos). No sé si es que no la necesité o no la quise. Eso se puede discutir. Supongo que cualquier psicoanalista dirá que seguramente sí lo pude haber necesitado, pero también haberlos visto de cerca hizo que tampoco creyera tanto en ellos, digamos, los conozco demasiado. Es curioso porque en mi familia somos muchos primos y nuestros padres, mis tíos, casi todos son psicoanalistas. Toda esa generación familiar era de psicoanalistas y los de mi generación ninguno lo fue y no se han psicoanalizado; o sea, que allí hubo algo, algún efecto se produjo.

Hace pocos meses el escritor y periodista argentino Martín Caparrós publicó su más reciente libro Sinfín, una distopía que afronta las consecuencias que supondría alcanzar la eternidad. En esta obra, el autor se pregunta cómo sería el mundo en 50 años y resulta que varias de las cosas que escribió ya suceden. —El libro se publicó antes de la pandemia, pero la pandemia lo confirmó—.  En Sinfín relata que para gozar de un paraíso las mentes deben estar aisladas de todo lo demás. —O sea, la condición de la supervivencia es el aislamiento. Esto se publicó a principios de marzo (de 2020) y 15 o 20 días después nos dijeron que si queríamos sobrevivir había que aislarse— recuerda con gracia. La novela de Caparrós se había escrito mucho tiempo antes y, sin embargo, pareciera tratar sobre los tiempos que vivimos. 

Sinfín es el futuro que propone Caparrós. En su historia los que quieren sobrevivir deben aislarse, ¿en época de pandemia no es toda una ironía? Toda una coincidencia. 

Nunca imaginé esto ni de lejos. Efectivamente cuando empezó todo esto me sorprendió esa semejanza con mi libro. Eso de que para darte acceso a la vida eterna lo que te exigen es que te aísles y la realidad es que en estos últimos meses también se nos pedía que nos aisláramos para tener acceso, no a una vida eterna como en Sinfín, pero por lo menos para vivir unos años más. En ese sentido me resultó muy curioso y supongo que también en estos meses empecé a ver con más fuerza el crecimiento del poder chino que en Sinfín está muy presente. Obviamente Sinfín es una novela, es imaginación, pero es imaginación basada en lo que veo del mundo. Espero que tenga alguna coherencia con lo que pueda llegar a pasar. Por suerte está situada en el año 2070, así que no voy a estar ahí para que nadie tenga que pedirme cuenta de lo que dije. Tengo cierta inmunidad al respecto.

El miedo se ha convertido en el factor ordenador de la sociedad global en la pandemia. Pero ¿cómo orientarnos ahora que el miedo está desnudo? Fracasamos. Nos creíamos tan poderosos y un virus nos deshizo. Estamos encerrados, muertos de miedo, vivos de miedo, sin más recursos que dejar de hacer lo que hacemos, de ser lo que somos —y esperar que la desgracia tampoco nos toque—”.

—La pandemia cambió, de cierta manera, la dinámica del mundo en el presente, ¿pero existirá un cambio a futuro del statu quo o, simplemente, el sistema se adaptará? ¿Cómo vislumbra el futuro después del coronavirus? 

—(Suspira) No tengo ni idea. Esa es como la gran pregunta que todos nos hacemos. Tu adivinanza o tu sospecha es tan buena como la mía. No sabemos qué va a ocurrir. Tengo varias ideas encontradas. Por un lado hay algo que me gusta: hemos descubierto que las cosas que nos parecían indispensables eran totalmente superfluas. Tonterías de formas de vida que desaparecieron con la pandemia. Mucha gente me dice aquí en España ‘yo siempre estaba acostumbrado a hacer esto o tal cosa y ahora me doy cuenta de que no era tan indispensable’. Hay algo que fue decisivo en medio de la pandemia: el miedo. Actuamos por el miedo, por miedo nos quedamos en nuestras casas, por miedo aceptamos muchas cosas que en otras circunstancias no hubiésemos aceptado. Todo por el miedo a la enfermedad y a la muerte. El miedo se instaló muy explícitamente en la escena y seguimos con miedo. Mi gran pregunta es en qué medida seremos capaces de sacudirnos ese miedo o cuánto de ese miedo se quedará instalado en nuestras vidas. 

—¿Qué nos ha dejado la pandemia? 

La pandemia es otra demostración de eso, de cuando creíamos que este mundo que vivíamos era inmodificable, de una solidez aterradora, descubrimos que alcanzaba con un bichito chino para cambiar de pronto tantas cosas. Si algo podemos aprender de estos meses de mierda es que todo es modificable. Hemos comprobado lo frágiles que son nuestros sistemas, que hasta hace poco creíamos inamovibles y hasta eternos.

La muerte está presente en su libro. ¿Cómo se lleva con la muerte? 

—Si a mí me prometes que a cambio de morirme puedo pasar un tiempo parecido al infinito en una realidad virtual interesante, yo prefiero eso. Me parece más interesante que morirme. Nada me parece peor que morirse.

¿Le teme a la muerte? 

—Más que temerle, me parece detestable. Es una cabronada absoluta que la vida de uno tenga que acabarse. Más que miedo le tengo mucho odio, me parece una verdadera pena que se acabe todo esto. A mí me gusta vivir, hacer cosas, me gusta pensar. Me da mucho odio que se acabe todo esto. 

Una aldea de Níger. Martín Caparrós pregunta a una mujer: “Si pudiera pedir lo que quisiera, cualquier cosa, a un mago capaz de dársela, qué le pediría”. “Quiero una vaca que me dé mucha leche, entonces, si vendo un poco de leche, puedo comprar las cosas para hacer buñuelos para venderlos…”. “Pero cualquier cosa, lo que le pidas”, insiste Caparrós. “¿Dos vacas? Con dos sí que nunca más voy a tener hambre”. Otra mujer responde así a la misma pregunta: “Comida todos los días. Eso le pediría”.

—Durante esta charla, que debe llevar más de una hora, cientos de personas han muerto de hambre. ¿Se siente frustrado luego de tantos años de haber publicado El hambre y que la situación de la hambruna no haya cambiado mucho?

