Disney y los mitos clásicos. Imagino que en alguna universidad del mundo ya habrá trabajos de grado relativos a ese tema. Yo lo he alentado como idea en algunos de mis seminarios en la Escuela de Letras para la que trabajo, pero aún persiste, en general, la visión más ingenua y descafeinada que la delimita al ámbito de la literatura y cultura infantil, muy cercana al estanco de subcultura donde todavía se estiman las series de TV, la saga Star Wars, los cómics o los libros de Harry Potter. Pero, ¿qué nos sorprende? Entre las muchas maquinarias que se evidencian tener muy poco aceitadas nuestras universidades occidentales, el reloj y la capacidad de actualizarse no son la excepción. 

Desde su auroral Blanca Nieves, Disney ha reescrito y hurgado en los cuentos de hadas tradicionales, ha descubierto la pulpa mítica de la fruta de esos relatos y, sin duda, los ha resemantizado: la arquetipal rivalidad psicoanalítica entre madre e hija, el despertar de la pubertad (La Bella durmiente), la presencia de la muerte en plena infancia (Bambi, Buscando a Nemo), la orfandad (Dumbo), la puesta en escena del mundo inconsciente y pesadillesco del mundo infantil (Pinocho), la emancipación o autoconciencia de lo femenino (La sirenita, Mulán) o la confrontación con el otro o con la diferencia (Pocahontas, El jorobado de Nuestra Señora y la recientísima Luca).

La recurrencia de algunos de estos temas en este casi siglo que tiene la fábrica de sueños revolviendo los de la humanidad entera revela insistencias que Bruno Bettelheim ya había registrado en su Psicoanálisis de los cuentos de hadas, pero que Disney ha convertido en imaginarios memorables que reaparecen con cierta frecuencia en sus largometrajes animados, y que con innegable mirada posmoderna su filial Pixar ha hecho perdurar. Voy a referirme rápidamente a algunas de ellas: Blanca Nieves (coincidencialmente el primero de sus largometrajes animados), La Cenicienta, La Bella durmiente y El Rey León: los tres giran en torno a un mito fundacional de la cultura occidental: el de Electra, protagonista de dos de las tres tragedias griegas que nos lo construyen para la modernidad: La Orestíada, de Esquilo, y Electra, en las versiones de Sófocles y Eurípides. 

Es verdad que el mito original y la primigenia versión del mismo se enfocan en el protagonista masculino: Orestes, el hermano sobreviviente de Electra. Ambos, hijos de Agamenón asesinado en su bañera a la vuelta de la guerra de Troya a manos de su propia esposa (madre de los vástagos) y su amante Egisto.

El sustrato mítico en Disney

¿Qué tiene que ver esta sangrienta historia con los cuentos de hadas y con Disney? Precisamente el foco que le otorgan los dos últimos trágicos griegos a la figura femenina. Electra es la hija adolescente, que al ayudar a escapar a su hermano de la segura muerte que Egisto le daría para evitar venganza y disputa del trono, queda atrapada en la casa de los Atridas y despreciada y temida por su madre Clitemnestra, es hecha esclava en su propio hogar y hasta denigrada al punto de casarla a la fuerza con un labriego que la respeta y ama tanto, como princesa, que ni se atreve a tocarla. Electra es pues una virgen, desterrada y vejada en su casa y no tiene redención hasta que su hermano regresa a hacer justicia. Blanca Nieves es la única rival de la Reina oscura y narcisista, dependiente de un espejo, quien acaso es su madrastra. Manda a matarla, como los asesinos de Agamenón persiguen a Orestes, pero ella sobrevive oculta en la casa de los enanos campesinos. Hasta allí, no obstante llega la manzana envenenada y sólo con el beso del Príncipe vuelve a la vida. Las historias de La Bella durmiente y La Cenicienta no difieren sustancialmente de este plot originario: siempre una figura femenina oscura y matriarcal hace de contrafigura de la púber marginada o suspendida en una suerte de muerte simbólica o fáctica, redimida por el Orestes, que se transforma de su añorado hermano en su apuesto y enamorado Príncipe. El cuento de Hadas, en las manos de Perrault o los Hermanos Grimm, revela el trasfondo de rivalidades edípicas, el despertar de la doncella a la líbido y la oposición maternal al fatal raptor fálico. Clitemnestra, Electra, pero también Fedra, Demeter, Kore y Perséfone habitan apenas subterráneamente en las historias de Disney.

