• El fotógrafo e investigador visual conversó con El Diario sobre el fundamento de su trabajo y, sobre todo, la marca de violencia en el transitar de todos los caraqueños. La publicación de Plomo, su primer proyecto impreso, es un estudio visual de las características de una ciudad en constante cambio. Foto: Ronald Pizzoferrato

Ronald Pizzoferrato es una persona parca, sin rostro para muchos y, además, con un alter ego reconocido en la fotografía misma. Su vida personal es un relato de coincidencias y extrañezas que se esconden en el habla caraqueña y la jerga cotidiana; no dice mucho más sobre eso porque, para él, la importancia de su voz reside en la mirada fotográfica y en las historias existentes en un valle de rarezas fracturado entre la violencia y la bienaventuranza. “Yo tuve una relación directa con Caracas porque me críe desde pequeño en la calle”, dice.

Ronald caminó por los callejones y avenidas de Caracas desde los 13 años de edad, en la oscuridad para grafitear cada pared de la ciudad, sin dejar un espacio libre. “Yo practicaba el grafiti ilegal: pintar las calles, las vallas y otras cosas”. En esa búsqueda juvenil y artística logró descifrar las extrañezas detrás de una ciudad diferente a la que ven la mayoría de sus habitantes. Una urbe ambivalente, rota, sin maniqueísmos y donde, extrañamente, se mezclaban la rabia con la humildad. 

Muchas veces estuve pintando en la madrugada, de este a oeste, de punta a punta, de norte a sur y pude ver este tipo de cosas relacionadas con la dinámica de la calle, sea violencia o humildad”, comenta en exclusiva para El Diario.

Su incidencia en el graffiti callejero funcionó como un bisturí en una sala de disección. Las experiencias de la calle y las rarezas de la ciudad se mostraban en su forma fiel y cabal; sin escaramuzas. De esta manera, la juventud de Ronald Pizzoferrato, con 33 años de edad en este momento, estuvo marcada por las características de la capital del “plomo” y el “malandreo”. 

Foto: Ronald Pizzoferrato

Ahora, aunque descubrió su mirada artística en la calle, nunca pensó en profesionalizarse ni crear un concepto investigativo. Caracas era, sencillamente, su lugar de existencia en el mundo. Sin embargo, en el año 2013 conoció un grupo de grafiteros suizos que lo llamaron para trabajar con ellos en distintas construcciones en Suiza y, justamente, 10 días después de la muerte de Hugo Chávez el grafitero de 24 años de edad se fue para Suiza. En ese viaje descubrió las posibilidades de la cotidianidad caraqueña y comenzó su búsqueda investigativa a la par de la debacle nacional. 

Su objetivo era hacer dinero y devolverse a Venezuela, pero el país inició su descalabro y cayó al desbarrancadero de la crisis. Todo cambió para Ronald que, por varias razones, visitaba Caracas cada cierto tiempo. El dinero que recaudó en Suiza le sirvió para comprar una nueva cámara y el sentido de su carrera documental tuvo una propuesta clara sobre la realidad del país. 

En 2018 participó en un concurso de fotoperiodismo en Suiza y fue catalogado como un talento emergente; sin embargo, más allá del reconocimiento, su mayor enseñanza de ese premio fue la conciencia pertinente para no hacer fotoperiodismo. “Yo no puedo generalizar, pero hoy en día cuando la editorial de la fotografía es foránea, en este caso Suiza, y el tema es algo nacional lo que se busca es la pornomiseria”, puntualizó.

Foto: Ronald Pizoferrato

La pornomiseria es la exacerbación de la tragedia y la representación de los puntos más lamentables de una situación. Entonces, más allá de explicar, mostrar o reportar las características de un contexto conflictivo, según Ronald, la mirada extranjera busca y se sustenta en la confirmación de lo trágico y soez. Este factor representó un conflicto para su trabajo y, además, se enfrentaba a las multiplicidades que él había conocido en su vida callejera. 

Por eso mismo, tiempo después descubrió los fundamentos de la investigación visual etnográfica y recibió una beca en 2019 para realizar un máster en análisis de tendencias e identidad en la Escuela Superior de Artes de Zúrich. Es un área de participación horizontal, en la cual, en comparación con el fotoperiodismo actual, el investigador se sumerge en las comunidades y su cámara, como un tercer ojo, se camuflajea en el aspecto comunitario. “La investigación que yo hago es colaborativa con las personas de la zona y con un gran equipo”.

“Caracas es impredecible, indomable, pero, al mismo tiempo, es cariñosa”. 

La violencia, de una u otra manera, reside en los fundamentos comunitarios de todos los caraqueños. “Plomo”, “malandro”, “lacra”, entre otros vocablos, se conjugan diariamente en el habla de todos los ciudadanos y su significado es dual, extraño, como la ciudad misma. Por un lado, son expresiones para catalogar la violencia y por otro son perspectivas de halago y acción. El caraqueño, aunque nunca haya pisado las escaleras disímiles de un barrio, es capaz de reconocer situaciones violentas y entenderse en ese contexto para, cuando le llegue la hora, evitar ser asesinado. 

Foto: Ronald Pizzoferrato
Caracas es mi hogar. No me siento cómodo en ningún otro lugar. La ciudad está en una constante evolución. Si te vas, así sea por tres meses, cuando regreses te encontrarás con otra ciudad. Sigue siendo el mismo terreno de juego y los mismos jugadores, pero las reglas y las dinámicas de relación cambian”, dice.

En ese mismo monólogo de análisis sobre Caracas, Ronald Pizzoferrato explica que la única manera posible de entender la ciudad es viviendo en ella. Esto no quiere decir que las memorias y los recuerdos de las antiguas formas de la ciudad no tengan cabida, pero, al estar sometida a un cambio continuo, es necesario estar el sitio, preparado, para registrar las nuevas características que tiene la ciudad. El que hoy se fue, mañana no sabrá cómo funciona Caracas. 