—Me frustra de algún modo, aunque tampoco me frustra del todo, porque yo no esperaba que eso cambiara cuando escribí mi libro El hambre. Sabía que no iba a cambiar nada. Los libros solos no pueden cambiar nada. No tengo la vanidad de pensar que puedo modificar nada. Pero me importa haber puesto por escrito todas estas cosas.

Caparrós suele hablar con un afable tono pedagógico sobre todas las cosas. Pareciera que está dando una cátedra de algo, pero no abruma con su conocimiento.  Tiene el poder de poseer una inteligencia sin vanidad. De vez en cuando, detrás de sus palabras, emerge su sonrisa de niño pillo. 

***

Tercer  acto (III)

Una mujer en la cocina

Cuando un periodista le escribe por WhatsApp a Martín Caparros siempre recibe una respuesta llena de humor y afabilidad: su escritura limpia y gentil muestra de entrada a un Caparrós sereno y generoso. Es un buen conversador y examina cada pregunta con rigurosidad. 

—Tuve un día muy liado. ¿Me das 10 minutos, por favor?— Revisa algunos mensajes en su iPhone  antes de empezar la conversación. 

Camina siempre recto, con seguridad. Tiene un aire a algún actor de la era dorada de Hollywood. Amante del dato preciso. Siempre tiene algo que enseñar y un símil a mano. Habla con benevolencia y con inteligencia. Sus respuestas son tan minuciosas que suenan ensayadas. En parte, quizá, por su condición de escritor, pero también por su formación metódica: se licenció en Historia en la Universidad de la Sorbona, en París, Francia.

Lo que más lo marcó en su vida fue haberse ido de Argentina a los 18 años de edad, a partir de 1976, y durante casi una década vivió en el exilio. Se radicó en Francia para pasar después a España tras el golpe de Estado que dio comienzo a la dictadura militar en su país —No es un hecho particularmente importante pero yo habría sido muy distinto si eso no me hubiera sucedido—.

Otro atributo de una conversación casual con Caparrós es que puede producir frases sumamente poderosas y decirte la verdad sin ofender.

Martín Caparrós

—¿Qué lo aburre? 

—La gente que habla mucho.

—¿Qué le molesta?

—La gente que no escucha.

—¿Qué lo hace feliz?  

—Uy, tantas cosas. Olores, sobre todo, algún texto, algún abrazo. El paisaje que veo desde mi ventana.

—¿Usted es creyente?

—No, gracias a Dios.

Ilustración: Lucas García

Es la hora del almuerzo. Caparrós se mueve con agilidad por la cocina: hoy ha preparado una ensalada.  Habla con pasión de su placer por la comida. Cuando era niño nunca le llamó la atención. Confiesa que su madre empezó a cocinar muy bien después de que él se fue de casa —no sé si por espíritu de venganza, dice, antes de soltar una carcajada—. El plato más sabroso que todavía le prepara su madre es el matambre a la leche —un trozo de carne de vaca que se deja en leche cuatro horas—. 

Con el tiempo, en su estadía en Francia, se fue enamorando de la cocina. Con experiencia, además, en el campo de la gastronomía tras ser hace más de treinta años crítico gastronómico y director de la revista Cuisine et Vins, argumenta su interés por los fogones. “Me interesa mucho la comida, es una de las formas de placer con las que más disfruto”, confiesa. 

Esa pasión por la gastronomía lo inspiró a publicar sus libros Entre dientes: Crónicas comilonas (Almadia, 2012), Comí (Anagrama, 2013) y El Hambre (Anagrama, 2014). “Es mi trilogía perversa”, asegura. En sus obras el escritor construye una reflexión sobre el lugar que la comida ocupa en nuestras vidas y le da sazón relatando unas historias suculentas en las cuales el valor de la comida no reside solo en su sabor, sino en todo lo que implicó llegar a ella.

—Lo que más me gusta son esas cosas muy sencillas con esos sabores casi perfectos. Siempre digo que en la cocina soy más parecido a una mujer— comenta Caparrós, no sin antes esgrimir la diferencia entre un hombre y una mujer en la cocina. “El hombre cocina en ocasiones extraordinarias, cuando vienen los amigos o un asado (parrilla). Pero la mujer es la que cocina todos los días. En casa, el que cocina siempre soy yo”, agrega mientras sus manos se entretejen más rápido que las palabras que pronuncia. 

Comemos como nunca —pero no lo sabemos o, de algún modo, conseguimos olvidarlo—. Como nunca: nunca como ahora la comida ha tenido tanto lugar en nuestras vidas, tantos significados, tanto peso —ni tanta comida— La gastronomía se extiende, otorga estatus; la comida se lee, se mira, se escucha— escribió Caparrós en El País el 16 de agosto de 2016.

El periodista asegura que la tortilla de papa o el pastel de manzana de su abuela son recetas que mantiene vivas cada tanto. Además, cuenta que el asado, plato típico argentino, es un sabor que volvió a redescubrir gracias a su hijo que es cocinero —y lo prepara estupendo—. 

“La comida se ha transformado en un objeto de consumo que no necesita ser comido para ser consumido”, sentencia.

Ilustración: Lucas García

 

—¿Cocina todos los días? ¿Sus textos también se cocinan a fuego lento?

—Cocino todos los días, sí, como en general hacen las mujeres. Y me gusta mucho: me paso el tiempo trabajando con la nada, es muy agradable volver a la materia. Pero el fuego lento es una opción entre tantas. Hay cosas que se cocinan mucho mejor en un salteado rápido. Todo está en saber elegir

—¿Qué sabores Caparrós no olvida? ¿Qué sabor tienen sus textos? 

—Vaya a saber por qué, pero si fuese un solo sabor sería el del cordero lechal, aquí en Castilla, impresionante— se calla, piensa y sonríe. 

—¿Su ingrediente principal es la memoria?

—No sé, no creo. Mi ingrediente principal son las palabras. 

Martin Caparros
Martín Caparrós con su hijo Juan

—¿El hijo superó al maestro en la cocina? 

