• Katherine Rangel perdió las funciones de sus dos riñones a los 25 años de edad. Desde entonces, hizo todo lo posible para conseguir la cirugía que le permitiera disfrutar su vida plenamente. Ilustración: Lucas García

En el año 2018 Kathrine Rangel se sometió a una apendicectomía, un procedimiento que parecía simple y rutinario. Luego de que la anestesia perdió su efecto, despertó con la tensión alta y un médico a su lado que le dio una noticia desconcertante. 

—Tuvimos que hacer otras cosas en la operación— le advirtió el anestesiólogo. 

—¿Qué hicieron? ¿Pasó algo?— preguntó Katherine con temor. 

—Te retiramos el ovario derecho y una trompa porque tuviste un quiste sangrante con una fuerte hemorragia. Eso fue lo que te causó la apendicitis— respondió el médico. 

Katherine tiene actualmente 27 años de edad. Nació en Valencia (Carabobo) y en el año 2017 recibió su título de histotecnóloga por la Universidad Arturo Michelena. La joven venezolana aseguró que durante su infancia nunca tuvo enfermedades que afectaran su cotidianidad. 

El episodio de la apendicitis la hizo preocuparse por su estado de salud, por lo que se mantuvo en control ginecológico para saber cómo llevaría su vida con un solo ovario. 

Yo salí anémica de la operación y luego de eso nunca me recuperé de la anemia. Tenía la hemoglobina en nueve, luego en ocho y finalmente en siete. También seguí hipertensa. Cada vez que el doctor me tomaba la tensión la tenía muy alta y me pidieron que buscara un cardiólogo y un hematólogo”, contó la joven en exclusiva para El Diario.

De una consulta a otra

En la consulta de hematología el médico le diagnosticó anemia por falta de hierro, por lo que le mandó suplementos para compensar la deficiencia. Sin embargo, cuando visitó al cardiólogo, el pronóstico no fue bueno. 

Katherine recuerda las palabras del cardiólogo con angustia. El especialista le insistió que su edad, contextura y antecedentes no coincidían con su presión arterial, por lo que le pidió un eco renal y exámenes de sangre para descartar una falla en los riñones. 

En el eco se veían mis riñones blancos y muy disminuidos, porque prácticamente ya no estaban trabajando a pesar de que yo orinaba, nunca me hinché ni me sentí mal. Los exámenes sanguíneos también eran alarmantes, porque tenía la urea en más de 70 y la creatinina en 9. Estaba intoxicada”, detalló la paciente.

Katherine le pidió su diagnóstico al nefrólogo que la atendió. Insistió en que quería claridad y que le dijeran de una vez por todas qué le sucedía. “Tienes una enfermedad renal bastante avanzada que puede ser de meses o años y no descartamos un trasplante renal”, fueron las palabras del especialista. 

Insuficiencia renal. Afección que suprime la capacidad de los riñones para eliminar las toxinas de la sangre y equilibrar los fluidos.

Las palabras del nefrólogo sonaron muy lento en la mente de Katherine, mientras intentaba procesar la información. En ese momento entró en un proceso de negación y buscó otras opiniones. 

“Creo que fui hasta con ocho o nueve nefrólogos, porque estaba negada a aceptar que un día estaba bien y al siguiente necesitaba diálisis, por eso me tardé al menos 15 días en comenzar tratamiento”, explicó la joven. 

El largo camino de Katherine, una joven que logró un trasplante renal durante la pandemia
Ilustración: Lucas García

La rutina del paciente renal 

Uno de los aspectos que más marcó a la valenciana luego de su diagnóstico fue la falta de información disponible sobre la enfermedad y cómo tratarla en el país. 

“Este es un mundo al que llegas y no sabes absolutamente nada. Mucha gente ni sabe que es una diálisis a diferencia de una quimioterapia, por ejemplo”, expresó la joven. 

Aunque Katherine consiguió un cupo de diálisis en Instituto Urológico de Valencia, la paciente sentía que su verdadero objetivo era conseguir un trasplante de riñón para llevar su vida más plenamente. 

