• La crisis económica afecta la producción de carne en Venezuela, poniendo en riesgo las tradiciones relacionadas con dicha actividad. Foto: Héctor Casamayor

La oscuridad envuelve la sabana y cae la lluvia, es una tormenta en el llano. En el pasillo de la casa, Aldo Jesús, caporal del Hato Campilongo*, en Calabozo estado Guárico, mira los surcos de la tierra donde corre rápido el agua y la sabana se inunda. Los animales se refugian, pero no es suficiente y el caporal lo sabe. Llama por teléfono al dueño del hato para planificar la trashumancia.

Cuando comienzan las lluvias en el hato se planifican los trabajos de vaquerías para realizar la tradicional travesía con el ganado conocida como trashumancia, que es la muda del ganado de las zonas inundadas por las lluvias a las zonas altas de pastaje: una travesía de kilómetros atravesando el llano a caballo.

Para esto se reúne el dueño del hato con el gerente encargado de la administración y los caporales para estimar con cuantos llaneros experimentados y buenos enlazadores cuentan para las vaquerías y arreos de ganado. También se determina el número de caballos de trabajo, cocineras y potreros de alquiler.

El arreo de la trashumancia puede tardar hasta tres días, para que el ganado llegue a su destino final en tierras más altas, donde las condiciones del suelo son mejores y hay abundante pasto para el mantenimiento del rebaño. 

La ganadería, una actividad de mucho sacrificio

La ganadería es una de las actividades económicas de mayor importancia en la región llanera, parte del consumo de carne del país depende de ella, pero la crisis económica ha mermado la producción. La importación de carne, la escasez de combustible en el país y la pandemia por covid-19 también impactan negativamente en el sector, por lo que muchos ganaderos abandonan el rubro o se diversifican.

“Cada día es más difícil mantenerse. Pagar las extorsiones para llevar el ganado a otros poblados y vender un producto que al final no satisface las estructuras de costo. Por eso, la producción que veas en Venezuela es una producción que está hecha con mucho sacrificio y compromiso por el pueblo”, explicó Armando Chacín, presidente de la Federación Nacional de Ganaderos de Venezuela (Fedenaga), en entrevista para El Diario

Foto: Héctor Casamayor

Pero esta diversidad económica trae un problema en sí. Muchos de los peones que dependen de la ganadería perdieron su trabajo. Quienes eran especialistas en actividades como ordeño, arreo y caporal, ahora deben revender gasolina, comida u otros productos. Otros emigraron para buscar mejores oportunidades, incluso en la ganadería que ya no pueden practicar en el país.

El hato está compuesto de tres fundos (sectores de la propiedad), cada uno con una casa, corrales para el ganado y hasta queseras. Es la mejor manera de tener el control, vigilancia y manejo de la ganadería en grandes extensiones de terrenos. Cada fundación tiene un personal, muchas veces es un matrimonio (encargado y su esposa con o sin hijos), y entre dos y cuatro llaneros, según la cantidad de potreros y ganado que se le asignan a su cuidado y control. 

Si la fundación tiene muchas cabezas de ganado, se le asigna un caporal (con la función de dirigir a los llaneros), pero Aldo es el caporal de la fundación principal que está cerca de la carretera y de que los demás caporales del hato ejecuten bien su trabajo. 

Ya teniendo todo organizado, los llaneros junto al caporal comienzan con las vaquerías.

Luego de una semana reuniendo el ganado en el fundo principal, son contabilizados, clasificados, vacunados y desparasitados. Los animales muy pequeños o de raza fina se apartan para ser trasladados en camiones. 

Una comitiva adicional va hasta el hato de destino de la trashumancia para acondicionar el recibimiento de las reses, eliminar los portillos (accesos en las cercas) y pagar los contratos de alquiler.

Foto: Héctor Casamayor

“Hay que hacer un esfuerzo para dignificar la vida”

El arriendo de los corrales, los fletes de los camiones y otros requerimientos para los arreos son cada día más costosos. Si bien la carne está en los potreros, los productores han tenido que resolver cómo hacer para que llegue al mercado, tanto a los mataderos, como a los frigoríficos y  así completar la cadena de distribución. 

