• El equipo de El Diario conversó con Carlos Katán, Andrea Sofía Crespo y Carlos Iván Padilla sobre el proceso migratorio y su intervención en el trabajo poético

La escritura podría considerarse una pulsión inevitable en el intervalo entre la adolescencia y la adultez. Uno de los poetas que encarna la voz propia de la juventud, anclado en el tiempo como un joven de 19 años de edad desengañado del artificio lingüístico, es Arthur Rimbaud. Su Temporada en el infierno o sus Iluminaciones son parte, quizás, de una lectura pertinente de la deriva de todo ser desamparado en un mundo nuevo. En uno de sus poemas dijo: “En cuanto al mundo, cuando tú salgas, ¿en qué se habrá convertido? En todo caso, nada de las apariencias actuales”. La juventud venezolana de los últimos años ha padecido un cambio de perspectiva y el mundo se ha convertido en un espacio volátil. Muchos de ellos han tenido que emigrar y, entre tanto, se llevan un equipaje de experiencias y referencias escriturales. 

Carlos Katán (1992), Andrea Sofía Crespo (1995) y Carlos Iván Padilla (1993) son tres veinteañeros venezolanos, dos en España y uno en Argentina, que mantienen en su escritura un testimonio lingüístico del contexto actual. Cada uno lleva consigo un relato diferente, una vida distinta y un viaje dispar, pero los tres poseen semejanzas que, como filamentos diminutos, conectan la experiencia poética. 

En su momento es una experiencia muy dura, pero en otros momentos es muy maravillosa. Poder ver el mundo desde una perspectiva diferente a la cual siempre lo vi y estuvo cómodo fue una maravilla. Me permitió abrirme al mundo y que el mundo se abra a mí de maneras que no hubiese imaginado. Conocí partes de mí que no conocía. Este viaje hacia fuera de mi país ha sido un gran viaje hacia dentro de mí mismo”, comenta Katán sobre su migración.

Carlos Katán es licenciado en Filosofía por la Universidad Central de Venezuela (UCV). En 2018 fue finalista del III Concurso Nacional de Poesía Joven Rafael Cadenas y ganador del III Concurso Anual de Poesía Lugar Común-Embajada de Italia con su poemario Formas de la Aridez. Formas de la aridez es una revisión de mis paisajes interiores. La escritura está completamente permeada de los sucesos que pasan por el filtro del lenguaje”, dice. 

Ketér, de Carlos Katán

(Notas para el último día de nuestra especie)

Vivo a la sombra
de mi lengua
materna.

Al filo
de la palabra
enmudecida.

La desnudez
de los signos
es mi única
morada.

El viaje hacia fuera de los límites geográficos de Venezuela es, a su vez, el punto de partida para una introspección por los pasajes interiores del individuo. “Cuando uno sale de su espacio, tanto externo como interno, uno se dedica a la contemplación”, dice Katán. Por su parte, Andrea Sofía Crespo, autora del poemario Tuétano (2018), la migración ha sido una acción constante, tanto en su escritura como en su vida externa. Su estancia en Costa Rica, Portugal y España le ha permitido construir un lenguaje limítrofe y alienado. Sin pertenencia ni lugar seguro, sino a la deriva. 

El sentirse como un agente externo, de los márgenes, exiliado de ese centro, configura la escritura y por eso sospecho que mi lenguaje es tan incómodo o raro. Siento, a menudo, que no estoy en el lugar definitivo, que me esperan en otra parte. Escribo como si me fuera a morir mañana, la última migración, supongo”, dice Crespo.

En este caso, para ambos escritores la contemplación es parte del viaje y ha constituido una perspectiva relevante en la escritura. Para Sofía Crespo el exilio es una acción repetida en la existencia porque, claramente, cada pequeño cambio establece un nuevo espacio y lugar. El poeta se circunscribe en ese vaivén perpetuo. “Contemplar es observar con asombro y no podría escribir sin atender al mundo y su misterio”, agrega. 

La constelación de poetas jóvenes venezolanos en el extranjero
Foto: Andrea Sofía Crespo

Carlos Iván Padilla considera que el viaje final para todo creador, incluso en las expresiones más nimias, es el proceso de descubrirse a sí mismo. Durante su vida se ha mudado muchas veces y esto se convirtió en su mayor propuesta para escribir el poemario Cantos de chicharra (2019).

