• El artista venezolano, protagonista del “boom del dibujo” en los años setenta, inauguró su exposición El otro rostro en la Galería Freites de Caracas. En ella, más que meros retratos, el autor exhibe su preocupación por la independencia de la línea y la atemporalidad. Foto: Javier Cedeño Cáceres

Una mirada profunda escudriña desde el cuadro. Inmóvil, parece no tener expresividad, más allá de un gesto discreto o los retazos de una sonrisa. Entre tantas caras que miran sin ver, el artista Edgar Sánchez se aferra a su bastón para sondear las de los asistentes de carne y hueso.

Todos esos semblantes integran la exposición El otro rostro, la cual se inauguró el 14 de noviembre en la Galería Freites, ubicada en Las Mercedes, municipio Baruta. “Siempre he pensado que el último cuadro contiene todos los cuadros anteriores que uno haya pintado”, señala Sánchez, en entrevista para El Diario.

Es la primera muestra que organiza la galería desde el inicio de la pandemia de covid-19 en Venezuela. También es una exhibición inédita, ya que todas las obras fueron pintadas durante el año 2020, siendo su debut al público.

Desde lo íntimo

Foto: Javier Cedeño Cáceres

El otro rostro se compone por 16 cuadros surgidos tras una ardua investigación en la que Sánchez estudió la evolución del retrato a lo largo de la historia del arte. Para eso estuvo encerrado durante todo el año en su estudio, en el piso 16 de un edificio en Los Palos Grandes, Chacao. Asegura que en total aislamiento, logró desprenderse de la necesidad de trascendencia del artista, dejando su pincel fluir. “Cuando uno pinta, piensa que va a transformar el mundo, piensa que va a transformar la pintura que va a hacer el gran aporte. Yo me olvidé de todo eso. Lo único que dije es que voy a trabajar”, afirma.

Señala que no fue un proceso espontáneo, sino más bien el resultado de una acumulación de ideas que va más allá del propio artista. Durante su proceso creativo investigó el interés del arte por el retrato a lo largo de la historia, desde el renacimiento hasta sus exponentes contemporáneos como Pablo Picasso. Así, en su estudio acumuló diversas imágenes hasta construir una nueva figura de forma humana, pero que en sí no puede considerarse un retrato. 

De acuerdo con la curadora de la exposición, María Luz Cárdenas, los rostros dibujados por Sánchez parten del realismo para ir desintegrándose en planos cada vez más abstractos, en el que la figura se desprende de los problemas del ser y experimenta con nuevos discursos.

Edgar Sánchez ha comprendido que no es posible recurrir al rostro como objeto de un retrato preciosista, sino como territorio de emociones. El lienzo se convierte en un tejido de planos, transparencias, huellas, texturas, luces y sombras, redes de superficies entramadas o detalles al extremo del realismo”, reseña.

—¿En qué artistas o períodos específicos se basó en su investigación para estas obras?

—De repente, sin darme cuenta, agarré un libro sobre Hans Holbein, 1450, el pintor de Enrique VIII. Esas maravillas de dibujos y de pinturas, fue magistral lo que hizo en su generación. Fue el pintor de la corte. Pero también me ha gustado mucho (William) De Garthe, los estudios del movimiento con sus líneas, Picasso con la precisión de sus trazos y la delineación del contorno. Parece que hubiese estado toda su vida dibujando para llegar a aquella precisión, y esa limpieza de dibujo. Te hablo de esos grandes dibujantes y grandes pintores al mismo tiempo, porque en el siglo XIX la academia llegaba a ser un gran discurso del dibujo, que se rellenaba con color. Ahí surge la pintura académica bien organizada, hecha y dispuesta.

—Cuando usted dijo que no buscaba la trascendencia con estas obras, ¿estaba mirando más hacia su interior?

—Yo creo que es imposible hacer un cuadro que no mire hacia adentro de sí mismo. En toda la obra de todos los artistas y en todas las épocas está presente lo que es ese ímpetu creador y lo que es, a través del espíritu creador, la opinión con su época, su tiempo, y la opinión con respecto a lo que es el mensaje. El gran reto para el artista es llegar a la estructuración de un discurso que sea propio, absolutamente propio. 

El rostro perpetuo

Foto: Javier Cedeño Cáceres

Desde 1975 el principal tema de trabajo en la obra de Sánchez han sido los rostros. Aunque también es reconocido por sus paisajes de colores vibrantes, es en las caras donde encuentra una manera de reflejar el drama de la condición humana a través de su propia piel, enfatizando detalles como cicatrices, gestos en la comisura de los labios o la profunda soledad tras una mirada. Una fijación que se hace marcadamente presente en los años ochenta con series como Piel y paisaje (1985) y Pieles, gestaciones (1987). 

