El epígrafe que antecede a la obra parece ser una floritura más, una decoración elegida de manera azarosa para inflar las expectativas del lector. Pero no existe mejor resumen: la venganza es un plato que se come frío. Si en Los Elementales (1981) el horror se presentaba en la figura de criaturas fantasmagóricas que tomaban formas carnales en medio de la arena y el sol abrasador de Alabama, en Agujas Doradas (1980) –igual que la anterior, editada exquisitamente en Argentina por La Bestia Equilátera– el miedo es recubierto por la ansiedad del suspenso y los impredecibles giros que puede dar la vida cuando la vendetta es la única manera de encauzar el destino.

Michael McDowell nació en 1950 y falleció en 1999 a causa de una enfermedad asociada al VIH. Con tan solo 49 años, y para nada preocupado por trascender o reproducir un legado literario, supo ganarse un espacio de culto, inclusive post mortem. Profesor universitario, guionista de Beetlejuice o The Nightmare Before Christmas para Tim Burton, alabado por Stephen King y amigo de su esposa Tabitha, coleccionista de memorabilia mortuoria –fotos de cadáveres, ataúdes para niños, avisos fúnebres–, McDowell se ha vuelto un maestro indiscutible en la construcción de tramas satíricas, comúnmente dominadas por matriarcas, donde las asperezas familiares se tornan el núcleo del conflicto atendiendo a un mero propósito: generar el clima adecuado para poner los pelos de punta y, con una prosa estructurada y precisa, montar cada mínimo rastro ambiental, sus texturas, olores o sonidos.

Nueva York. 1882. Hace rato que el clan de mujeres Shanks, comandado por Black Lena, introdujo sus garras en las bajezas del Triángulo Negro y controla subrepticiamente los fumaderos de opio, las peleas clandestinas, los abortos ilegales, la falsificación de dinero y documentos o el tráfico y posterior desaparición de prendas, joyas y adornos robados. Por su parte, en un refinado y elegante sector de la misma ciudad, la familia Stallworth, con el juez James a la cabeza, se propone eliminar para siempre las inclemencias delictivas que acarrea la pobreza, porque esa pobre gente está llena de perversidad y de impulsos criminales, hasta el aire que respiran está corrupto y corrompe. Al deshilvanar el argumento y pasar las páginas, la chispeante relación entre Black Lena y James Stallworth se acrecienta, deja nuevas víctimas a su paso, y revela viejos rencores y justificaciones para un odio fundado, en gran medida, sobre la distinción de las clases sociales y los ciegos aspectos nacionalistas de aquellos que no toleran a nadie más que a sí mismos.

Como cuevas, los bares de mala muerte permanecen en la oscura cotidianeidad a pocas cuadras de los estudios de abogados que simplemente buscan representar casos destinados a ser ganados no por una justicia real cimentada en base a hechos comprobables sino por un enredo de malos entendidos y falaces discursos con el único objetivo de manipular el dictamen final de los jurados. Entre el hedor que sube desde las alcantarillas, la lumbre gastada de las lámparas de gas, el humo del tabaco, los bebés muertos abandonados en bolsas de harina y los viajes en cabriolés, lindando con clásicos de la talla de Henry James, R. L. Stevenson o Edgar Allan Poe, desfilan negros, holandeses, chinos, irlandeses, alemanes mientras, de parte de los ricos, aumentan las propuestas de un cambio. Uno que, lejos de abogar por la igualdad de derechos, busca erradicar cada acto que pueda ser considerado nocivo para la existencia en los callejones y los edificios atestados de mugre del incierto y duro Triángulo Negro, porque la suciedad puede esparcirse ilimitadamente. Más o menos egoístas, habrá diferentes planteos y cruzadas personales: Marian Stallworth y su solidario Comité para la Eliminación del Vicio Urbano; la viuda del general Taunton, que emplea a hombres y mujeres lisiados para las tareas hogareñas bajo la excusa de otorgarles la oportunidad laboral que otros no están dispuestos a darles; o la joven Helen Stallworth, que decide visitar a los infortunados a escondidas del ojo avizor de su familia, notando que la visión del propio altruismo la llenaba de un secreto orgullo.

Una novela que deleita y logra convertir a los maleantes en seres con motivaciones que van más allá del estricto materialismo, que vuelca los estamentos preestablecidos de un sistema capitalista empecinado en sentenciar las diferencias, y sumerge al lector en los hipnóticos pasos de las Shanks al momento de la retribución. La lucha clasista; el resentimiento que alimenta las enemistades; los falsos panfletos de los políticos que prometen la erradicación absoluta del crimen sabiendo que, sin embargo, este es el que nutre gran parte de la cadena productiva de una nación; grupos adinerados subestimando a los que se encuentran por debajo de ellos en la pirámide económica –asegura el juez Stallworth: las clases bajas no se vengan de sus superiores–; incluso, la reivindación de la mujer en cuanto líder y agente comercial. Agujas Doradas fue escrita, quizá sin saberlo, para volverse un atemporal duplicado universal de cada época, detalle que la vuelve esencialmente eterna.

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