• Cada vez más los amazonenses de bajos recursos, e incluso profesionales, han tenido que volcarse a trabajar en la minería, bien sea como explotadores, caleteros, cocineros, vendedores. Y en esa tarea, han tenido que ausentarse de la crianza de sus hijos, dejándolos al cuidado de algún familiar que pueda encargarse de ellos

La niña tiene seis años de edad y el varón tiene siete, ambos juegan en la sala de la casa armando con unos libros una especie de pueblo. Mientras, su tía abuela Ana cuenta que su madre tiene casi tres meses de haberse ido a las minas, en busca de un sostén económico para sus hijos. 

En el lugar todavía se observa el árbol de Navidad, como la estampa de unas fiestas que los pequeños vivieron con la ausencia de sus padres: él, porque desde hace años no vive con sus hijos, y ella, porque se fue el 9 de noviembre a las minas del sur de Amazonas, hacia donde en los últimos años se han volcado los pobladores de la capital del segundo estado más grande de Venezuela.

Ana es una mujer de al menos 65 años de edad y su semblante demuestra el temple con el que las mujeres indígenas han llevado la cultura matriarcal que las caracteriza. Ella es desciende de la etnia Baré y desde que su familia llegó de Río Negro a Puerto Ayacucho, no recuerda una oleada tan grande de gente que se vaya a las minas como la que está ocurriendo en los últimos años.

“De dos años para acá es cuando más he oído de gente que se va a las minas. Lo que se oía era La 88, que queda por allá en Bolívar, pero para acá en el sur, es más reciente. Se escuchaba que algunos hombres se iban para las minas, pero no como ahora, que la gente está buscando como sea ir , que está abandonando todo, tal vez por la situación económica y por la cuestión de la pandemia, que ya los trabajos no están dando el dinero aquí. Y les debe ir bien, porque muchos traen sus cositas y su comida”, relató para El Diario.

Minas refugio de niños
Los hermanitos disfrutan del juego en la casa de su cuidadora | Foto: Madelen Simó

Según investigaciones de la Red Amazónica de Información Socioambiental Georreferenciada (Raisg), desde el año 2016 se disparó aún más la explotación minera en el norte de Amazonas, una zona donde no solo se extrae el oro sino también el coltán (metal que se usa como conductor en aparatos eléctricos). En ese año se firmó el decreto del Arco Minero del Orinoco, por parte del régimen de Nicolás Maduro, que abrió la extracción del oro y otros minerales con concesiones a empresas extranjeras y nacionales, con la intención (fallida) de regularizar la minería ilegal.

“Ya el año pasado todo se desató más, porque la gente está dejando sus trabajos para irse a las minas. En los tiempos pasados no, todo el mundo ocupaba sus puestos de trabajo, ahora los abandonan para ir a ganarse la vida de otra manera, más que todo para el sur, para las minas más cerca de Colombia”, indicó la tía abuela de los niños. 

Probar suerte

Puerto Ayacucho se ubica en el municipio Atures y es la zona más poblada y urbanizada del estado Amazonas. Allí se concentran las actividades comerciales, institucionales y educativas, y en donde muchos de sus pobladores tuvieron la oportunidad de formarse profesionalmente y ocuparon trabajos con los que pudieron sostenerse. Ahora, profesionales, técnicos y personas con algún oficio han decidido irse a la minas a “probar suerte”, para conseguir el dinero que tanto necesitan para subsistir. 

En esta decisión y especie de aventura, los padres que se van se han visto obligados a dejar sus hijos al cuidado de los abuelos, tíos, primos u otro familiar que pueda encargarse de los niños. Así es como Puerto Ayacucho se ha convertido en el refugio de los hijos de los trabajadores de las minas.

La aventura

La mamá de los pequeños se fue para las minas, en lo que llamó su “viaje de aventura”, según dijo su tía abuela Ana. “Ella habló conmigo después que se encontró con unas muchachas en la comunidad de La Reforma, donde vive su mamá, y me dijo: ‘tía, yo me voy a ir para las minas y te voy a dejar los niños. Te voy a dejar ese trabajo, cualquier cosa yo respondo por usted y por los niños”, narró Ana.

Luego de esa pequeña charla, para Ana todo fue muy rápido. Su sobrina tomó unas vacaciones pendientes que tenía en su trabajo, se contactó con el señor del bongo y cuadró el pasaje. “Un lunes llegó y me contó que se tenía que ir el miércoles por la zona de Samariapo, en el Puerto de Morganito. El día del viaje, ella llamó a la 1:00 pm y me dijo: ‘Tía, voy saliendo’, yo le dije que Dios te cuide. ‘Si vamos en un barco bien grande. Es toda una aventura’, contestó su sobrina.

Cuando llegó al lugar, Ana supo de la madre de los pequeños porque la llamó y le contó que el señor del bongo se hizo muy amigo de ella y de la amiga y compartieron la comida. Además, que el traslado de Morganito hasta San Fernando de Atabapo y de allí a las minas estuvo tranquilo. “Me dijo que no tuvo miedo a los cuentos de la guerrilla”.