¿Y El Rey León? Es su versión masculina: a la Cenicienta la sustituye el heredero al dominio que abarca la vista de Simba y Mufasa, y a Maléfica o la madrastra la reemplaza Scar, el ambicioso tío que lo engaña, lo convierte en culpable de la muerte de su padre y lo destierra al indigno reino de Timón y Pumba. En clave masculina, el imán de la brújula ya no apunta tan claramente al cuento de hadas, sino a la tragedia shakespereana de Hamlet, versión isabelina de la historia de los Atridas con esposa y reina adúlteras, traidoras y cómplices del magnicidio incluidas.

Siguiendo una tradición reciente, la de hurgar en el pasado ficticio de las arquetipales figuras del mal, que no se circunscribe a Disney, sino también a las sagas de los superhéroes de la franquicia DC Comics (Catwoman, la serie Gotham, la tan “hossannada” Joker, de Todd Philipps, Harley Quinn, etc), esta productora ha hecho ya dos filmes sobre la siniestra Maléfica, de interesante trasfondo teórico pero negligente desarrollo, con Angelina Jolie, y este año, mientras aún no salimos de la pandemia, nos llega el background de la historia de una de las villanas más icónicas de la casa Disney: Cruella de Vil, en un film para el cual no se escatimó en recursos ni en casting: Emma Stone como protagonista, enfrentada a una perversa y meticulosamente construida Baronesa Von Hellman, producto del talento de Emma Thompson, exquisita hasta en el estereotipo, y el auxilio de Mark Strong, en un rol del que ya hablaré más adelante; todo sobre un guión ingeniosísimo y muy consciente de la madeja mítica de la que se valen debido a Dana Fox (How to be a single) y Tony McNamara (The favourite), en una instancia; y de Aline Brosh McKenna (The Devil wears Prada, de grandes afinidades con esta Cruella), Kelly Marcel (Fifty Shades of Gray) y Steve Zissis (colaborador en la serie The Office), en la otra.

Cenicienta en las pasarelas

Así asistimos a una recreación de la historia de Cenicienta imbuida en el mundo de la moda y el diseño: la dualidad blanco y negro del cabello refleja la dualidad de la niña: Cruella/Estella, su lado oscuro y su arista luminosa, contenidas por la figura de su madre cariñosa. Pero a Estella le toca verla morir en un escenario gótico. Enseguida se activa la figura de Cenicienta. La repentina y dolorida huérfana que lo pierde todo en un inexplicable instante. El hipotexto del cuento de hadas en el mito griego contiene un signo que se prolonga en el tiempo: el espacio en el cual la huérfana establece conexión con su padre muerto. En Electra es la tumba de Agamenón. En Cruella es la fuente de Regent’s Park.  Su madre es el héroe muerto, y como Simba en el Rey León, la inocente Estella cree ser la culpable de su pérdida. Las hermanastras de Cenicienta se convierten en los dos rateros aliados: Horace y Jasper, trasuntos de los Rosencrantz y Guildenstern hamletianos y hermanos imaginarios de Timón y Pumba. 

Pero esta Cenicienta tiene habilidades. Es una sobreviviente, y robar es lo que los une y los hace subsistir como trío desahuciado. Así, al llegar a la juventud comienza a trabajar para la Baronesa, una exquisita y despiadada diseñadora que marca el ritmo de la moda y las pasarelas. Revela su talento para el diseño, pero lo mantiene a la sombra de la diva, hasta que descubre que esta es la verdadera asesina de su madre y decide vengarse, como Orestes, como Hamlet, como Electra. Igual que en Hamlet y la Cenicienta, el mito funde sus componentes masculino y femenino (Orestes y Electra) en uno. En este caso, Cruella -Cenicienta para nada pasiva- se enfrenta a su figura materna oscura, a su madrastra tiránica. 

Como en las clásicas historias de villanos y superhéroes, la venganza reaviva en Estella su  personalidad dual: así, como Batman y Bruno Díaz o su alter ego The Joker (el film Cruella tiene ciertos vínculos con el de Philips, pero afortunadamente sin el indigesto cóctel seudo-sociológico), Estella se desdobla; durante el día es la sumisa diseñadora que se deja robar el crédito de su obra, y por la noche es la espectacular Cruella que va acorralando a la baronesa hasta quitarle todos los focos y fama. 