—Claro que el hijo superó al papá en la cocina, pero no al maestro. Yo no soy su maestro. Como tantas otras cosas, lo que traté de hacer fue darle herramientas, provocarle interés en algo, no enseñarle a hacerlo. Me parece que si acaso la función de un padre o un amigo y hasta de un escritor es despertar intereses y que cada cual después satisfaga esos intereses como mejor quiera y pueda.  La idea de maestro —en cambio— supone decirle acá al discípulo o al alumno lo que sea como satisfacer sus intereses y nada me parece menos interesante.  Por eso digo, alguien que provoque interés, no que lo colme, no que lo satisfaga. En ese sentido, entre otros,  efectivamente mi hijo cocina mucho mejor que yo. Es muy buen cocinero y ha trabajado en buenos restaurantes. Me da mucho gusto poder preguntarle cosas ‘cómo se hace esto o cómo se prepara lo otro’.  

Saca su celular, lo revisa. Cruza las piernas. Estira la espalda. Piensa. Cruza los brazos mientras escucha las preguntas y se acaricia el bigote cuando responde. Se nota un poco apagada su voz, pero después todo fluye, se ríe, habla de su vida. También aclara que no tiene nada en contra de los periodistas. De hecho, parece que le simpatizan. 

—¿Qué sensación le genera que un gran entrevistador esté del otro lado de la acera como entrevistado? 

—No sé. Es curioso. La entrevista es una situación muy particular en la cual dos personas simulan por su propio beneficio: uno de ellos lo hace porque trabaja y le van a pagar por eso y el otro lo hace en general para vender algo; un libro, una película, una canción o a sí mismo. En ese beneficio mutuo los dos simulan tener una conversación en general bastante más intensa y más profunda que la mayoría de las conversaciones que uno tiene.  La entrevista es en ese momento realísimo en que uno le pregunta a alguien, que no conoce, cosas que no le preguntaría a su mejor amigo. Al saber que esto es así, evidentemente rompe cualquier posibilidad de autoengaño, pero me parece que hay momentos en que en una entrevista uno se deja ir y se establece una corriente más personal y empieza a hablar en serio un poco más allá que esa simulación de beneficio mutuo.

***

Cuarto acto (IV)

Amante despechado por la fotografía

Hay algo que une a los periodistas y a los fotógrafos sin reparo: la necesidad de observar para contar, para narrar. El primer acercamiento de Caparrós con la fotografía fue gracias a su padre, quien fue un gran aficionado a los retratos y coleccionista de cámaras. Recuerda que desde muy niño quería retratar la calle, salir con la cámara y lo que más llamaba la atención eran las escenas cotidianas. Su otra pasión eran los retratos de la gente que se encontraba en su camino. Todavía rememora esas tardes con su padre en el laboratorio —el olor del ácido acético, la luz roja mortecina, la maravilla de ver aparecer imágenes en un papel blanco— como uno de los momentos más íntimos con él. Compartir ese lugar oscuro pero mutuo era una forma silenciosa de amarlo. 

—Ha publicado libros acompañado de fotografías que usted mismo hizo. Fue una decisión curiosa, tomando en cuenta que su carrera accidental como periodista iba a comenzar como fotógrafo. ¿Cómo ha sido su relación con la fotografía durante estos más de 60 años?

—Me gusta mucho la fotografía desde muy chico. A mí me da mucho placer hacer fotos porque me gusta. Me daba placer trabajar con mi padre en el laboratorio y yo revelaba (‘todas esas cosas que ya no se hacen ahora’). Me encantaba retratar y participaba en concursos. Pero al poco tiempo entendí que era un fotógrafo mediocre, en el mejor sentido de la palabra: alguien que hace medianamente lo que hace. No lo hago tan mal pero tampoco particularmente bien: soy correcto, puedo hacerlo, puedo publicarlas y demás, pero no tengo un talento particular y eso me permite disfrutarlo más, porque es una actividad en la que no me juego la imagen que tengo de mí mismo. Cuando escribo me estoy poniendo a prueba, viendo hasta dónde puedo llegar porque es el terreno en el que me interesa hacer esas pruebas; en cambio con las fotos me divierto sin exigirme tanto. Me gusta mucho mirar fotografías, es un género que me interesa particularmente. 

Tengo algunas ideas y conocimientos sobre la fotografía. La única norma que me impongo desde hace muchos años es no usar teleobjetivos. Porque lo que quiero es estar cerca de aquello que quiero fotografiar. Nunca desde la distancia de un lente largo. Me gustan los lentes cortos que te obligan a estar ahí para hacer la foto de cerca. Es la misma actitud que tengo cuando escribo: tratar de estar ahí cerquita para escuchar y mirar.  Al momento de escribir lo hago pensando en imágenes, en escenas. Trato de ser bastante visual cuando escribo. Hace unos años (2012) publiqué mi primer libro de fotografías de un largo viaje por Corea, Pali Pali. 

Caparrós también publicó en 2018 Postales: un libro de fotografías con pequeñas crónicas donde narra sus viajes por distintas partes del mundo.

***

Quinto acto (V)

Periodista por accidente

Martín Caparrós Rosenberg es hijo de dos psicoanalistas, Antonio Caparrós —español exiliado en Argentina— y Martha Rosenberg —hija de inmigrantes polacos judíos—. Desde muy pequeño le fascinaba escribir. —Nunca me di cuenta de que quería ser escritor—. Con tan solo cuatro años de edad ya era un lector insaciable. Militó desde los 13 años en grupos de izquierda y perteneció al movimiento argentino Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR). Recuerda que desde muy chico, y en dramáticas circunstancias, comprendió que la literatura tenía un gran poder, el poder de combatir el miedo —Desde esa época siento que mi manera de estar en el mundo es escribir—.

A diferencia de otros niños que buscaban pintar en una hoja, Caparrós buscaba una sucesión de palabras sobre el papel. Leía mientras comía, en el baño, antes de dormir, a toda hora y en todas partes.  Desde pequeño quería escribir, y lo hizo, aunque solo relacionaba la escritura con cuentos, poesía y novelas. A temprana edad ya soñaba con ser escritor: elaboraba poemas en los actos de la escuela, en el Colegio Nacional de Buenos Aires. Durante su infancia soñaba con ser Sandokán, el protagonista de las novelas de Emilio Salgari.