El dinero puede tardar

De acuerdo con lo que conoce Ana, su sobrina está en una mina llamada Casique, en Amazonas. “Dicen que eso por allá son puros campamentos, caminos por donde solo pasan motos”, subrayó.

Por eso el envío de dinero puede tardar. La forma que algunos usan para enviar el dinero que ganan es mandarlo con alguien que va de visita a Puerto Ayacucho y otros van hasta la población colombiana de Inírida (departamento de Guainía) para vender el oro y enviar los pesos, por medio de una operación bancaria, a Puerto Ayacucho. Esto de acuerdo con los relatos de algunos lugareños.

Por ello todavía Ana no ha recibido dinero de su sobrina. “Por donde enviaban, en diciembre, hubo un problema porque se perdió un dinero y suspendieron eso. Al parecer este mes viene una amiga de mi sobrina y con ella va a enviar un dinerito, con esa gente de confianza. Ahora es que ella va a mandar, porque en los dos meses que tiene por allá no ha podido. Sí llama y habla con los niños, igual a ellos no les ha faltado su comida, todos los días tienen su alimento. Tampoco la presiono porque no sé cómo está la cosa para enviar, lo lejos que puede ser, pero bueno si manda, bienvenido”, sostuvo.

Un extrañar latente

Los niños pueden sumergirse en el juego y pasar horas del día en esa diversión. También pueden ocupar su tiempo en las actividades educativas en casa y hasta en los quehaceres del hogar, pero al final del día el abrazo de una madre hace falta y los niños que Ana cuida no son la excepción. 

Sí, los niños saben que su mamá está en las minas, que se fue a trabajar. Los primeros días la extrañaban mucho, pero ha medida que fueron pasando los días creo yo que se acostumbraron”, consideró la cuidadora.

Una llamada telefónica no falta para tratar de tener una cercanía con los niños. “Estamos bien, mamá, ¿cómo está usted? Cuídese, nosotros estamos bien”, recreó la tía abuela sobre el diálogo que sostienen los niños con su mamá. “Ella no los ha olvidado, ellos saben que su mamá está por allá”, completó Ana.

Minas Amazonas
Para su tía abuela, el varón es el más rebelde | Foto: Madelen Simó

Una rutina es clave

Esta tía abuela confesó que tenía tiempo sin cuidar niños. “Hace dos años que salí jubilada y desde entonces me había dedicado a cuidar a mi mamá, hasta que falleció”. A Ana se le da bien cuidar de otros y reveló que los niños no le pesan, pero sí trata de mantener una rutina que le permita cumplir con las actividades, sobre todo ahora que por la pandemia las clases son en casa. 

“No me pesan, si tengo que salir lo hago y ellos se quedan con el tío, viendo televisión o haciendo algo en la computadora. También tengo la rutina de hacerles su desayuno y almuerzo”, recordó.

Ana también intenta tener algo de disciplina con los pequeños y si se comportan mal, les llama la atención y los castiga, pero evita pegarles. “Ellos ya me conocen cómo soy yo, y es igual cuando viene mi hermana, que a veces se los lleva”.

Ahora, en la parte educativa, los niños hacen gran parte de su tarea solos, Ana les ayuda únicamente cuando lo necesitan. “Yo les llevo el cuaderno a la escuela y la maestra manda las tareas. La niña está en preescolar y hace sus letras, sus dibujos, escribe. El niño está en segundo grado, y también hace sus tareas de matemática, lenguaje”.

Algo de rebeldía

Ana reveló que al niño lo ha tenido a su cuidado en otras oportunidades. “Cuando estaba pequeño lo cuidé y lo he llevado con disciplina, al nivel mío, cuando yo le digo que no es no. Él tiene un carácter como el papá, que era enojado, bravo, él quiere ser un poco rebeldito, pero cuando quiere zapatear, él sabe como soy yo”, subrayó.

Por ahora, Ana trata de darle un refugio amoroso a estos niños, cuya madre está buscando mejorar su calidad de vida con un trabajo que consiguió como encargada de un puesto de cocina de un campamento. Espera que en marzo la madre de los pequeños pueda ir a visitarlos, como dijo Ana que prometió su sobrina.

Una ida repentina

Licis es la tía de dos varones de 8 y 11 años de edad, a quienes su papá les dejó de manera repentina para que los cuidara el pasado mes de noviembre.

El papá de los niños, hermano de Licis, decidió de un día para otro irse a las minas a trabajar, así como lo han hecho otros amazonenses en los últimos años. “Él tomó esa decisión y me dijo: ‘acá están las cosas de los niños y sus datos para el carnet’. Y bueno, nosotros vivimos en la misma casa y me imagino que como yo estoy allí, él los dejó, y como están en la casa y me dejó sus cosas, yo asumo que los debo cuidar. Pero en realidad no me dijo nada que los iba a dejar ni preguntó si yo podía cuidarlos él prácticamente los dejó a la deriva”.

Licis también tiene sus propios hijos y con los de su hermano, ahora son cuatros niños los que debe cuidar y garantizar su alimentación y otros gastos. En la precariedad económica de Venezuela se las ingenia para hacerlo.