Cruella: ejercicio de estilo

Pero Clitemnestra también juega: cuando se ve amenazada y casi destruida (el símbolo de la polilla que devasta sus vestidos es todo un logro que abarca desde la decadencia, el insomnio, las pesadillas y las vanas galas de la villana inmensa de las tragedias de Sófocles y Eurípides) sus instintos oscuros, que provienen del mismo lugar que atrae y repudia a Estella/Cruella (como ya veremos), ataca sin piedad. Más experta en el arte del combate, reconoce a su empleada en la rival, la cerca y planea su muerte en un incendio.  Es el momento cumbre de la anagnórisis de rigor que, en las tragedias griegas, revuelca toda la trama, y ésta corre a cargo del personaje casi silente de todo el film, John, el valet de la Baronesa (Strong), el pastor, detrás del criado, el aliado sombra de Orestes. Gracias a él, Estella está viva, y él es el heraldo de toda la historia: La Baronesa no sólo es la asesina de su madre. Es su verdadera madre. La costurera Catherine no es más que la versión moderna del criado que salva a Edipo de la suerte a que lo ha condenado su propio padre, apenas nacido, o del cazador que hace lo mismo con Blanca Nieves. Incluso en la constelación de la Cenicienta, la madre que cría a Estella, y que pierde en un baile, con galas dieciochescas (como la época original del cuento de Perrault), es su hada madrina, reemplazo sobrenatural de la madre ausente, muerta o adversaria. La Baronesa/Clitemnestra no ha matado al padre (y sin embargo sí, pero en nuestra historia, en la época del Me Too, es menos signficativo). Ha aniquilado al Hada Madrina. Clitemnestra ha asesinado a Demeter, pero sigue siendo la terrible y despiadada madre/rival, que ahora atenta contra su propia hija.

En el mito, Electra se congela en su venganza (y Clitemnestra, en realidad, no puede ir más allá en la degradación de su propia hija). Hay algo como una línea que ni madre ni hija pudiesen cruzar. El odio que las alimenta también las paraliza. Por ello, Electra necesita a Orestes, el componente masculino extemporáneo. Shakespeare, al sintetizar a ambos personajes en Hamlet, igualmente lo hace vacilar y arrastrar en su dilatada búsqueda de venganza una marejada de víctimas. La figura de su madre culpable le dificulta el avance, así como las sombras, edípicas o no, del fantasma de su padre. Pero para nuestra Estella/Cruella se trata de sobrevivir, no solo de reparar la justicia ajena, así que el enfrentamiento, casi inédito en el imaginario Disney y más curioso aún en esta era de reivindicaciones femeninas, es inevitable. Una cosa es enfrentar a Blanca Nieves o a Cenicienta con su madrastra, o al Rey León con su desalmado tío, y otra muy distinta hacer todo este espléndido, oscuro y barroco ejercicio de estilo cinematográfico, que nos monta Craig Gillespie (la figura punkie de Estella niña, el colegio del bullying, la mansión en la cima del acantilado de la Baronesa,  la buhardilla de Estella, Horace y Jasper, la vorágine fascinante del lujo y el diseño que rodean a la Baronesa, opuestos al exquisito estilo trash de Cruella, las refinadas y abundantes citas visuales), ideal agón para un duelo de actuación como no veíamos quizás desde Bette Davis y Anne Baxter en All About Eve, otra obra maestra de rivalidad femenina (no olvidemos, sin embargo, que ya Gillespie había enfrentado a Margot Robbie y a Allison Janney, en I, Tonya, pero sin el casi delirante escenario, plagado de simbolismos), todo ribeteado genialmente con la banda sonora recopilada y compuesta por Nicholas Brittell, a quien ya admirábamos desde su trabajo en Succession (HBO). El monólogo de Emma Stone frente a Regent’s Park al enterarse de su verdadero origen, es una pieza de orfebrería como texto y actuación.

Solo me inquieta, como ostensible talón de Aquiles, lo irresoluto que queda la conversión de esta Cruella justiciera en la exquisita villana que será en 101 Dálmatas. Por muy apasionante que sea esta resemantización del mito de Electra, no desemboca coherentemente de ninguna manera en la depredadora de los perros manchados, acaso trasuntos de las Erinnias insaciables perseguidoras de Orestes.

Es de los pocos enigmas que se me eluden de esta deliciosa Cruella

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