“Creemos que hay que hacer un gran esfuerzo para dignificar la vida, que a la gente le alcance, por lo menos, para comprar la cesta alimentaria. Porque los sectores económicos estamos haciendo un gran esfuerzo por mantenernos, hay que recuperar ese equilibrio y al sistema financiero para poder satisfacer las demandas del país. Tenemos la capacidad, por supuesto, de hacerlo.”

Por otra parte, la falta de poder adquisitivo del venezolano hace cada vez más difícil que pueda comprar carne. El nivel de consumo de este alimento debería ser de 6 a 8 kilogramos per cápita, según explica Armando Chacín. 

También refiere que los productores necesitan sacrificar alrededor de 220.000 novillos al mes para proporcionar 24 kilogramos de carne per cápita y abastecer adecuadamente a la población venezolana. Sin embargo, solo pueden cubrir el 40% de las necesidades de consumo, tanto de carne como de leche. 

Foto: Héctor Casamayor

La cocinera le prepara el desayuno a los peones a las 4:00 am. El aroma de su café los despierta en la madrugada.

La peonada se prepara para la trashumancia. Se toman el café y van por su soga. En el potrero hay un cercado donde están los caballos. Cada llanero se encarga de agarrar su caballo y su remonta (caballo de reemplazo para el descanso del caballo principal), lo lleva hasta el lugar de ensillado, lo baña y lo ensilla y lo deja listo. 

Todos se reúnen afuera del corral. Aldo designa a los peones de más confianza como cabestreros (los que van delante del rebaño). A los muchachos más jóvenes los encarga de punteros y de traspunteros (los que van a los laterales superiores e inferiores), quienes van con los enlazadores (que buscan al ganado rebelde con lazos y coleadas) y atrás se unen los culateros (cierran el rebaño) con el caporal.

El sol indica que son las 9:00 am. Cuando los llaneros ya van sobre sus caballos, el cabestrero abre la puerta del corral para que el ganado salga a tropel, uno de los peones grita «¡juio!» para mover a las madrinas. Se les abre la sabana al frente. Ha empezado la trashumancia.

Madrina

Bueyes grandes castrados que están entrenados para seguir a los pastores y que se usan de guías para que el resto del rebaño lo siga.

Foto: Héctor Casamayor

Los obstáculos de la producción agropecuaria

Los mecanismos utilizados por el régimen de Nicolás Maduro para impulsar la producción agropecuaria no han funcionado. Muestra de eso es la gran depresión en la productividad de los sectores. Chacín asegura que esto se evidencia al ir a un supermercado y ver como casi todos los productos son importados.

“Lo primero que debemos hacer es organizarnos. El Estado debe empezar a ver a los productores agropecuarios como una herramienta para combatir el hambre. Segundo, impulsar el sector productivo que se debilitó con expropiaciones y atropellos y está deprimido porque las instituciones financieras no están en capacidad para promoverlas. Tercero, sentarse con los productores agropecuarios y hacer proyectos, ir avanzando en algunas etapas, estimulandolos y acompañándolos”, agregó el vocero del sector.

En la actualidad hay escasez de gasoil y de gasolina. En la mayoría de los casos solo se puede conseguir combustible en el mercado negro.  Sin esto, los productores no pueden encender los tractores y maquinarias agrícolas. Tampoco los generadores de electricidad para los sistemas de bombeo o los de refrigeración para la leche líquida.

La tonada del cabestrero

El rebaño se enfila tras los punteros, las madrinas al frente junto con las vacas grandes y los toros, seguido van las vacas con sus becerros grandes, y por último las vacas más viejas, los mautes que posiblemente sean vendidos y las remontas, todos organizados para que no se emburdele (desordene) el rebaño. El caporal con los culateros cierra el rebaño, que avanza tras la tonada del cabestrero:

“Sab(a)na (tono melancólico y largo), ábrete el paso al gan(a)do

que ya la ll(u)via borra sus pa(a)tas…”

Foto: Héctor Casamayor

El atardecer cae.  El silencio de la sabana es roto por el canto del “puntero en la soledad”. El rebaño va llegando a los predios de un fundo, el primero de pernocta. Algunos tras punteros se adelantan con un caporal para preparar el recibimiento del ganado. Ya el rebaño en el Hato, se acorralan, hay que echar dedo (contar), por si alguno se escapó. En la mesa, la comida está servida. En el pasillo, las alcayatas esperan a los chinchorros de los peones, para que cuelguen sus fatigas hasta el otro día.

