• En Puerto Ayacucho existen jóvenes deambulando por la calle, semidesnudos y con indicios de demencia. Sin embargo, este territorio al sur de Venezuela no cuenta con una política local que se encargue de su atención directamente, que les realice un censo o que disponga de un espacio para su rehabilitación física y mental

A Daniel se le ve deambular por las calles del centro de Puerto Ayacucho, Amazonas. Unas veces camina por la avenida Orinoco, otras en las cercanías del Mercado Alí Primera;  también en la esquina del Mercado Sesenta Aniversario, ubicado por el barrio Unión. Allí, al parecer es donde con más frecuencia se le ve, justo donde hay una alcantarilla, dentro de la cual se sumerge  para moverse entre aguas negras y basura.

Los vecinos y vendedores de esta zona ya no miran con sorpresa cuando el joven está en la alcantarilla y pasa horas en ese lugar. A veces anda con ropa y en otras ocasiones desnudo. Cuando el equipo de El Diario se acercó a él, dijo que se llama Daniel, así como lo conocen algunas de las personas que venden sus productos cerca de donde deambula; también que proviene del municipio Maroa, en el sudoeste de Amazonas, a una distancia aproximada de 326 kilómetros de la capital del estado.

“Yo tengo dos meses en esta zona y él siempre se la pasa allí, pasa dos o tres horas y sale, come desperdicios y a veces anda desnudo. Nos gustaría que alguna institución lo ayude porque es un ser humano, sería bueno que alguien le prestara el apoyo», comentó uno de los vendedores de mañoco (harina de yuca) en un reporte de la televisora regional Amavisión. 

Daniel forma parte de las cifras no contabilizadas de las personas en indigencia en Puerto Ayacucho, capital del estado Amazonas. Y es que la entidad no cuenta con alguna institución, pública o privada, que lleve un trabajo sistemático para contabilizar a las personas que están en la calle en medio de la crisis venezolana, agudizada por la pandemia. Tampoco existen centros de cobijo o rehabilitación para estas personas vulnerables ni para las que han pasado de la indigencia con unas medianas facultades a unos individuos con la salud mental afectada.

Un intento que duró dos años

En su labor de servicio, la Iglesia católica llevó a cabo un programa denominado Pan y Vida en la calle Amazonas, liderado por el padre Deiby Sánchez, párroco de la iglesia El Carmen, que se realizó entre los años 2016 y 2018.

“Ese programa se dio con la Fundación Pan de Vida, con sede en el estado Táchira, la cual atiende a personas pobres. Cuando se inició en Puerto Ayacucho se hizo con un refugio que buscaba atender a personas en situación de calle: Pan de Vida en la calle. El objetivo era conocerlos, saber sus nombres, qué razones los llevaron a deambular en la calle y el gancho eran los alimentos, pues esas personas buscaban comida hasta en la basura”, sostuvo el padre Sánchez para El Diario.

Al cabo de un mes, esas en indigencia y el voluntariado de la Fundación se conocían entre sí. “Aprenderse el nombre de ellos era significativo, saber que alguien los llamara por su nombre era importante”, recordó el sacerdote.

El joven que se le conoce como Daniel presuntamente vive en esa alcantarilla. Foto: Cortesía Amavisión. Indigencia en Amazonas
El joven al que se le conoce como Daniel presuntamente vive en esa alcantarilla | Foto: Cortesía Amavisión.

A juicio de Sánchez, el programa llegó a atender un 70% de la indigencia, entre ancianos, jóvenes, adultos, y niños, quienes aunque tenían casa, vivían una situación de calle porque los mandaban a buscar comida.

El encuentro era una vez a la semana, normalmente los sábados. “Salíamos a la calle y donde los encontrábamos conversábamos un rato, les dábamos el alimento y seguíamos el camino. Luego de varios meses, ellos venían hasta la parroquia y ya no organizábamos un desayuno sino un almuerzo. Entre ellos conversaban, había un tema para tratar y también había un tiempo para la palabra de Dios. Había una experiencia de fe y algo de escucha, se hacía la comida y eventualmente realizaban un trabajo de limpieza en la parroquia”.

Agregó que por esta labor no recibieron ningún aporte gubernamental. La ayuda provenía de personas naturales o empresas que daban apoyo económico o algunos alimentos. Además, era necesario un grupo de voluntarios que realizara el trabajo de calle y la asistencia psicológica.

Pero luego la fundación dejó de funcionar porque la gente dejó de aportar. En otras partes del país y fuera de Venezuela la fundación sigue trabajando, pero en Amazonas no pudo continuar. 

Venían de lejos

En ese tiempo de conocerlos, el padre Sánchez pudo saber las circunstancias de las personas que cayeron en la indigencia en Amazonas. Por ejemplo, gran parte de ellas eran de otras ciudades lejanas de Puerto Ayacucho. “Quizá por delitos que cometieron en otros lugares y para salvar sus vidas empezaron a deambular y terminaron llegando aquí; otros por el consumo de drogas, y algunos porque se quedaron sin nada y no les quedó otra que estar en la calle”, estimó.