La joven asistía a la terapia tres veces a la semana en el horario de 6:00 am a 10:00 am. Varias experiencias le reafirmaron que su camino futuro no estaba sujeto a la máquina de diálisis. Una de esas fue la muerte de una compañera de tratamiento. 

Era una chamita de 19 años, nosotras nos dializamos en la misma máquina, pero en diferentes horarios así que nos hicimos muy amigas. Una mañana me escribió por WhatsApp que no iría porque se sentía muy débil y recibiría la diálisis en el hospital. Lo único que le respondí fue ‘no te mueras’. A las 2:00 pm me enteré que falleció”, contó.

Katherine buscó casi a diario información sobre trasplantes en Venezuela. Consiguió el contacto de la Organización Nacional de Trasplantes de Venezuela y posteriormente con la Fundación Venezolana de Donaciones y Trasplantes de Órganos, Tejidos y Células (Fundavene), el actual ente rector de los programas de trasplantes nacionales. 

En una de sus llamadas consiguió que los representantes de Fundavene atendieran su caso. Les explicó que ya tenía dos posibles donantes, porque sus hermanas se ofrecieron desde el primer momento; que era una persona joven y que no quería estar en diálisis toda mi vida. Así que le asignaron una cita dos semanas después. 

“Una de las cosas que ocurre cuando estás en hemodiálisis es que la vida se paraliza, dependes de una máquina para vivir y no puedes hacer cosas como viajar a menos que sea un fin de semana o que asegures un cupo de diálisis en el lugar a donde vas”, agregó. 

Un largo camino 

Su primera consulta de pretrasplante ocurrió en junio de 2019, en el Hospital Militar Carlos Arvelo de Caracas. Aquella vez le explicaron todo el protocolo que debía seguir antes de ir a cirugía. 

Desde junio de 2019 hasta febrero de 2020, Katherine y una de sus hermanas hicieron toda la serie de exámenes que requieren en el centro de salud. La joven explicó que ese tiempo fue necesario tanto para recolectar el dinero de los estudios como para evaluar el estado de salud de la donante. 

Nosotros no teníamos ni idea de dónde hacer los exámenes ni cuánto nos iban a costar. Buscamos en redes sociales y le preguntamos a muchas personas, pero todo fue muy empírico. Dimos muchos tumbos e hicimos de todo, desde rifas a campañas de Go Fund Me para pagar todo”, detalló.

En esa oportunidad su trasplante estaba programado como parte de un curso de cirugía en el que se ofreció una clase de trasplante renal. Sin embargo, a pocos días de la operación se presentó un obstáculo. 

La semana anterior comenzó a sentirse mal y a toser sangre, en paralelo tuvo que acudir a las evaluaciones de neumonología, cardiología y urología. El neumonólogo diagnosticó una neumonía en la que estuvo comprometido el pulmón izquierdo de Katherine. El trasplante se suspendió. 

Me hospitalizaron cinco días. Afortunadamente cuando me ingresaron ya estaba pasando el cuadro, recibí antibiótico, pero estaba mucho mejor”, aclaró.

El covid-19 y la incertidumbre

Tras su recuperación, los médicos de Katherine recomendaron esperar un mes para retomar el trasplante. No obstante, los reportes de los primeros casos de covid-19 en el país cambiaron los planes. 

El 13 de marzo de 2020, el rǵimen de Nicolás Maduro aseguró que dos personas dieron positivo para coronavirus en el territorio nacional, por lo que tres días después se decretó cuarentena nacional. Este cierre implicó la suspensión de la mayoría de las actividades comerciales y además el cierre de distintas consultas en hospitales. 

Katherine se mantuvo en comunicación con el médico David Arana, el especialista encargado de los trasplantes en el Hospital Militar, durante varios meses. “Yo le decía que me recordara, que seguía viva y esperando que reactivaran los trasplantes para irme a Caracas”. 

Mientras esperaba la joven continuó asistiendo a la unidad de diálisis. Sin embargo, la cuarentena implicó varias complicaciones que hicieron la espera menos llevadera. 