Llegó al mundo del periodismo de manera accidental. Era un adolescente cuando, una noche de diciembre de 1973, durante una cena en casa de su madre, un amigo de ella comentó que conocía a un periodista que estaba armando un nuevo periódico. El muchacho, de 16 años de edad, fue a ofrecer sus servicios como fotógrafo. El director Miguel Bonasso, al frente del diario Noticias, lo contrató como cadete (el pasante de los recados).

—Soy periodista de casualidad— afirma sin titubeos.  En diciembre de 1973 obtuvo el puesto de aprendiz bajo las órdenes del periodista Rodolfo Walsh. Una calurosa tarde de un sábado 16 de febrero de 1974, en Buenos Aires, empezó todo: siendo un jovencito de 16 años y recién graduado de bachiller.  Caparrós llegó a la sala de redacción donde trabajaba desde algunos meses como aprendiz (pasante). Era el chiquitín  ‘Che Pibe’ del diario —“Che Pibe, tráeme un café o manda este fax urgente”— eran las órdenes más comunes que recibía. 

Esa calurosa mañana la guardia del fin de semana tenía el turno reducido. Había que cerrar la edición del día. El jefe de turno apresurado por la hora del cierre, llamó al ‘Che Pibe’ Martín y le preguntó si era capaz de escribir una nota.  A Caparrós le brillaron los ojos —ni lo pensó dos veces—. Salió corriendo a redactar lo que sería su primera historia periodística (La historia del hallazgo del pie izquierdo de un montañista japonés que se había perdido en los años sesenta). 

Caparrós tituló su nota: “Un pie congelado 12 años atrás”. Con ese pie —izquierdo— comenzó su carrera como periodista, a pesar de la advertencia de su padre: “Si quieres hacer periodismo, haz periodismo, yo no puedo impedirlo, pero trata de no ser un periodista”, recuerda Caparrós. El consejo de su padre tenía una percepción muy particular. Para su papá un periodista era —alguien que sabe un poquito de todo y nada realmente—.

 —Yo digo que en el periodismo las cosas me suceden— confiesa (media sonrisa). 

Ese fue el inicio, su llegada al periodismo. Con el paso del tiempo se ha convertido en uno de los cronistas más importantes de hispanoamérica. 

—Desde los 16 años comenzó en una redacción. Servía el café a un tropel de periodistas. ¿Todavía lo recuerda con orgullo? 

—No lo recuerdo con orgullo, lo recuerdo como un momento simpático. Lo que si acaso recuerdo con orgullo es la cantidad de café que he sido capaz de tirar sobre la ropa de decenas de personas. Eso no es fácil hacerlo por un lado y sobrevivir por el otro. Pero era así como se empezaba a ser periodista. Hasta hace pocas décadas no había escuelas de periodismo. El periodista era alguien que si acaso tenía un mínimo de formación literaria y social. A uno lo tiraban ahí en medio de la cancha y arréglatelas como puedas. 

—Comenzó como aprendiz de fotógrafo a temprana edad. ¿Terminó siendo reportero por accidente? 

—No llegué a ser aprendiz porque estaba esperando empezar a ejercer como pasante de fotógrafo. Mientras tanto servía café y, como pasé directamente de la máquina del café a la máquina de escribir, al final nunca pude trabajar como aprendiz de fotógrafo. Sí, terminé siendo reportero por accidente: por el hecho de que un día un sábado caluroso de febrero, en Buenos Aires, había tan poca gente que un pobre jefe de sección vio que no alcanzaba a llenar sus páginas y le preguntó a este chiquito que servía café si no lo podía ayudar, si no le podía redactar un cable de agencia que había llegado.

—La pasión por el periodismo, como suele pasar con las pasiones, viene y va. Hay momentos en que me gusta mucho seguir haciéndolo o hacerlo me interesa menos. Ahora estoy, por ejemplo, en un momento particularmente apasionado por el periodismo o por mi manera de hacer periodismo. Imagínate si es apasionado que lo estoy haciendo solo porque me gusta. Empecé en mi nuevo espacio por donde nadie me paga por hacer lo que hago:  o sea, que solamente lo hago porque me da mucho gusto hacerlo. Yo me reía el otro día pensando que hacía periodismo para poder pagar la posibilidad de escribir libros y ahora escribo libros para poder hacer periodismo.

Ilustración: Lucas García

—Ahora Martín Caparrós sigue viajando y descubriendo nuevas formas de contar. ¿Qué elementos debe tener un cronista cazador de historias?

—No  tener paz y mirar, mirar mucho, mirar todo (un ejercicio del que ha hecho un hábito necesario y tan natural como dormir y comer). Querer encontrar cosas que contar en todo lo que uno ve. Eso es lo básico: pensar que todo es susceptible de ser narrado y ver entonces dónde hay esas cosas que valen la pena ser contadas. 

—Hablemos del mito clásico del periodismo: la objetividad en el periodismo. ¿Es el periodismo objetivo una gran mentira o una gran verdad?

—El periodismo objetivo no está ni bien ni mal, simplemente es imposible. Para contar tiene que haber un sujeto que cuente: narrar es un acto subjetivo. El problema es que nos han acostumbrado a confundir la objetividad con honestidad y subjetividad con engaño. 

—¿Qué piensa de los medios digitales que apuestan por el contenido banal y frívolo? ¿Estamos en la era del clic o el rating?

—El gran cambio técnico de los últimos 20 años supone, entre otras cosas, que los medios ahora entraron en la lógica del rating, porque pueden ver en tiempo prácticamente real cuáles de sus artículos se leen más y cuáles se leen menos, qué títulos atraen más a las personas, qué títulos menos y eso hasta hace unos cuantos años era imposible de saber. Las métricas los influye desproporcionadamente, les produce esta tentación de trabajar para el clic, de pensar con ciertas pruebas y estadísticas que sus lectores lo único que quieren es material frívolo y noticias de la farándula, ‘que este o esta se está cogiendo al músico cual’ y de cosas por el estilo.