El café. Los pájaros. Los caballos. La cuenta. Y de nuevo la sabana a cuestas. Avanza la comitiva unas diez leguas más por la sabana. El ganado se barajusta (desordena) en un costado y se escapa un toro. Uno de los peones reta al novicio de la tras punta a recuperarlo y sale al galope a defender su orgullo. Colgado del costado del animal, colea al toro y se tumba sobre él. Los llaneros gritan y celebran la hazaña, ya no será más un muchacho delante de ellos.

El rebaño se colorea del dorado del ocaso, dibujando los bordes de una casa que será el refugio de la noche. En los chinchorros se mecen los susurros de chistes y cuentos de sabana enardecidos por el chimó. Ya más tarde las chicharras, que compiten con los ronquidos de los llaneros, serán el único ruido de la noche.

Foto: Héctor Casamayor

Los nuevos trashumantes

En la actualidad las pernoctas en la sabana no son tan seguras. Muchos han denunciado que han sido víctimas de robo en plena sabana, se habla también de presunta presencia de paramilitares en la región.

“Hay productores que se han ido del país por la inseguridad. Las autoridades poco o nada han hecho para combatirlo, como por ejemplo en los municipios de Santa Rita y de VIlla del Rosario, en el estado Zulia; en Apure e incluso en Táchira. Sin embargo, las unidades de producción siguen ahí, los productores que se fueron tratan de mantenerlos, pero la ganadería es una actividad apegada a la tierra y es algo que viene por arraigo”, concluye Armando Chacín.

Foto: Héctor Casamayor

El sol corta el horizonte con una herida de luz que va despertando a las aves. La brisa se detiene de repente como cediendo el paso a la mañana y la madrugada aún oscura se aferra a la tierra. Cede al sol las huellas marcadas de las patas del ganado que ya avanza de nuevo al llano, tras las madrinas que ajílan (avanzan) al canto del cabestrero.

Algunos llaneros revisan su capotera (bolso personal en su silla de montar) para sacar algún bastimento y paliar el hambre de la jornada. Ya están casi llegando al hato de destino. Una brisa fría le anuncia la llegada al río.

Las vacas se barajustan, saben lo que les espera. No es la primera vez que la crecida de un río se ha llevado un rebaño entero. Pareciera que recordaran, como si algunos se reconocieran huérfanos por algún accidente de trashumancias pasadas. Unos llaneros se adelantan y le pagan a los canoeros que apoyaran en cruce de los animales, asistiendo a las novillas y los más pequeños. El grito del caporal espanta al ganado: ¡juío!

Foto: Héctor Casamayor

Las madrinas se lanzan al agua, le sigue el rebaño y empiezan a cruzar el río nadando. Los gritos de los llaneros barajusta al ganado y lo animan a salir del agua rápido. Los canoeros asisten a las vacas más cansadas o a los que tropiezan para evitar que se ahoguen en el trayecto.

El tropel se hace más fuerte y el río parece crecer, no queda mucho tiempo, deben pasar las remontas y salir rápido hacia la entrada del próximo fundo que está del otro lado.

Foto: Héctor Casamayor

Uno a uno los lotes van llegando, chorreando de sus espaldas el agua del río que parece arrastrarlos, allí le esperan los llaneros de punta, que los animan con gritos para que salgan del agua.

Ya fuera del río, el ganado atraviesa el último tramo de sabana, a lo lejos se escuchan los autos en la carretera. La comitiva vuelve a organizarse. El mismo orden del principio para que no se emburdelen. Y los becerros se reencuentran con sus madres, que parecieran tranquilizarse al saber que sus crías continúan a su lado el resto del camino.

Foto: Héctor Casamayor

Ya la comitiva llegó al pueblo, cerca está el hato donde los esperan. Algunos locales salen a ver el rebaño, saben que la trashumancia es una tradición significativa y una verdadera hazaña. Los llaneros son los héroes de estos poblados. Pero muchos no volverán a la faena. 

Esta costumbre de los llanos va desapareciendo progresivamente. La escasez de trabajo los obligará a buscar otras tierras. Pronto serán ellos los trashumantes. Como un rebaño de ganado pero sin madrinas, sin culateros, sin cabrestero ni un puntero en la soledad que los guíe. Buscarán mejores pastos mientras bajan las aguas con la esperanza de que sus tierras vuelvan a reverdecer y puedan regresar de nuevo a su hogar. 

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