No obstante, tanto en sus retratos, como en las obras de El otro rostro, hay una serie de facciones que se repiten. Rasgos que forman una constante en su arte para trazar una cara familiar, y que aun así resulta indescifrable. Una figura de nariz prominente y pequeños ojos negros que se vuelven enigmáticos.

—A lo largo de toda su carrera siempre ha tenido un interés muy particular por el rostro como imagen. ¿Para usted qué representa?

—El rostro puede ser el comienzo de una ventana hacia un momento o espacio desconocido. Y eso puede ser el preámbulo que te lleve a abrir esos canales para redescubrir nuevas cosas a través de este proceso. Es decir, ¿cuál es para mí la novedad en este caso? Los tiempos que he utilizado para la configuración de cualquiera de estos rostros. Es como si aglutinara tiempos de distintas épocas, y afloraran en uno solo sin hablar en particular de esa época, pero sí hablando a través del lenguaje de la exuberancia de la imagen, de la riqueza con que se puede llegar a expresar esa imagen, y lo dramático que puede ser. Ahora, no te olvides que en la pintura subyace una poesía y yo creo que estos rostros buscan esa poesía. Buscan sublimarla, llevarla a un interés o a un estado si se quiere superior, mucho más allá de lo real. 

—Suelen repetirse ciertas facciones en los rostros que pinta. ¿Tiene algún significado para usted ese rostro que constantemente se repite a lo largo de su obra?

—Alguien me dijo en un momento que uno se dibuja a sí mismo. Otro día un sobrino muy ingenioso me dijo que se parece a mi padre. Y yo dije que bueno, tiene que haber algo freudiano en todas las cosas que uno pone de manifiesto. Pero yo sí creo que hay alguna relación inconsciente, es decir, que uno no termina de dilucidar, y que ojalá nunca lo haga, porque a lo mejor se destruye como fuente de trabajo, y a mí me interesa mucho esto como fuente de trabajo (sonríe).

Una máscara

Foto: Javier Cedeño Cáceres

María Luz Cárdenas refiere en su texto de curaduría que los rostros de Sánchez están llenos de silencios e interrogantes. Buscan la razón de su existencia más allá de sus formas. Por eso en El otro rostro, la seriedad de esas expresiones inertes en contraste con la vida de sus colores y trazos les dan una apariencia plástica, como si sus personajes usaran una máscara. De hecho, de acuerdo con el propio artista, efectivamente lo son.

“Son máscaras que tienen un sentido contrario al de la máscara. Pretenden hablar de una nueva realidad, que buscan cómo conectarse con nuevas cosas, al mismo tiempo guardando esa relación originaria, en el sentido de que son tiempos del pasado que se unen con otros tiempos para crear una imagen del presente. Porque los rostros, aún cuando puedan parecerse a personas del siglo XIX o XX, son actuales, y aún cuando sean personajes actuales tienen esa riqueza, te llenan de dudas, te preguntan, hacen que tú te interrogues a ti mismo. Las máscaras son hermosísimas”, apunta el autor. 

Sánchez cuenta que hace más de 40 años tuvo la oportunidad de ir al Museo Metropolitano de Nueva York, Estados Unidos. Allí entró a una exposición en la que se mostraba la momia de Tutankamón y sus tesoros. Al ver la icónica máscara funeraria del faraón egipcio, comprendió cómo estas pueden dejar un legado más allá de la persona detrás de ellas. Aquella reliquia de oro mostraba un rey juvenil, fuerte y de rasgos cuidados, muy contrario al verdadero Tutankamón, que si bien murió joven, ha sido recreado por los forenses como un hombre frágil y enfermizo.

“¿Cuántos siglos tuvieron que pasar para que esto se configurara?, que esta máscara surgiera, esa máscara tenía un propósito, y era hablar con los dioses. Es profundamente religiosa, estaba hablando con los dioses y detrás de esa máscara estaba un personaje relativamente raquítico, feo, enjuto, llamado Tutankamón. Y fue realmente apoteósico lo que dejó para la humanidad”, agrega.

Lenguaje visual

Foto: Javier Cedeño Cáceres

Para Sánchez, cada uno de sus cuadros es un estudio del lenguaje. Por encima de los rostros estallan líneas y trazos con su propio mensaje o colores planos que abren posibilidades en el campo lingüístico y pictórico. “Uno de mis propósitos sobre todo cuando ves en aquellos rostros, es darle un nuevo sentido al dibujo, a través de lo que es la evolución del arte, la historia del arte, el dibujo tiene momentos de gran altivez, gran importancia, y hay momentos en los que decrece”, apunta.

Ilustra que el dibujo como técnica ha perdido importancia, de la misma manera que ocurrió con el bodegón o el paisajismo luego del siglo XIX. Sin embargo, a través de la creación de nuevos ismos (como el cubismo) estas expresiones se renuevan al ser abordadas desde ángulos novedosos y con un código completamente distinto. A eso apunta Sánchez en El otro rostro, reinterpretando el género del retrato para crear algo con personalidad propia.