La espera

La única ayuda monetaria que le dejó su hermano para los gastos de los niños fue la tarjeta bancaria con la que puede hacer uso de los bonos gubernamentales que llegan para algunos venezolanos. “Les compro su jabón, crema dental y lo poco que queda para la comida. El niño mayor es el más consciente, quien está pendiente de guardar el dinero para la comida”, señaló. Además, dijo que el papá de los niños también tiene una motocicleta, vehículo que utilizan para hacer taxi o para hacer trueque con la gasolina.

Estas estrategias son las que Licis usa para rendir los pocos recursos con los que cuenta, pues su hermano aún no ha podido enviarles dinero. 

También nos ayudamos con la bolsa CLAP, porque ellos tienen ese beneficio. Por ejemplo, cuando recién llega la organizo, porque ellos comen y bastante. Entonces yo les doy su arroz, pasta, azúcar, el resto la guardo por si acaso para ir distribuyendo, y con lo que le depositan en las tarjetas les compro su proteína. Y allí nos vamos bandeando”, precisó.

Ahora son cuatro

Licis ha tenido una relación cercana con sus sobrinos desde hace tiempo; pero considera que esta situación de cuidado hizo que cambiaran algunas cosas de su rutina; por ejemplo, la atención. “Ver qué hicieron en la casa, si salieron, con quien estuvieron, porque no te creas, después que una se viene para acá (puesto de ventas de productos autóctonos), ellos se quedan solos y se acompañan, porque una tiene que trabajar”.

Licis los describe como unos niños colaboradores, pues ellos saben que si quieren salir, deben ayudar en los quehaceres del hogar. “Cuando llego a casa, ya han barrido el patio y todo. Yo les compro el jabón y ellos mismos lavan su ropa en la lavadora”, sostuvo.

En cuanto a la escuela, ahora son cuatro niños que tiene que acompañar en las clases en casa, y a Licis le preocupa; pues ya la dinámica de enseñar se le había hecho complicada, ahora con más personas cree que pueda ser mayor.

Otro aspecto que debe vigilar es el comportamiento. “Hay uno de los niños que es amigo de las manualidades, que toma cosas que no debería. De eso tengo que estar pendiente, decirle: ‘no lo hagas, no lo hagas’, porque va creciendo y es peor”.

También debe lidiar con el carácter de unos niños, quienes saben que no fueron abandonados, pero por momentos se sienten solos. “El menor es el más rebelde, pero el mayor entiende más, uno le habla y él entiende”.

Para Licis está claro que los niños extrañan a su papá, pues siempre preguntan por él. “Uno les dice que su papá está bien, trabajando, que él se fue por una necesidad, que no es porque los quiso dejar. Como además no está la mamá, ellos requieren de mucha atención”.

Casi una madre

De acuerdo a lo que contó Licis, hace dos años los niños vivieron una situación de maltrato con su madre. Por ello pasaron a la custodia de su tía por un tiempo.

“Por la misma situación económica que se está viviendo, mi hermano y su esposa comenzaron a vender cosas. Y entre eso, los niños vendieron unas ollas de la mamá y le dieron poco dinero. La mamá se molestó y les pegó fuerte, el maltrato fue tal que el niño mayor se arrastraba pidiendo auxilio. Recuerdo que cuando llegué a la casa, ella le estaba pegando al menor con el cable de un cargador. Y yo le dije que si seguía la iba a denunciar, y de hecho lo hice ante la Fiscalía y a los padres los llevaron presos. Mi hermano va preso porque no evitó que ella le pegara y lo acusaron de complicidad. Luego ellos salen y el abogado me dice que los padres no se pueden acercar a los niños, algo inevitable porque vivimos cerca y los niños se escapaban para ver a su mamá”.

Licis narró que los padres tenían que presentarse durante el proceso, pero “ella decidió irse a Colombia y está solicitada porque no volvió a presentarse”. Es por ello que desde antes que comenzara la pandemia, los niños han vivido la ausencia de una madre y ahora también la del padre.

Un motivo común

Licis no escuchó de la voz de su hermano cuál fue el motivo que lo impulsó a tomar la decisión de irse a las minas. Presume ella que, como en otros casos, fue la situación económica. 

Él trabajaba la parte de la mecánica, y ya en el último año quiso hacer el curso de policía, pero luego se dio cuenta de que era muy riesgoso y desistió de la idea”.

Lo que ella sabe es que en principio su hermano se iba con otro grupo por 15 días y resultó ser un poco más. “Si ellos llevan mercancía, lo distribuyen y pasa un tiempo para cobrar. Eso fue lo que pasó, que se quedó con mercancía allá y se tuvo que quedar más tiempo para cobrar”. 

La historia de estos padres que sacrifican el tiempo con sus hijos en busca de un trabajo que les permita cubrir sus necesidades, así como el apoyo que reciben para cuidarlos, se repite en otras familias de Amazonas. Un estado por donde los bongos navegaban los ríos Orinoco o Atabapo llevando a los turistas curiosos de esta zona selvática de Venezuela, pero donde ahora estas embarcaciones llevan a quienes ven las minas como una salvación.

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