«El periodismo escrito finalmente, por desgracia, ha caído víctima de la lógica del rating… De la que se había escapado durante décadas». Mucho de esto lo ha escrito en distintos artículos. Uno de ellos es el que publicó para presentar http://chachara.org, su nuevo espacio.

—La prensa no pasa por su mejor momento. Usted ha hecho experimentos sobre las noticias más “leídas” en los medios digitales ¿Cuáles fueron los resultados, si puede dar una aproximación, de esa evaluación? 

—Hace unos meses hice un recorrido por las listas de noticias más leídas de los diarios probablemente más leídos de América Latina y era para llorar a gritos. Todas las noventa y tantos por ciento de las noticias más leídas eran farándula y crímenes. Nada que los periodistas consideramos que es lo importante que hacemos. Era como si hubieran dos mundos distintos: uno el de los periodistas que tratábamos de contar ciertas cosas que nos parecen importantes y otro el de editores y lectores que entienden que en realidad lo que se vende es otra cosa. En épocas de inmediatez, los medios han caído en la lógica del rating y se miden con clics, likes y tuits. Publican eso que se lee más: listas, consejos, dietas y tetas. Por eso yo he dicho mucho que habría que hacer periodismo contra el público: o sea, contra esta idea de que el público lo que quiere es consumir este tipo de mierda. El asunto es que quizás hay que pensarlo también como una forma de trabajar no solo en contra, sino también a favor del público para tratar de ayudar a que se vaya formando un público mejor. 

 “Por mucho tiempo el periodismo escrito estuvo libre de la lógica del rating. Eso cambió en los últimos años. Para entender la crisis del periodismo basta ver las listas de las notas “más leídas”.

—Para usted, ¿qué es ser un buen periodista?

—Querer saber, querer contar. Que te importe, que te sientas mejor si averiguaste algo, si encontraste la forma justa de contarlo. Que te dé placer. El buen periodismo es un género literario que consiste en contar algo que alguien no quiere que se sepa. 

—¿Existe un “estilo propio de Caparrós” de hacer periodismo o le inquieta que lo encasillen en un estilo? 

—Yo hago lo que hago. Si otros ven ahí un “estilo”, es su asunto; no me parece mal, pero no me dedico a pensarlo. Sigo siendo de esa gente a la que hablar mucho de sí misma le parece poco elegante.

—¿Cómo contar mejor las historias con los recursos y herramientas que da el Internet? 

—De muchas maneras. Pero, sobre todo, supongo, utilizando más de un solo recurso al mismo tiempo, mezclando palabras, imágenes, sonidos, referencias –que hasta ahora difícilmente podían estar juntas en una sola pieza. 

—¿En algún momento ha dicho “¡Basta de hacer periodismo, de escribir! ¡Quiero hacer otras cosas!”?

—No realmente. Mi mayor tentativa fue hace mucho, cuando decidí aprender a tocar el saxo tenor. Me daban mucha envidia los músicos, ¿viste que siempre te convencen de que se la pasan bomba? Pero era muy malo. Y de todas formas no lo pensaba para reemplazar la escritura, solo para hacer también otra cosa. 

—¿Qué le ha dado y quitado el periodismo? 

—No me doy cuenta, porque eso supondría imaginarme sin el periodismo y es casi imposible. Como si me preguntaras cómo sería mi vida si tuviera pelo en la cabeza —se ríe con malicia y guiña un ojo—.

El 28 de mayo de 2020, el periodista y escritor argentino sorprendió a sus seguidores en su cuenta de Twitter con la noticia de que no volverá a publicar en el diario estadounidense The New York Times. “Me apena, pero no soporto que toqueteen y censuren mis textos. Sigo defendiendo mi libertad de prensa”, señaló Caparrós.

A la polémica respondió el periodista que editó los textos de Caparrós, el venezolano Boris Muñoz: «Como editor de Martín Caparrós en los últimos tres años y medio y quien lo trajo a The New York Times en Español, estoy muy agradecido por las docenas de estupendos artículos que publicó con nosotros, todos, en mayor o menor medida, resultado de un proceso de edición. Solo se le pidió que eliminara de un texto de 1.800 palabras dos palabras (groserías, tacos, palabrotas o solo palabras, según el gusto) que el manual de estilo del Times prohíbe. Sobre los toqueteos que menciona: editamos de la misma manera los miles de artículos que publicamos anualmente en la sección de Opinión del NYT. Buena suerte, @martin_caparros”, aclaró Muñoz.

—Su salida del NYT por las opiniones sobre la edición de sus artículos fue, por lo menos, controversial. En ese caso, ¿cuál es la posición de un editor para usted?

—No sé si se pueda hablar en general de la posición de los editores. Hay muy diversos tipos de editores, pero separemos por lo menos un editor de noticias a un editor de opinión. El editor de noticias tiene que hacer un trabajo con uno o más periodistas que están tratando de reunir una serie de informaciones sobre un tema determinado. Es un trabajo de una mayor intervención. Un editor de opinión, como era en mi caso en el New York Times, lo que tiene que hacer es proponer cosas o sugerir cosas. Debe proponer al autor cambios que según su idea puedan mejorarlo. Pero en definitiva, de lo que aquí se trata es que es la opinión de una persona precisa y definida, entonces quien tiene que tener la decisión sobre qué se pone bajo su firma y que no es esa persona y no otra. Si no, no tiene ningún sentido, y eso incluye no solo qué se dice, sino también cómo se dice. Uno es lo que está diciendo y cómo lo está diciendo, obviamente. Insisto, creo que un editor tiene que proponer y en estos casos es el autor el que tiene que decidir. En general, el mejor trabajo de un editor consiste en hacer que cada autor encuentre su mejor forma propia. Hay editores que lo que hacen es unificar todo y hacer que todos los textos de todos los autores se parezcan. Eso es lo peor que puede hacer un editor. En cuanto a mi salida particular del NYT no tiene tanto que ver con esto, sino con una situación en la que me estaban diciendo “o esto se publica como yo quiero o no se publica”; entonces yo decidí que dejaba de publicar en esas condiciones. Nunca lo he aceptado, mucho menos ahora que estoy mayorcito. 