Foto: Ronald Pizzoferrato

Ronald se ha dedicado desde 2017 a la fotografía etnográfica para desentrañar los prejuicios sobre la población caraqueña y entender, mediante el registro visual, las multiplicidades de habitar en el valle de balas. Uno de sus primeros proyectos se tituló “Una velocidad”, ya que, comenta, intentó registrar las distintas disyuntivas presentes en una ciudad que cerró ese año con 26.616 asesinatos, de acuerdo con las cifras publicadas por Observatorio Venezolano de la Violencia (OVV). La cifra puede ser sorprendente y retumbar en las pupilas de los lectores, pero detrás de ello, de los asesinados y asesinos, existen millones de historias vitales, llenas de amor y odio, tristeza y alegría, rabia y serenidad. Este es el lugar de la fotografía de Ronald Pizzoferrato. 

Eso sí, es claro y crítico en un tema recurrente en Latinoamérica y que vivió personalmente: la perspectiva colonial. Durante sus primeros años en la fotografía, cuando nadie lo conocía en Venezuela y en Suiza era un obrero venezolano, viviendo con un grupo de grafiteros, el gremio de fotógrafos y artistas visuales del país lo ignoró y lo trató como un loco que buscaba hacer apología al “malandreo”. “ Ahora, después que presenté mi trabajo en Suiza y tuve un reconocimiento allá es cuando en Venezuela comienzan a ver lo que hacía. Yo estoy en contra de esa mirada colonial que tenemos para vernos a nosotros mismos”, agrega.

Foto: Ronald Pizzoferrato

En ese caso, explica Ronald, existe un problema porque el latinoamericano necesita la aprobación extranjera, sobre todo europea o norteamericana para reconocer las potencialidades artísticas de su vida. Pasó con su investigación denominada “Malandro photos”, en la cual, de forma colaborativa, establece un recorrido por la vida caraqueña y su asimilación de la violencia en códigos identitarios. Además, con la deconstrucción de la palabra malandro es posible registrar y entender la ambivalencia de este tipo de vocablos. 

“Plomo” revienta

Este es su último proyecto de investigación etnográfica, después de varios años de investigación entre los callejones, escaleras rotas, barriadas, huecos y avenidas de la ciudad. Nace de una pregunta recurrente para Ronald Pizzoferrato que, en su proceso de investigación bibliográfica descubrió que, desde los principios civilizatorios de la conquista, hasta el presente Caracas es catalogada como una ciudad violenta: ¿Qué pasa con esa violencia cuando pasa a ser parte de la identidad social?

Mi objetivo con Plomo es mostrar la transformación de la violencia en códigos semióticos del día a día caraqueño. Lo único que hice fue categorizar las expresiones violentas en los símbolos de la vida cotidiana como la política, la cultura, la religión, etc. Nuestra manera de comunicarnos es violenta”, explica.

No pretende crear conciencia ni reflexión positiva sobre la violencia y los cambios necesarios para llegar a una sociedad pacífica, sino que, como investigador, quiere establecer un registro de los códigos violentos que se han inmiscuido en la forma de relacionarse de los ciudadanos. Es un proyecto antropológico que busca, a través de la mirada de Pizzoferrato y sus colaboradores, deconstruir la perspectiva colonialista de Venezuela y reconocer, de una vez por todas, con su plomo y navajas, la vida que existe tras las noticias inmediatas de la violencia.

Foto: Ronald Pizzoferrato

La editorial suiza Artphilein Editions, Lugano, publicará 359 ejemplares del texto de 240 páginas. En este momento se encuentra en la preventa. “Plomo es una exploración en las maneras del ser humano, tomando en cuenta las estructuras de poder invisibles que conectan todos los aspectos de la vida, y cómo estas fuerzas se convierten, evidentemente, en expresiones culturales”, dice la reseña. 

Ronald es una persona silente, escondida tras su obra; no le gusta dar detalles propios, más allá de su relato profesional, pero se reconoce, tanto en su voz como en su historia, la vida de un caraqueño cabal que ha vivido las etapas reconocibles de la ciudad y ha dado una perspectiva diferente a la usual. No todo caraqueño es violento, pero sí debe ser capaz, en algún momento, de reconocer los códigos que activan y desactivan la violencia.

Foto: Ronald Pizzoferrato

En este momento está realizando un proyecto con los migrantes venezolanos y sus objetos. La investigación lo ha llevado a reflexiones interesantes y puntuales de reconocer en el proceso migratorio de los venezolanos: primero, la falta de tradición migratoria produce un encuentro dispar con la vaguedad del futuro como migrante y, segundo, la generación venezolana actual es la primera que sufre una migración masiva y lo hace en el contexto de la globalización.

Además, Ronald presentará, junto a Isis Elinor, productora creativa, y Ali Morales, realizador audiovisual, un conversatorio titulado “Sentido para Caracas”. Será el 3 de julio de este año en Parque Central. La idea principal es conversar sobre las distintas expresiones que hacen vida en el cuerpo de la ciudad para de, alguna forma, los ciudadanos se encuentren reflejados en esa disparidad y velocidad de la identidad caraqueña. 

Foto: Ronald Pizzoferrato

Ronald Pizzoferrato nunca tuvo una educación artística en la familia; descubrió el arte entre las rendijas de una ciudad, por un lado decadente y por el otro vital; sin embargo, estableció en su trabajo una mirada primordial para entender la identidad de Caracas. Es un malandro de la fotografía que seguirá dando plomo. 

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