El padre Sánchez consideró que, desde ese tiempo a la actualidad, el nivel de indigencia en Amazonas se ha mantenido, pero hay indigentes nuevos. “Muchos de los de aquel entonces han fallecido, algunos de muerte natural y otros, que eran delincuentes, sufrieron la llamada limpieza, bien sea por los ‘patagoma’ (como llaman los pobladores a los grupos guerrilleros), funcionarios del CICPC (Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas)  o por esos organismos de supuesta seguridad. Otros fueron capturados en robos”.

También hubo una parte muy pequeña que se rehabilitó en el período de Pan y Vida, de acuerdo con el padre. Uno de esos casos es el de un hombre que había llegado del estado Falcón, quien luego empezó a asistir a un culto evangélico y dejó la indigencia, pero luego murió por un problema gástrico. 

Y el caso de “dos hermanos que se la pasaban por la flecha de Copey, que vendían gasoil y posiblemente se drogaban, y hubo un tiempo en el que desaparecieron. Después regresaron y no los conocíamos, estaban bañados, bien vestidos, sus caras tenían otro semblante. Todo el tiempo de conversaciones los llevó a convencerse de que debían hacer un cambio en sus vidas, decidieron regresar a su tierra, buscar a su familia, buscar ayuda. Quizás de ese 70% de indigencia, un 2% logró hacer un proceso de rehabilitación”. 

Gran parte de las personas en situación de calle provienen de otras ciudades del país. Foto: Madelen Simó.
Gran parte de las personas en situación de calle provienen de otras ciudades del país | Foto: Madelen Simó. 

Sin espacio para rehabilitación 

En Venezuela, con fecha de Gaceta Oficial número 38776, se fundó en 2007 la Misión Negra Hipólita, con el objetivo de crear planes, programas y proyectos dirigidos a la atención y formación integral de niños, niñas, adolescentes y adultos en situación de calle. No obstante, desde ese tiempo hasta la actualidad nunca ha funcionado una dependencia de esa Misión en Amazonas; se han tenido enlaces con el área capital pero no directamente en el estado.

Así lo confirmó para El Diario Josmir Méndez, miembro del equipo social de la Fundación para la Atención Integral de la Mujer de Amazonas (FAIMA). Dependencia que desde el gobierno local se ha encargado de atender casos de personas en indigencia en Amazonas cuando son reportados por la comunidad, pero no por un trabajo sistemático en su atención continua. 

“Acá recibimos información de casos. El más reciente al que se le ha dado solución fue el de la señora Aru, quien además de tener una condición de discapacidad fue evaluada por el psicólogo. Reportó que sufría de demencia. Canalizamos a través de atención al ciudadano de la gobernación y la Fundación de discapacidad para llevarla hasta su casa. Fue un trabajo de investigación, donde participó todo el equipo de la gobernación para el traslado. De los demás casos nos han llegado los reportes, pero no hemos podido ubicarlos. Acá en Puerto Ayacucho no existe un reclusorio donde se pueda llevar a este tipo de personas”, indicó.

Méndez detalló que el caso de Aru se resolvió en enero de este año. Se llevó hasta los medios de comunicación y fue así que se conoció que ella llegó a Puerto Ayacucho con un grupo que predicaba la palabra; luego comenzó a consumir drogas y estuvo en varios lugares. “Diversas instituciones ayudaron en su caso. Estuvo en el hospital, se realizó un proceso de desintoxicación, después se hizo el traslado a Caracas y fue allí donde Aru se ubicó. Supo dónde estaba su casa y la dejamos con su familia”. 

La representante de Faima además informó de otro caso al que se le dio solución en diciembre de 2020: el de dos hombres  que se la pasaban en la plaza Bolívar, quienes eran del estado Bolívar, pero estaban lúcidos. También se activaron todas las instituciones de la gobernación para el traslado de estos señores a Caracas. 

Asimismo, el padre Deiby Sánchez señaló que en Amazonas no hay un espacio para la rehabilitación, solo se han dado algunos intentos.

En el tiempo del programa Pan y Vida en la calle había un pastor que organizó su casa para atenderlos allí. Era un fundo en el eje carretero sur donde los ponían a hacer trabajos tratando de alejarlos de los vicios, pero lejos de especialistas. Cosa que no me convencía, porque se puede ayudar mucho desde Dios, pero Dios también ha inspirado otras cosas, como por ejemplo la psicología. Pero en ese centro no había atención psicológica, sino que era inyectarle Biblia y solo eso, no había sanación y algunas personas se iban; sentían que solo era la Biblia, el techo y la comida, pero sentían que faltaba algo. De alguna manera tenían la ayuda espiritual, pero no somos solo espíritu, faltaba quizá la parte médica, saber de qué enfermedad padecían”.

En la actualidad, a veces estas personas vulnerables preguntan en la iglesia por un centro de rehabilitación en Puerto Ayacucho; pero en la entidad no existen y lograr una atención en la región capital es complicado. 

El miedo quizá es uno de los impedimentos de estas personas para rehabilitarse; no saben cómo insertarse a la sociedad, unido a la baja autoestima que tienen. “Ellos a veces decían: ‘no se me acerquen porque soy un asocial, un marginado, una escoria’, eran palabras que usaban». Así concluyó el padre sobre el miedo que se había despertado en la indigencia.

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