Hace unos días me fui del New York Times. Hoy empiezo a publicar en este espacio propio, chiquito, modesto, donde nadie me va a decir qué puedo escribir y qué no. Me parece que no hay nada más valioso –y, a veces, más difícil”.

—¿Por qué el editor suele ser el malo de la película y nunca se lleva un crédito?

—Hace un trabajo que él eligió o es el que pudo conseguir. Es como decir que el preparador físico de un equipo de fútbol nunca resalta en las crónicas, no. Nadie dice: “¡Qué buen preparador físico, sin él no podríamos haber ganado!” o “¡él fue el que definió el partido en el minuto 89!”; sin embargo, es probable que él haya definido el partido preparando muy bien a sus jugadores para que en el minuto 89 pudieran seguir jugando, pero su trabajo es preparar bien a sus jugadores, no salir a la cancha a ponerse la camiseta y meter gol. No es el malo de la película, es alguien que trabaja para preparar el material que en última instancia otros van a firmar. 

—¿Se pelea mucho con sus editores?

—Uno tiene que tratar de hacer lo que le parece que está bien —si está convencido de que está bien— defenderlo. Por supuesto, no hasta la necedad pero en general los editores funcionan como agentes de normalización. Es decir, todo lo que no está bien o no es habitual lo borra por si acaso. Ellos tienen que cumplir con una serie de parámetros de reglas y de normas. Lo que sí he dicho muchas veces es que si yo le hubiese hecho caso a los editores, tú en este momento no me estuvieras entrevistando. Siempre he tenido que pelearme con editores para que publicaran esas cosas que yo les llevaba que eran distintas a las que ellos esperaban y de las que estaban dispuestos a tolerar y publicar. Vale la pena defender lo que uno cree que tiene que hacer, insisto, sin ser necio y estando por supuesto dispuesto a escuchar todo lo interesante que te puedan decir. 

—¿Nunca nadie le ha destruido un texto (en el buen sentido de la palabra)?

—Así en ese sentido de decirme o demostrarme que se podría haber hecho de otra forma mucho mejor, lamentablemente no. Me hubiera encantado (risas). 

—En la publicación de su nuevo blog cháchara habla del “periodismo Gillette”,  aquel que, según su definición, nace de las necesidades de la sociedad estadounidense de la verdad pura -muy difícil de encontrar, en todo caso- y que se une al “periodismo clic”, adicto a las visitas, cuidador del morbo masivo. ¿Cuál es la esencia del periodismo? 

—Yo qué sé. Digo, que en última instancia, es un oficio muy simple que consiste en buscar, mirar, pensar y contarlo honestamente. 

—¿Cuáles son las modificaciones que ha sufrido el periodismo con la rapidez de las redes sociales?

—Son infinitas. La más significativa es que los medios ya no tienen el monopolio de la actualidad, de la noticia de último momento.

***

Sexto acto (VI) 

El hincha que lleva adentro

Caparrós siempre ha dicho que el fútbol es algo que podría no haberse inventado y nadie lo extrañaría; sin embargo, ocupa un lugar decisivo.

Qué bueno si la vida fuera como el fútbol. Digo: un espacio donde siempre hay una posibilidad, donde todo parece perdido y de repente no, donde la magia salva lo insalvable. Donde funciona esa ficción de que nada se termina hasta que se termina, que siempre queda una esperanza. Qué bueno si realmente fuera así”.

Es hincha de Boca. Su extensa lista de libros publicados incluye Boquita y Pequeña historia del Boca Juniors (2005), que escribió junto a su hijo, Juan. También publicó Ida y vuelta, una correspondencia sobre fútbol (2010), junto al mexicano Juan Villoro durante el Mundial de Sudáfrica. No se acuerda de cuándo fue por primera vez a la Bombonera. Sí tiene muy presente las circunstancias en las que decidió hacerse hincha —y con el tiempo fanático del Club Atlético Boca Juniors.

—Hablar de su infancia, como de su vida, es hablar también de fútbol. Ha contado usted que se hizo hincha de Boca en diciembre de 1962. Cuéntenos de ese primer acercamiento con el fútbol, con los Xeneizes.

—Mira, la verdad es que en mi casa no recuerdo que se hablara mucho de fútbol, sobre todo cuando yo era chiquito, ni en el jardín de infantes al que fui, antes de haber descubierto al Boca. Mi descubrimiento de Boca, como habrás visto, fue intelectual, consistió  en que estaba aprendiendo a leer, tenía cinco años, leía  todo lo que me caía en las manos, estaba muy excitado con esta nueva ventana al mundo que se me había abierto y, como conté en Boquita, ese mes de diciembre mi abuela materna Rosita me llevó a Mar de Plata a pasar unos días en un hotelito. Yo era su nieto mayor, la trataba muy bien, en ese momento fui al baño, había un diario viejo, me puse a cagar y a mirar ese diario. En el diario decía: un señor llamado Roma le había atajado una cosa que se llamaba penal a un señor que se llamaba Delem y uno era de un equipo que se llamaba Boca Junior y el otro River Plate (video) y que gracias al señor Roma que había atajado el penal, Boca iba a salir campeón y yo no entendía de qué se trataba porque nunca había visto un partido de fútbol. No tenía referente para saber de qué estábamos hablando, pero me gustó mucho la idea de que hubiera salido campeón y hubiese ganado. En ese momento dije “yo quiero ser de esos”. Por puro oportunismo, triunfalista, decidí que quería ser de esos que habían ganado. 

Y entonces nada, me hice del Boca y allí empecé a ver un poco más en serio el fútbol, en los recreos jugaba al fútbol y demás, pero imagínate que era muy distinta la relación de un chico con el fútbol en esos primeros años sesenta. El fútbol no se televisaba, un chico de cinco, seis años, no podía ir a la cancha. Uno no había visto un partido de fútbol realmente. Yo lo miraba en el diario, ya después me puse a escucharlos en la radio, que era la manera de seguirlos en directo, pero uno no tenía una imagen visual verdadera de aquello que cada vez me interesaba más.