Haberme ido de Venezuela fue otra mudanza más. Mucho más impactante a nivel cultural, por supuesto. Sin embargo, más que determinar los temas de mi trabajo, mi proceso migratorio más bien me impulsó a explorar nuevos medios de expresión, como la música o la narrativa visual”, explica.

Octavio Paz en su ensayo titulado El arco y la lira dice que la poesía es “invitación al viaje; regreso a la tierra natal”. La experiencia de estos tres jóvenes, marcada por el menester creativo desde sus primeros años, permite ver en la escritura un espacio para contemplar lo desconocido del exilio. Y, al mismo tiempo, inmiscuirse en las profundidades de lo humano para desentrañar a través del lenguaje las escaramuzas de la existencia. Cada uno reconoce en su partida, su retorno; en su exilio, su regreso a la casa natal; en su búsqueda, su arraigo. 

¿Qué es la poesía? 

Una pregunta sencilla que abre un espacio para la duda perpetua. Carlos Katán comenta que la poesía se asemeja en este caso a la filosofía. Cada autor se encuentra ante el reto de definir el objeto de estudio. El hecho de mirar el lenguaje con la lupa de los exploradores, hace renacer la duda sobre su propia naturaleza y en ese espacio ambiguo la figuración del poema aparece como una arista. Cada uno tendrá su verdad y, al final, será reconocida. Es la multiplicidad de su definición lo que, paradójicamente, la define. 

La constelación de poetas jóvenes venezolanos en el extranjero
Foto: Carlos Katán

Por eso mismo, para Katán, declarado por el mismo como obseso ante lo poético, la definición es, por lo menos, complicada. “Pienso en la cita de Hölderlin: poéticamente es cómo habita el hombre sobre la tierra. Pero si hubiera que definirlo de forma concreta, aunque es una definición que varía en mí, dependiendo de mi lugar y lo que quiero en el momento en el cual respondo la pregunta, es la voluntad siendo capaz de trascenderse a sí misma a través del lenguaje. Yo me quedo con mi propia definición. Es el lenguaje transcendiéndose a sí mismo más allá de toda comunicabilidad”, plantea.

Las concepciones predeterminadas del lenguaje se transgreden a través del hecho poético. Por ejemplo, para Carlos Iván Padilla, más allá del significado etimológico de la palabra, es importante reconocerse afín a las máximas expuestas por Armando Rojas Guardia en su “vivir poéticamente”. Rojas Guardia utilizó el mismo verso de Hölderlin que recordó Katán anteriormente en esta entrevista: el hombre es un ser de lenguaje que habita en la tierra y le da sentido al mundo.

La constelación de poetas jóvenes venezolanos en el extranjero
Foto: Carlos Iván Padilla

En este caso, Carlos Padilla reconoce en la poesía un medio unificador de las piezas fragmentadas de la experiencia y la memoria. “En la mayoría de los casos, la intención de mi trabajo poético es poder traducir esos fragmentos en espacios físicos habitables o en manuales de viaje hacia nosotros mismos y los significados que nos constituyen”, agrega. 

Lluvia [o El Mar], de Carlos Iván Padilla

Como la palabra
fúrico es el clamor de las gotas de la lluvia al chocar
[contra el sustrato

Vasto
el todo se ofrece a cualquiera que quiera sumergirse en él

Al llenar sus pulmones
calmará faenas y arrebatos
corroborará doxa y episteme

Así la lluvia
que llena los vacíos de la creación en el significado
así el mar
iracundo

Fuerte en corrientes que sublevan surcos hasta muros
a la vez que apacigua el corazón del navegante
aunque la lluvia pueda
inclemente
escaparse entre los dedos.

La existencia por sí sola se desvanece en el hecho ocurrido, en la materialidad de un presente efímero, pero es a través del lenguaje que se puede procurar una trascendencia plausible. Sofía Crespo, a su vez, trae a colación la capacidad meramente humana de la comunicabilidad y la reflexión sobre sus formas inherentes. El poema es capaz de recopilar todos los espacios temporales reconocibles y establecerlos en un eterno presente. Este elemento, para ella, es importante para entender lo poético como un “milagro semiótico”. 

Sobre qué podría considerarse como poético… Creo que la poesía es una materia misteriosa que puede trabajar sobre cualquier cosa. Todo es poético, o bien, puede serlo, puede transformarse y sugerir. Está en manos del poeta. Pienso en San Juan de la Cruz: su origen no lo sé, pues no lo tiene, mas sé que todo origen de ella viene”, dice Crespo.

