• Mujer de andanzas y muchas pieles para estrenar, en realidad es de una pieza y tantas vidas, las que se asoman en sus premiadas novelas. Foto: Fundación para la Cultura Urbana (@CulturaUrbana)

Dark” es el calificativo con que un zarandeado lector ha definido Ficciones asesinas, la obra con rasgos de novela negra, sí, que se alzó con el premio Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana. Desarrollada dentro de una puesta en escena alienante, opresiva, orwelliana, sin duda produce ansiedad imaginar el desplazamiento de los personajes por el territorio minado que habitan —no hay que imaginar demasiado, he ahí el detalle—: una distópica ciudad sitiada cuyo parecido con la realidad duele. Pero hay que convenir en que la historia, incluso ya en medio de la centrífuga del desenlace dramático, está interceptada por rincones de ácido humor en dosis suficientes como para mitigar la asfixia. El mismo humor con que Krina Ber, la autora, riega su habla. Su opinión sobre el Araguaney, por ejemplo, es una muestra de su sarcasmo, refrescante como oasis en el desierto. Una gota basta.  

Luego de escuchar el cuento de la poda de la trinitaria que se le encimaba, tarea acometida, ay, con rotundos machetazos, y que ahora liberará al árbol de la confusión que lo llevaba a no florecer, “porque él veía que ya tenía flores en sus ramas… aunque no fueran amarillas”, Krina Ber, cáustica y divertida, dirigirá sus enormes ojos verdes hacia el guapo de siete metros que sobresale en el jardín de la casa caraqueña que visita —las visitas en su caso son motivo hasta de novelas— y rebatirá lo que conjeturan los botánicos con relación a la floración interrumpida del Araguaney: que la duda sobre si florecer o no es una elaboración del árbol que demuestra que es inteligente. Luego de negar con la cabeza Krina Ber deslizará: “O estúpido”.  

Observadora aguda —como todo escritor que se precie— cuya mirada de láser, y sobre todo libre, salta por encima de lugares comunes, convenciones y estereotipos, se decantará por lo creíble y sostenible; aun cuando prefiera la ficción. Si de vocación se trata, añádase a su necesidad de crear narrativas y de construir mundos imaginados —eso sí, tras una profunda investigación—, el gusto por regodearse en los detalles que las harán creíbles; por redondear los bordes de los personajes; y por llamar las cosas por el nombre que les invente. Apasionante bautizar esquinas e instituciones, desde la potestad que da ser autora. Escritora de prosa elegante —y desprovista su belleza de miriñaques—, Krina Ber se consolidará sin dilaciones como autora exitosa: su tercera novela escrita —y segunda publicada— la convirtió en pluma premiada. Asombra no obstante que con su claro interés por atravesar universos con sus ojos rayos equis no se haya visto sino hasta ahora como la protagonista de una vida intensa. Extrema. 

Krina Ber
Foto: Alán Da Costa Gomes

En el espejo de Elizabet Rosemberg, protagonista de Ficciones Asesinas y escritora también, Krina Ber jura que nunca había pensado, no hasta ahora, que su vida fuera exagerada; lo dice sin dejo de mofa. Como el personaje, también llevará un diario donde querrá dejar constancia, de su puño y letra, de la realidad proveída de tanto y no notará ni así la espesura de la tinta derramada, en lengua polaca, en ese cuadernillo tesoro. Krina Ber lo conserva desde que lo inició de niña como el espacio de certidumbres donde ha hecho registro de lo vivido, acaso para entenderlo después, en la relectura: porque quien escribe un diario más que escritor es un lector de su propia vida, como desliza la narradora de la novela —no la autora—, la que juega con matrioskas dentro de la trama y se convierte también en personaje. ¿Es por eso, porque lo leerá luego, quién sabe cuándo, que cree que la suya es la existencia convencional del mientras tanto? ¿Cómo ha podido cargar con tanto? 

Krina Ber ha tenido que mudarse para tomar distancia de gobiernos opresivos y sus rojedades; para librarse del estropicio de balas y sus ruinosas cenizas en guerras que están por llegar o ya pasaron. Ha tenido que adherir cada vez nuevas lenguas en su biografía de Babel (y papel: la palabra como cordel para atar los tiempos y los saltos). Ha mudado de religión, de costumbres, y hasta de nombre, haciendo en cada transfiguración maromas para conservar en lo posible su piel y su identidad de tantos espejos y no parecer fragmentada; considerar su proverbial sentido de la ironía como eventual boya con la cual salir a flote en la infinidad de mares. “Creía que trabajar y querer cuidar de mi familia, y querer reeditar las mismas necesidades en el país donde llegara, hacerme de un confortable círculo de afectos e ir al mercado de la esquina, era parte de una existencia normal”, admite. “Pero tal vez es cierto que me han pasado muchas cosas”. 