Ilustración: Lucas García

Después me llamó la atención cómo había toda esta afición al fútbol completamente mediada por algún relato. La gente, los aficionados que podían ir a ver un partido era solo el 1%, un gran partido con 100.000 personas y que luego el lunes iban a estar hablando millones, solo 100.000 lo habían visto. Uno de cada 100, y solo los que lo habían visto tenían un relato, el relato del diario, el relato de la radio, fue puro relato y pura mediación durante décadas. Ya luego a finales de los sesenta y setenta ya se empezó a difundir por la televisión y cambió totalmente.

“Para ver fútbol de verdad hay que ir a la cancha”.

Luego, cuando mis padres se separaron, mi padre descubrió que llevarnos a mi hermano menor y a mí a la cancha era un plan muy cómodo para el domingo que tenían que sacarnos. A mi padre el fútbol le gustaba más o menos, pero bueno, no le molestaba y a nosotros nos encantaba y entonces nos empezó a llevar mucho al fútbol, aunque ya luego nos llevaba a la cancha del River por más comodidad (le quedaba más cerca de su casa) y yo era hincha del Boca, así que te podrás imaginar mi nivel de frustración. Odiábamos ir a ese estadio, pero era lo que había (ríe). 

¿Cómo influyen el fútbol y la música en su vida?

—La idea de influencia me resulta extraña: no lo sé. Pero sé que escucho música siempre que puedo –lo cual incluye escribir, pero no corregir– y que ver fútbol me resulta cada vez más aburrido. Aunque, de tanto en tanto, cuando un partido me atrae, no cambiaría esos 90 estúpidos minutos por ninguna otra cosa –o casi.

—¿Sus textos tienen una melodía, un ritmo?

—Es lo único que tienen. O eso espero. Sin música, un texto no es más que una suma de pretensiones mal amontonadas.

—Hable de su faceta de actor. Sorprende verlo actuar. Es usted un personaje polifacético.

—Me divierte. Actuar es exactamente lo contrario de escribir: en lugar de estar solo, estás en medio de hordas de personas, en lugar de tener que decidir todo tenés que hacer lo que te dicen, repetir lo que otros decidieron. Es un gran descanso, como unas vacaciones cada tanto.

***

Séptimo acto VII

Venezuela en los recuerdos

“¿Cómo están las cosas en Venezuela?”, pregunta con verdadero interés, dueño de una cortesía de otro tiempo. 

Caparrós recuerda con gracia —y pena a la vez— su última particular visita (2019) a Venezuela. Relata con ironía que muchas veces en su vida se ha quedado sin plata, pero que era la primera vez que, teniéndola, no la podía usar. —Eso solo me ha pasado en Venezuela—.

—¿Qué se encontró cuando estuvo en Caracas?

—No podía usar mi dinero. Fue un momento en el que los bolívares estaban tan devaluados que no había billetes que pudieran ser usados para comprar nada. Todavía no se utilizaban, como ahora, los dólares, y mi única opción eran las tarjetas en puntos de venta. Pero yo obviamente no tenía tarjeta ni cuenta bancaria de Venezuela. No podía pagar ni un café. Afortunadamente, una amiga periodista vino a mi rescate y me prestó una de sus tarjetas. El problema es que esa tarjeta tenía otro nombre. Yo pensé que eso sería un inconveniente y era muy curioso porque las cajeras del supermercado las aceptaban sin ningún problema, como algo normal. Estaban muy dispuestas a creer que yo me llamaba María. Yo tengo un poco cara de María, pero tampoco tanto (risas). Fue muy raro que a nadie le preocupara que me llamara María. Es la aceptación en general de un país en ficción. En un punto es un rasgo de madurez el hecho de que tácitamente una sociedad se ponga de acuerdo en que, bueno, hay que fingir ciertas cosas. 

Martin Caparros
Caparrós en la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano

—¿De qué hablamos cuándo hablamos de Venezuela?

—Actualmente Venezuela ha sido muy útil para las derechas del mundo, para producir una suerte de espantapájaros. El fracaso del chavismo ha servido a muchos líderes para vociferar que cualquier tentativa de izquierda está destinada al fracaso, poniendo a Venezuela siempre como ejemplo. Lo cual, insisto, le ha hecho un favor extraordinario a las derechas del mundo y un daño muy importante a ciertas tentativas de izquierda. Es una lástima, pero cada ideología intenta sacar provecho de ella como puede, a despecho de la tragedia de los venezolanos.

El sustantivo Venezuela, el adjetivo venezolano se ha transformado, últimamente, en mucho más que una mera descripción. Han perdido, de muchas formas, el sentido, y han ganado otros: la condena, la descalificación, el miedo. Por supuesto, como pasa con tantas palabras castellanas, estas tampoco significan lo mismo en distintos países o regiones del idioma. En América Latina la fuerza de la palabra Venezuela en el debate político tiene ya veinte años, desde que el comandante Hugo Chávez Frías apareció como un parteaguas y las partió a golpes de discursos y dinero.

—En los inicios del chavismo usted se interesó por la figura de Hugo Chávez… 

—Recuerdo que cuando empecé a ver las primeras apariciones del comandante Hugo Chávez me interesó el personaje por una cosa que se me hace casi literaria. En una época en que la retórica política en América Latina era muy pobre, en la década neoliberal, encontrarse a un señor que hablara de empezar a construir un futuro distinto, entre otros aspectos de su discurso, lo hacía un hombre distinto. Por eso me interesó el personaje. En el año 99 tuve la oportunidad de hacer una gira, haciendo varios reportajes, con Hugo Chávez por varios estados de Venezuela. Pero siempre me inquietaba su imagen militar y nacionalista. Dos rasgos que más pueden inquietarme de una persona o de un político en particular. Nunca me gustó el chavismo; me sorprende el nivel de degradación al que llegó Venezuela. 

—¿El chavismo pudiera convertirse en una suerte de peronismo venezolano?