La perspectiva de cada uno se bifurca en la propia vaguedad del enunciado. La poesía es y no es, pero, ciertamente, remite a una visión reflexiva de la existencia a través del propio lenguaje. Martin Heiddeger comentó que “el lenguaje es la casa del ser” y, además, agregó que “en su morada habita el hombre”. Es decir, el ser humano no utiliza el lenguaje, sino que vive y se regodea en él. La poesía, partiendo de la definición de los jóvenes escritores, es la daga que atraviesa la comunicabilidad del lenguaje y reconfigura la relación entre el ser y el mundo. 

Foto: Andrea Sofía Crespo

La voz poética, aunque se reconoce autónoma, está mediada por la sinergía entre la experiencia y la conciencia lingüística. Para Carlos Katán su incisiva obsesión con la poesía configura su visión del mundo y, por ende, el yo poético no está alejado de la vida común y ordinaria. Por su parte, Sofía Crespo comenta que su voz poética se caracteriza por el luto. “En Tuétano me interesaba explorar el enigma del dolor y del otro, de los cuerpos enfermos y su belleza tan válida como la de los sanos, me interesaba el ejercicio de condolerse, es decir, de dolerme con el otro”, asegura. 

“La poesía se alimenta de la tradición y de los amigos”

La escritura puede ser una necesidad inhóspita en la niñez, una obligación sin razón de ser, pero, sin duda, cuando se transforma en oficio se construye a través de los vestigios de la tradición y el encuentro con la vitalidad de los otros. Los filósofos franceses Gilles Deleuze y Félix Guattari comienzan su reconocida obra Mil mesetas: capitalismo y esquizofrenia con una sentencia que dice: “El Anti-Edipo lo escribimos a dúo. Como cada uno de nosotros era varios, en total ya éramos muchos. Aquí hemos utilizado todo lo que nos unía, desde lo más próximo a lo más lejano”. Esto permite ver que cada individuo es, a su vez, aquellos que influyeron en él y, así mismo, tendrá parte de los otros que influyeron en aquellos, dando cuerda a un proceso de referencialidad eterno.

Creo que, más allá de las lecturas y talleres, son precisamente esas sintonías creativas y de crecimiento conjunto lo que ha aportado tanto a las voces poéticas de los creadores junto a los que me formé. Siempre que puedo hago notar con mucha alegría a los creadores que, como yo, salieron de los pasillos de la Escuela de Filosofía de la UCV, un lugar donde, más que a crear, aprendimos a comprender mejor”, dice Carlos Iván Padilla.

Para él no importa mucho el medio, sea poesía, narrativa, audiovisual, musical, entre otros, si el sentido creativo y estético existe. Este último es el objetivo de toda obra: él comenzó con pequeños cómics en las páginas blancas de sus cuadernos de primaria. “Ahora tengo la dicha de compartir y crear con grandes artistas que admiro y respeto, y que sin duda han dejado su marca en mi forma de escribir. Mi relación con la escritura ha sido muy variada en cuanto a los medios y formatos que he utilizado, no tanto en la intención tras la creación”, expresa.

Algunos de esos grandes artistas que son parte de su vida y fueron parte de las conversaciones en los pasillos de la UCV son Jacobo Villalobos, Manuel Gerardi, María Octavia Russo y Carlos Katán. Este último, a su vez, comenta que su propia lengua, autónoma y obsesiva, está referenciada por una constelación de poetas. El primero de todos fue el poeta andaluz Federico García Lorca. 

Foto: Carlos Katán

En el momento de la lectura de su primer poema, a los 14 años de edad, Katán dijo: “mierda, ¿qué es esto? ¿esto se puede decir?”. Descubrió la capacidad del lenguaje de significar cosas diferentes, una y otra vez, hasta que comenzó con una escritura lúdica, adolescente y, según él, ingenua. Luego, la fijación se incrementó y la poesía se convirtió en una pulsión propia del cuerpo, como la acción diaria de alimentarse, pero sin dejar atrás la movilidad del juego que implican las palabras. 

“Hay un nexo muy importante con los autores de mi tradición, con los que admiro mucho y otros más recientes que son muy cercanos. Te diría: Fernando Paz Castillo, Vicente Gerbasi, María Auxiliadora Álvarez, Salustio González Rincones, que un día apareció en mi vida. También te digo poetas como Luis Moreno Villamediana y Jesús Montoya, que es un gran amigo. La poesía se alimenta de la tradición y de los amigos”, explica Katán. 