Uno de los problemas que viví fue la falta de gasolina. Estuve en una bomba y le di el salvoconducto que certificó que era paciente renal y que estaba en diálisis a un militar. El funcionario no sabía de qué estaba hablando y me mandó a hacer la cola. Entre el calor y la espera me descompensé y en ese momento fue que nos dejaron cargar gasolina, pero el mal ya estaba hecho”, comentó.

El trasplante 

En el mes de octubre de 2020, Katherine recibió un mensaje de David Arana mientras estaba conectada a la maquina de dialisis. El especialista le notificó que se reactivarán los trasplantes de donante vivo en el Hospital Militar y que fuera lo más pronto posible. 

Arana le explicó que sería una de las primeras, porque tenía todos los exámenes previos listos, le pidió actualizar un par de estudios y dos pruebas de covid-19 a ambas hermanas. Otro requerimiento fue conseguir entre seis y ocho donantes de sangre, pero este último se les complicó porque no conocían a suficientes personas dispuestas a donar en Caracas. 

“Una persona del banco de sangre escuchó sobre mi caso y que me hacían falta tres donantes, habló conmigo y me dijo que podían dármelos, porque mi operación era algo que no se hace todos los días y que me lo merecía. Yo pensé que se trataba de un milagro”, dijo. 

Inmunosupresores

Los inmunosupresores son medicamentos que inhiben la activación de células del sistema inmune. Son indicados antes, durante y luego del trasplante renal para evitar que el organismo rechace el órgano nuevo.

Para optar a una cirugía de trasplante renal en Venezuela, los centros de salud activos exigen al paciente contar con los medicamentos que se usarán una noche antes y horas después del procedimiento. Esto se debe a que la disponibilidad de los fármacos en el país es intermitente.

Katherine Rangel requirió de dos ampollas de simulect, valoradas en 1.500 dólares cada una. La primera fue costeada gracias a una campaña de recaudación de fondos y la segunda fue una donación.

Cuando todo estaba listo, las hermanas permanecieron en hospitalización por quince días antes de la cirugía. Ketherine recuerda que entró feliz al quirófano y mientras le aplicaban la anestesia le pidió a Dios que se cumpliera su voluntad.

La cirugía estaba programada para 12 horas, pero en cinco ya habían terminado. Desde el momento en que me pusieron el riñón comenzó a producir orina y a eliminar toxinas, fue como si ese órgano hubiese estado diseñado para funcionar en mi cuerpo”, relató
El largo camino de Katherine, una joven que logró un trasplante renal durante la pandemia
Ilustración: Lucas García

La vida postrasplante 

Ketherine insiste en que su mejor decisión fue optar a un trasplante de riñón, por eso utiliza sus redes sociales para motivar a los pacientes renales venezolanos a tomar el mismo camino. Aclaró que las condiciones del país hacen difícil este proceso, pero no imposible. 

Otra actividad con la que ocupa su tiempo es la repostería. Valiéndose de esto, creó un emprendimiento de venta de brownies y galletas para costear parte del tratamiento. 

Actualmente hay inmunosupresores en el Seguro Social, pero en 2019 y 2020 no fue así. Hay una cantidad increíble de pacientes que perdieron su trasplante, cayeron en diálisis o fallecieron por esa escasez. Con este emprendimiento yo he ido comprando mis medicamentos y tengo mi reserva para no estar sudando frio por ese tipo de cosas”, explicó.

Su rutina postrasplante está enfocada en seguir creciendo como pastelera y recuperarse al 100% para disfrutar plenamente su vida. “Es una experiencia que vale totalmente la pena, No es sencillo ni digo que si piden la cita hoy mañana se podrán trasplantar, pero sí se puede solo hay que ser terco, insistente y no desistir ni entregarse a la enfermedad”. 

En medio de la pandemia, la crisis hospitalaria y la falta de opciones para trasplante renal en Venezuela, Katherine considera que su cirugía fue un milagro que estuvo apoyado por la perseverancia. 

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