Ha hecho eso: amar, sostenerse, reír o llorar, y hacer compras en tiendas de medio mundo pero en una variedad de circunstancias tales que llama la atención su negación a mirarse como peregrina —“no me veo calzando ese adjetivo”— en ese su perenne traspasar fronteras y culturas, ese su trasegar por entre dogmas y modelos políticos, en ese hasta cambiar de oficio cuando vira de la arquitectura a la escritura (o la asume); aunque Federico Vegas, colega por partida doble, arquitecto y escritor, dice que lo uno y lo otro son lo mismo: estructura, andamiaje, carne. Estabilizada para siempre en Venezuela solo ahora podría considerar que su pasado tuvo cierta intensidad, la que para el observador sería un recorrido con abundancia de cabriolas y reiteradas movidas de piso. Cuando saca cuentas de las opciones barajadas una vez más desde la esperanza y la tenacidad. Cuando tiene clarísimo que fueron las mudanzas y la selladera de pasaportes la única opción a los tantos empujones del destino

Tantos saltos podrían reflejarse en las rupturas deliberadas y sorprendentes de Ficciones asesinas. La narradora, la desconocida que desde adentro de la novela, juez y parte, y tan vital no se conforma con ver desde el balcón sino que, las manos en la cintura, traspasa los umbrales en la trama, ah pues, y supone y pontifica sobre las andanzas de los personajes convirtiéndose ella misma en uno más, mientras va tejiendo una armazón de estadios intermedios difusos, surtidos de sucesos imaginarios tan reales que podrían ser reflejo de la biografía difícilmente lineal de Krina Ber. Los recuerdos son presente, no saltos de tiempo; y los hallazgos del pasado la vuelven pitonisa. 

“Siempre he viajado porque me he tenido que ir; cuando ha sido por voluntad es para visitar amigos: nunca he hecho viajes de turismo, salvo en Venezuela”, dice mientras desmenuza su destino de palabras articuladas en distintas gramáticas superpuestas una y otra vez: sobre el polaco nativo se encaraman el hebreo de su estancia en Israel, encima el inglés poderoso de cualquier parte, el francés de la Suiza donde estudia arquitectura, el portugués del compañero de estudios que será su esposo y el español de la Venezuela donde recalan en 1975 con el primogénito en brazos, justo a tiempo para disfrutar el festín sibarita que está por empezar. Para ella esto es inherente a la vida y un tiempo, no algo extraordinario. “La señora que me ayuda en las tareas domésticas es la misma de siempre, y su hijo es como otro mío: soy lo más remoto a alguien que cambia”.

Aquí también irá al abasto y creerá, además, que la comida, de tan barata, es regalada. No volverá a mudarse porque llegó al paraíso y es aquí donde por fin se amarra a una lengua, es aquí donde un pertinaz cortejo del idioma de la eñe se le hace carne, es aquí donde se hace escritora, qué honor. El español la naturalizó venezolana. “Todavía me preguntan cómo lo aprendí”, a estas alturas de sus premios (el de cuentos de El Nacional, además del de la Fundación para la Cultura Urbana) y de su devoción. Pues con esmero y absoluta perfección. Una erre levemente arrastrada confirma la regla. La políglota, siempre afanada en la calidad de sintaxis y prosodia — Carlos Sandoval, profesor de Literatura, autor e investigador dice que Krina Ber habla magníficamente el español, mejor incluso que algunos colegas del patio—, conquistará en el trópico la complejidad de nuestros verbos y sus tiempos impelida por su anhelo soterrado y de pronto repentino de narrar, de juntar los pedazos y ordenar con invención. En un taller de Eduardo Liendo, él lo sentenció: “No sé en qué lengua pero serás escritora, lo eres”.

Será una epifanía la revelación de ese instinto de pertenencia y el  cierto intento de arraigo, con todo y las mezclas de paisajes y recuerdos en su álbum. “Soy venezolana, y acaso, más bien, me siento caraqueña, y, más precisamente aún, soy de Chacaíto: de Sans Soucí”, reduce con su precisa vara las medidas antropológicas del gentilicio. En ese proceso, el español será ligazón y cable a tierra. En español ocurrirá el milagro de la literatura. Redactando las cartas comerciales en la oficina caraqueña de arquitectura quiere de pronto dejarse tentar por las sugerencias de la fantasía. Reconocerá así su vocación de escritora, que había interrumpido de niña. Krina Ber jurará entonces que nunca hará una crónica basada en hechos reales porque la realidad no es su fuerte: una vez que atraviesa el umbral de la imaginación, ella tan aparentemente escéptica y descreída, preferirá los mundos precisamente en los que cuesta creer: los inventados. No serán ni mejores ni peores. Diríase que son los que puede controlar; sobre los que tiene poder. “Me cautiva esa dualidad o tensión que hay entre la realidad y la ficción”, desliza. 