Foto: Carlos Katán y Andrea Sofía Crespo

La tradición latinoamericana también es un factor importante para la construcción de su voz poética y autores como Ernesto Cardenal, Vicente Huidobro, Marosa Di Giorgo y Pablo de Rokha, entre otros, son parte de ese nuevo extrañamiento de la lengua. Carlos Katán remite a una frase en el prólogo de Altazor de Vicente Huidobro para explicar que, efectivamente, no se puede escribir en la lengua materna porque el poeta al reflexionar sobre el lenguaje se enuncia desde un lugar distinto, ambivalente y referido por la cosmogonía de autores referenciales. 

La cruzada de los niños, de Andrea Sofía Crespo

Vino la muerte y tenía un solo ojo
dentro la bala/afuera el cristal
una misma urgencia

la imagen viva no le regresa al niño
hay más hijo en ella/más flores en el puño
y la boca hueca de la roca suena con el brote de las aguas
una madre no pudo deslizar/los párpados de su hijo
un gesto/
como el sueño que se aleja
[apertura máxima de diafragma/distancia mínima de enfoque/collage digital]

dónde está el llanto caído

vino la muerte ya sin nosotros/
tenía dos ojos
entreabiertos

“La literatura es una cámara de ecos que siguen una tradición, todo texto tiene una tradición poética detrás y los míos no son la excepción”, dice Sofia Crespo. Su cámara de ecos está compuesta por Teófilo Tortolero, Miyó Vestrini, Hanni Ossott, como Blanca Varela, César Vallejo, Juan Gelman, Néstor Perlongher, Leopoldo María Panero o Alejandra Pizarnik. En otras lenguas menciona a Fernando Pessoa, un autor mantenido en el límite, tanto de la palabra como de la voz poética, es uno y muchos al mismo tiempo. “Me gusta hablar con los muertos, creo. Entre los vivos, he sintonizado con Carlos Katán”, indica.  

Venezuela: una realidad latente

Sofía Crespo y Carlos Katán viven en España y Carlos Iván Padilla en Argentina. Desde hace un par de años cada uno vive una realidad distinta a la crisis y extrañeza venezolana. Sin embargo, la vorágine de noticias y desdichas retumba hasta cada uno de esos países y se hace eco en ellos. “El trabajo creativo de cualquier venezolano estará irremediablemente atravesado por la realidad en la que nos formamos y que determinan nuestras partícularísimas formas de comprender la vida; más allá de las demostraciones más inmediatas de denuncias o de activismo político que cualquiera pueda llegar a enunciar”, dice Carlos Iván. 

Foto: Carlos Iván Padilla

Además, uno de los puntos que menciona Katán es la inestabilidad identitaria de los inmigrantes venezolanos: no entienden completamente lo que ocurre en el país, pero tampoco son diestros en sus lugares de acogida. Están en un punto medio, como una hoja seca a la deriva del viento. “Es curioso porque eso me pone a mí como escritor en un entredicho del lenguaje, en un espacio muy ambiguo de ‘no entiendo bien lo que pasa, no entiendo hacia dónde va, pero está yendo hacia algún lugar’”, destaca.

Ese lugar desconocido, quizás, se refiere a la expresión inherentemente marcada por el contexto de los últimos años en Venezuela. Todo lo hecho, sea con finalidad activista o no, es un testimonio para entender y pensar sobre un presente inestable. Sofía Crespo, por su parte, recuerda el momento de la escritura de su poemario Tuétano; en él se explayan textos sobre la represión policial en las protestas de 2017, la indolencia ante los asesinos y el morbo de la muerte y la insensibilidad ante el cuerpo magullado. “Me preocupaba, especialmente, no ser sensibles con las imágenes del horror. Lo último que quiero para nosotros es más deshumanización, para eso ya están los militares. Sentí la necesidad de contar y palpar esta memoria, cuidarla. Sería más violento olvidarlo”, puntualiza.

La voz de estos tres jóvenes es un eco de millones de voces. La poesía es el medio para hacer retumbar los escombros de una sociedad confundida en la extrañeza de su “normalidad”; revisar sus entrañas y buscar anclajes para la reflexión. El lenguaje será la casa y el utensilio de cada uno para inscribir una obra en los pasajes del tiempo. 

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