Con relación a lo que son estos dibujos, yo siento que se emancipa el dibujo, pero al mismo tiempo comienza a haber un juego entre lo que es la forma central del rostro y cada uno de estos trazos que te lleva a recorrer todo el cuadro y te crea una independencia. La línea hace que se separe y crea un dibujo nuevo que a mí personalmente me interesa sobre manera”, explica

—¿Podría decirse entonces que, más allá de la neutralidad que muestran estos rostros, toda su expresividad está más allá de ellos, en la composición, la línea, el color?

—La expresividad es parte de cada uno de esos puntos, todo eso es parte del discurso, y el discurso se aglutina y tú lo mueves, lo estiras, lo modificas, va y viene hasta que se harta. Y de repente no te queda otra cosa más que desarmarlo y volverlo a armar y empezar de nuevo. Insistir. Llegará el día en que se quiebre el cántaro o aparecen todas las cosas. 

El alma de la pintura

Foto: Javier Cedeño Cáceres

En el catálogo Transfiguraciones de la historiadora del arte Federica Palomero, para la Galería Odalys, queda recogido un poco del contexto en el que Edgar Sánchez irrumpió en la escena artística venezolana. Para los años sesenta el país había abrazado la abstracción geométrica como bandera gracias a exponentes como Alejandro Otero, aunque en toda América Latina llegaba con fuerza una nueva ola de figurativismo. 

En el calor político de la época, mucho de este arte tomó un tono proselitista y panfletario, aunque no fue así en el caso de Sánchez. Casi de manera paralela, desarrolló un dibujo con una visión más introspectiva que le hizo crecer rápidamente dentro del movimiento. Así, en 1977 se convirtió en uno de los protagonistas del denominado “Boom del dibujo”, junto a artistas como Alirio Rodríguez, Jacobo Borges o Ana María Mazzei. Esta corriente creció exponencialmente con el apoyo del Estado, celebrando en 1979 su I Salón de Dibujo Nuevo en Venezuela, cuyo premio fue otorgado a Sánchez.

Al mismo tiempo que el dibujo, el artista comenzó a trabajar alrededor de 1975 con la serigrafía, siendo famosos sus “rostros cosidos”. Hacia 1977 retomó también la pintura, la cual consolida en 1980 con su serie Letargo. Es considerada por el crítico colombiano Germán Rubiano como “uno de los trabajos más importantes del arte figurativo internacional de los últimos decenios”.

A pesar de eso, Sánchez es tajante al decir que no se ha despegado de sus antiguas técnicas. Todavía vive en su obra, entre sus líneas y esbozos como el alma de la pintura que nace a partir de ella. “Yo no he abandonado el dibujo. En el momento en que aflore el contorno, está palpable el dibujo. Es casi un resultado del punto de vista y del contorno de la forma, y en ese contorno nosotros podemos ver cómo hay una gran independencia del trazo”, refuta.

La ventana 

Foto: Javier Cedeño Cáceres

—Si bien comentó que no estaba buscando la trascendencia, ¿de alguna manera siente que sus obras  pudieran ser una ventana a la inmortalidad?

—Ay, chico, yo iba a decir una cosa tan pedante (risas). Creo que el momento de la realización es como un diálogo con la inmortalidad. Dialogar con un espíritu superior que eres tú mismo y ese espíritu tiene mucho que ver con lo que se llama trascendencia, diferenciación. Yo creo que todo está relacionado con lo que pudiera ser inmortalidad. Ahora, en un pintor, está en la realización de la obra maestra. ¿Quién no quiere hacerla? Todos los pintores buscan eso. Algunos lo logran sin darse cuenta. Por ejemplo, hay una obra de (Armando) Reverón que es una palmera hecha con tres trazos: las ramas, el tallo y el mar, y blanco todo el resto. Cuando vi esa obra me estremecí, pues es inmortal en el sentido de que es una obra donde todo está dicho y en su momento justo para que se dé ese mensaje. Ese es el momento justo en el que el equilibrio llega. Hay otro cuadro de Manuel Cabré, Paisaje del Ávila desde La Urbina, una maravilla realmente.

—Y es curioso porque quizás esos autores no los vieron en su momento como obras maestras.

—Es que no las vieron. El cuadro de Reverón es realmente pequeño, pero ese cuadrito te hace vibrar y temer porque yo creo que hay toda una concentración de energía y que las cosas están dichas con una maestría absoluta. 

Coordenadas

El otro rostro estará abierto al público de forma gratuita de 9:00 am a 3:00 pm, en el segundo piso de la Galería Freites, ubicada en la avenida Orinoco con calle Jalisco de Las Mercedes. Por razones de bioseguridad, será obligatorio el uso de tapabocas y se tomará la temperatura de los asistentes en la entrada.

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