El chavismo en ese sentido tuvo la mala suerte de sobrevivir a su fundador (Chávez) en circunstancias difíciles. El peronismo tuvo que sobrevivir a su propia caída. El peronismo tuvo la enorme fortuna de ser interrumpido en el año 55 y de pasarse casi 20 años fuera del poder. Lo cual en el recuerdo agrandó mucho sus méritos. Hizo que mucha gente quisiera su regreso. Imagínate si en Venezuela hubiese triunfado el golpe de Estado de 2002 y Chávez hubiese tenido que exiliarse y la gente lo hubiese extrañado. Que hubiese peleado el pueblo 15 años por su regreso. Esas circunstancias de algún modo salvaron al peronismo. El chavismo, por el contrario, no fue violentamente interrumpido sino más bien se fue cocinando en su propia salsa hasta que terminó demostrando una enorme ineptitud extraordinaria. Está clarísimo que convirtieron  a un  país próspero en un país arruinado. Que más de cuatro millones de personas se hayan fugado de su tierra es el juicio más absoluto y taxativo que se pueda hacer sobre un país. Unos ciudadanos que huyen porque no tienen con qué vivir, con qué comer, es la mayor muestra de que un Estado ha fracasado estrepitosamente.  

¿Venezuela es un país en guerra pero sin guerra? 

Es un país estancado. Las cosas no avanzan hacia ninguna parte. Muchos años empobrecidos y parece que nada va a arreglarse. Lamentablemente, los pueblos se acostumbran a muchas cosas. Recuerdo haber vivido momentos fuertes cuando visité Venezuela. Ver el nivel de destrucción y abandono de los hospitales me impresionó mucho. Venezuela es un país en guerra pero sin guerra: esa fue la impresión que me dio. Yo solo he visto ese nivel de degradación en países donde estuve que estaban en guerra. 

Venezuela, entonces, la palabra Venezuela, la palabra venezolano, han cobrado en nuestros países una fuerza que nunca tuvieron. Nadie habla de ellos y de ella cuando habla de ellos y de ella; a la mayoría de los que la nombran les dan igual sus 32 millones de ciudadanos, sus cuatro o cinco millones de desterrados, sus búsquedas, sus penas. Venezuela, la palabra Venezuela, se ha vuelto un arma de la gran derecha, un lastre de las pocas izquierdas, una incomodidad constante, una palabra que dice lo que no debiera. Es extraño. Todo un país tendría que cambiar para que esa palabra, por fin, recupere el sentido. O, quién sabe, todo un continente.

—La investigación que hizo en su libro El hambre le ha valido muchos premios y reconocimientos. Si hay un tema que a usted le preocupa es la desnutrición en el mundo. ¿Qué piensa de la crisis alimentaria en Venezuela? 

Visitando la casa de una señora humilde, en un barrio caraqueño, me impresionó mucho el contenido de las cajas llamadas CLAP. Me impactó, no solo la pobreza de su contenido, sino que todos, absolutamente todos los productos, eran de otro país. No había producción nacional. Insólito que no tuvieran nada fabricado en Venezuela. Es una muestra del fracaso y enorme crisis de malnutrición que hay. Más allá de la grave crisis alimentaria, esta experiencia que vi fue particularmente elocuente y muestra con mucha claridad de dónde viene el problema.

—¿Su abuelo estuvo preso en Venezuela? Le faltó poco para ser venezolano (…)

—(Sonríe por unos segundos) Mi abuelo era médico (el doctor Antonio Caparrós) madrileño y exiliado republicano. Huyendo de España se las arregló con un grupo de gente en las Islas Canarias para meterse en un barquito de pescadores. Se lanzaron al mar para llegar a Venezuela. En ese momento Venezuela era muy acogedora con los refugiados españoles. Pero resulta que en el tiempo que tardó navegando (dos meses),  cuando llegó a Venezuela se consiguió con la mala suerte que había ocurrido el golpe de Marcos Pérez Jiménez. Venezuela ya no era acogedora con los españoles y metieron preso a mi abuelo. Era una base militar en Güiria, que fue en donde desembarcó. Lo hacían trabajar en la cárcel, al parecer el médico de la base en algún momento dijo: ‘yo me voy, el doctor Caparrós se va a ocupar de todo esto’, y se fue. Entonces quedó mi abuelo a cargo y al cabo de unos meses lo dejaron salir y ya se fue a la Argentina. O sea, que por ese lado si no hubiese sido por Pérez Jiménez, pudiese haber sido venezolano (ríe). No sé si hubiese sido tan bueno o tan malo, ¿no? (risas). Sí, tal vez Pérez Jiménez me salvó, no sé, no quiero ponerme en esos términos. Tuve la oportunidad de conocer el puerto de Güiria. Fue una sorpresa extraordinaria conocer donde mi abuelo estuvo preso. Muy interesante visitar ese lugar que nunca pensé que iba a conocer. 

—¿Qué hubiese sido de Caparrós si hubiese sido venezolano?  

—Un milagro, porque habría nacido sin madre -que sí es argentina-. Que dos personas se encuentren y creen una tercera es una de las más altas expresiones del azar en un mundo regido por los azares. Uno se cree algo, y resulta que si aquel día a las 6:14 pm esa chica que después fue su madre hubiera mirado para el otro lado, no existiría. Es humillante, ¿no?—, suelta otra carcajada, primero ligeramente, después a quijada batiente hasta perder el equilibrio por tanta carcajada que se le acumula en el estómago. Es Caparrós en estado puro. 

Si no hubiese sido por Pérez Jiménez, pudiese haber sido venezolano (ríe) No sé si hubiese sido tan bueno o tan malo, tal vez Pérez Jiménez me salvó, no sé ¿no?

***

Desde su cálida cocina, repleta de utensilios, se divisa un cielo envuelto en púrpura y violeta. Se hace de noche y la oscuridad se cuela por las ventanas. La señal de que va a anochecer en España. Caparrós mira su reloj –son las 8:05 pm– y me consulta si aún tengo más preguntas por hacer. —Esto está muy largo, joder— agrega con una sonrisa irónica, pero se encarga de que su tono rígido no caiga como una sentencia.  Luego se queda callado, largamente callado. 

—Una ronda cortita más de preguntas y me llamas el lunes ¿vale? 

—Buen provecho, maestro.

—Gracias. Hablamos el lunes. Feliz noche. 

Sí, muchas preguntas quedaron pendientes (porque siempre quedan preguntas pendientes con Caparrós).

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