Una y otra, realidad y ficción ligadas de manera inequívoca, serán tema recurrente en su trabajo. Esa realidad de espanto que la acecharía desde que nace en 1948 y que, como si simples moscas se tratara, intentan espantar sus padres, sobrevivientes del Holocausto: el totalitarismo, el nazismo, las secuelas de miseria y odio de la Segunda Guerra Mundial. Hija de ateos, bautizada católica y formada judía, Krina Ber nació Krystyna pero a las primeras de cambio emerge Krina, que parece una contracción o síntesis de su nombre pero en realidad significa luz. “Radiación”. Alteraciones tantas que alcanzan sus señas personales, la escritora que halla en la palabra guarida y una forma de preservación de lo que podría borrarse, tal vez ella misma, paradójicamente encarna la palabra borrada. La de su propio nombre. En el tránsito de la Polonia natal a Israel, su familia creyó que una delicada cirugía en el sustantivo podría permitir adecuar el cristiano Cristina al contemporizador Krina, hebreo. Ya en Suiza, donde estudia arquitectura con quien se casará, vuelve la remodelación con el apellido de estreno: Krina Da Costa Gomes.

Mujer menuda cuya existencia, en apariencia perfilada por el borrón y cuenta nueva, y un permanente salvarse, mujer sin poses (con excepción de las asumidas en algunas fotografías como sutiles carantoñas que dedicará al autor del clic, su marido, y ahora publica en Instagram), mujer llena de tantas palabras que invadida de tanto ruido genético valorará también el silencio, mujer de sabidurías y ternuras, ha escrito tres novelas: Nube de polvo, que protagoniza una mujer de 45, ella misma, y tiene como punto de partida el encuentro entre la protagonista y su padrino polaco luego de años de afecto sostenido con cartas: cuando por fin se ven el anciano no parece reconocerla por lo que la protagonista decide llamarlo desde el teléfono público de la esquina y ver por la ventana su alegría; y Ficciones asesinas que nos sumerge justo donde estamos para ver con mayor nitidez el drama, tal y como lo sospechábamos y entre las protagonistas está una dama setentona, valgan las comparaciones. La realidad, siempre inagotable materia prima, la acumulada y a la vista, estará como referente o fuente de inspiración en esta novela. Krina Ber tendrá preferencia, reitera, por los planos ambiguos que ésta entraña, baches que allanará con eficacia y suposiciones la ficción. A veces la verdad parecerá tan desmesurada que para no restar verosimilitud al discurso valdrán entonces unas podas, como las ramas enredadas del Araguaney.

Foto: Alán Da Costa Gomes

Ligadas una y otra, la realidad y la ficción, como siamesas que disimulan la simbiosis dándose la espalda, a la vez que intercambiándose el abrigo, Krina Ber será maestra en el manejo del bisturí y aprovechará ambas caras de la moneda para construir circunstancias que latirán al ritmo cardíaco real. Así, beberá en las desmesuras de la falta de agua nacional y en los inventos ciudadanos que reeditan en los estacionamientos de los edificios las idas y venidas con el cántaro hasta el aljibe de la plaza. O se desconcertará con sendos anuncios gubernamentales, el primero, aquél que advierte a los interesados en recolectar las firmas para el revocatorio que cuentan con 60 días hábiles y, el segundo, cuando quedan eliminados los días hábiles. Así como también con el absurdo de la ley surcoreana que prohíbe llorar, a no ser que muera el líder máximo. Entonces verá en el espejo de la insensatez el ministerio de la felicidad venezolana. Mientras un puñado de recuerdos, imágenes vividas o tatuadas en la memoria con las voces de los demás, le pisarán los talones. 

Si la realidad es carnívora y muerde con colmillos afilados, del mismo modo hincará los suyos la ficción, que hasta crea paradigmas, arquetipos y modelos de creencias. Ficciones asesinas, fábula tan vívida que nos recuerda lo que nos está pasando hoy, a esta hora, en este momento, puede considerarse un retrato hablado de estos tiempos que no corren sino que están empozados. Elizabet Rosemberg, la protagonista, dirá que no le gusta escribir de ciertas cosas por temor a atraerlas, persuadida de que la ficción es una forma expedita de anticipar o prever la realidad. O peor, de convocarla (Julio Verne mediante). Krina Ber, también persuadida del poder de la palabra se apuntará vaticinios y burlará sus propias supersticiones llamando a uno de sus personajes como a su segundo hijo: Alan DCG (Alan Da Costa Gomes).Con la sensación recurrente de habitar un manicomio, sin duda lo es la ciudad donde permanecen los habitantes de Ficciones asesinas, y siempre aperada de su pizca de sorna —“papá era así, la usaba como herramienta para sostenerse a flote”—, Krina Ber trazará la circunstancia para atraparla, sitiarla, intentar tenerla a raya, manipularla, como mujer inteligente y con sentido del humor. “Me enamoré de Venezuela desde el primer momento”. Cuando le llamó la atención la hospitalidad de la gente, los ricos exhibiendo sus lujos con desparpajo o los pobres con capacidad de sonreír, convencidos de que el sol se desfogaba sobre todo y todos sin titubeos. La misma falta de pudor que tuvo el mono que desde un árbol, no Araguaney, le roba un día un cambur caminando por Chacaíto. Se enternece. Sí, ama sin remedio este trópico. Por lo que quizá admita que el epíteto que le dirigió al Araguaney fue, claro, una provocación.

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